UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. CAP. 5

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El día en la oficina había comenzado con muchas risas, Maca había llevado a dar una vuelta a Amparo, que graciosamente, cuando bajó de la moto se arrodilló a besar el suelo. Estaban allí muertas de risa cuando llegó Esther.

-Buenos días –las saludó sonriente.

-¡Ay Esther! En mi vida había subido a una moto, ¡pero te aseguro que no pienso subir en los días que me
queden viva! –decía arreglándose el pelo ante la carcajada de las demás.

-¡Venga Esther que aún faltan quince minutos! ¡Te toca a ti!

-No, Menchu, tendrá que ser Maca la que diga si…

-Vamos Esther –le dijo Maca rápidamente.

-¡Muy ágil, sobrina!

-¿Vamos? –insistió entregándole un casco.

-¿A cuántas se lo has propuesto? –le preguntó en voz baja sin que el resto pudiera escucharlas.

-Uffffffff la hembra está rabiosa –trató de silbar pero no pudo-. ¡Otia ni dormir, ni silbar! ¡Qué coñazo ser ángel!

-Alguna que otra –sonrió de lado, su tía no paraba de provocarle sonrisas.

-Ahí, ahí, aviva la llama de los celos… ¡bien! ¡Esa es mi chica!

-Puedes cogerte a mí, no me gustaría que te fueras al suelo.

Esther renegó lo justo, se recolocó hasta agarrarse levemente con las manos a la cintura de Maca. Al arrancar la moto, el sonido fue ensordecedor, instintivamente, Esther se cogió más fuerte y cuando le dio a primera y salió, sin poderlo evitar se abrazó a ella. Maca recordaba el miedo que le daba la moto, quiso asustarla un poquito le divertía el hecho de llevarla tras ella.

-Sobrina… cuidado… vas muy deprisa.

-“¡No me lo puedo creer!” –pensó Maca al escucharla-. “¿Pero dónde estás?”

-Tú presta atención y no corras ¡hip!

Maca aminoró la marcha, notaba el peso del cuerpo de Esther sobre su espalda. Como sus manos se habían aferrado a la cintura. Sonrió. Recordaba como aquellos momentos que compartían en la juventud subidas a la moto, eran de los que le provocaban una sonrisa. Esther había marcado su vida, pero era consciente, que lo desconocía. Se subió a la acera y paró la moto cerca de un banco donde sentarse. Había un jardín y se escuchaba como piaban los pájaros. Se había levantado una leve brisa. Maca detuvo el motor, notó como Esther se tensaba más, volvió a sonreír.

-¿Qué haces? –le preguntó levantándose la visera.

-Tengo ganas de estar contigo un rato a solas, ¡cómo nunca puedes! ¡Baja, por favor!

-¡Vamos a llegar tarde! –sus ojos mostraban cierto nerviosismo.

-No te preocupes… hay tiempo –le sonrió quitándose el casco.
Esther la imitó, por un momento, sintió como se le ponían los nervios en el estómago. Maca se puso delante de ella, mirándola fijamente, la ligera brisa le movía la melena.

-Sabes que no me gustan las medias tintas.

Muy bien. Segura de ti misma.

-Ejem… ejem… -carraspeó Maca tratando de evitar que su tía siguiera hablando.

-Vale, lo he captado, me quedaré calladita. ¡Hip!

-Veras… sé que me comporté como una cerda yéndome sin decirte nada. Desapareciendo así –Esther la miraba fijamente, sentía que los labios se le secaban ante sus palabras-. Sé que no estuve acertada y te pido disculpas.

-No me debes ninguna disculpa… total… éramos amigas…

-Por eso mismo, Esther, porque éramos amigas te lo digo.

Hubo un instante de silencio entre ambas, era incómodo porque ambas parecía que callaban algo importante pero ninguna se decidía a decirlo. Hasta que Esther desviando la mirada dijo:

-Venga, vamos que tenemos mucho trabajo –se dio la vuelta y volvió a ponerse el caso-. Por favor, Maca, Lourdes tiene muy mala leche.

-No tanta como tú, bonita.

-Está bien.

La decepción en la voz de Maca era palpable. Se había animado a decirle que no había olvidado aquel beso, sin embargo, la actitud de Esther le había dolido. Arrancó metiendo primera acompañadas por el grito de terror de su tía. A Maca le bullía la cabeza, a Esther el estómago.

