CARTAS PARA UN AMOR IMPOSIBLE. CAP. 2

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Una vez se recuperó del golpe, buscó las fuerzas necesarias para avisar a Rosa, su secretaría. Le dio la noticia que la mujer también recibió con lágrimas y le dijo que llegaría un poco más tarde. Rosario todavía no podía creer que aquella chica tan jovial, tan simpática, tan especial, tan joven ya no estuviera viva. Se sentó sintiendo una pena enorme en su corazón. Trató de condensar su fuerza para levantarse y marchar al trabajo. ¡Cuánto iba a echarla de menos! ¡Qué injusta aquella muerte! Nada más le dijo aquella amiga que tuvo la deferencia de llamarla, que le habían asesinado por veintisiete euros.
Durante todo el día la pena la acompañó. Al salir del trabajo, devolvió la llamada al teléfono que por la mañana le había dado la noticia. Esperó un rato porque no le contestaban, golpeaba inquieta la punta del zapato contra el suelo. Iba a colgar cuando le contestó una voz nasal que se notaba había estado llorando.
-Hola, soy Rosario. Disculpa que te llame pero quería asegurarme que ya está en el tanatorio.
No le separaba mucho del trabajo al tanatorio. Entró con el dolor bien cogido a su corazón. Al ver el nombre que se reflejaba en la pantalla se le hizo un nudo en la garganta. Aún no podía asimilarlo. Llegó a la sala donde se encontraba el ataúd. Entró y vio dos chicas sentadas en un sofá cogidas de la mano. Se les notaba realmente afectadas.
-Hola.
-¿Rosario? –preguntó una de ellas poniéndose en pie.
-Sí –sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Gracias por venir.
No dijeron nada más, sin conocerse, se fundieron en un abrazo que por ambas partes agradecieron. Se giró temiendo el momento de encontrarla en el ataúd. Al girarse, agradeció que estuviera tapado.
-Lo quiso así –dijo una de aquellas mujeres como si le leyera el pensamiento. Rosario asintió sacando un pañuelo del bolsillo del abrigo para retirar sus lágrimas-. Aún no podemos creerlo.
-Ni yo –murmuró con una gran pena reflejada en su voz.
-La policía dice que debió ser un drogadicto. Tan solo le robaron el dinero que llevaba.
-¿Sufrió?
-Nos dijeron que no, que fueron segundos nada más.
-No lo puedo creer. Era una muchacha impresionante, de verdad, no se merecía morir tan joven.
Hubo silencio por un buen rato. Las tres estaban de pie detrás del cristal mirando el féretro en silencio. Cada una en su pensamiento recordaba a Marga de una manera diferente, la amiga, la cómplice, la profesional. Iban a notar su ausencia porque se hacía querer de tal manera, que vivir sin ella, iba a ser una tarea complicada.
Tras recuperarse, Rosario se sentó un rato con aquellas chicas que le contaron eran amigas. La vida de Marga había sido un verdadero calvario, según ellas. Parecían tan desesperadas que les habló de lo buena profesional que era, de lo mucho que la apreciaba también como persona.
-La verdad que tuve mucha suerte con ella, nunca me falló y eso, encontrarlo en la actualidad es muy complicado –ellas sonrieron mínimamente intercambiándose una mirada de la que se percató Rosario-. Bueno… tengo que irme, mañana vendré a la incineración.
-Gracias por acompañarnos, debe estar muy contenta de verla aquí.
-No me des las gracias, ¡cómo no iba a estar! Con todo lo que me ha ayudado… -sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
-La acompaño hasta la puerta.
-Gracias.
Los pies le pesaban a cada paso que la alejaban de la sala donde se encontraba Marga. Algo dentro de ella le decía que no se marchara, que se quedara. Que nunca más volvería a compartir con ella el tiempo. Y cuando entró al taxi que había parado en la puerta, un dolor profundo se agarró a su corazón, notaba como le palpitaba a galope, parecía que se iba a desbocar, sus sienes sentían unas punzadas dolorosas y le faltaba el aire. Aquel no era su taxi, y lo peor, su taxi ya nunca más estaría esperándola en la puerta.
Al subir nuevamente hasta la sala, Andrea, la amiga de Marga, se sentó junto a Pilar, su pareja. Ambas se miraron tras un profundo suspiro. Eran las únicas amigas que tenía Marga, las de verdad, las que lo sabían todo de ella. Y uno de sus secretos debían decidir qué hacer con él.
-Deberías dárselo.
-No sé si a Marga le gustaría que hiciéramos algo así.
-Claro que le gustaría.
-¡Cómo ha podido pasar esto, Pilar! –se quejó con pesar dejándose abrazar por ella.
-No lo sé, mi amor, no lo sé.

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