CARTAS PARA UN AMOR IMPOSIBLE

La vida que tenemos es corta, a veces, desaprovechamos ocasiones que nos ponen en nuestro camino, por anteponer lo correcto, o no saber superar el desafío, o el miedo a dar un paso. ¿Cuántos de nosotros hemos dejado por el camino cosas por temor a…? Conforme cumples años, te das cuenta que más vale haberlo intentado, que haberte negado la oportunidad de intentarlo.
De eso va esta historia. El amor, es un sentimiento tan hermoso que deberíamos tenerlo siempre presente. A veces, lo dejamos escapar por no decidirnos.
Espero que como moraleja os ayude en vuestro camino.
Gracias por seguir a mi lado.
Un fuerte abrazo.

Eran cerca de las ocho de la noche, Rosario como todos los días se encontraba en su oficina. Y como siempre, había pasado ya la hora de finalizar su jornada de trabajo. Trató de recomponer un poco su dolorida espalda y cuello con algunos ejercicios. Después a toda prisa recogió las cosas para ir a la puerta del edificio donde debía estar esperándola, Marga, su taxista personal. Aquel día llovía con una fuerza insistente. Al salir a la calle, se quedó sorprendida bajo su paraguas. No estaba su taxi. Miró a un lado, miró a otro, pero no había señal de Marga. Le pareció tan extraño que para asegurarse paseó unos metros hacia cada lado de la calle. Pero nada, no estaba. Y eso era algo terriblemente extraño. Desde hacía algo más de año y medio, su fiel taxista no había fallado nunca. Sacó el teléfono móvil y llamó. Le aparecía desconectado, aquello todavía le resultaba más extraño. Marga nunca había faltado a su trabajo, si alguna vez iba a llegar con retraso, le mandaba un guasap para que lo supiera. Marga era una profesional y su ausencia no la entendía. Entró al edificio porque la noche estaba bastante desapacible. La lluvia resonaba golpeando contra las grandes cristaleras del edificio. Se sentó en uno de los sillones pensando que algo pasaba y que llegaría en breve.
-Rosario… ¿qué sucede? –le preguntó el portero.
-Marga no está.
-¡Qué raro! –murmuró el hombre con gesto sorprendido.
-Sí, eso digo yo. Qué raro.
-¿No la avisó?
-No –le respondió algo contrariada.
Dejó pasar un cuarto de hora y volvió a insistir llamándola. Por respuesta, obtuvo el mismo mensaje, estaba apagado o fuera de cobertura. Rosario era una mujer impaciente que no le gustaba esperar, sin embargo, por alguna razón su interior le decía que aquello no era un plantón, algo había sucedido. Lo malo es que no conocía a nadie relacionado con Marga. Era una muchacha tan reservada, lo único que sabía era que su madre había muerto no hacía demasiado tiempo, no tenía padre, al menos, no lo había conocido.
-Seguro le ha pasado algo –le dijo el portero-. No es normal en ella.
-Me voy a casa, si viniera cuando yo no esté, por favor dígale que me llame.
-Descuide. ¿Le pido un taxi?
-Sí, por favor.
Al entrar al coche, notó como un profundo desamparo. Aquel no era su taxi. Ni el hombre que estaba al volante, su fiel taxista. Miró por la ventanilla con un escalofrío en la piel. Le había costado mucho tiempo encontrar una buena profesional, competitiva y respetuosa, además de cercana cuando necesitó ayuda. Esa profesional era Marga, cuando entraba en su taxi, podía estar lloviendo como aquel día, pero ella sentía que allí dentro hacia un día maravilloso. Le encantaba el perfume que llevaba, la calidez de aquel taxi. Se sentía ajena en ese momento en que veía pasar los comercios de la céntrica calle donde vivía. Miró el teléfono por si había alguna noticia pero no. Decidió mandarle un guasap:
-Marga… ¿pasa algo? En cuanto puedas llámame, estoy preocupada. Me parece muy raro no saber de ti.
Lo envió pero se dio cuenta que no lo había recibido. Así que volvió a llamar, volvía a estar desconectado. Finalmente desistió de seguir intentándolo. Seguro que en el momento pudiera se pondría en contacto con ella.
Como todas las noches, conectó la calefacción para ducharse. Al salir de la ducha se limpió la cara con sus cremas de noche y se puso el pijama. Después se preparó una ensalada con un filete de pechuga asada. Le gustaba cuidarse y siempre trataba de comer sano. Ya era suficiente con el estrés de su trabajo, como para además, no cuidarse. Cenaba viendo el canal 24 horas, con él se enteraba de las noticias más importantes, aunque, cada vez le daban más ganas de poner una buena película y olvidarse de este mundo loco donde vivimos. Cuando terminó su cena, miró nuevamente el teléfono, sin noticias. Después, abrió el ordenador y repasó el correo con las últimas noticias, quejas o peticiones. Cada vez que lo hacía, se arrepentía porque se enganchaba con problemas y se iba a la cama de mal humor. A su gran cama, vacía y fría. Era entonces cuando trataba de cerrar fuertemente los ojos y olvidarse de quien era. Porque de lo contrario, llegaban a ella los últimos momentos de su vida y le provocaban un llanto desgarrador, que le ayudaba más bien poco a conciliar el sueño.
A las seis de la mañana el despertador sonó. Miró el teléfono porque si no había noticias de Marga, tendría que solicitar un taxi. Y así era, no había noticias. Se levantó entre enfadada y preocupada, no sabía muy bien cómo definirse. Se preparó su café en la Nexpresso, para después de desayunar darse una ducha rápida y prepararse para ir como todas las mañanas a la jungla que era su trabajo. Sin embargo, aquella mañana empezó de modo diferente. El sonido del teléfono la sobresaltó, se apresuró a ir hasta la mesa donde lo tenía, estaba segura que era Marga. Sin embargo, cuando vio el número reflejado en la pantalla, dudó en contestar. ¿Quién podría llamarla a esas horas?
-¿Quién, es? –preguntó con cierto recelo.
-Hola, no me conoce, pero tengo que hablar con usted sobre Marga.
-¿Qué ha sucedido? –estaba segura que a esas alturas había pasado algo.
-Marga, ha muerto.
Sintió como las piernas flaquearon, hasta como se le nubló la vista, no sabía que decir, tan solo escuchó como le daba una dirección de un tanatorio y un horario. Al colgar, un llanto desconsolado se apoderó de ella.

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