UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. CAPITULO 1

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Aviso al lector: En esta historia todo es inventando, hasta la propia historia de España. ¿Y si en el pasado… una reina hubiera sido lesbiana?

 

El barullo de un lugar de trabajo, donde se concentran más de veinte personas, a veces, se hace insoportable. Al menos, en su trabajo era la sensación que tenía Esther, cada tanto necesitaba salir a tomar aire. Ella no fumaba, pero hacía como sus compañeros, durante cinco minutos desaparecía arrinconándose en una pequeña terraza. Calmaba su tormento con la mirada puesta en el cielo de Madrid, soñando, durante ese pequeño instante se permitía cinco minutos de abandono terrenal. Después, volvía a ser la periodista decidida y arriesgada con los reportajes que nadie quería. Se caracterizaba por ir a los lugares más recónditos, con su amigo y compañero, el fotógrafo Sebastián. Juntos, habían recorrido lugares peligrosos, pero también maravillosos. Entre ellos existía una química fuera de lo normal en ese trabajo. Eran como hermanos, a pesar de que, los dimes y diretes, les habían colocado la estampita de novios. Algo que les hacía mucha gracia a ellos, porque tan solo Esther y, la directora, Lourdes, sabían la verdad sobre él.
La agencia ocupaba toda una planta en uno de los edificios más céntricos de Madrid. En aquel cuadrado diáfano repleto de mesas con ordenadores, parabanes que repartían el espacio y, voces que se entremezclaban, trabajaban para la revista National Geographic.
Esther, había llegado hacía cuatro años. Cuando entró, como pasa en todos los trabajos, hizo amistad muy rápido con una compañera llamada, Menchu, era un poco mayor que ella. Se hicieron inseparables, tanto dentro como fuera de la oficina. Se contaban sus penas y alegrías, cuando una necesitaba a la otra, siempre estaba ahí no importaba ni la hora ni el lugar. Juntas tenían una especie de código que les hacía entenderse con la mirada. Menchu era una mujer divorciada dispuesta a vivir la vida sin nadie que la atara a su lado. Eso arrastraba más de una vez a Esther, la llevaba a cenar a lugares donde “cazar amantes de usar y tirar”, tal y como ella lo definía, era mucho más sencillo. Esther, sin embargo, guardaba un secreto en su interior que, a pesar de la confianza, no se atrevía a confesar. Aquel día, no entendía muy bien qué le ocurría, estaba desanimada, con la moral por tierra. Menchu la vio recoger sus cosas con ese decaimiento que reconocía en ella pero era incapaz de entender. Para ella, Esther lo tenía todo y no veía motivos para que se sintiera tan desgraciada como a veces decía.
-¿Qué le pasa a mi periodista favorita?
-Nada, Menchu, hoy tengo un poco de bajón.
-¿Es por Sebastián?, hace dos semanas que se fue y sigues hablando con él –le dijo sin entender muy bien su estado.
-No es por eso.
-Necesitas uno de mis cafés… venga… vamos a mi casa.
Agradeció como siempre tener a aquella amiga a su lado para ayudarla. Por el camino pensó que debía contarle lo que realmente le ocurría, quizá podría ayudarle. Llegaron a casa y mientras Menchu se iba a la cocina para preparar la cafetera, Esther se sentaba abatida en el sofá.
-Bueno… ¿qué te pasa? Estás así desde el sábado que salimos, a mí no me engañas.
-Tienes razón –cogió un cojín grande y se abrazó a él.
-¿Me vas a contar?
-Necesito ayuda.
-Voy a por el café y hablamos.
La mirada de Esther se había vuelto turbia, lleva tantos años guardando silencio, tenía tantas dudas sobre sí misma. Pensó que Menchu era quién mejor la podría ayudar, que excepto lo que callaba, sabía todo a cerca de su vida.
