LA EQUIVOCACION. CAP. 1

hathor
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Nos encontramos en una de las nuevas avenidas que constituyen la modernidad en la ciudad de Valencia. Mucho cemento, grandes edificios cada uno con su diseño propio tratando de provocar envidia a cada una de las vecinas construcciones. En el centro de la gran avenida acompañando el asfalto, un jardín dando vida entre tanta monotonía de cemento, sus árboles, sus flores, su hierba, parece minúscula entre las grandes edificaciones, pero realmente, es más bello e importante que esos trozos inertes que esconden la panorámica de la construcción más faraónica de la ciudad, el Río de las Artes y las Ciencias.
Entre todos esos edificios, hay viviendas familiares, hay sucursales bancarias en los bajos, alguna cafetería, peluquería, farmacia, algo imprescindible para esta estresada e hipocondríaca sociedad. Pero también hay oficinas, despachos de abogados, corredurías, médicos con consultas particulares, donde si sabían sonreír y atender bien, previo pago de varios euros, no como la mayoría de esos mismos médicos en los Hospitales de la Seguridad Social.
En uno de esos despachos de abogados, se encontraba la abogada Blanca Pérez. Una ilustre abogada con fama de seria, estricta y algo amargada. Blanca, era una mujer cuarentona bien cuidada, maquillada lo justo pero le hacía irracionalmente atractiva, con una melena lacia morena que le caía hasta los hombros que cuando andaba, bailaba como si fuera un manto. Era alta, delgada pero con manos fuertes, dedos largos y acentuados con unas uñas cortas redondas sin pintar más que con un brillo transparente. Blanca parecía esconder algo en su interior, algo que la trastornaba y la volvía como una cueva, fría, oscura, pero al mismo tiempo deseable de ser descubierta.
Aquella mañana parecía que la vida le estaba llevando a un callejón sin salida, sentía como se oprimía su pecho, como le dolía el alma. Al entrar en el ascensor que le llevaría al octavo piso donde se encontraba su bufete, apoyó la cabeza contra la pared del ascensor cerrando los ojos al mismo tiempo. Resopló cansada y murmuró con la voz quebrada.
-No puedo más.

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