UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. CAP. 8

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Ambas se habían puesto el despertador a la misma hora, las seis y media. Cada una por separado había trabajado sobre el reportaje. Durante la tarde, no intercambiaron más mensajes.

Al llegar la noche, Maca se tumbó esperanzada en poder dormir. Se abrazó a la almohada y tras desear las buenas noches a su tía, logró quedarse dormida. Esther, sin embargo, sin percatarse de la hora que se le había hecho, se quedó leyendo sobre la historia del Reino de León. A veces, detenía su lectura para cerrar los ojos y recordar la visión de Maca como reina, le parecía divertida. Hasta ella misma se veía divertida vestida de doncella. Al darse cuenta la hora que marcaba el reloj, se metió en la cama, apagó la luz y trató de dormir lo antes posible, necesitaba estar bien para afrontar el viaje.

Conforme se iba durmiendo… notaba cómo su cuerpo se tranquilizaba, cómo la visión se volvía algo turbia y llegaba a ella un sonido de pájaros.

-Buenos días, Teresa.

-Tienes mala cara.

-No he dormido mucho.

-Los nervios de la responsabilidad… ya tienes el desayuno de la reina.

-Vale –dijo dubitativa.

-¿Ocurre algo? –le preguntó la mujer al ver cómo temblaba al coger la bandeja.

-No, nada.

Anduvo por los pasillos que llevaban hasta los aposentos de la reina. Sentía el corazón latir con una fuerza inusitada. Durante la noche no había podido sacar de su mente la visión de Maca ante ella, cada vez que lo hacía, sentía una vergüenza profunda. Al llegar a la puerta, tomó aire y abrió, allí nuevamente el Conde. Estaban juntos apoyados en el marco del ventanal. No podía creerlo, la noche anterior los dos la habían, prácticamente, secuestrado y en ese momento estaba ahí juntos y melancólicos mirando por la inmensa ventana. Le dieron ganas de echarles la bandeja en la cabeza y marcharse.

-Majestad, me retiro –dijo el Conde, al pasar junto a Esther, le hizo una pequeña reverencia.

-Le traigo el desayuno.

-Déjalo ahí. Necesito estar sola, hoy no saldré de mis aposentos.

-De acuerdo, majestad.

Esther la obedeció, pero antes de salir y mientras le hacia la reverencia, la observó detenidamente. Su rostro parecía muy diferente del que la noche anterior había visto. Tenía tantas preguntas que hacerle, tantos reproches. Se recogió la falda para girarse y perderse nuevamente por los pasillos.

-¡Esther, Esther!

-¿Sí, alteza? –el hijo de Maca se acercó hasta ella.

-Quiero salir a jugar al jardín –Esther dudó por unos instantes-. Venga… vamos… tú eres divertida.

-Alteza, creo que…

-¡Vamos… vamos!

-¡Uy!

Esther dio un grito divertida, el niño tiró de ella hasta sacarla de la inmensa fortaleza hasta el jardín central. Desde su habitación, Maca, observaba atentamente los movimientos del niño jugando con Esther. Un pequeño perro lo seguía ladrando, el animal nervioso movía la cola, mientras el niño reía sin parar. La reina suspiró con fuerza. Le hubiese gustado perderse con su hijo por algún camino y poder vivir solos y felices.

Después de comer, Esther llevó al niño, rendido hasta la habitación, le contó un cuento y el pequeño se quedó dormido. Iba por uno de los pasillos pensativa cuando salió a su paso un hombre con aspecto sucio, le llamó la atención que alguien así estuviera en el interior del castillo.

-Hola nena –decía mirándola con gesto de deseo. Esther pasó por su lado y trató de irse-. ¿Dónde vas, guapa?

-Os ruego me soltéis –le dijo mirándolo fijamente.

-¡Vaya… vaya… así que la nueva doncella tiene arrestos, eh! –la empujó contra la pared y trató de besarla. Esther apartó a tiempo la cara-. A mí una mujer no me dice que la suelte…

-Una mujer no, pero yo sí, ¡al menos que quieras que te parta por la mitad! –el hombre soltó a Esther y se giró con cuidado. Ante él con la mano en la empuñadura de su espada, el Conde que lo miraba desafiante-. Largo… que no te vea por el castillo. ¿Estáis bien?

