UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. CAP. 6

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BANDERA MEDIEVAL DEL REINO DE LÉON (corazondeleon.blogpost.com)

-¡Disculpe! ¡Perdón! ¡Oh… no!

-¿Esther?

-¿Maca?

-¡Maca!

-¡Menchu!

-¡Ya estáis todas presentadas! ¡Ahora al lío!

-Pero… ¿qué hacéis aquí? –les preguntó sorprendida al ver que Esther se colocaba

junto a Menchu.

-Pues… esto…

-No sabía que…

-¡Almas cándidas! ¡Alguna terminara una frase! ¡Coño, cuánta tontería!

-¡Oh! ¡No! ¡No! ¡No! Te estás confundiendo –se apresuró a aclarar Menchu.

-Lo último que me esperaba era verte aquí, Esther –la miró fijamente, a pesar de la oscuridad, Esther notó su mirada enfurecida.

-Pues ya ves… Aquí acompañando a Menchu –como sabía que su amiga iba a hablar le dio un codazo-. ¿Y tú… qué haces aquí? ¿Cómo lo llamabas… pescando? ¡Si, eso!

-¡Uyyyyyyy que escocíaaaaaaaaa!

-¡Maca encanto… quienes son! –llegó una chica morena con un tipo impresionante, unos pechos bien marcados y una cintura estrecha. Con pantalones de pitillo de cuero.

-Unas compañeras de trabajo.

-¡Encantada! Me llamo Claudia…

-Yo Menchu y ésta, Esther -Esther la imaginó, rápidamente, desnuda entre los brazos de Maca.

-Hola Esther. ¿Esther? -preguntó mirando a Maca con los ojos abiertos como platos.

-Sí, Esther –la interrumpió Maca callándola con la mirada.

-¿Queréis venir a nuestra mesa? -las invitó, Claudia.

-No, no… si ya nos íbamos.

-¡Venga Esther… no seas aguafiestas!

-¿Ah pero… que sois pareja? –las miraba alternativamente con la sonrisa de Maca marcada en los labios.

¡Ahí, ahí! ¡Lío… lío! ¡La madre que parió a la que canta! ¡Me está volviendo loca!–Maca dio una carcajada al escuchar a su tía.

-¿Qué te hace tanta gracia? Podríamos serlo ¿no te parece? –Esther, se defendió molesta.

-¡Bingo! ¡Pedro ves abriendo la puerta que llego!

-¡Venga, vamos un ratito, Esther!

-Venir por aquí, venir –Claudia agarró a Esther y empezaron a caminar entre la gente.

-Pues sí que está esto animado, ¿no? –le preguntó Mechu a una Maca que miraba fijamente el trasero de Esther.

-¿Es la primera vez que vienes? –le preguntó sin perder de vista a la pareja.

-Sí, sí –contestó observando cómo Maca doblaba un poco la cabeza como si así, tuviera mejor visión.

-¡Esa chica está como un tren! –Maca la miró y sonrió.

Yo estoy contigo… entre las dos, no hay color. Entre esas tetas de la morena, y las tetitas de la pequeñaja… me quedaba con la tetona… ¡ay esta sobrina mía! Hip.

Se sentaron en un apartado, parecía un reservado donde había un grupo grande de mujeres. Claudia les fue presentando una a una a las seis mujeres que se encontraban sentadas en aquel rincón. Esther se sentía incomoda, a pesar, de que Menchu se sentó a su lado. Pero tenía sentada frente a ella a Maca, que no paraba de mirarla insistentemente.

-¡Bueno… y contadnos! ¿cuánto tiempo lleváis juntas? –les dijo Claudia.

-No, no… nosotras no estamos juntas –aclaró con rapidez Esther.

-Qué bien… entonces estás libre –le dijo Luisa, que estaba sentada a su lado-. Soy Luisa y yo también estoy libre.

-No… no… es que… veras… -Maca se reía sin parar.

¡Menudo embrollo está metiendo! ¡Sobrina llévatela la a bailar o la Luisa la caza!

-Vamos Esther… recordemos viejos tiempos…

-¡Eso… eso…! ¡A bailar! –le dijo Menchu empujándola, literalmente, sin darle tiempo a negarse.

-¿Y tú, muñeca, estás libre? –le preguntó Luisa.

