CARTAS PARA UN AMOR IMPOSIBLE. CAP. 3

playa_santander

Dormir era complicado, más con un hecho que no esperas y duele tanto. Pero, finalmente, logró conciliar el sueño aunque lo hizo acompañada de pesadillas con Marga. Rosario había quedado con su secretaría en recogerla y juntas irían al tanatorio. Ninguna de las dos podía creerse lo sucedido ni siquiera cuando llegaron al tanatorio y vieron su féretro. Durante la incineración, la sala se llenó de chicas jóvenes, a Rosario le llamó la atención que todo eran mujeres. Las palabras que le dedicaron dos de ellas, fueron emotivas y se notaba que la conocían bien. Después durante la incineración, el llanto se extendió por el lugar. Rosario y su secretaría no pudieron reprimirlo. Rosario se apartó sus gafas negras para limpiarse los ojos. Su secretaría se apartó sus gafas graduadas. Ambas con el mismo sentimiento de pena. Salieron de allí con el corazón compungido, parecía que aquellas dos amigas que conoció en el tanatorio eran las que estaban allí para recibir el pésame. Abrazos, besos y lágrimas. Esperó a que la gente joven se fuera retirando, esperó, sintiendo aquel olor que le estaba penetrando las fosas nasales, quería huir lo más rápido de aquel lugar, no quería pensar en lo que estaba sucediendo tras las cortinas.
-Rosario –la sacó de su pensamiento negro y pesado la voz de Andrea.
-Lo siento muchísimo –la abrazó rota por la batalla que se estaba librando en su interior-. De verdad.
-Lo sé, sé que lo sientes –la secretaría también la abrazó dándole el pésame-. Gracias por venir, seguro que esté donde esté, está contenta de verte aquí.
-Daría todo lo que pudiera por no estar aquí.
-Ella no era de misas, pero Pilar quiere hacerle una… -les decía con dudas en su voz.
-Dime cuando es, e iremos.
-Gracias. Una cosa ¿puedo un día ir a verte a tu despacho, bueno o en una cafetería? –ante el gesto de sorpresa de Rosario agregó-. Quiero darte algo.
-Claro, claro. Cuando quieras, tienes mi teléfono me llamas y quedamos.
Se despidieron. Rosario apresuró su paso no quería seguir allí ni un segundo más. Durante la tarde trató de ocupar su cabeza en el trabajo, tampoco podía dejarlo de lado, había mucho que hacer. Odiaba vivir tan deprisa, tan poco realmente. Sin embargo, aquella petición de la amiga de Marga le tenía algo contrariada, no sabía muy bien para qué, pero se imaginó que quizá quería darle algo para que lo tuviera de recuerdo.
Al día siguiente recibió la llamada de Andrea. Quedaron para aquella misma tarde, tenía un hueco y pensó que con media hora si tenía que darle algo habría tiempo suficiente.
Llegó la hora de la cita y al llegar a la cafetería vio a la pareja sentada en una esquina. Al verla entrar, le hicieron una señal para que se reuniera con ellas. Como siempre fueron muy amables, se levantaron y le dieron dos besos. Pidió un té con limón, porque desde la noticia tenía el estómago algo revuelto.
-Bueno… pues aquí estoy –les dijo como si tuviera prisa por terminar la reunión.
-Verás, Rosario, queríamos darte algo que perteneció a Marga –ambas se cruzaron una mirada algo nerviosa que fue captada por Rosario-. Era algo muy personal.
-Sí, quizá no estemos haciendo bien –agregó Pilar-. Pero creemos que fuiste la persona que más feliz hizo a nuestra amiga, aunque también, sin tú saberlo, la más desdichada.
-¿Cómo? –las miró alternativamente sin entender.
-Esto era suyo –le entregó lo que parecía un cuaderno empaquetado cuidadosamente-. Pero creemos que es mejor lo tengas tú.
-¿Qué es?
-Lo tienes que ver tú porque por mucho que nosotras te podamos explicar, no lograremos hacerlo tal y como debe ser explicado.
Rosario cogió aquel regalo, por un momento sintió que pesaba mucho más de lo que era realmente. No sabía muy bien qué motivo tenía pero aquello que llevaba bajo el brazo la ponía nerviosa. El resto de la tarde no pudo concentrarse en el trabajo. Como era viernes, se lo llevó a casa, pasaría un fin de semana más en soledad haciendo planos, números y demás.