Llegaron a las puertas de la empresa, Esther se sacudió la melena mientras Maca se quitaba el casco. Subieron en el ascensor compartiendo el silencio. Al salir cada una se fue hacia un lado, Menchu captó en seguida que algo había ocurrido pero sabía que no lo deseado. Esther llegó a su mesa y con la mirada le transmitió un “¡Ni se te ocurra preguntar!”.

Por su parte, Maca estaba sentada frente al ordenador que estaba apagado, por su cabeza pasaban muchas cosas, muchos pensamientos. De repente se levantó para dirigirse hasta la puerta pero esta se cerró de golpe. Asustándola.

¡Quieta pará!

-Quítate.

-¿Otra vez vas a huir? –Maca se quedó mirando fijamente a aquella mujer que ella veía perfectamente pero el resto no-. No me mires así, ¡haz el favor de ponerte a trabajar y aguantar el tipo!

-¡Por qué narices tuve que venir aquí!

-El destino… tú misma lo pediste –Maca la miró de manera fulminante-. No me mires así, chata, no. ¿Recuerda lo que has estado pidiendo todas las noches antes de dormirte? –Maca entrecerró los ojos y entonces en su cabeza sonó su propia voz diciendo “por favor Universo… haz que vuelva a encontrarla… aunque no consiga nada”-. Aquí lo tienes, te has encontrado con ella y de momento nada de nada.

-¡Por qué no me deja hablar!

-Es una endemoniada –acompañó sus palabras de un ademán molesto.

-¿Sabes una cosa? ¡Bien cierto es que pedí eso! ¡Pero se acabó! Que se vaya a la mierda –gritó.

-Hola –nuevamente Esther en la puerta mirándola con el ceño fruncido.

-Hola, ¿qué quieres? –le preguntó con la mayor indiferencia de la que fue capaz de mostrar.

-Tenemos una reunión.

-Voy, dame dos minutos y voy.

-Claro.

Esther salió con el ceño fruncido. El comportamiento de Maca no era normal. Y aunque no sabía con quien hablaba o si estaba hablando en voz alta, supuso que quien debía irse a la mierda, quizá era ella.
En el despacho se reunieron, Lourdes, Tania, Esther y Maca. ¡Eh y yo! Perdón… es cierto… y el fantasma de su tía. Era la reunión definitiva, ya tenían concertadas las visitas, los horarios, una casita en Peñalva de Santiago donde iban a pasar toda la semana juntas, los vuelos de ida y vuelta. El coche de alquiler. Y sobre todo, como quería que fuera el reportaje.
-Tenéis la suerte de ir a un lugar mágico, quiero las mejores fotografías, el mejor reportaje que jamás se haya visto del Valle del Silencio. Y no lo tenéis fácil porque se han hecho muchos, el vuestro tiene que ser el mejor.

Las miró a las dos que permanecían en silencio. Ni siquiera intercambiaron una mirada. Lourdes entrecerró los ojos y las miró intensamente durante unos breves segundos a cada una.

-¿Os ha quedado claro?

-Sí, sí –respondió Esther algo turbada-. ¿Has dicho una casita?

-Eso he dicho, una casa del pueblo de piedra, ¡mataría por estar una semana ahí! –dio una carcajada.

-Te aseguro que yo también –decía entusiasmada Tania-. Es de un familiar de Ricardo, mi cuñado.

-¿Maca tienes algún problema? No sé… no te veo demasiado interesada.

Maca estaba un tanto recostada en la silla, con la pierna derecha sobre la izquierda y con una actitud de lejanía que llamaba, poderosamente, la atención. Sin embargo, de golpe, como si alguien le hubiera dado un empujón, se sentó bien mirando fijamente a Lourdes que no entendía que le sucedía.

-Sí, sí, nada más estaba…

-Imaginando las fotos que iba a hacer… suelo hacerlo antes de ir.

-Estaba… estaba imaginando las fotografías que voy a poder hacer rodeada de naturaleza, lo suelo hacer antes de ir. ¿Habrá internet en la zona, verdad?

-Sí, en la casa donde vais, sí –dijo Tania.

-¡Ah! Bien. Os vais pasado mañana.

-Estupendo –dijeron a la vez poniéndose en pie al mismo tiempo

Salieron de allí dejando a las dos mujeres algo intrigadas.