-No, preciosa, estoy ocupada.

-Bueno… eso me pone más –le guiñó un ojo de manera provocativa.

-Vamos, Menchu, creo que necesitas bailar -le dio la mano Claudia para sacarla de allí.

-Gracias –le dijo en voz baja.

En la pista, sonaba Dona Summer con “I will survive”. Un grito general salió de todas aquellas mujeres que comenzaron a cantar a todo volumen. Maca miraba a Esther y podía notar su incomodidad. Se acercó a ella pasándose la lengua por los labios, gesto inequívoco en Maca de sensualidad. Esther lo conocía bien, la había visto conquistar a alguna mujer y sabía que era una de sus maravillosas bazas. La distancia entre ellas se había ido acortando. Esther notaba sus latidos tan fuertes como el volumen de la canción. Se movía con delicadeza, trataba de ocultar lo que era una evidencia, nerviosismo sin freno.

¡La tienes en el bote! –gritó su tía.

Maca no apartaba la mirada de los ojos de Esther, que de igual manera, depositaba los suyos en los de la otra. Parecía una lucha entre ambas.

¡Uy cuánta tensión sexual! ¡Vais a necesitar toda la noche para aliviaros!

Maca aunque trató de no sonreír, no lo pudo evitar, sobre todo, porque tras Esther estaba su tía bailando con la botella de ron en la mano.

-¿Qué te hace tanta gracia? –le preguntó con algo de malestar Esther.

-Nada en especial.

Se acercó más hasta casi poder rozar sus cuerpos en los movimientos de la pista.

-Venga… un poquito más que la tienes… un poquito más…

Maca la miraba desafiante, Esther le devolvía la mirada.

Uhhhhh… ¡vamos… vamos! ¡Métele la lengua hasta la garganta!

Maca vio a su tía que se había detenido en el baile y estaba a escasos centímetros de la pareja, no paraba de gesticular como si fuera un agente del tráfico, la vio con los ojos abiertos de par en par con sus cejas pintadas con lápiz negro y una sonrisa vencedora. Por un segundo se desconectó del avance hacia Esther y empezó a reír a carcajadas. Esther, la miró enfurecida, dio media vuelta y a paso rápido se abrió camino. Maca la perdió entre la gente.

¡Oh… oh… oh….! La perdemos… espera… yo podía volar… si… si…a ver… fuerza como cuando cagaba… fuerza… vamossssss….

-Esther –la llamó una rabiosa Maca.

-Corre por aquí por aquí –Maca veía a su tía por encima de la gente, la iba siguiendo con la mirada y las manos separando a la gente.

-¿Dónde estás? –levantó la voz mientras seguía mirando al techo porque había perdido de vista a su tía.

-¡Colega, la gente está muy pillada! -dijo una chica mientras le daba una calada a su porro.

-Ya te digo -le respondió la otra..

Se dijo una amiga a la otra, porque Maca iba mirando hacia el techo mientras hablaba.

Su tía había desaparecido, porque claro, había salido del local por la pared sin percatarse que su sobrina se había quedado dentro.

¡Demonios tengo que hacer algo! –se decía viendo como Esther llamaba a un taxi. Dio una palmada al aire y el taxi de libre pasó a ocupado-.¡Otia tengo poderes de verdad!

-¡Esther! ¡Esther! –la llamaba Maca.

¡Está aquí! ¡Corre!

-¿Dónde? –preguntó al llegar donde se encontraba su tía toda excitada al descubrir lo que había hecho.

¡Cojones ha cogido un taxi! –dijo decepcionada al ver que no había sido suficientemente efectivos sus poderes.

-¡Mierda!

¡La hemos hecho buena! -dijo decaída

-Sí.

Maca se sentó en el borde de la acera, su tía lo hizo a su lado. Las dos guardaban silencio, tan solo rotos por el hipeo de su tía. Maca se pasó la mano por la cara un tanto desesperada. Sabía que había tenido una oportunidad y la había perdido.

Lo siento… creo que te distraje en el momento menos oportuno… pero es que… la tenías ya a puntito de caramelo.

-No pasa nada, está claro que nuestro destino no es estar juntas.

