LA EQUIVOCACION. FINAL.

hathor

Al escuchar la voz de Blanca, volvió a sentir una ansiedad incapaz de controlar en su interior. Apoyó su frente sobre la madera, cerró los ojos, suspiró y le abrió. Blanca pasó. Sus manos estaban entrelazadas, se notaba que estaba nerviosa, su voz salió quebrada.
-¿Cenaste?
-Sí.

Respondió con voz inaudible, temblorosa y asustada. Al pasar Blanca por delante, aspiró su perfume. Cerró los ojos tratando de controlar la situación. Ella estaba en su habitación, había acudido, quizá no era para humillarla más, quizá para disculparse. Fue suficiente tener ese pensamiento para abrir los ojos y mantenerse lo más digna posible.
Por su parte, Blanca, se había quedado quieta frente a la ventana, no veía nada porque las cortinas estaban pasadas, pero necesitó unos segundos para tomar aire y hablar. La tensión entre ellas en ese momento era para ambas palpable. Por eso, Blanca no quiso dilatar más el momento, lo había pensado mucho, había reconocido para sí ciertas cosas que quería compartir con Paula. Se giró lentamente, allí estaba de pie mirándola como si estuviera esperando una sentencia.
-Lo siento –le dijo a Paula con voz tan temblorosa como la suya-. De verdad, no tengo ningún derecho a tratarte así.
Paula no supo que decir. Tan solo notó como su piel se erizaba, no se dio cuenta pero aquel pequeño escalofrío hizo que se marcaran en la bata de seda los pezones. Blanca, reparó en ellos por primera vez. Tragó saliva con la intención de hablar, aclarar las cosas, sin perder nuevamente la cabeza.
-Sé que me he comportado como una miserable. Lo sé.
-No…
-Paula déjame hablar, por favor –la interrumpió con mirada lastimosa-. Estoy totalmente perdida. Pensaba que tenía mi vida bien definida, hundida en la desesperación, pero definida. Y… tú la has vuelto patas arriba, sigo estando desesperada pero además, desconcertada.
-No era mi intención, de verdad –le dijo mirándola con los ojos repletos de brillo.
-Lo sé, ¿sabes? Nadie me había besado como tú, ni acariciado ni amado como tú. Pero… tú eres una mujer –le dijo alzando los hombros. Paula agachó la cabeza-. Una mujer…
-No sé ni que decirte, Blanca, soy una mujer, sí, pero desde el primer día que te vi, me sentí atraída por ti. Me dejé llevar por el amor que siento… pensé que…
-Pensaste que era lesbiana –confirmó-. Lo que no sé es porqué.
-Me equivoque, fue una terrible equivocación…
-No fue tan terrible, ¿no me has escuchado lo que te he dicho? Fue maravilloso, no dejo de pensar en ti, en tus besos, en el roce de tus labios por mi piel, no puedo dejar de desearte, te miro ahora mismo y lo único que necesito es tocarte.
En ese momento, Paula sintió como sus venas galopaban, el corazón daba brincos de alegría y su entre pierna le daba unos terribles azotes. Blanca se acercó a ella mirándola fijamente a los ojos, Paula se dejó desnudar saboreando los labios húmedos de su amor platónico e imposible que se estaba haciendo realidad. Tan real como las caricias intimas que estaba dejando sobre su piel, como los gemidos suaves que rozaban su boca, su oído. Tan real como la piel que estaba empezando a acariciar. Para ambas el suelo del hotel se abrió, dejándose llevar al abismo del deseo, a una pasión frenética y maravillosa, tierna y fiera que las envolvió como si fuera una tela de araña de la que ninguna quería desprenderse. Se besaron hasta quedarse sin fuerzas, se acariciaron hasta el último rincón de la piel. Parecía como si Blanca quisiera aferrarse a aquel cuerpo tan parecido al suyo, para no dejarlo ir nunca más. Cuando cayeron exhaustas, se abrazaron con una suavidad desconocida para ella.
