DOS SALIDAS EN APUROS

Érase que se era, en una ciudad cualquiera, de cualquier rincón del mundo moderno, dos mujeres que habían decidido salir del armario, eran dos mujeres jóvenes de cuarenta años, una hetero por convicción, la otra lesbiana por devoción a las mujeres.

Una y otra habían estado muy unidas, muy cercanas saliendo de compras, excursiones varias, playita, un paseo por barquita, un ir y venir, un te toco aquí, “¡ay que se me fue la mano, disculpa!”, un que “mono te sienta este pantalón” mientras su mano toca el culete de la otra, un “dame las palomitas” y la otra que ¡pumba!, las echa sobre su amiga, el suelo, y el pobre señor calvo del asiento delantero, donde graciosamente una de esas cositas blancas y saladas se queda en medio de la calva, con el consiguiente cachondeo de la parejita viendo hacia que lado caerá la palomita, “deja que te quito yo las que tienes ahí”, “no deja”, “si va”, “no, no si ya está”. “¡Pues vale quita la que quieras!”. Miradas furtivas, caricias sin mala intención, más que una intencionalidad de calentamiento global digna de ser comprobada por los mejores científicos, físicos y astrólogos del planeta tierra.

Pues estas dos señoritas, aunque una había tenido un sin fin de novios y un casamiento, la otra, una jartá de novias ningún casamiento, se fueron a cenar un día que había luna llena, y claro, como bien se sabe es mejor echar la culpa a alguien o algo de los actos que el ser humano realiza. Caricias lentas, sonrisitas tipo… “Pretty Woman”, (bueno eso serían sonrisotas con esa bocaza de Julia Roberts), pensamientos tipo: “que si te miro los labios, que si te miro la tetas, que si ¡uy que ganitas de besarte!, o ¡ay que mi cosita se está poniendo cachondita!”, hasta que ¡zas!, llega la luna llena y con sus hilos junta labios contra labios. La hetero finge un gesto de “¡anda me besa!”, la lesbiana demuestra un “¡toma ya la he besao!”, y claro ambas miran la luna llena y como si así tuvieran permiso se lanzan en un cruce de besos húmedos, caricias torpes que pronto comienzan a ser inteligentes, que si la lengua viaja por aquí, que si mira me he encontrado un pezón aquí, que si ¡ay que me estoy poniendo! y estamos en plena calle… total, que después del paso de ponerle el cascabel a la gata y morrearse, hay que seguir.

-¿Quieres ser mi novia? –le pregunta una toda romántica babosa.

-Sí, quiero –le responde otra toda cursi.

          Y así comenzaron a salir juntinas, llegado el momento de despedirse por las noches ambas no pueden encontrar lugar de apareamiento porque ambas casas están ocupadas, el niño de la hetero, la niña de la lesbiana, así que ya se sabe ser madre es algo complicado que en según que momentos te jode la vida. Ya lo decía alguien… “cría hijos y te saldrán cuervos” (bueno… o como se diga).

-Yo no puedo más –le dice la hetero reconvertida a bi.

-¡Pues anda que yo! –responde la lesbiana.

-Hay que hacer algo.

-¡Y tanto qué hay que hacer!, ¿pero dónde?

          Deciden por acuerdo, subir al coche y ver que pasa, unas vueltecitas por la ciudad pero nada, así que en el portal de la hetero cada vez que se despiden se monta un auténtico festín, los vecinos ya salen a las ventanas y balcones, unos con papas y quicos, otros con palomitas y agua, allí sentados mientras aquellas dos mujeres que no hayan donde desmadrarse se devoran sin miramiento. Y las pilla el vecino del quinto, y el del cuarto, y la del primero, ¡hostia las pilla también una escritora que fijo cuenta la historia!, ambas se miran ¡mañana salimos en su blog!, pero es inútil ni aún bajo la amenaza de aquellos ojos que parece toman nota, ellas son capaces de aflojar. Las lenguas parece que toman vida, las manos vuelan, los sexos palpitan, los gemidos de un quiero y no puedo.

-¡HAY QUE HACER ALGO! –grita desesperada la hetero echándose hacia detrás.