¡Y por qué no te quedas con la tetona esa! ¡Tiene tipo de vedette! Alguna de mi cabaret hubiera matado por tener ese tipazo –la miraba con el ceño fruncido, ante la mirada de Maca agregó-. Soy tonta… disculpa a esta vieja que ya no recordaba lo que es el amor. Cuando te entra por el ojo alguien y se instala en tu corazón, ¡a ver quién es la guapa que lo saca!

-Venga… vámonos, se me han ido las ganas de volver a la fiesta.

Vamos, hija, vamos.

-¿Sabes una cosa? Me encantaría abrazarte.

-Eso va a ser imposible, pero imagina que lo haces. Venga… vamos…

Con un sonoro portazo puso fin Esther a la noche que se pretendía iba a aclararle su inclinación en la balanza de la sexualidad. Estaba enormemente fastidiada. Le daba la sensación de que Maca estaba jugando con ella. Lo único que esperaba era que no se hubiera notado mucho que estaba deseando rozar sus labios.

-¡Menchu! –se dio un golpe en la frente al darse cuenta que la había dejado allí-. ¡Madre mía no me lo perdonar! Voy a avisarla… ¡qué raro! No contesta… bueno con la música tan fuerte si lleva el teléfono en el bolso ni se entera. Menuda me va a caer mañana por dejarla y salir corriendo. Un momento –su frente se arrugó-. ¡Esto lo ha hecho ella! ¡La voy a matar! Mira que le dije que no provocara nada… ¡Ay Maca! ¿Te estás vengando de lo que pasó?

Eran las dos de la mañana cuando llegó a casa, como no podía dormir decidió ponerse a trabajar, era la mejor medicina que podía tomar para quedarse dormida. Tenía un día nada más para preparar la documentación y, aunque, la tenía muy avanzada quiso volverla a repasar. Empezó a leer sobre el reino de León. Sus reyes y reinas, la catedral y, poco a poco, fue durmiéndose.

