LA EQUIVOCACION. CAP. 4

hathor

Paula estaba en su casa llorando como loca ahora era ella la que sentía dolor aunque más que dolor era una asfixiante vergüenza. Paseaba por su habitación a oscuras mientras su madre desde el pasillo le reñía a voces porque no había cenado. Y es que, ¿cómo iba a cenar si se le había cerrado el estómago? Entre lágrimas y temor recordó como había ocurrido todo.
Una vez terminado el castillo de fuegos artificiales, tras escuchar un mínimo gemido por parte de Blanca, subió por su vientre, sus pechos para abrazar a la que había despertado su voraz pasión, doblegando la timidez para dar el paso definitivo. Con un suave pero decisivo empujón la separó mientras con rapidez Blanca trataba de ponerse torpemente el tanga. Se sentía confundida, asustada. Cuando terminó se puso en pie con aturdimiento pero sin lágrimas. Paula la imitó con una sonrisa en sus labios y entonces su jefa la miró y con un grave grado de ofensa le dijo:
-¿Pero cómo te atreves? ¡Qué clase de sinvergüenza eres! ¡Cómo has podido hacerlo! ¡Estás loca, enferma! ¡A mí no me gustan las mujeres depravada! ¡Fuera de aquí!

Lo que después pasó poco importa porque Paula era como un fantasma. No era capaz de recordar cómo se había vestido y había abandonado el despacho. Nada más tenía el recuerdo de ver la figura de Blanca en la ventana dándole la espalda, una espalda que temblaba supuestamente porque estaba llorando. No podía recordar más porque su vergüenza y arrepentimiento no la dejaban pensar. Y allí estaba en su cuarto acordándose de su querido Julio, le había mentido o simplemente le había gastado una broma que le iba a costar cara. En primer lugar estaba segura que la iba a despedir, quizá Blanca podría hasta denunciarla por acoso sexual. Aquella posibilidad la llenaba más de bochorno mientras su estómago se quejaba agudamente por los nervios desatados. Aunque ese pensamiento lo rechazó rápidamente por la ofensa y humillación que estaba segura había sido para su jefa como para hacerlo público. En segundo lugar, todos sabrían que era lesbiana y lo peor, reconocía estar enamorada de esa mujer y la iba a perder. Se dejó caer en la cama, metió la cabeza bajo la almohada y lloró por horas.
Lejos de allí, más concretamente a las afueras de la ciudad, había llegado Blanca a su casa. Y lo había hecho totalmente confundida. Durante el trayecto, no se fijaba en nada, iba como un autómata conduciendo. Al llegar, se dirigió a su cuarto, se quitó el abrigo, la ropa, pero no pudo quitarse ese aturdimiento que aquella muchacha había dejado en ella. Se duchó y bajo el grifo potente de agua, cerró los ojos mientras volvía a sentir aquel estremecimiento. Allí estaba en su piel, volvía a erizarse de igual manera que cuando fue rozada con tanta ternura por ella. Abrió los ojos asustada, ¡era ella!, ¡ella! Su respiración aumentó, su miedo también, ¿qué había pasado?, ¿por qué no la apartó? Salió de la ducha y se miró al espejo con un peso especial sobre sus hombros, cada vez que recordaba lo ocurrido, una cruzada se producía en su interior. Notaba como su sangre se lanzaba a velocidades vertiginosas hasta su corazón que latía apresuradamente, sintió un pequeño mareo, sin duda, el gran disgusto que había sufrido le había dejado débil para reaccionar, porque algo así no debió pasar. “Pero como me besó, con que ternura me besó, pensaba, jamás nadie me besó así. Y sus manos, ¡qué tacto!”. No sabía si llorar o reír, que hacer, sólo cerrar los ojos, abandonarse en aquella mujer que sin duda la trató como si fuera un diamante, un cristal valioso que en cualquier momento podía fraccionarse en miles de trozos, y sin embargo, ella se sentía fuerte, segura, venerada en el lugar donde debía aparecer el sentimiento de desprecio por lo que en aquellos momentos en aquel sofá ocurrió. Cientos de pensamientos, miles de contradicciones, millones de preguntas la acechaban, la acorralaban. Cerró los ojos, apagó la luz, y sin la pastilla que todas las noches necesitaba, se durmió.
Eran las nueve y media cuando la madre de Paula le dijo que en el teléfono estaba Julio, temió que le dijera lo que tanto temía, “nena, te quedas sin trabajo”. Tomó el aparato con su mano aún temblorosa.
-¿Qué te pasa Paula? –notó la ansiedad en la voz de su compañero.
-No me encuentro bien.
-Oye, Blanca preguntó por ti, y de malas maneras así que tomate un Gelocatil y ven.
-¿Qué dijo? –su tono tembloroso mostró su miedo.
-Esa mujer sabes que no dice más de tres palabras seguidas, ¿qué va a decir? ¿Qué dónde estabas?
Se vistió como si la ropa pesará toneladas, salió a la calle sintiendo un frío extremo, aunque en los termómetros marcaran extrañamente para esa época 25 grados. Poco le importaba, porque ella sentía un frío como si estuviera en el Polo Norte. Al llegar sintió dispararse a sus pulsaciones, trató de mentalizarse en que era su fin y quiso hacer lo que tanto había pensado aunque no le sirviera, pedir perdón.
-Anda pasa, esta como loca esta mañana, no sé qué tiene. ¡Algo gordo le ha pasado! ¡Pasa, pasa! Que me tiene atacadito.

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