UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. CAP. 2

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Al día siguiente, Esther entraba a su trabajo con unas considerables ojeras. Menchu lo hacía tras ella. Al llegar a su mesa, Begoña, su compañera le dijo que había una reunión. Que habían localizado compañero para Esther.

-¡Mira qué bien! –le dijo Menchu tratando de animarla-. Igual te ayuda a despejar dudas.

A mitad mañana, la directora las llamó a todas a su despacho para presentarles al nuevo miembro del equipo. Esther estaba enredada en una discusión por teléfono, mientras, Menchu a base de gestos le metía prisa para que colgara. Iban caminando hasta el despacho de Lourdes, la directora, discutiendo entre las dos, como era costumbre cuando había que hacer algo que les cortaba su trabajo. Al llegar a la puerta, Esther se detuvo en seco y Menchu se golpeó contra ella.

-¿Se puede saber qué haces, estás tonta, o qué? –le reñía en voz baja mientras se frotaba la cabeza.

-No puede ser –murmuró atónita.

-Entra de una vez o nos cae un buen chorreo –le apremió rascándose la cabeza.

-¡Pensáis entrar o tengo que decir que os empujen! –les advirtió Lourdes con tono seco.

-Es Esther, no sé qué le pasa –se defendió Menchu con su habitual sonrisa.

Allí en lugar de un hombre, había una mujer, con una melena lacia, chaqueta de cuero y pantalones vaqueros, unas botas negras con poco tacón. La veían de espaldas pero el gesto de Esther denotaba que la conocía. Menchu fue a preguntarle quien era, pero no hizo falta al ver como aquella chica se giraba y ponía el mismo gesto atónito que su amiga al verla.

-Bueno, os presento a Maca la nueva fotógrafa de la revista.

-“¿Fotógrafa?” –se preguntó para sí Esther.

Esther no entendía que hacía allí Maca.

-Esther… te presento a Maca.

-¿Esther? –la miró Maca frunciendo la frente como si tuviera que hacer un esfuerzo para recordar.

-Sí, soy Esther. ¿Qué tal? –ni siquiera se intercambiaron dos besos al reconocerse.

-La verdad que muy contenta de haber encontrado este trabajo –le mostró una sonrisa algo nerviosa, pero amplia y tan maravillosa como siempre.

-¿Fotógrafa? –la miraba fijamente sintiendo unos nervios desatados en su estómago-. ¿Pero… no eras médico?

-Sí, lo soy, pero hace algún tiempo lo dejé.

-Pues si os conocéis mucho mejor. Venga… todas a trabajar. ¡Esther, hoy tienes lo que queda de mañana para ti a Maca! Explícale en lo que estás y lo que vais a trabajar. Esta tarde hay una sesión de fotos con unas modelos, ¡qué sepas Maca, que estoy en contra pero vamos a hacer ese esfuerzo para poder ganar un extra! Lo nuestro son los reportajes naturales… no mujeres en pelotas. ¡A trabajar!

-Madre mía si no lo veo no lo creo, ¡pero esta tía es un pibón! ¡Cómo pudiste decirle que no! –le decía incrédula Menchu mientras la acompañaba.

-¡Cállate… por tu madre, cállate!

Llegaron a la mesa donde Esther y Menchu compartían espacio. Maca miraba a su alrededor y sonreía a las chicas con ciertos nervios. Llevaba en su mano un casco rosa con dibujos como si fueran de niños. Esther suspiró para poder contralar los nervios, que había desatado aquella mujer y los comentarios de Menchu. Su amiga, la miraba atentamente mientras tomaba asiento. Si tuviera que explicar la escena que estaba viendo, ambas hablando sobre trabajo, podría decir que Maca había hecho un esfuerzo por recordarla. Que, posiblemente, no le había afectado verla, sin embargo, Esther… Esther no paraba de gesticular y apretarse las manos una contra la otra. Sabía que estaba nerviosa, lo que menos esperaba era volverse a encontrar con ella.

Durante un buen rato, Esther estuvo hablándole de lo que normalmente Sebastián solía hacer trabajando con ella. Maca la escuchaba atentamente, no apartaba los ojos de ella, excepto alguna vez, que Menchu, había captado que miraba de reojo y su gesto se tensaba. Menchu entendía que Carmen podía haber llamado su atención, era una chica de veintipocos años, con un culo envidiable y unos pechos más envidiables todavía. Para dentro se repetía una y otra vez, la palabra, problemas.