En el castillo de León, la reina Maca esperaba a su nueva doncella, la anterior se había marchado tras ser descubiertos sus amoríos con el conde del Bierzo. Sentada con su vestido de seda rojo, se peinaba lentamente la melena.
-Señora, si me permitís.
-Decidme, Teresa.
-Aquí está vuestra nueva doncella. ¿Puede pasar a vuestro aposento?
-Sí. ¿Cuál es tu nombre? –la observaba con atención.
-Majestad, mi nombre es Esther.
-Bien. Me dijeron que estuviste con la condesa de Siero de la Reina.
-Sí, majestad.
-Me dio buenas referencias de vos.
-Gracias, majestad.
-Nada más espero que no os liéis con ningún caballero que os deje preñada –le dijo con desdén.
-Eso jamás lo haría, majestad, téngalo usted por seguro.
-Prepárame un baño…
Teresa le indicó con un movimiento de cejas, hacia donde debía dirigirse. Rauda y veloz, la doncella vio la bañera. Notó el desdén de su majestad y quiso ganarse su confianza. Tomó varias velas rodeando la bañera, sacó de su bolso una bolsita de cuero y dejó caer en el agua unos polvos rojos que hicieron que el agua se volviera turbia. Después removió con sus manos aquella mezcla y un perfume como a rosas salió del interior.
-¿Qué es eso? –preguntó la reina al entrar.
-Son unos frutos rojos, majestad. Con ellos se relajará.
Maca, la reina de León, se retiró el vestido rojo, lo dejó caer sobre su cuerpo hasta quedar en sus pies. La desnudez quedó al descubierto, llenándose de ella Esther. La ayudó a meterse y tras ponerle en su nuca un trapo en forma de pequeño almohadón, la hizo reposar su cabeza en él. Maca suspiró, el perfume la embriagaba, notaba el frescor en su piel. Y como por arte de magia notó las manos algo ásperas de Esther, que le hicieron entender que había trabajado la tierra, masajear su cuero cabelludo, sintió un éxtasis como jamás antes. Aquellos dedos acariciaban con suavidad su cabeza, un pequeño suspiro salió de su interior.
-Qué maravilla –susurró sintiendo una mezcla de placer y dominio.
-Me alegro, majestad que le guste –musitó Esther mientras observaba sus pechos jugueteando con la espuma.
Durante un buen rato, siguió con su masaje después, la Reina se sentó para que continuara por la espalda, notaba una excitación abrasadora en su centro. Aquella mujer estaba despertando en ella el deseo que durante tanto tiempo llevaba dormido. Sus manos rozando su piel con tanta delicadeza, sus pechos se habían convertido en dos piedras con sus pezones erectos. La Reina sentía unas ganas terribles de tocar a aquella doncella que la estaba enloqueciendo.
-¿Qué pusiste en el agua? –preguntó al salir.
-Polvo de rosa, majestad. Es bueno para lograr la calma en su alma.
Maca se le quedó mirando fijamente a los ojos. Esther también, aunque algo turbada por la profundidad de aquella mirada.
-¡Donde está la Reina! –se oyó la voz salvaje del Rey entrando a su aposento.
-Majestad –Esther le hizo una reverencia.
-¿Quién sois vos? –la miró con el ceño fruncido y algo de desconfianza.
-Es mi nueva doncella.
-Pues largo… la reina y yo tenemos que hablar.
Esther hizo una reverencia y salió cerrando la puerta tras de sí. Entonces escuchó nítidamente como el rey, golpeaba a la reina. Se le encogió el estómago al escuchar como se quejaba, mucho más al saber que era exactamente lo que le estaba haciendo.
-Será mejor que te apartes de la puerta –le dijo Teresa con cara de resignación-. No has oído nada.
-Claro, señora.
-Acompáñame a la cocina, después tendrás que ponerle paños calientes para aliviar los dolores.
Fue exactamente lo que ocurrió. Todo el esplendor que la reina había mostrado rodeaba de velas en la ducha, lo perdió al entrar y verla acurrucada sobre la cama. Parecía una muñeca rota. Sin hablar, tal y como le dijo Teresa, le puso un trapo de agua bien fría sobre la mejilla que le había golpeado. Y le entregó otra de igual modo fría que le puso en la entrepierna. Pudo ver con total claridad, arañazos sobre sus muslos, y como de su sexo caían gotas de sangre. Sin mediar palabra, se quedó de pie esperando que la reina le diera alguna orden.
-Puedes dejarme sola.
-Sí, majestad.
Al salir sintió un asco profundo hacia el Rey, nunca había sentido simpatía por él, pero conocerlo de cerca le provocó sentir ese asco. Cuando iba a caminar vio cómo se acercaba un caballero. Lo miró desafiante colocándose frente a la puerta.
-¿Quién sois vos? –preguntó el caballero.
-Me llamo Esther, ¿y vos?
-Vaya… ¡una doncella con carácter! Le irá bien a la Reina. Soy el conde de Astorga –hizo amago de entrar en la habitación, pero Esther se interpuso en la puerta. Él la miró fijamente con el ceño fruncido.
-No puede pasar.
-No sé si me expliqué mal, soy el conde…
-De Astorga, lo escuché perfectamente, pero la Reina necesita descansar –arrastró las palabras mirándolo fijamente.
-Me gustas.
Se dio media vuelta sujetando el cinturón con su espada, a paso ligero abandonó aquel largo pasillo que llevaba a los aposentos de los Reyes y el hijo de éstos.