-Gracias –le dijo arreglándose el corpiño del vestido.

-Tened cuidado por dónde andáis, este lado es el destinado a los guerreros y no es un lugar seguro.

-Gracias –le dio de nuevo sin mirarlo.

No se dijeron nada más, Esther se dio la vuelta y marchó. Decidió pasar por el aposento de la reina, le quería preguntar si le apetecía un baño, tal y como le había dicho Teresa. Unas voces le hicieron quedarse quieta antes de abrir.

-¡Mira… mira cómo cabalgo con ella! ¡Aprende maldita zorra! –Esther frunció el ceño, acercó la oreja a la puerta y percibió los gemidos del rey y una mujer-. ¡Córrete… sobre ella… córrete!

-Será mejor que os apartéis si no queréis que os corte la cabeza –oyó, nuevamente al Conde. Cuando Esther se apartó, él alzo la voz-. ¡Majestad! ¿Está usted ahí?

-Pasa… -se oyó el vozarrón agotado del hombre.

Esther no sabía qué hacer, se había quedado en el quicio de la puerta y no era capaz de moverse. Aun así, pudo ver como el Rey se subía el braguero que llevaba, a una chica llorando en la cama y a Maca tratando de zafarse de la presencia de los dos.

-¡Es su majestad todo un hombre! ¡Ya me gustaría estar a su altura!

A Esther, aquel comentario le provocó una fuerte repugnancia. Atónita vio como la reina, ayudaba a ponerse en pie a la mujer. La miró con tanta pena, que Esther sintió a su vez, pena por la reina que llevaba una marca en su cara, de lo que entendió había sido algún golpe de su marido.

-Lo siento… majestad… lo siento -se disculpaba repleta de vergüenza la mujer mientras se vestía.

-Toma este dinero y vete lo más lejos posible.

-Gracias… majestad… Dios se lo pague.

-No vuelvas, nunca más.

-Dios la ayude, majestad –le dijo con pesar y salió corriendo.

Esther no dudó en dejar de ser mera espectadora, pasó y ayudó a la reina sin mediar palabra. Recogió los trozos de cristal que habían rotos por el suelo, vio cómo la reina con una rabia fuera de lo normal, arrancaba las sábanas de la cama y las rompía.

-Majestad… ya lo hago yo… por favor –la voz dulce de Esther le hizo reaccionar-. Voy a lavarla.

Maca se dejó hacer durante un buen rato, Esther la lavaba con sumo cuidado, curó no solo las heridas del rostro, también un corte en la espalda, no vio llorar a la reina en ningún momento, tan solo, notaba al pasar la mano para lavarla su cuerpo totalmente contraído. Maca salió de la bañera, dejó que la secara con cuidado. A Esther la pena le había llegado al corazón, la trataba con tanta delicadeza, que los ojos de Maca no se apartaban ni un momento de ella. La dejó desnuda, en ese momento, en que los pechos de la reina se mostraban a Esther, le vino la imagen de la noche anterior cuando la que se mostraba era ella. Fue entonces, cuando con total sutileza, la reina puso la mano en la barbilla de Esther, provocando que la mirara, se acercó con lentitud, miraba desafiante los labios de su doncella, Esther por su parte, se había quedado ante su cercanía, totalmente, paralizada. El suspiro de la reina fue el sonido que precedió a que dejara un beso en la frente de una Esther que se sentía embriagada.

-Gracias –le susurró la reina.

El despertador sonaba insistentemente, Esther renegó y se dio la vuelta en la cama, sentía que estaba agotada, no podía levantarse. De repente, sus ojos se abrieron de par en par.

-¡No puedo dormirme tengo que salir al aeropuerto!

Bajo el grifo de la ducha, recordaba aquella vivencia tan real de su sueño. Seguía cautivada por aquellas imágenes, sin ninguna duda, la historia que estaba estudiando para enfocar el reportaje, estaba haciendo mella en su mente de una manera muy especial.

Cuando Esther llegó al aeropuerto, se encontró que Maca ya estaba allí, la vio sentada en un banco, parecía demasiado relajada, su gesto era tranquilo y reconoció para sus adentros, que estaba muy guapa. Pensamiento que le ruborizó.

En el banco Maca sintió como una caricia fría sobre su pierna.

