LA EQUIVOCACION. CAP. 6

hathor

El intenso sol de aquel día, ponía en dificultades a Paula para encontrarse con Blanca, parecía un aviso de lo que estaba por llegar. Finalmente tras esperar diez minutos, la vio bajar de un taxi. Estaba radiante, parecía que se había vestido tan solo para ella. Un traje chaqueta negro con un suéter de cuello de pico granate y un collar de plata con una mariposa de colores. En ningún momento se quitó las gafas. Cuando llegó a su altura le dio escuetamente.
-Vamos.
-Sí –respondió levemente.
Parecía que todo cuanto iba a ocurrir, estaba preparado como si de un castigo se tratara. La primera sorpresa la tuvo en el tiempo de espera. Blanca fue hasta la sala Vip para los pasajeros de primera, mientras, a ella le indicaba que no tenía el mismo sitio en el avión. Efectivamente, se dio cuenta que su billete era de clase turista.
-No sé qué hago con ella, debería irme a mi casa, va a ser humillación tras humillación –pensó para sí mientras se sentaba en un banco a esperar.
Tuvo media hora para pensarse muy bien qué hacer, por un lado sentía unas ganas terribles de huir de allí, de refugiarse en aquel piso de su amigo Julio. Por otro lado, quería ir con ella y demostrarle de algún modo, que lo que había pasado había sido una terrible equivocación, pero no era por ninguna razón superflua, era, porque estaba enamorada de ella, admitiría irse del despacho y desaparecer de su vida, pero sin más humillaciones ni insultos. Y ese fue el pensamiento que venció. Vio cómo se abría la puerta de embarque y decidida fue hasta la cola. No iba a permitir que la humillara más. Entró al avión y se sentó donde le indicaron las amables azafatas. Se acomodó y entonces la vio pasar, su corazón no pudo más que alterarse. Miró por la ventanilla para que no pudiera ver su gesto de tristeza y decepción. Después, cerró los ojos tratando de dormirse.
Tanto lo trató que finalmente tuvo que despertarla la azafata al llegar a Sevilla. Se sonrojó pensando si Blanca la habría visto dormir, pero para su tranquilidad, justo en el momento en que se levantaba para coger la maleta de mano, apareció por el pasillo. Salieron juntas a una distancia prudencial. Una vez fuera del aeropuerto, cogieron el mismo taxi que las llevó hasta el hotel. Durante el camino, el silencio fue el protagonista, Paula miraba por su ventanilla tratando de mostrar tranquilidad a pesar de tener el corazón a mil revoluciones y mostrar su pecho el movimiento alterado por la respiración nerviosa. Blanca trató de mostrarse todavía enfurecida e indignada con ella, con esa actitud fría y distante que había mantenido.
En el hotel, Blanca le dijo cuál era la habitación y la hora de la reunión sin mirarla a la cara, con tono implacable demasiado excesivo para su sensibilidad. De ese modo, por mucho que Paula trataba de darse ánimo le era muy complicado encontrarlo, sentía un mundo interior nuevo que la atormentaba, que le hacía sentirse al borde del precipicio, que cada palabra de Blanca la empujaba un poco más. Y si bien los consejos de Julio seguían intactos en su mente para poder decirle que no había querido sexo, si no, que había sido un solo sentimiento que arrasó su cordura empujándola hasta su cuerpo, hasta susurros repletos de ternura, y ese sentimiento fue el del amor que por ella sentía. Todo se desmoronaba con la actitud fría y hasta cruel que Blanca estaba teniendo con ella. Entonces admitió algo que hasta ese momento no había sido capaz de hacer, su jefa la volvía loca y a partir del adiós iba a sufrir como sufre un condenado a muerte.
Cuando se hizo la hora de acudir a la cita, Paula bajó con el gesto renovado, tratando de aparentar tranquilidad. Blanca por el contrario, parecía mantener el mismo de alejamiento y frialdad. Tampoco hablaron durante el trayecto hasta la sala. Se sentaron juntas en silencio. Paula se preguntaba que hacía ella en una reunión de abogados, no lo entendía, pero lo asumió como un nuevo castigo, soportar aquella charla era un castigo importante.