Esther llegó a la cocina, Teresa la vio entrar con gesto preocupado, la miró asintiendo como si así pudiera compartir aquella preocupación por la Reina. Estuvieron un rato preparando la cena, Teresa observaba como trabajaba, era cuidadosa y concienzuda.
-Ve a llevarle la cena al pequeño. Debe estar asustado.
-Claro.
El niño tenía seis años, sus grandes ojos expresaban pánico, era un niño guapo, con el pelo negro y rizado. Al verla su rostro se relajó. Esther entendió que debía temer al padre. Se acercó hasta él con la cena en sus manos. Bastaron unos pocos minutos para que se ganara su confianza.
En la cocina, el Conde de Astorga, hablaba con Teresa, caminaba de lado a lado de la cocina cual presa enjaulada, sus ojos irradiaban un odio profundo, su mano sujetaba con fuerza la empuñadura de su espada.
-Alfonso, haz el favor de calmarte.
-Lo mataría.
-¿Y de qué serviría? Después te colgarían a ti. Y Maca quedaría nuevamente sola frente a las hienas.
-¡Maldito mal nacido!
-Baja la voz, ya sabes que hay oídos por todos los rincones.
-¿Y esa nueva doncella?
-Esther.
-¿De dónde la sacaste? –la miraba con algo más de calma en sus ojos.
-Es hija de una muy buena amiga, se quedó huérfana y sobrevivió de un lado a otro, me habló de ella la criada de la condesa. ¿Por qué?
-Tiene carácter. No me dejó entrar en la habitación de Maca –dio un mordisco a una manzana.
-Teresa ya… -al ver allí al Conde se quedó mirándolo.
-Ya me voy… veo que no soy bien recibido en este lugar –le hizo una reverencia divertida y salió.
-¿Cenó el niño?
-Sí. ¿Voy a ver a la Reina?
-Sí, imagino que querrá que le des un baño. Los polvos que le di debieron hacer efecto.
-Con su permiso, Teresa.
Esther, iba por los pasillos del palacio, menos mal que tenía buena orientación porque era, realmente, fácil perderse. Al llegar a la habitación, tomó aire y entró. En la cama, de lado se encontraba Maca, notó por su ligero movimiento que estaba despierta.
-Majestad. ¿Quiere que le dé un baño?
-Sí, por favor.
Aquel baño volvió a ser de igual manera que el anterior, las manos de Esther volaban por el cuerpo de Maca, rozaba con delicadeza todo el cuerpo, Maca se dejaba hacer, cerraba los ojos y dejaba que tocara cada centímetro de piel. Los ojos de la Reina se llenaban de aquel escote ligero pero tan sensual de su doncella. Veía como movía con delicadez su cuerpo, pensaba en lo diferentes que debían ser sus pensamientos. Por un momento, sintió verdaderos deseos de atraerla junto a ella en la bañera.
Su primer día fue de una intensidad que la dejó exhausta. Sabía que su vida había dado un giro gracias a Teresa. No iba a ser fácil, ni un trabajo relajado, pero entre todos los trabajos que podía desear, aquel era perfecto. Se durmió pronto, no le molestaron los ronquidos de sus tres compañeras. Aquella noche, sus sueños por primera vez en mucho tiempo, no se tornaron en pesadilla.
A la mañana siguiente, Esther se levantó pronto, comenzó el día sirviéndole el desayuno a la Reina. Después la ayudó a vestirse, en esta ocasión un vestido rosa con una cola impresionante, el Rey quería que estuviera presente ante el emisario que traía noticias de cómo iba la guerra. De cuantos pueblos habían sido saqueados y conquistados. A Maca escuchar aquellas torturas, le ponía dolor de cabeza. El Rey que lo sabía, disfrutaba observándola con una sonrisa.
La tarde para Esther fue tranquila, acompañaba en la lejanía a la Reina que disfrutaba de un paseo con su hijo, le hablaba de la vida, le contaba historias de jóvenes hombres de paz. Después llegaron hasta el río y allí tomaron una suculenta merienda que Teresa les había preparado. A Esther le quedó claro, que toda la comida que era servida a la Reina y al niño, la preparaba a parte Teresa.
Llegó la noche y tras cepillar la melena de la Reina, ponerle el camisón y apagar las velas, la dejó dormir.
Se estaba retirando a su cuarto para descansar cuando una mano le tapó la boca y notó como la estrechaba con fuerza contra un cuerpo, trató de zafarse pero no pudo, aquel otro cuerpo tenía mucha más fuerza que ella. La empujó por unos pasillos que ella desconocía su existencia, le hizo subir unas escaleras mientras ella pensaba se ahogaría, notaba su sudor frío, las palpitaciones del corazón, tenía miedo, pánico. De pronto aquel otro cuerpo la empujó hasta un cuarto oscuro. Esther estuvo a punto de caer de bruces, pero fue hábil. El hombre encendió una vela, se giró y la luz lo iluminó.
-¡Conde de Astorga! –exclamó enfurecida.
-¡El mismo!
Se fue acercando a ella, Esther daba marcha atrás, miró a un lado y otro con rapidez pero se dio cuenta que era imposible huir. Se fijó con rapidez de su entorno, parecía una habitación, sin embargo, no le dio tiempo a mucho más. El hombre se abalanzó hacia ella con un movimiento rápido.

