LA EQUIVOCACION. CAP. 3

hathor

CAPITULO 3
De esos pensamientos la sacó la voz dulce pero llena de tristeza de Blanca, la llamó para pedirle el favor que aquella tarde se quedara un rato más. Necesitaba unos pasar a limpio las últimas anotaciones que había redactado ante el congreso que le esperaba en Sevilla, y sabía que Paula era rápida frente al ordenador. Su fiel trabajadora asintió como hacía habitualmente, sin problema, con la misma sonrisa pero diferente mirada. Ante ella apareció una nueva mujer, diferente de la que todos los días tenía enfrente. Pero como siempre, ¿cómo decirle?, no sabría. Haría lo mismo que había hecho hasta ese momento cada vez que una mujer le atraía de manera desenfrenada, callaría unos sentimientos que desde el primer día le atormentaban, desde el día que le extendió el contrato.
-Avisaré a mi madre, si no le importa Blanca –le respondió con una sonrisa demasiado brillante.
-Gracias.
Cuando Julio se marchó al terminar la jornada de trabajo, le hizo una burla a su amiga Paula, sobre la posible hambre sexual que tenía Blanca y que se cuidara. Ella le dedicó una mirada asesina con gesto irónico. Al quedarse sola, miró hacia el despacho de su jefa sintiendo como su sangre bullía en su interior, como si fuera la lava buscando nuevos sitios en la tierra a los que arrasar. Entonces recordó como desde el primer día que entró, aquella mujer la atraía de forma enloquecedora, se sentía bien con tan solo mirarla y aunque sabía que era un imposible, noche tras noche soñaba con tenerla, con abrazarla, con llenarla de susurros de amor, de caricias, le hablaría de frente para llevarse por siempre aquella tristeza que veía en sus ojos. Cuando apagaba la luz de su cuarto, se entregaba a aquel pensamiento que era suya, vivía el sueño con alegría y pasión, sentía que la tenía al lado, que con solo un gesto, podría llenarla de calma, de amor, de infinito amor. Pero cuando el sueño pasaba, y volvía al trabajo, allí estaba en su despacho, tan cerca y tan lejos, tan maravillosa y tan infranqueable, tan en su mundo que se sumía en la desesperación de no poder gritarle tanto amor que llevaba su corazón. De gritarle cual copla española:
-Sé la distancia que hay entre tú y yo, y sin embargo, te quiero.
Terminó lo solicitado por su jefa y enterró sus pensamientos donde debían estar en un lugar recóndito de su cerebro, bien guardado, bien silenciado. Entró al despacho para entregárselo, entonces escuchó como sollozaba tras la puerta junta del cuarto de baño. Pensó por un momento marcharse sin molestarla pero su corazón se encogió al escuchar tal sofoco de esa persona que parecía un muro frío. Sin el comentario de su compañero, quizás no se habría atrevido, pero ahora había algo nuevo y aquello la ayudó. Ambas hablaban el mismo idioma. Con cuidado se acercó abriendo con cautela la puerta. La sorprendió su estado, Blanca tenía la cara repleta de lágrimas, los ojos estaban irritados y las mejillas tomaban el color del atardecer. Paula se quedó inmóvil y cuando sus ojos se encontraron a través del cristal con los de Blanca, la inundó un sentimiento de lástima que la obligó a acercarse con cuidado hasta su jefa sin apartar sus ojos de los de ella. Al tenerla enfrente, sus brazos envolvieron aquel delgado cuerpo, que descubrió por primera vez, los huesos eran palpables, se notaba que no había ni un gramo de grasa de más, la cintura era ancha pero firme, el roce de esa negra melena le produjo un escalofrío en su piel. No cruzaron palabra alguna pero Blanca sintió que estaba segura entre aquellos brazos. Su temblor se calmó y ayudada por Paula salieron hasta el cómodo y moderno sofá que había en el despacho, y que sus empleados, desconocían era el lugar donde había pasado muchas noches en su vida solitaria desde el abandono de su marido. Le dio agua, y se sentó a su lado.
-¿Se encuentra mejor? –le preguntó con un hilo de voz mientras sus ojos la absorbían.
-Gracias –asintió acompañada por un suspiro.
En ese momento, Paula comenzó a sentir que su corazón iba demasiado acelerado, trató de calmarlo, trató sin éxito de apartar los ojos de esa mujer que desde el primer día, se había metido en su interior venciendo la batalla a su pobre, solitario pero necesitado corazón.
En el exterior del moderno despacho, comenzaba a explotar una tormenta que parecía el fin del mundo, el claxon de los coches comenzaron a ofrecer una sinfonía en el atasco formado sobre el asfalto repleto de agua. De igual manera que los ruidos se elevaban en el exterior, en el interior, había silencio, tan solo se escuchaba el sonido del motor de la calefacción. Pero si Blanca hubiera prestado atención, podría haber escuchado también el corazón de Paula.
La escena se detuvo como una pausa en el video, las dos inquietas mirando los ojos de la otra, tratando de ver una lo que quería encontrar, y la otra, tratando de averiguar porque aquella mirada llegaba hasta su interior. Pero pronto averiguó Blanca lo que escondía, la mano de Paula rozó con delicadeza, respeto pero ternura, su sonrojada mejilla para después besar con suavidad sus labios. Fue besando poco a poco su cara, fue acariciando su cuello, su pecho. Blanca no entendía nada pero su sorpresa la dejó inmóvil, sin reacción. Paula la trató como una reina, como una diosa a la que había que agasajar, idolatrar, hasta que la empujó suavemente sobre el sofá incomodísimo para la castigada espalda de Blanca. Las caricias se hicieron más profundas, los besos más pasionales, la ropa comenzó a sobrar. Y entonces, desapareció todo lo que había alrededor y aparecieron, suspiros, murmullos, hasta que un gran castillo de fuegos artificiales puso final a la pasión de manera sobresaliente.

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