Después de la reunión, una mujer se les unió, otra abogada. Se llamaba Milagros pero prefería que la llamaran Mila, Paula pensó para sí, “eso me hace falta a mí, un buen MILAGRO, quizá sea un presagio”. La tal Mila era una mujer explosiva, rubia de bote pero al fin y al cabo rubia, ojos verdes, nariz perfilada perfecta tras una cirugía de la que ya ni se acordaba, curvas mareantes y unos pechos demasiado perfectos para su edad. Durante la comida Paula no la miró ni una sola vez de ninguna manera especial. Blanca la vigilaba con el rabillo del ojo y le llamó la atención su indiferencia hacia esa mujer que su objetivo era deslumbrar a todos, “¿cómo una chica lesbiana no se inmuta ante una mujer así?”, pensó para sí. Pero estaba tan herida, confundida en su orgullo que cuando la tal Mila se levantó para ir al lavabo, miró a Paula y le habló por primera vez desde que salieron de Valencia, diciéndole con tono herido que desde aquel momento ya comentado, llevaba consigo para su fiel recepcionista, y aunque no lo quería reconocer, su gran amante.
-Espero que le preguntes primero, no vayas a equivocarte otra vez, ¿debe gustarte, no?, es la típica mujer explosiva que vuelve loco a todos.
Paula levantó la mirada del plato, sus ojos se habían llenado de indignación, de dolor, quiso replicarle pero no le salió la voz, enrabietada como jamás antes nadie la había humillado, dolida en su orgullo se levantó de la mesa y se marchó. Cuando llegó a la habitación, sacó la maleta del armario entre sollozos incontrolados palabras mal sonantes contra ella misma, tales como, “eres una gilipollas, te lo tienes merecido”, “no vales nada, eres más mierda de lo que pensabas”, “soy un desastre y merezco sus palabras y su rencor”. Cuando terminó la maleta, también terminaron las palabras mal sonantes y sus insultos contra ella misma, entonces aparecieron otros, pero no insultos, sino, firmeza “claro que eres idiota Paula, debes aguantar el tipo, luchar por ella, convencerla que no eres así, que tú no vas por la vida aprovechándote de mujeres, ¡un momento!, ella no se resistió en ningún instante, al contrario, gimió y no me hizo parar” –se sentó sobre la cama con la respiración agitada-, “¿qué puedo hacer para convencerla?”
-¡Ya está! –dijo en voz alta y fuerte-, esperaré que termine la cena, entonces iré a su cuarto y le diré que la amo. Que me perdone que si no quiere no volverá a ocurrir nada, que me lo diga que yo me conformo con verla, con estar a su lado si no quiere darme nada más -se quitó las lágrimas de un manotazo, volvió a deshacer la maleta, se duchó y se acostó a esperar la buena nueva.
Desde la fatídica comida hasta las nueve que era la cena y a la cual Blanca no la había invitado, estuvo tirada en la cama. Primero habló con Julio que se estaba preocupado por ella, pero que le demostró estar tranquilo y seguro que finalmente podría hablar con Blanca. Le animaba porque sabía que para ella era muy importante decirle lo que sentía, aunque en su foro interno, dudaba que lo hiciera. Cuando le despidió se quedó acostada con la mirada fija en el techo y el pensamiento lleno de esa mujer, tratando de encontrar las palabras exactas para ablandar un poco su corazón aunque tan solo fuera para perdonarla y olvidar lo ocurrido. Cenó sola, estaba haciendo tiempo para vestirse e ir a su habitación, sentía las palpitaciones aceleradas y un miedo atroz. Había representado el encuentro con ella mil veces, unas veces le daba un abrazo, otras le daba con la puerta en las narices. Así se pasó la mayor parte del tiempo. Fue hacia el cuarto de baño para darse una ducha rápida cuando unos golpes inesperados en la puerta le hicieron dar un salto, ¿quién sería? Se cubrió con la bata de seda y preguntó, del otro lado una voz irritada contestó:
-Abre.

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