-¡Ahí la tienes!

-¿Dónde?

-¡Viene directa! ¡Hip!

-¡Hola Maca! –la saludó con una gran sonrisa, sabía que cuando sonreía cautivaba.

-Caray Esther, con que energías vienes.

-¿Qué te pasa? ¡Anda! ¡Lo había olvidado… tienes fobia a los aviones!

-Mira… la niña como recuerda cosas tuyas…

-¡Debe estar muy bajito el aire aquí, menudo frío! –dijo Esther con un pequeño escalofrío-. ¿Tú no lo notas?

-Voy chutada, Esther, complicado notar nada –sonrió.

-¿Lo habrás cogido todo, verdad?

-Sí, sí.

-¡Con algo de ayuda! ¡Hip! -le apuntó su tía.

-Eso.

-¿Eso qué? –le preguntó Esther.

-¿Eso?

-No sé has dicho “eso” –la miraba algo intranquila.

-¡Ni idea! Vamos a embarcar.

-Si la Esther esta supiera que va con una colega empastillada y un espíritu borracho… se quedaba en tierra.

Maca dio una gran carcajada. Esther la miró fijamente, le llegó en ese momento la voz de su amiga Menchu advirtiéndole la posibilidad de ser bipolar. Sacudió la cabeza quitándose aquel pensamiento.

Subieron al avión y tomaron asiento. Por un momento Maca perdió de vista a su tía y eso, era extraño. Le había prometido que se callaría y que la dejaría tranquila, pero no había cumplido su promesa. Notó como el avión se ponía en marcha, sus manos se aferraron fuertemente al sillón.

-Tranquila, Maca, no va a pasar nada.

-Gracias –le dijo cerrando fuertemente los ojos.

-Relájate.

-No puedo… -resopló con fuerza-. ¿Puedo pedirte una cosa?

-Claro.

-¿Puedes darme la mano? –Esther dio una risotada-. Búrlate todo lo que quieras pero dame la mano, por favor.

Esther le cogió la mano, al notar el contacto con su piel, carraspeó levemente. Notó como los músculos de sus muslos daban una pequeña descarga. E, instintivamente, apretó uno contra otro. Maca tenía los ojos cerrados mientras el avión tomaba velocidad, al mismo tiempo, iba murmurando:

-Por favor… por favor… que no haya ningún pajarraco volando hacia nuestros motores…

-¡Pero que dices!… Maca… -notaba cómo le apretaba la mano con fuerza, la misma, cómo tomaba aquel avión para despegar.

-¡Por tu madre que despegue ya! –decía con el ceño fruncido.

-Tranquila Maca, todo irá bien, tranquila -la miraba con una sonrisa profundamente cariñosa.

-¿Ya? –preguntó muerta de miedo

-Sí, ya está.

-¡Ay! –suspiró con gesto de alivio pero al mirar por la ventana abrió los ojos como platos, después su gesto se tornó de pánico.

-¿Qué te pasa? ¿Qué has visto? –miró ella también por la ventanilla.

-Nada… nada… -dijo con un hilo de voz sin soltarle la mano.

-¡Qué susto pensé que habías visto un fantasma!

Y era cierto, vio el fantasma de su tía sentada en el ala izquierda del avión, con los brazos extendidos, gritando de júbilo y agitando la botella de ron. Se notaba que era feliz.

-¡No me lo puedo creer! –susurró con un hilo de voz mientras negaba con la cabeza.

-¿El qué?

-Nada…

-Respira hondo… ya no recordaba el viaje a Formentera… y mira que fue épico –sonrió mirándola de lado mientras Maca cerraba los ojos.

-No recuerdo…

-Claro, te tomaste un Valium que te sentó como una bomba, la vergüenza que pasé porque no parabas de querer ligar con las azafatas…

-Ah sí, pero eso no era raro en mí.

-Es cierto…

-Aunque ahora ya no queda nada de aquella joven conquistadora -volvió a suspirar con fuerza.

-No te creo, sigues siendo la misma –lo dijo tras un suspiro algo triste.

-La gente cambia, Esther… te lo aseguro -le dijo con los ojos cerrados pero con tono firme.

