CARTAS PARA UN AMOR IMPOSIBLE. CAP. V

betanzos-3

Durante unos minutos dejó de leer. También de pensar. Tan solo quería escuchar el sonido del mar y el grito de las gaviotas sobrevolando su cabeza. Se puso las gafas de sol, cerró los ojos apoyándose en otra roca, en ese instante vinieron a ella recuerdos con Marga en aquel mismo lugar. Un abrazo que le hizo temblar, acababa de saber por qué. Muchas veces había vuelto a aquel abrazo de Marga que pareció refugiarla del mundo, se preguntaba una y otra vez, que había en aquel gesto, pero siempre llegó a la conclusión de que lo único que había, era un sentimiento de pena que despertó en su taxista. Sonrió brevemente dando un pequeño quejido. Allí descubrió que significaba y estaba casi segura de adivinar lo que Marga habría escrito.
Decidida a averiguarlo, siguió leyendo, dos cartas más donde seguía desgranando su amor, diciéndole cosas tan bellas que le hacían erizar la piel. No recordaba que nadie le hubiera dicho algo así, tan delicado, tan intenso. Al finalizar se detuvo pensando ¿qué hubiera hecho si reamente Marga le hubiera confesado aquellos sentimientos tan puros e intensos? No sabía muy bien responderse. Quizá necesitaba tiempo para entender la magnitud de aquel amor.
Volvió a leer, pero antes de enfrentarse a la fecha que había escrita, bebió como si buscara nuevamente que el agua aplacara la ansiedad que comenzaba a sentir en su garganta.

