LA EQUIVOCACION. CAP. 5

hathor
diosa Hathor

Entendía porque estaba como loca, tanto, como entendía que Julio no fuera capaz de adivinar el motivo que la tenía así. Por mucho que pudiera pensar, jamás llegaría a la verdad, una verdad que a ella también le parecía complicada de aceptar. Tras el ademán furioso de su compañera, tomó aire y se plantó ante la puerta del despacho de Blanca. Llamó con cierto temblor en sus manos, ni que decir de sus piernas. Le llamó la atención que tuviera la puerta cerrada, eran contadas las veces que lo hacía. La voz de su jefa le hizo dar un pequeño respingo hacia atrás. Sonó fuerte, demasiado fuerte. Abrió lentamente la puerta como si pudiera dilatar el momento de encontrarla cara a cara. Pasó y tras ella, cerró nuevamente la puerta. Se acercó hasta su mesa, agradeció que no separara los ojos de la pantalla del ordenador. Tras unos segundos allí delante, tragando saliva por el miedo que sentía, Blanca le dijo con el mismo tono fuerte y cabreado:
-Mañana debo irme a Sevilla, necesito que vengas. A la vuelta dejarás de trabajar aquí. A las siete en el aeropuerto. Te he dejado sobre tu mesa los documentos que debes actualizar y pasar a limpio.
Dio por concluido el diálogo mientras sus dedos tecleaban de manera sonora el teclado, señal inequívoca de su irritabilidad. Paula suspiró de tal modo que el sonido se coló entre los dedos y las teclas inundando todo. Giró y dio varios pasos hacia la puerta, sin embargo, no podía marcharse de aquella manera, sintiendo como su corazón estaba oprimido por la mezcla de sentimientos que estaba sintiendo, amor, vergüenza, dolor, esperanza. Todos juntos hicieron que se girara tomando aire para que su voz no temblara.
-Perdóneme por favor, yo…
-¡Fuera, tengo trabajo! ¡Y no quiero que me moleste nadie!
Nunca desde que trabajaba allí, su jefa le había hablado con tono despectivo e irritante, tal y como, lo hizo en ese momento. Ni mucho menos le había elevado la voz. Pero Paula entendía que tenía sus motivos, así que, agachó la cabeza y se marchó como alma que lleva el diablo.
Al quedarse sola, Blanca dejó de teclear y puso un gesto de desagrado que iba más contra sí misma por su trato, que contra Paula. Resopló, frunció el ceño y tras un movimiento leve de cabeza, volvió al trabajo, necesitaba concentrarse.
Mientras ellas vivían ese momento de tensión fuera Julio se percató que algo pasaba pero no sabía qué. Fue cuando vio salir a Blanca con la cara desencajada corriendo hacia el lavabo. Julio corrió asustado tras ella al ver su estado. Pasó con toda la confianza del mundo para ayudarle a vomitar, pero el teléfono sonó y murmurando con rabia por no poderla ayudar salió a responder. Paula se miró en el espejo y sintiéndose torpe y sucia.
Durante la mañana trabajó como pudo, le dijo a Julio que le contaría después. No levantó ni una sola vez la mirada, no la apartó del teléfono, o la pantalla del ordenador ni siquiera las dos veces que salió su amada resentida del despacho para hablar con Julio, y aún sin mirarla, podía percibir su enfado, su indignación con ella. Cuando Blanca se marchó no se despidió como en ella era costumbre, lo hizo seria y con las gafas de sol puestas. Fue entonces cuando rompió a llorar ante el gesto de sorpresa de su amigo Julio. Él trató de acallar su llanto pero no lo consiguió, hasta que Paula por sí misma se tranquilizó.
-Julio, ¿por qué me dijiste que era lesbiana? –le preguntó con el ceño fruncido por el disgusto que tenía
-¿Quién? –la miró aturdido.
-Blanca.
-No sé, me apetecería ese día decir algo así –dio una gran carcajada.
-Julio, anoche le hice el amor. Yo sí soy lesbiana.
El hombre quedó perplejo, la miraba como si viera a una desconocida, como si ésa que tenía delante no fuera la misma de siempre, la misma Paula que día tras día durante esos tres meses estaba sentada a su lado. La chica prudente, respetuosa y tímida que había sido hasta entonces.
-Y ahora quiere que me vaya, así que, me quedo sin trabajo –finalmente dijo con tristeza mientras elevaba los hombros-. Aunque, la comprendo.
-No me lo puedo creer –dijo despacio y afligido.
-Siento que te lleves este impacto sobre mí, quizá no soy la lesbiana típica pero lo soy y eres el primero en saberlo.
-Perdona, la primera fue ella –tras un gesto que trató de quitar hierro al asunto agregó-. Creo que necesitas venir a mi casa. Acompáñame.
Una vez en su piso, la acomodó en el salón. Era pequeño pero acogedor, en las paredes cuadros que llamaron su atención, Lola Flores y algún cartel en blanco y negro de cine, con las películas “Casablanca” y “Vacaciones en Roma” y como no, un cuadro pintando de María Callas de perfil, donde aparecía radiante y majestuosa. Entre aquel arte se sintió resguardada de todo, de todos, menos de sus recuerdos. Julio preparó la comida mientras hablaban del tiempo, de la ciudad, de la ópera. Una vez comieron se sentaron en el sofá. Allí Julio sabía que debía ayudarla, por eso la miró con gesto estremecedor por su ternura, un gesto nuevo para ella.
-En menudo lío te has metido Paula.
-La quiero, estoy enamorada de ella desde el primer día, entró en mi alma y no la puedo sacar de ella. Despierta o dormida, da igual, todo es ella.
-¿Y cómo eso se me pudo pasar a mí? –ella lo miró sin entender-. Dices que puede que tú no seas una lesbiana típica, bueno querida, aquí tienes a un homosexual atípico.
-¿Tú?
-Sí. Bienvenida a este mundo del sufrimiento extremo, bienvenida al mundo interior del armario.
-Y mañana debo ir con ella, voy a morirme de vergüenza, si tú no me lo hubieras dicho, jamás me habría atrevido.
-A lo hecho pecho.
-¿Qué voy a hacer ahora Julio?
-Vas a hacer, lo que tu corazón te pida. Voy a avisarte de una cosa, cariño. Blanca es como la diosa Hathor, parece una dama de las estrellas, es bella porque lo es, es buena persona, de eso no me queda la mínima duda, para mí tiene un solo defecto, está amargada. Pero si sientes amor, debe luchar por el amor, porque, el amor es el mejor sentimiento lo puede todo. Y te digo más, yo que me equivoco pocas veces, si llevo razón con su parecido de la diosa Hathor, vas a ser muy afortunada, a esta Diosa, se le daba el nombre de la “Mano de Dios”-le dijo guiñándole un ojo.
-¿La mano de Dios? –le preguntó sin entender.
-¡El arte de la masturbación! –le dijo dando una explosiva carcajada que hizo que Paula se pusiera colorada al máximo.
La abrazó sintiendo que esa mujer era mucho más frágil de lo que creía. Trató de darle mucho ánimo para ese viaje con la amante equivocada. Y allí en su casa le contó sus historias, sus fracasos, haciéndole reír, haciéndole llorar. Compartiendo por primera vez ambos una vida sellada en el silencio de sus sentimientos.
-Todo va a ir bien, cariño… ya lo veras.
-Gracias, Julio, eres un cielo.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s