Esther la miraba fijamente, debía reconocer que tenía un perfil perfecto, era tan hermosa, a
pesar de tener ciertas arrugas alrededor de los ojos. Le miraba los labios, si cerraba los ojos era capaz de sentirlos en su boca, en su cuello, se erizaba su piel cada vez que lo pensaba. Entonces, como siempre, cerraba los ojos y negaba con un ligero movimiento de cabeza. A pesar del tiempo, no podía olvidarlo. Estaba segura que si le decía a Maca, ella se burlaría o se daría toda la importancia del mundo. Sin embargo, allí estaba sin soltarle la mano.

Aterrizaron y solo entonces, se liberó de la caricia de Maca. La llamó insistentemente.

-¡Por Dios, Maca! ¿Cuánto te has tomado?

-¿Hemos llegado?

-Sí.

-Entonces, lo suficiente para llegar sin enterarme. Ay que mareo.

-No me extraña, ¡a ver cómo bajamos!

-Pues un paso detrás de otro.

-¡Menudo pedo llevas! ¡Hip!

-Pues tú no hables -le recriminó divertida.

-No he hablado.

-¿No? –la miró alertada sabiendo que había contestado a su tía en voz alta. Esther negó con la cabeza y
Maca agregó-. ¿Nos vamos o qué?

Bajaron con dificultad, más dificultad tuvo Maca pare recordar cuál era su maleta. Tras varios minutos allí esperando Esther ya no pudo más:

-¡Maca, por favor! Queda una nada más, la pobre debe estar más mareada que el ajoaceite, de tanta vuelta.

-Pues será está, claro… yo que sé. ¿Es esta? -le preguntó a su tía.

-Es la tuya, ¡ay madre no quieres que hable y luego me preguntas!

-Gracias.

-No me las des a mí, dáselas a ella, lleva dando vueltas como una peonza–le sonrió-. Venga… vamos a recoger el coche.

Mientras, Esther preparaba los papeles y recogía las llaves, Maca seguía sentada con la maleta a su lado y el equipo fotográfico metido en una mochila. De vez en cuando, Esther, la veía mirar hacia un lado, por sus expresiones juraría que es como actúa una persona que habla con otra, pero allí, a su lado no había nadie. Con las dudas en su mente sobre el comportamiento de la que fue su mejor amiga, se fue hasta ella.

-Ya tenemos coche, ¿vamos?

-Sí, claro. ¿Conduces tú? -le preguntó poniéndose en pie.

-Por supuesto -dijo con rotundidad.

Se puso a caminar, mientras Maca se quedaba un tanto retrasada. Llegaron al coche y tras meter todo en el maletero, Esther sacó un pequeño navegador que le iba a indicar la ruta.

-Me gustaba más antes cuando llevábamos mapa.

-¡Pero si siempre nos perdíamos! -sonrió Esther que aquellos recuerdos compartidos le sacaban una sonrisa.

-Por eso -la miró mientras se abrochaba el cinturón de seguridad y le guiñaba un ojo.

-Venga… vamos… -a Esther aquel guiño de Maca, le aflojaba las piernas-. Qué frío hace ¿no? Es extraño porque fuera no hace tanto como dentro del coche.

Claro, porque dentro del coche llevas un fiambre ¡hip! Nos ha jodío -apuntó el fantasma.

-Tienes razón -sonrió Maca.

-Ya sé que tengo razón -la miró de soslayo sin entender aquella afirmación-. Anda, duerme porque no das una a derechas.

-Siempre hemos sido de izquierdas -apuntó, nuevamente, el fantasma-. Pero no me contestes sobrina, no vaya a salir corriendo y con lo que nos ha costado encontrarla…

Maca sonrió de lado, cerró los ojos tras ponerse una gorra roja Nike, iba a juego con las zapatillas, aquello le hizo pensar a Esther “sigue siendo la misma pija”. El navegador iba dándole las ordenes oportunas sobre el viaje. El trayecto era espectacular, con un verde intenso en los bosques, las montañas y hasta algún riachuelo habían dejado atrás. Cuando llegaron, Esther se quedó mirando la casa, sin duda, era un caserón precioso. Giró su cabeza hacia la derecha para despertar a Maca, sin embargo, en lugar de llamarla se le quedó mirando fijamente, estaba tan guapa con aquella gorra, el pelo algo revuelto, el perfil perfecto, se desabrochó el cinturón y se acercó poco a poco, sentía un deseo ardiente de tenerla para ella, se dispararon los latidos del corazón de un modo incontrolable. Apoyó su mano derecha en el freno de mano, con la izquierda retiró el mechón de pelo que le tapaba la cara.