VIERNES 9 MAYO 2013
No sé muy bien por dónde empezar. Hoy ha sido un día terrible para mí. Imagino que para ti ha debido de ser un calvario. Y siento tanta rabia. Me encantaría estar en tu casa, echarme a tu lado en la cama y abrazarte. Tenerte sujeta para que sientas que no estás sola. Mis brazos serán tu cuna para mecerte y aliviar tu dolor. No lo mereces. No mereces sufrir como intuyo lo estarás haciendo ahora mismo.
El día empezó extraño para mí, fui como siempre a recogerte a tu casa. Me has sorprendido al verte con tu maleta de mano. Sin tu ordenador. Tenías una sonrisa tan mágica que eclipsabas el mundo, todo carecía de sentido para mí. Al subir, noté tu alegría desbordante, sonreí porque fue lo que me provocaste. Después mi sonrisa se fue desvaneciendo. “Voy a darle una sorpresa a mi marido, hoy es nuestro aniversario”. Y el mundo real volvió. Te llevé a la estación, saboreando tu felicidad. Daba igual que te motivaba aquella sonrisa maravillosa, aquel gesto tan especial que se forma en tu cara cuando sonríes. Ciertas arrugas se forman en el entorno de tus ojos, pero lejos de ser molestas, te dan una belleza única. El brillo que desprendían tus ojos me hicieron ver que a pesar de los años compartidos, seguías enamorada. Sí, tu marido tiene mucha suerte al tenerte a su lado. “Mucha suerte, Rosario” te dije sonriendo aunque moría un poco por dentro. “Gracias, Marga, gracias cariño”. Ha sido la primera vez que has pronunciado una palabra cariñosa hacia mí. Y no sabes lo feliz que me has hecho. Casi podría decirte sin exagerar, que hoy me he pasado todo el día abrazada a ese “cariño”
Regresé al trabajo, pero más muerta que viva. Insistía en mentalizarme que no podía ser, yo no era para ti. Y lo peor, tú sí podrías ser para mí. Necesitaba trabajar para no pensar, soportar charlas que no me importan pero me ayudaban a alejarme de ti. Ni siquiera he parado a comer, tenía el estómago cerrado. Tanto es así, que Pilar me ha dicho que piense si trabajar para ti me hace bien. Creo que tiene razón, pero debo ser más fuerte que este sentimiento que me puede. Nunca me había pasado y siempre que alguien me contó un sentimiento así, negué la posibilidad de que me pasara a mí. Pero mira, aquí estoy, sufriendo por este amor que me tiene atrapada. Quizá, sí, quizá deba dejarte. Será bueno para mi salud. La mental, sobre todo.
Recuerdo que tras pensar esto, decidí irme a casa. Eran las seis y media, no lo olvidaré nunca. Justo estaba quitando el cartel del taxi, en el momento en que me sonó el teléfono. Era tu música, me extrañó. Contesté presintiendo que algo había pasado. El corazón casi se me sale del pecho cuando me dijiste entre mil lágrimas que en diez minutos estabas en la estación. “Por favor… ven a por mí, Marga, ven” tu voz era tan desesperada como mis ansias por saber. Sin embargo, arranqué y salí a toda velocidad hasta la estación. No me quedé en el coche como solía hacer, salí, percibía que estabas mal. No me equivoqué, cuando te vi, me dolió el alma. No te pregunté no hacía falta, tan solo te abracé. Muy fuerte, noté como temblabas y rápidamente te saqué de allí. Creo que no fuiste capaz de saber por dónde íbamos, en ese momento te dejaste llevar con total confianza por mí. Llegamos al coche y decidí que estarías mejor a mi lado. Me metí corriendo como si separarme de ti fuera una tortura mayor. Arranqué y pensé que era lo que necesitabas. Decidí llevarte al mismo lugar donde ahogo mis penas. “¿Rosario, qué ha pasado?” te pregunté con temor. “Como no esperaba que llegara, me he enterado que tiene una amante con la que vive desde hace dos años”. ¡Maldito cabrón! Pensé para mí. Agradecí que el semáforo se pusiera en verde, me hubiera lanzado a abrazarte. No hablamos más, ni siquiera me preguntaste donde te llevaba. Mirabas por la ventanilla pero estoy segura que no veías nada. Yo te miraba de soslayo, subí un poco la música de Luz, sabía que te gustaban sus boleros y me apresuré a poner el volumen justo para no molestar. Llegamos a la playa y detuve el coche. Te miré de reojo y vi tu gesto algo más sereno. Sonreí levemente y te dije: “Vamos a ver el atardecer, hay un lugar que es mágico”. Me miraste como si pudieras realmente en ese minuto olvidar lo que sucedía. Bajamos, te di mi mano y el contacto fue estremecedor para mí. Estabas ahí, cogida a mi mano, tan cerca, tan lejos. Dudé en pararte y decirte mirándote fijamente a los ojos “Rosario, prometo si me dejas, darte todo el amor que siento, me haces tan feliz, que me gustaría devolverte todo esto. Te amo Rosario. No te pido más que una oportunidad, ir poco a poco, no somos dos niñas, ni dos adolescentes. Pero no importa. Te quiero eso es lo realmente importante”
Rosario lloraba con una congoja que le hacía sentir un dolor en el pecho. Era todo tan nuevo, tan extraño para ella. Marga ya no estaba, la había amado en silencio, un silencio que en aquellas hojas decidió romperlo, gritar cada palabra para que el mundo la escuchara. El pesar que sentía era realmente angustioso, ella no tenía culpa de nada, pero no se había dado cuenta de lo importante que era en su vida. Ese te quiero le doblegó. Recordar como aquel día Marga hizo que se olvidara de lo malo, allí mismo donde estaba en ese momento. Miró a su lado izquierdo como si pudiera notar su presencia. Recordó cómo le hizo reír contándole anécdotas del taxi. Se sintió tan abrigada en aquella roca. Que en el momento en que miraba nuevamente la carta, sintió como se quedaba desnuda.
“Vimos atardecer en silencio y me contaste lo ocurrido. Él no te esperaba, entraste y te encontraste con ella. Fue quien te lo contó y justo cuando ibas a salir corriendo llegó él. Te dijo que sentía mucho que te hubieras enterado de aquella manera. Maldito cabrón, es lo que repito desde que has empezado a hablarme, hacerte daño a ti, a mi princesa. Después te pidió el divorcio y fue incapaz ni de llamarte un taxi ni preocuparse por lo que ibas a hacer. Ese hombre no te merece, no sabe valorar lo que tiene. ¿Qué se ha ido con una mujer más joven? No te preocupes, Rosario, él se lo pierde. Tú eres tan maravillosa, haces que las personas perciban de ti la exquisitez, eres un ser con luz, especial, de esos que te eclipsan. Y no lo digo yo porque esté profundamente enamorada, lo dicen los que te conocen. ¿Sabes lo que te hace falta? Dejar tanto trabajo y dedicarte a ti. Ese hombre ya es historia. Refugiarte en el trabajo no conlleva a nada bueno. Si me dejaras, te haría inmensamente feliz”
Rosario cerró el libro, se quitó las gafas retirándose las lágrimas. Suspiró sintiendo un dolor en su pecho. Pasó con delicadez la lengua por su labio inferior mientras ceñía la frente. Abrió los ojos sintiendo una pesada carga sobre sus hombros.
-¿Por qué no me dijiste nada? –murmuró lentamente-. Recuerdo ese día perfectamente y lo mucho que me ayudaste –guardó silencio durante unos segundos para cerrar nuevamente los ojos y murmurar con nostalgia-. Marga…