-Pues eso es todo, Maca –le dijo Esther tras un suspiro profundo.

-Venga… va… dile que estás encantada de estar tan cerquita, ¡hip!

-Pues… nada… voy a ver qué me ha comentado Lourdes que tengo que rellenar unos papeles.

-¡Como que nada! ¡Queda con ella para un café, otia!

-Claro, además vas a tener una sesión muy intensa.

Maca le sonrió sin contestarle. Se puso en pie y cogiendo nuevamente el casco se fue hasta el despacho de Lourdes. Menchu acercó con rapidez su silla, con un papel en la mano y las gafas en mitad de la nariz. Sin levantar la mirada del papel y con el ceño fruncido le dijo:

-El comentario ha sonado muy pero que muy molesto.

-No me toques las narices… ¡qué si lo llego a saber no te cuento nada! –protestó con gesto realmente irritado.

-Creo que le gusta el culo de Carmen…

-La he visto mirar de reojo. No ha cambiado mucho. ¡Sigue igual!

-No sé si suena a decepción o a malestar, pero a algo no muy agradable, seguro.

Tras una mueca divertida se volvió a su lugar. Esther no perdía detalle de Maca, estaba firmando papeles y parecía atenta a las palabras de Lourdes. Le había impactado su presencia, pero lo que más, saber que había dejado su profesión, al menos, cuando estaban juntas siempre le decía que ser médico era su pasión, su verdadera vocación. Pero allí estaba, tan guapa como siempre, tan encantadora como siempre. Al pensar esto, sonrió, ella le llamaba “la encantadora de mujeres” por sus ligues, sus fechorías y aventuras con ellas. En aquel momento que lo recordaba, se dio cuenta que para ella, lo ocurrido no había sido importante, hasta Menchu notó su indiferencia al verla. Aquel pensamiento le hizo suspirar con tristeza.

Una vez finalizado el trámite de la firma, Maca salió nuevamente acompañada por Carmen, quien encantada, le enseñó su cuarto fotográfico. Los ojos de Esther echaban chispas. Una patada por debajo de la mesa, le hizo reaccionar, se intercambió una mirada fiera con Menchu que negaba levemente con la cabeza. A pesar de que quería centrarse en su trabajo, los ojos de Esther no paraban de mirar de vez en cuando hacia aquel cuarto, Maca no salía pero lo que sí llegó a sus oídos fue la carcajada divertida de Carmen.

-Que graciosa eres –le decía Carmen a Maca.

-Es patética… ¡todo lo que tiene es postizo! ¡Debería de ver las mías! ¡Eso si era delantera!

-Bueno, Maca, debo seguir trabajando.

-Eso, eso… pesada ¡largo de aquí!, nos creas interferencias ¡hip!

-Claro, muchas gracias… de verdad… gracias por ayudarme a colocar las cosas y eso…

-No hay de qué.

-¡Échala o le pego una patada, eh!

-Voy a… voy a arreglar las cosas –cuando se marchó Carmen, se giró con los ojos repletos de furia y entre dientes dijo-. ¡Por favor… déjame en paz! ¡Esto es una pesadilla!

-¡Cuéntamelo a mí!

-¿Te encuentras bien? –le preguntó Menchu al ver que miraba fijamente los ladrillos de la pared.

-Esto… sí, sí. Es que… estoy un poco nerviosa.

-No me extraña… vas a estar rodeada de bellezas.

Los ojos de Maca se clavaron en ella. Menchu al darse cuenta de su comentario, se metió en el cuarto de baño y cerró la puerta. Maca entendió que Esther le habría contado algo.

-Lo que yo te diga… tú no me hagas caso no… como siempre ¡no hagas caso a tu tía! Te digo que no te ha olvidado… pero nada. Prefieres seguir amargada… ¡adelante! ¡Tienes la sangre de horchata! ¡Qué poco te pareces a mí! ¡Otia!

Había llegado la hora de la comida, Menchu no le había contado a Esther el tropezón que tuvo con ella. Maca se encontraba en el cuarto preparando la sesión de fotos con Tania, la ayudante de dirección. Se notaba que tenía experiencia y con pocas ideas montaba el decorado para crear la mejor impresión, con aquellos fondos de selva y lo que se suponía iba a ser un reportaje de chicas en bikini. Estaba manejando su portátil cuando entró Menchu.