-Venga… va… haz lo que deseas, haz lo que te dice tu corazón… besala.

Pero de repente Maca abrió sus ojos llevándose un susto considerable al verla tan cerca, a su vez, Esther se sintió descubierta y al querer separarse, se resbaló cayendo de bruces entre las piernas de una Maca totalmente, asombrada.

-¡Hay que reconocer que la niña es directa! ¡Hip! ¡Puto hipo!

-Lo siento… lo siento -decía de carrerilla, con el rostro colorado y un apuro considerable.

-No pasa nada -le respondió con desconcierto.

-Iba a llamarte y…

-¡Y cojón de burro! ¡Iba a besarte sobrina! -se chivó el fantasma.

-¿Si? -no pudo controlar la pregunta con cierta excitación.

-Sí, claro, iba a llamarte porque ya hemos llegado.

-¡Ah, claro! Bien.

A la vez, ambas abrieron las puertas del coche, ambas se quedaron allí observando aquella belleza que tenían delante. Una casa de piedra antigua, con un tejado negro, chimenea, ventanas de madera, césped alrededor de la casa y unos árboles enormes que ambas mujeres de ciudad no acertaron a identificarlos.

-Menudo nidito de amor… si con esto no llegáis a buen puerto… no sé yo que vais a hacer.

-Es preciosa.

-Sí -Maca sonrió de lado la frase de su tía-. Es una casa de las que salen en las pelis románticas.

-¿Sacamos las cosas?

Una vez tenían todo fuera del coche, Esther abrió la puerta, Maca no paraba de bostezar. Giró la llave y al abrir se dieron cuenta que por dentro era mucho más bonita que por fuera. La modernidad de aquel caserío, era un contraste total con el resto del pueblo. Parecían dos mundos enfrentados. La chimenea estaba encendida, levemente se escuchaba cómo crepitaba la leña. Ambas quedaron boquiabiertas. Tan solo el sonido del teléfono de Esther las sacó de sus pensamientos.

-¡Coño que susto me da el chisme ese! -protestó el fantasma.

-¡Hola Tania! Si acabamos de llegar, iba a llamarte ahora. Si, es precioso, una lástima que nos tengamos que ir de aquí. Ya te contaré, sí, Maca está bien. Esta misma tarde daremos una vuelta a pie para ver el pueblo y mañana nos ponemos en marcha. Se los daré. Besos de Tania.

-Esther, con tu permiso, sé que quieres empezar hoy mismo, pero no estoy en condiciones, lo siento.

-Bueno… tampoco pasa nada, vamos a dejar las cosas en la habitación… bueno… cada una en la suya… claro.

-Te he entendido -le sonrió de lado Maca.

Ya te gustaría a ti meterte en la de mi sobrina.

-Bueno… ¿cuál prefieres? -le preguntó Esther.

-La de la izquierda estaría bien -respondió Maca volviendo a bostezar.

-De acuerdo. Yo me quedo esta.

-¿Y yo? Siempre salgo mal parada… ¡leñe!

-Que protestona eres -le dijo a su tía una vez entraron en la habitación.

-¿Has visto como te mira? Debiste verla en el coche… ¡eso era deseo puro y duro!

-No me marees -dijo en voz baja-. Oye te lo has pasado bien en el vuelo ¿eh?

-¡De puta madre!

-¡No digas tacos! -le riñó y se sentó en la cama sin más- Que cama más confortable.

-Sobrina, te aviso, a partir de ahora, ¡hip! viene lo bueno. Pedrito me está esperando, no puedo hacerle
esperar mucho tiempo, aunque la collares me haya dicho que iba a necesitar toda la eternidad. Descansa,
duerme, coge fuerzas, que la reconquista empieza ¡y que mejor que en esta tierra de luchas intensas! Mírala… ni caso… que mal le ha sentado el valium ese… ¡Hip! ¡Hip!