-Necesito que me quieran, que me amen –le dijo a Paula con las pocas fuerzas que le quedaban.
-Yo te quiero –le tomó la mano y la beso dulcemente-. Y si me dejas, te amaré.
-Tengo miedo Paula, miedo por lo que acabo de descubrir.
-No tengas miedo, mi amor–la miraba con una mirada repleta de emoción, de necesidad-. Yo te ayudaré. Desde el primer día que te vi, me ganaste el corazón.
-¡Paula! Toca mi corazón –Paula depositó suavemente su mano en el pecho agitado de Blanca-. En mi vida había latido así. Creo que nunca había gozado como tú me has hecho gozar.
-Me alegro –sonrió con timidez.
-Quiero más, quiero no parar, mi vida.
-Mi Diosa Hathor –le susurró mientras se perdía entre sus pechos.
-No pares… quiero morirme de placer…
Al día siguiente Blanca despertó siendo abrazada por la que le había enseñado cosas inimaginables para ella, y que había descubierto con rubor al principio, con locura maravillosa al final. Paula descubrió que era aquello que la atormentaba, la soledad y la burla de un hombre con el que estuvo casada dieciséis años y al cual el día que firmó el divorcio, se dio cuenta que desconocía. Aquello la llevó a no confiar en nadie, a no querer saber nada de ningún ser humano. Le habló del miedo a la soledad que la tenía embargada, y como reconoció, amargada. Le habló de la muerte de sus padres en un accidente de automóvil, de su pérdida de Fe en aquel momento. Le habló de la imposibilidad de tener hijos, de su frustración, le habló de todo lo que había sentido por ella, odio, rabia, ternura, deseo, una tempestad de contradicciones que la llevaban a no comportarse como quería, sino, como debía, es decir, como si lo que había ocurrido fuera algo detestable, pero entonces le comentó lo mucho que le gustó y aquello todavía la enfurecía más, la desconcertaba más y le hacía sentir un montón de sensaciones extrañas. Hasta reconoció que el comentario desacertado en la mesa ante aquel pedazo de putón había sido por celos. Mientras hablaba se aferraba al cuerpo de Paula que le acariciaba con una ternura desmesurada, nueva para Blanca. Y habló más pero al final cuando el silencio en ella tomó el protagonismo, oyó a Paula decirle.
-Si confías en mí y quieres, trataré de hacerte feliz.
-Necesito un poco de tiempo, me han hecho mucho daño.
-Te daré todo el tiempo que quieras.
-Siento tantas cosas por ti –sonrió tímidamente.
-Yo también.
-Deseo que esto salga bien Paula, nunca me había sentido así –la besó-. Eres una maravilla de persona, siempre lo pensé, sabía que había tenido suerte al contratarte, pero no alcancé a valorar cuanta.
-Prometo dejarme la vida por hacerte feliz.

No regresaron a Valencia, se fueron a Granada y allí, se convirtieron en dos amantes alocadas, que se olvidaron del mundo. No les importaba ir cogidas de la mano, no les importaban las miradas de la gente, ni los susurros, ellas eran felices, se amaron de todas las maneras posibles, se contaron sus miedos, sus penas, sus alegrías. Y en la alhambra hicieron una promesa de amor al atardecer. Nunca se dejarían la una a la otra, siempre estarían juntas. Y aquella ciudad tan mágica sería su amuleto.
En Valencia, a Julio se le acabaron las excusas para cubrir y disculpar a su jefa, él mismo se sentía tan feliz de escuchar el tono de Paula, que no le importó hacerse cargo de todo cuanto pudo. Tan solo una afirmación le hizo darse cuenta de lo feliz que iba a ser su amiga Paula.
-¿Sabes, Julio?
-Sorpréndeme.
-Tenías razón, he conocido a la Diosa Hathor.
-¡SI!

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