-No… no… no –se despertó de golpe, con la respiración agitada-. ¡Joder… vaya pesadilla!

Entonces fue a ver qué hora era, vio en su móvil como parpadeaba una luz verde, le había llegado un guasap.

-Menchu lo siento… -dijo en voz alta antes de leerlo-. ¿Maca? ¡Qué coño quieres ahora!

“Esther, siento lo que ha pasado… espero puedas disculpar mi torpeza”.

-¡Qué te den, guapa!

Apagó el móvil con rabia y trató nuevamente de dormirse. Dio vueltas en la cama, quería por todos los medios no volver a vivir aquel sueño. Se dijo a sí misma que no volvería a leer nada del viaje antes de dormirse. Poco a poco fue volviendo a cerrar sus ojos hasta que los sueños volvieron a ella.

Esther veía atónita como el Conde había empujado una pared y se había movido. Tuvo que tragar saliva porque del miedo se le había secado la garganta. Le hizo una señal para que pasara aquella puerta que guardaba un secreto. Dudó, pero sabía que no tenía muchas alternativas, así que entró. El hombre le sonrió de lado y al pasar, volvió a empujar la puerta. Se había quedado sola en una habitación pequeña, con una chimenea encendida. Miró alrededor sin entender nada. Vio velas en lo que parecía una mesa y al fijarse con atención vio una cama. No sabía qué hacía allí, así que se volvió para intentar pedir ayuda. Fue entonces cuando la vio entre las sombras y las luces que entraban por una pequeña ventana y los colores en la pared reflejados por el fuego de la chimenea.
-¿Quién eres? –preguntó asustada. Entonces la mujer dio unos pasos al frente-. ¿Majestad?
-Siento si te asusté.
-No, ¡qué va!, nada más me he llevado un susto de muerte… poco más…
-Te compensaré.
Maca se acercaba a ella sin variar ni un centímetro a cada paso que daba su mirada de los ojos de Esther. Tan penetrante era su mirada que Esther dio un paso hacia atrás sin querer.
-No tengas miedo, no voy a hacerte nada malo. Desnúdate.
-¿Cómo? –la miró tan horrorizada como sorprendida.
-Quiero compensar tu maravilloso baño de ayer.
-Majestad… es mi trabajo –contestó turbada al ver que Maca se colocaba tras ella.
-Desnúdate –susurró cerca de su oído provocando en ella un ligero temblor.
Esther tragó saliva, cerró los ojos, aquello era tan inaudito que no sabía qué hacer. Decidió hacerle caso a la Reina, tal y como, Teresa le había advertido. “Las ordenes de la Reina siempre hay que cumplirlas, sea lo que sea”. Lentamente comenzó a desabrochar su corpiño. Deshizo la lazada de fino hilo que se asomaba en su escote, Maca esperaba pacientemente detrás de ella, notaba su excitación profunda en su ser. Pasó la lengua por los labios, estaba a punto de morir de tanto placer, y eso, sin rozarla si quiera. Vio cómo se deslizaba el vestido por el cuerpo de Esther que temblaba ligeramente, la Reina cerró sus ojos aspirando su perfume, era delicado parecía que olía a almendro en flor. Cuando Esther se giró vio los ojos ardientes de Maca mirándola fijamente. Sintió tanto pudor que agachó la mirada. Justo en ese momento, la Reina se acercaba y ponía la mano en la barbilla de la doncella para que la mirara. Las pupilas de Maca se movían nerviosas, tanto como el corazón de Esther que no entendía nada. Mucho menos cuando la yema del dedo corazón, temblorosa se deslizó por sus labios. Esther tragó saliva, Maca suspiró. Después aquel mismo dedo recorrió el cuello, los senos de una Esther que ya pasó de no entender nada a querer gritar y huir, sentía su desnudez y se sentía sucia. Mucho más, cuando la Reina se arrodilló ante ella. Esther que tenía los ojos cerrados los abrió de golpe cuando notó como los labios de aquella mujer, húmedos y la punta de la lengua, se iban deslizando por su vientre, jugando con su ombligo. No sabía qué hacer, no sabía dónde poner sus manos, la Reina le obligó a abrir ligeramente las piernas. Esther necesitó gemir, lo hizo sin control al notar la punta de la lengua recorrer su pubis. Su corazón latía descontrolado estaba tan desconcertada que no sabía cómo comportarse, de pronto, dos golpes en la puerta detuvieron a la Reina que con un impulso se puso en pie.
-¡Tápate! –le ordenó.
Se acercó hasta aquella pared y se marchó.