SABADO 10 MAYO 2013
“Hoy no me toca trabajar, estoy en casa esperando que me llames para poder saber cómo estás. Me he pasado la noche abrazada a la almohada como si pudiera así hacerte llegar mi calor, mi amor. He soñado contigo, volvíamos al mar y nos sentábamos abrazadas la una con la otra. Que feliz he sido. Son las doce y no sé nada de ti, voy a llamarte. No puedo más”.
Bueno me has agradecido el calor que te di ayer, no es para tanto, tan solo hice lo que tocaba. Seguro que tú con tu gran humanidad hubieras hecho lo mismo.
Te he dicho que si necesitas algo me llames, te iba a invitar al cine, pero no creo que proceda. Esta noche me voy a quemar toda la adrenalina que siento, esto de controlar tanto mis emociones hacia ti me está resultando más complicado de lo que pensé. ¿Cómo he podido llegar a esto? ¿Qué me está pasando? No puedo dejar de pensar en ti, pero no como una obsesión, si no, como un deseo de estar a tu lado y amarte. Necesito sacarte de mi cabeza algún tiempo, me doy cuenta que no es sano. Hoy mismo, me estaba preparando la comida y mi mente divagaba, ha ido a tu cuerpo, me abrías la puerta y me mirabas con necesidad. Me acercaba a ti mirándote fijamente a los ojos. Tus labios parecían llamarme y los atrapaba con delicadeza. Tú me rozabas la mano con tal cuidado, que provocabas que todo mi bello se erizara. Después, dejábamos paso a la pasión, podía sentir como mis pechos se endurecían, podía percibir mi desesperado deseo de desnudarte, besarte cada milímetro de piel y hacerte el amor. Despacio, sin prisa, con pasión pausada. Tan solo al clavarme el cuchillo me he dado cuenta de que estaba metida en esa fantasía que tantas veces me asalta. Es una fantasía tan vivida, tan clara, tan real. A veces cuando subes al coche es complicado para mí mirarte a los ojos. Me sonrojo porque recuerdo haberme masturbado pensando en ti. Si tú supieras todo cuanto provocas, estoy segura, mandarías a la mierda el dolor que ahora sientes por alguien que no lo merece.

Rosario, tragó saliva, resopló, aquellas palabras la habían causado un impacto total. Se puso en su lugar, era la mejor manera de saber por lo que pasa la otra persona. Todos los días estando tan cerca y sintiendo esto, debió de ser una tortura, entendía que pensara en la posibilidad de dejarla. Desearla de una manera tan intensa no debía ser fácil. Manejar aquel sentimiento con alguien que está a dos pasos de ti, pero te es imposible tocar, debía ser una tortura. Rosario, suspiró con cierta rabia, le hacía daño pensar que aquella mujer que ella tanto apreciaba hubiera sufrido por “su culpa”.

LUNES 12 MAYO 2013
“Querida Rosario, hoy me has hecho feliz. Si supieras con lo poquito que me siento feliz, te sorprenderías. Hoy has descartado sentarte detrás, me he quedado de piedra. Has querido ir de copiloto. Te has puesto el cinturón y me has dicho muy segura. “Llévame a la playa del otro día”. Dicho y hecho. Te he mirado y sonreído. Se notaba que habías pasado dos días horribles, tu piel había sufrido el desgaste de tanta lágrima. Tus ojos grandes y expresivos, todavía seguían apagados del mismo modo que cuando te vi en la estación. Tu perfume de manzana fresca, me encanta, es como si me hechizara cuando subes al taxi. Íbamos en silencio, con la música bajita como a ti te gusta. Mirabas a través de tus gafas negras todo cuanto nos rodeaba. No sé si realmente lo estabas mirando pero parecías lejos de mi lado. De pronto, me sorprendiste preguntándome “¿Crees que superaré esto a mi edad?”. Sin apartar la mirada de la carretera te he contestado “claro que sí. A veces vale la pena estar sola que mal acompañada, mi madre siempre lo decía”. Hemos llegado a la playa y, al bajar del coche, lo primero que has hecho ha sido tomar aire, parecía que necesitabas llenar tus pulmones de ese aire salado. Diste unos pasos, yo me quedé detrás esperando, no sé muy bien qué. Entonces te has girado y me has pedido que te acompañara, querías mojarte los pies, sencillamente, ha sido majestuoso. Después, las risas porque no llevábamos toalla, con lo que nos hemos tenido que esperar a que se secara los pies y con unas toallitas húmedas limpiarnos los restos de arena. Sí, Rosario, sí, hoy me has hecho feliz. Siento que estás un poquito más cerca”.
Rosario sonrió de lado, allí estaba en el mismo lugar al que se refería Marga en sus cartas, como ella las llamó. Recordaba perfectamente como pasearon por la orilla, riéndose con cada ola que llegaba y les mojaba los pies, aquel día también para ella fue especial, fue el primero en que se sintió fuerte para continuar sola. Y Marga estuvo allí.

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