-¡Vamos… Maca, hora de comer!

-Gracias pero… no tengo apetito –entonces se cayó un foco cercano a ella propinándole un gran susto-. ¡Madre mía!

-¡Ya estás tardando en ir!

-Un poco más y te da –la ayudaba Menchu a recogerlo-. ¡Venga el primer día no vas a hacer el feo de dejarnos con las ganas!

-Vale, voy. Déjame que desconecte el ordenador y voy.

-¡Bien! –salió con una sonrisa de oreja a oreja y le dijo bajito a Esther-. Tu deseo a medias, está terminando una cosa y sale.

-¿Y?

-Que se viene a comer.

-¿Vais a comer con Maca? –preguntó Carmen. Menchu asintió-. Me apunto, ¿no os molesta, verdad?

-¡Qué va! –respondió de modo exagerado.

-Yo no voy, tengo que terminar una cosa –dijo Esther sin apartar la mirada del ordenador.

-¡Eso no te lo crees ni borracha! ¡Tú, vienes!

-Bueno… ya estoy –apareció Maca con su sonrisa más cautivadora.

Entraron todas en el ascensor, por casualidad, Maca quedó junto a Esther, ambas se miraban de vez en cuando. Esther tuvo que sacudir en varias ocasiones sus hombros como si tuviera electricidad. Después salieron a la calle, se les unió Tania y dos compañeras más, Amparo y Dulce. Esther prefirió sentarse lo más alejada de Maca, pero, justo cuando se iban a sentar, Dulce se cambió y dejó a las dos juntas. Durante la comida, nada más se habló de trabajo, de las compañeras que aunque había buen ambiente y casi todas se llevaban bien, había alguna lagarta que otra. Una vez Maca estuvo al corriente, de quien se podía fiar y de quien no, se llegó a la pregunta clave.

-Bueno… Maca… ¿tienes chico? –le preguntó Amparo, la recepcionista, defecto profesional.

-No, no tengo –contestó con una sonrisa.

-¿Pero alguno en puertas? No puede ser que una mujer como tú no tenga chico.

-Pues ya ves… no tengo… aunque… no me hace falta tener chico. Soy lesbiana.

En ese momento Esther había dado un trago a su café, lógicamente, se le atragantó. Menchu le dio unos golpes en la espalda, mientras el resto de chicas se quedaban boquiabiertas, sin saber muy bien que decir.

-Mira que bien, vamos a tener un tema variado –decía Menchu mientras seguía dándole golpes a Esther-. Ya no será el tostón de hablar de hombres sin parar.

-¡Puedes dejar de pegarme! –le dijo entre dientes Esther.

-¡Uy! ¡Ni cuenta me había dado!

-¿Pero aunque sea una mujer… tienes novia? –insistió Carmen.

-Nada oficial –le guiñó un ojo divertida.

-Habrá que irse yendo… ¿no, chicas? –volvió a intervenir Menchu.

Todas se levantaron de la mesa al mismo tiempo, fue tan rápido el movimiento que casi tiraron algunos vasos. Risas por doquier hicieron que se rompiera por un instante la tensión que se había creado entre ellas.

-Pues ni te digo cómo se va a poner esta tarde –le dijo bajito Carmen a Menchu.

-Ya te digo…

Llegaron al portal hablando de todo un poco, la única que guardaba silencio era Esther que se había quedado unos pasos atrás haciendo como si estuviera mandando un guasap a alguien. Al llegar al ascensor, vio que nada más quedaba Maca. Le sonrió.

-¡Menuda has liado! –le dijo Esther mirándola fijamente.

-¿Te molesta que haya dicho que…? –se abrió la puerta del ascensor.

-No… no… ¡a mí porqué! –se hizo la loca entrando y dándole al botón.

-No sé… como he visto que te atragantabas… pensé que te acordabas –la miró de soslayo.

-Que frío hace ¿no? Siento algo en mi espalda.

-¡No guapa… lo que estás sintiendo está más abajo, y no tiene nada que ver conmigo!

Maca, sonrió, no lo pudo evitar.

-¿Qué te hace gracia? –la miró enfadada Esther.