          Así llegado el momento, los vecinos protestan, les han llegado a sus oídos, porque las dos mujeres además bajan las ventanillas del pobre coche que debe soportar aquellos calentones, pues como decía los vecinos han escuchado que la primera vez va a ser en un hotel, pero nadie alcanza a escuchar el nombre, el del cuarto le dice al del primero “¿dónde, dónde?”, el del primero dice “no lo sé… la muy guarra ha subido el volumen de la radio”, y la escritora anota y anota con su lengua fuera apuntalada en su labio superior con gesto de pillina.

          Las dos mujeres ¡ole su decisión!, han decidido pasar de todos, de su hija, de su hijo, de los vecinos, y darse el festín que se merecen, una decide un hotel, la otra se deja llevar sintiéndose como quinceañera, por fin lo han conseguido, habitación para dos y cama de matrimonio no vaya a ser que encima les toque dos camas, y así se van preparando los nervios como si fuera la primera vez, unas horas juntas en un hotel, una lo piensa y se divierte, la otra le entra un tembleque que parece unas castañuelas. Tienen todo preparado, la cita hora y lugar resuelto, cuando llegan una pide la habitación, la otra se da la vuelta siente que le están mirando fijamente pero de pronto piensa, “¡es mi novia, que caray!” Y se lanza porque no puede más a sujetarle la cintura, pasa sus manos por ella y apoya su barbilla mientras el hotelero la mira, las mira, y una sonríe pícara, la otra sonríe de puro gustirrinini. En el ascensor se miran tiernamente, se sonríen, se acarician y lamentan que sea el primero, o según se mire, lo agradecen porque allí dentro se puede morir de inducción, ¿mil grados?, posiblemente.

-Espera… que he traído velas.

-No puedo esperar mucho.

-Vamos a darle un toque especial, para una mujer especial.

-¡El incienso!

          Y allí están, encendiendo velas por doquier, poniendo incienso, pasando las cortinas no vaya a ser que las hayan seguido, y sí, por fin, se desnudan con prisas, ¡nada de romanticismo!, están en el puro calentón, se beben la piel, atrapan los labios, las lenguas, las manos, los pechos, el sexo, hasta los tobillos, uno, dos, tres, cuatro, cinco, pierden la cuenta y casi el sentido, ¡eso pasa por tener poco tiempo en el hotel!, pero ellas siguen, y son felices, ríen como si hubieran cometido una locura, como si todo lo que hubiera pasado en aquella habitación fuera fantástico y único, pero también secreto. ¡Qué maravilla, que maravilla!

          Pero eso es un paso, ¿y el siguiente?, la solución la ven en el coche, pero cuando paran en el portal, la reunión de vecinos que parece se van a plantear en la próxima “junta de vecinos”, repartir entradas y sacar dinero para poder instalar aire acondicionado en el ascensor, siempre están ahí pendientes de las pobres almas cándidas calenturientas, salidas y fogosas. Comienzan con un beso para despedirse, y luego otro, y luego las manos se pierden, y la ropa parece que se mueve, los labios van atrapando piel, y se separan, y se vuelven a unir, y los vecinos exclaman ¡ahora, ahora!, pero nunca es ahora, y la escritora en su ventana va tomando nota, una se pone sobre otra, pero nunca es ¡ahora!

-Necesitamos otro hotel.

-No tenemos dinero.

-¡Esto es un suplicio!

-Esto es malísimo para la salud, ¡pero qué malita me pones! –dice poniéndose la mano en el frente mientras resopla al tiempo que se pone el sujetador bien.

          Otra decisión, cuando se vuelven a ver, deciden, “¡de esta noche no pasa!”, y empiezan a confabular.

-Tenemos tres lugares, la tapia del cementerio, un motel de carretera o el puerto.

-Uy que miedo en el cementerio –responde la otra novia.

-Allí seguro no nos molesta nadie, tonta.

-Un motel no. Tengo que volver pronto a casa, el niño.

-Joder… pues el puerto.

          Cenan en un chino, esperando que pase el tiempo para poder ir al puerto, sonríen entre algas, arroces, y carnes raras imaginando caricias prohibidas en el coche, imaginando besarse y eso les provoca risas mientras se dicen.

-Tengo unas ganas de cogerte… ¡te vas a enterar!

-Y yo… y yo… voy a hacer que te corras tantas veces que no las vas a poder contar.