Salió del portal y sintió una punzada en su corazón, había un taxi que por un momento le hizo pensar en Marga. Sintió tanta rabia que decidió coger el autobús, algo que no hacía desde años. Logró un asiento y disfrutó del recorrido. Podía detenerse a mirar a su alrededor, aunque le molestaba el griterío que había en el interior. Sacó el móvil y se puso a leer las noticias, el corazón volvió a darle un vuelco, allí estaba la foto de Marga junto a un hombre, era su asesino. Se apresuró a leer la noticia, el ruido que parecía acompañarle como si fuera un enjambre de abejas, desapareció y tan solo su propia voz resonaba en la cabeza.
-la joven taxista había cogido al hombre en una de las calles más céntricas, nada podía hacerle sospechar, iba bien vestido, con un maletín en su mano. Le dio una dirección que estaba a las afueras de la ciudad, la joven desconocía que iba a ser su terrible final. El hombre que desde el primer instante sabía que iba a hacer, esperó a que entrara en una calle prácticamente deshabitada, le hizo parar y sin mediar palabra le rebanó el cuello. La joven taxista murió por veintisiete euros. La vida a veces es cuestión de suerte, y la joven, la perdió como la vida desde el momento en que subió su cliente al coche.
Al levantar la mirada de la pantalla del móvil sintió la rabia de pensar ¡por qué ella! Podía haber sido cualquiera, podía haber pasado otro, pero no, su cruel destino había sido aquel hombre que estaba en la foto, nada hacía sospechar de él, ella sabía que Marga si tenía un mal palpito no paraba el taxi. Había tenido siempre suerte, no la habían atracado nunca, su primera vez, le costó la vida.
-¿Dónde estoy? –se preguntó mirando alrededor-. ¡Oh no!
Tuvo que desandar el camino que se había pasado con el autobús. Llegó con dolor de pies, cansada y con el ánimo por los suelos. Saber la noticia no alivió su pena. Al contrario, la enrabietó mucho más. Necesita hablar con alguien sobre lo sucedido y no se le ocurrió nadie mejor que Andrea. Estuvieron llorando mientras hablaban, ambas sentían que era injusto y la rabia les hacía llorar.
-Gracias Andrea, necesitaba hablar con alguien.
-Yo también, Pilar se ha marchado un par de días fuera por cuestión de trabajo y… aún no lo sabe.
-Entiendo, si necesitas cualquier cosa.
-Gracias, lo mismo te digo –iba a colgar pero de pronto se detuvo-. ¡Rosario!
-Dime.
-Lo que te hemos dado hoy, Marga nos dijo algo al respecto. Era, que si un día por cualquier razón pudiera dártelo, quería compartirlo contigo frente al mar.
-A veces me llevaba cuando me veía mal –respondió como si con esa frase, diera por hecho que iba a hacerlo.
-Te hará bien leerlo allí.
Se despidieron con un emotivo adiós. Sobre la mesa el cuaderno envuelto. Había cenado y quería leerlo, pero no se atrevía. Le parecía muy misterioso todo lo que le habían dicho y como se lo habían entregado. Cerró los ojos pensando que si Marga había dicho que lo leyera frente al mar, lo iba a hacer. Lo haría como homenaje a su taxista, amiga y confidente. Suspiró con fuerza y apagó la luz para irse a la cama.
El cansancio la venció y se quedó dormida con la luz encendida. Cuando abrió los ojos el reloj marcaba las once de la mañana. Se asustó dando un brinco en la cama. Aquel día tenía una meta, necesitaba estar sola pero estar con todo el sentido puesto en aquel libro o lo que fuera. Se duchó y se vistió con ropa cómoda. Pantalón y camisola negro. Encima una chaqueta y un foulard de color rosa pálido. Cogió una mochila y metió allí el regalo. Salió a la calle y percibió que hacía un día maravilloso, digno de disfrutar. Se disponía a coger nuevamente el autobús cuando sonó su móvil. Era su hijo Salva, desde Estados Unidos, habló distendidamente con él y terminó diciéndole lo mucho que lo quería, algo que hacía mucho tiempo no le transmitía, como respuesta obtuvo la misma frase de su hijo. Aquello la emocionó. Llegó a la playa, buscó aquel lugar donde Marga la llevó un día horrible para ella, recordaba donde se sentaron e hizo el mismo recorrido. El mar estaba tan en calma que le provocó un relax total. Abrió su bolso, con cuidado rompió el papel al mismo tiempo que suspiraba. Allí había un libro, más exactamente un cuaderno con gusanillo. Lo miró algo extrañada pero al leer le título su extrañeza dejó paso a un asombro total.
CARTAS PARA UN AMOR IMPOSIBLE

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