-Nada… nada…

La puerta del ascensor se abrió. Salieron las dos y se encontraron de frente con seis chicas. Tania hablaba con Lourdes que no le gustaba nada aquella situación y tener que hacer aquellos reportajes allí. Sin embargo, las órdenes llegaban de arriba y con los tiempos que corrían era mejor aceptar.
Tras unos momentos donde Tania explicó a Maca y a las demás chicas algunas cosas, pasaron todas al cuarto de fotografía. El resto de chicas observaban a Maca fijamente. Esther trataba con todas sus fuerzas de no hacerlo. Pero para algo estaba Menchu, le picaba constantemente con las chicas y sus curvas y lo bien que Maca debía estar pasándolo. Hasta que llegó un momento que vio como sus cinco compañeras, incluida Menchu, estaban en la puerta mirando.

-¡Pero qué hacéis! ¡Qué os pensáis que es esto! –llegó Esther hablándoles seria puesta en jarras.

-Oye… sabes que tu amiga Maca es muy buena con la cámara, están todas encantadas.

-No es mi amiga… -dijo Esther pero Menchu la fulminó con la mirada.

-Esta noche, fijo que queda con alguna, deberías de ver como las trata, con que cuidado, como les toca el pelo… -decía alucinada Dulce.

-¿Parece que te gustaría que te lo hiciera a ti? –soltó Esther-. Es su trabajo tampoco entiendo porque tanto alboroto. Si fuera Sebastián haría lo mismo.

-¡Y nosotras estaríamos diciendo lo mismo, cariño! ¡Pero con más morbo porque Maca es una mujer! –le apuntó Amparo que se había acercado también dejando la centralita sola.

-¡Bueno chicas os voy a dar un descanso! –exclamó de repente Maca.

Al girarse vio como todas salieron corriendo a sus puestos, disimulando como si pasaran por allí, dejando plantificada a Esther que no había sabido reaccionar a tiempo.

-La tienes comiendo de tu mano, sobrina.

-¿Querías algo, Esther? –le preguntó Maca sonriendo de lado.
-Eh… no… esto yo… nada, nada.

-¡Esto está chupao! ¡Qué ganitas tengo que acabe esto, madre!

Durante el resto de la jornada, Maca notaba el gesto serio de Esther, no le gustaba como había reaccionado, no buscaba problemas ni para ella ni para los demás.

-Eres un pedazo de pan. Yo creo que tu problema es eso… justamente eso… tu corazón.

-Venga… vámonos.

-Ve a despedirte de ella. Invítala a algo. Sabes que tiene razones para tener cierta quimera contigo. ¡Hip! ¡Puto hipo!

-Sí, pero cállate por favor, ¡qué me mareas!

Maca salió colocándose la chupa de cuero, mientras el casco lo colocaba en el brazo izquierdo. Al salir del cuarto, notó como todas la miraron, todas excepto ella. Se acercó con sigilo, tanto, que al hablarle Esther se llevó un buen susto dando un salto en la silla.

-Perdona, no era mi intención asustarte.

-No pasa nada –le sonrió de lado como si pudiera restarle importancia.

-¿Ya terminas o…?

-Me queda un rato largo, todavía –le interrumpió imaginando que querría tomar algo con ella.

-¡¡Aquí huele a caquita!!

-Verás… quería decirte algo…

-¿Si?

-No sé… parece que te haya molestado verme aquí, no sabía que trabajabas en esta oficina.

-¡Pero tú tía sí! ¡Coña que malo está esto! ¡Acaba pronto que tengo ganas de irme a mi feudo celestial y dejar la botella! Hip… hip… hip

-¿Y qué te hace pensar que me moleste? A mí me da igual.

-¡Uy que escocía está!

-Bueno… pues mejor… te dejo seguir con tu trabajo –se fue sintiéndose idiota.

Cuando Esther se quedó sola sintió un escalofrío recorrer su espalda. Resopló como si así pudiera sacudirse el aturdimiento que le había provocado. Quiso ponerse a trabajar para quitarse de la cabeza a Maca. Necesitaba centrarse como había estado haciendo durante tantos años turbada por un sentimiento que no podía borrar. Las luces de los ordenadores de sus compañeras se fueron apagando, pero ella, siguió cuantas más horas estuviera ocupada, mejor.

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