-Cariño… tenemos que batir ese récord de 10 en dos horas.

-Eso está hecho, el otro día estuvimos a punto.

-Si… ¡cómo me pones! Es que te comía toda aquí.

-Los chinos no nos iban a dejar

-¡Mierda! –exclamó la hetero reconvertida en la máxima lesbiana.

-¿Qué pasa cuchi-cuchi?

-La escritora, nos ha pillado.

-La madre que la parió…

-Tranquila churri… no le daremos oportunidad.

          Y así fue, ambas salieron cogidas de la mano, se pararon justo al lado de la escritora mirona, y se besaron apasionadamente suspirando. Después salieron muertas de risa dejando a la otra con la baba recorriendo el borde derecho de la boca y finalmente se subieron al coche.

          Pensaron un lugar que antes había sido idílico para las parejitas, y cuando llegaron, había tanta luz que parecía un campo de fútbol.

-¡Oh qué es esto!

-Churri no podemos…

          Ambas que se han ido calentando por el camino con las paradas de los semáforos, besos y más besos, pitadas y luces de los coches de detrás, y claro, ya bien calenchu llegar a la zona en cuestión y encontrarse con tanta luz, les hace poner una mueca de desesperación.

-¿Y ahora qué hacemos?

-No puedo más churri.

-Ni yo.

          Así que sin importarles finalmente van al tanatorio municipal, a pesar de ponerse donde menos luz hay, los coches que pasan por la carretera les alumbran, otros con señoritas de la vida alegre aparcan también y ellas ya no pueden más se ponen allí a meterse manos, lengua, piernas y alguna que otra cosa.

-¡Mmmmm! –dice una al tocar un pecho.

-Ahhhhhhhhhhh –dice la otra al notar la mano que aprieta su pecho izquierdo.

-Cariñoooooooooooo

-Amooooooooooooooooooooooor

          Y se lanza sobre su chica juntando sus bocas mientras la otra la recibe con un gemido de locura.

-Sigueeeeeeeeeeeeee

-Ayyyyyyyyyyyyyyyyyy como me gusta este cuellecitooooooooooooo

-Es todito tuyo… ahhhhhhhhhhhhhhhhhh

-Joder con el botón –protesta al tratar de quitarle el pantalón.

-Cariño… cariño… cariño… -se lanza contra su chica.

-Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm.

-Ohhhhhhhhhhhhhhhh –gime como loca-. Que mano tienes… sigue no pares así…

-¿Mano? ¿Qué no pare? –la aparta un poco y ve en los ojos de su novia el goce total.

-Sí, sí, sí, sí –gime haciendo gorgoritos.

-Pero si no te estoy tocando… -le dice sorprendida.

-¡Cómo que no! –la mira incrédula.

-¡Es el freno de mano!

-Ahhhhhhhhh… -se echa para atrás.

-¡Joder que calor!

-Ohhhh –trata de exhalar un profundo suspiro para tranquilizarse.

-No puede ser…

-Si puede ser si, si, ven, ven –vuelve otra vez a lanzarse contra su chica y comienzan nuevamente a besarse.

-¡Ay! –se queja.

-¿Qué te ha pasado?

-Me he clavado el volante en la pierna.

-Uf… ¡qué complicado!

-¿Y si echamos el asiento hacia detrás?

-Está todo para atrás, es pequeño el coche cariño…

-Te deseo mucho… estoy a punto… no puedo más.

-Churri ven aquí.

-Voy cuchi cuchi.

          Y vuelta a empezar, besos y más besos, caricias cada vez más cercanas a ciertos puntos neurálgicos altamente inflamables, la lengua de una recorriendo el cuello de la otra, gemidos y más gemidos hasta que dos golpes en el cristal de la ventanilla les hacen parar con gesto de susto.

-Lo siento podéis bajar un poco el cristal, es que con el vaho no veo nada y la webcam no alcanza para el resto de vecinos.

          Si, la pareja se mira incrédula, allí jadeantes con los labios unidos de lado, con el pantalón abierto, el sujetador desabrochado ven absortas como la escritora les está grabando con su webcam retransmitiendo a los vecinos el momento, y allí los vecinos en el otro lado rompen en un aplauso mientras las jalean.

-¡Ya era hora… ya era hora!

imagen: imagenesanimadas.net

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