-Bueno ya estoy aquí –dejó la bandeja sobre la mesa y le acercó el café-. Aunque mejor te hubiera venido una tila.
-Gracias, de verdad –le dedicó su mejor sonrisa de agradecimiento.
-¡Ah, venga, va! –le quitó importancia con un ademán gracioso-. Veamos qué te pasa.
-Haca doce años y tres meses me ocurrió algo que me marcó.
-Mucho te debió marcar para llevar la cuenta exacta –trató de decirlo con sumo respeto.
-Yo tenía una amiga, muy guapa, muy especial. Sabía que era lesbiana y que tenía tantas mujeres como le apetecía. Pero siempre nos respetamos. Ella con sus historias, yo con las mías. Un día, no sé porque, francamente, no lo sé, acabamos en mi casa sentadas en el sofá hablando de la vida, ninguna de las dos estábamos borrachas, que si al menos tuviera esa disculpa.
-¿Os enrollasteis? –confirmó sin darle más importancia.
-Si hubiera sido tan fácil –puso gesto triste-. Recuerdo que nos quedamos mirando, sus ojos parecía que me hipnotizaban, se acercó, lentamente, me besó y me hizo una desgraciada.
-¿No hubo sexo? –la miraba asombrada.
-Metió su mano por debajo de mi jersey, me tocó, fue una caricia tan sensual, nos besamos con pasión y se puso sobre mí –cerró los ojos tragando saliva-. Cuando me desabrochó el pantalón, empecé a sentir cosquillas en mi estómago, jadeábamos con desesperación. En ese instante sentí como si descendiera por la Montaña Rusa. Necesité tocarla igualmente como ella empezaba a tocarme, pero de repente, la hice parar.
-¡Uf qué dolor! –acurrucó sus ojos y apretó una pierna contra la otra, aprovechando que las tenía cruzadas.
-No sé qué me pasó. Ella se disculpó, se fue y hasta hoy no he vuelto a saber nada.
-¡Madre mía! ¿Ni una llamada? –Esther negó con la cabeza-. ¿Tú la llamaste? –volvió a negar con la cabeza mientras daba un trago al café-. ¿Ninguna hizo nada por volver a verse? ¿Por aclarar lo sucedido?
-Yo, fui una vez pasados unos días hasta donde se encontraba haciendo unas prácticas, pero no la vi.
-¿Entraste y preguntaste?
-No.
-¿Y ella no te buscó?
-Lógicamente, no. Ella sabía dónde encontrarme.
-¿Y qué problema tienes?
-Sabes que he estado con hombres, varios, pero ninguno logra lo que logró ella. Ninguno me besa como ella, con esa suavidad, esa ternura –decía como si pudiera recordar en ese instante aquel beso.
-¿Pero no tienes orgasmos? –no entendía muy bien a qué se refería, estaba totalmente descolocada con aquella confesión.
-Sí, bueno… a veces los finjo. Lo único que sé, es que si hubiera seguido quizá no me habría gustado y se hubiera resuelto el problema.
-¡Pues vaya tontería de problema tienes tú! ¿Por qué no buscas una mujer?
-No, no… -negó repetidamente con la cabeza como si fuera un horror.
-Pues no sé cómo se te va a quitar esa tontería, deberías probar a tener sexo con una mujer. Creo que este viernes iremos a un rollito bollo, ¡estoy segura que será tu remedio!
-¿No te parece mal? –la miró sonriendo.
-¡A mí cómo me va a parecer mal! Cada quien es libre de vivir su sexualidad, es más, creo que tienes un buen lío mental ¡lástima no conocer a nadie que te ayude a desliarte en la cama!
Ambas rompieron en una carcajada, pero Esther terminó llorando, aquel momento vivido que no terminó de vivirlo, le había dejado una marca innegable.

2 pensamientos en “UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. CAPITULO 1

  1. Hola Ann.
    Muchas gracias, nada más espero, que esta nueva historia os vuelva a emocionar, sorprender y, como no, hacer reír.
    Gracias.

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