-¿Qué les pasa? –preguntó Tania.

-Ni idea, la verdad parecía que estuvieran enfadadas entre ellas. No sé si he hecho bien contratando a Maca.

-Seguro que sí. Además, sea lo que sea, allí se les pasará.

-¡Eso espero! ¡Qué tengo ganas de tirar pa’riba!

Esther, en su mesa, había abierto con google toda la información histórica del Valle del Silencio, en Castilla y León. Estaba entre los visigodos y los árabes cuando se le acercó Menchu mirándola fijamente.

-¿Qué ha pasado?

-Nada, ya tenemos todos los datos del reportaje.

-No digo eso y lo sabes… -seguía mirándola fijamente-. En el paseo.

-Has tenido buena intención pero… no ha salido bien.

-¿Por su parte? –Esther cerró los ojos-. ¡Por la tuya!

-Shhhhhhhhhhhhhhhh

-¡La madre que te parió, Esther! No te reconozco, eres una tía valiente. No sé qué te pasa con ella, no sé por qué te intimida tanto.

-Déjalo ya, Menchu. Es la primera vez desde que trabajo aquí, que me encantaría decirle a Lourdes que no voy, que abandono el reportaje.

-¡Ni se te ocurra! ¿Me has oído? –Esther asintió-. Tengo que buscarte solución… ¡urge!

Llegó la noche y con ella, Menchu y Esther habían salido a cenar. Durante la cena, no se habló de otra cosa que de Maca. Para cuando llegó el café, Esther seguía dudando de ir al pub de Eva. Después de un chupito de manzana, las dudas se le despejaron.

-¡Hay que ver con qué rapidez se te sube el licor a la cabeza!

-Uf, ni que lo digas.

-¡Vamos que Eva nos espera!

Las dos amigas, salieron a la calle cogidas del brazo, riéndose de buena gana por cualquier tontería, parecía que el licor había ayudado a Esther a sacarse de la cabeza a Maca. Al entrar, vieron que había buen ambiente, música a tope, mujeres por doquier y, sobre todo, tenían la posibilidad de encontrar a alguien que pudiera ayudar a Esther. Se acercaron a la barra para pedir dos gin-tonics. Miraban alrededor para mirarse entre ellas y daban una carcajada.

-¡Esther cómo aquí no pilles, no sé qué vamos a hacer!

-¡Cuánta mujer! –exclamó alucinada Esther.

-¿Y has visto que bellezas?

-¡Mira esa tía que está en medio de la pista!

-¿Cuál? No la veo –decía Menchu entrecerrando los ojos fijándose.

-La de la chupa de cuero.

-¡Ah, sí! Ya la veo. Oye… tienes fijación con las chupas de cuero ¿y sabes por qué? ¡Joder porque te recuerdan a Maca! –le decía algo molesta-. Pero está buena, ¿eh?

-¿Te lo parece? –le preguntó a Menchu arrugando su nariz. Su amiga ya había empezado a moverse al ritmo
de la música mientras daba un sorbo a su copa, entonces, asintió y le hizo un gesto con la cabeza-. ¡No pretenderás que vaya!

-¡A qué hemos venido, mona! ¿A mirar? ¡Noooooooooooooooooooooooooo! ¡A probar!

-¡Qué vergüenza! –decía Esther que de un trago agotó el interior de su copa.

-¡Así me gusta! ¡A por ella!

Esther se abrió paso entre las mujeres, en ese momento, comenzó a sonar a todo volumen Mónica Naranjo. Algunas de las mujeres comenzaron a gritar poseídas mientras cantaban a todo tren e intercambiaban gritos de ¡Mónica te amo! ¡Mónica guapa! Esther alucinaba en medio de la pista, no podía creer que estaba en un bar de mujeres lesbianas, rodeada de todas ellas. Contorneando sus cuerpos entre sí, algunas dando rienda suelta a la pasión. Menchu iba detrás de Esther, canturreaba como el resto y gritaba como el resto, se lo estaba pasando en grande. Estaban a punto de llegar a la mujer en cuestión que estaba de espaldas a ellas y sin pensarlo, Menchu empujó a Esther sobre ella que acabó golpeándola.

-¡Disculpe! ¡Perdón! ¡Oh… no!

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