En su habitación, Esther, sacaba la ropa de su maleta, notaba al extender los brazos, como le temblaban las manos. Sin duda, necesitaba hacer algo y el destino le había dado una buena oportunidad para aclarar sus sentimientos, sus deseos. A su mente, llegó Menchu.

-¿Qué dirá Maca cuándo se entere que está con su amante? Voy a llamar a Menchu.

Como no quería hablar dentro de la casa, a pesar del colocón que llevaba Maca. Se salió hasta el coche, anduvo por el camino y se cruzó con una señora mayor, la mujer, muy amablemente, la saludó y le preguntó cuanto tiempo iban a estar allí. A Esther le vino bien hablar con ella, pudo tranquilizar sus nervios y ansiedad. Cuando se marchó la señora, se giró vio tras la casa una inmensa montaña, inspiró el aire fresco y sano, después pareció sentirse mucho mejor. Llamó a su amiga, sin dejar de sonreír.

-¡Hola, Menchu!

-¡Caray que fuerza! -le dijo sonriente.

-Estoy rodeada de un verde maravilloso.

-Y una mujer maravillosa, dilo todo -Esther se mordió el labio inferior pero no contestó-. ¿Bueno, qué tal?

-Bien… bien… hemos llegado bien.

-¿Compartís habitación?

-¡Qué va! ¡Estás tonta o qué! -dio una carcajada.

-¡Uy que carcajadita! ¡Esa me lo dice todo!

-¿Sabes qué me ha dicho Menchu?

-Dime, corazón.

-Que ha cambiado, que no es la misma…

-Mira… a lo mejor tiene razón, dale una oportunidad.

-¡Espera que le diga lo tuyo con…!

-Deja…. deja… -la interrumpió-. Venga, a deshacer la maleta y a trabajar, te dejo.

-Pero Menchu… -miró asombrada la pantalla del móvil sin entender muy bien la reacción de su amiga.

Mientras, en la oficina… todas las chicas estaban alrededor de la mesa de Menchu.

-¡Bueno abramos apuestas! -dijo frotándose las manos Amparo.

-Yo digo que cae, ¡vamos pero fijo que cae! -decía feliz Menchu.

-No sé… no sé… -dudaba Tania.

-A ver esa pizarra… hagan apuestas señoras…

Así entre risas las compañeras de ambas, empezaron a decir sus apuestas mientras Menchu iba anotándolas en la pizarra..

Esther, ajena a aquella diversión que se había formado en su puesto de trabajo, observaba atentamente el lugar, el intenso silencio, podía cerrar los ojos y disfrutar de él, pero al mismo tiempo, quería abrirlos para poder llenarse de el paisaje que había justo detrás de la casa. Entró con el ánimo por las nubes, mientras Maca durmiera, ella prepararía toda la información. Se daría una vuelta por el pueblo, con su pequeña cámara haría las fotografías pertinentes para su álbum de recuerdo. Hacia mucho tiempo que no se encontraba con aquellas fuerzas, aquel ánimo. Debía ser la mujer fuerte y sin miedo que le había pedido Menchu.

Paseó por el pueblo, alucinaba con las casas de piedra y techos de pizarra, aquellas balconadas de madera y forma de corredor, en la mayoría de ellos podían verse plantas y flores. Era un pueblo limpio, con cada persona que se cruzó, tuvo un momento de charla tranquila. Después, admiró la Iglesia de Santiago de Peñalba, con claro estilo mozarabe, era una joya. Entró a visitarla y al sentarse en uno de sus bancos, con el frescor que dan las enormes piedras, recordó su historia de doncella con la reina Maca. Se preguntó si aquel sueño, podría ser un viaje al pasado a la época medieval, ¿habría la posibilidad de que una reina en aquellos tiempos, fuera lesbiana? Sacudió la cabeza con fuerza. Y allí se dejó seducir por el entorno.

Las calles empedradas con el valle del silencio detrás, el moho entre las piedras de las casas, el verde, siempre ese intenso verde que rodea al pueblo, no podía dejar de fotografiar el entorno por el que caminaba. Volvió a casa y se dio cuenta de que no había comprado nada para cenar. Se acercó hasta la habitación donde Maca seguía durmiendo. Llamó a la puerta pero no obtuvo respuesta, tan solo se abrió lentamente como si alguien le diera paso, algo que realmente, le pareció extraño.

-Pasa, hija, pasa… que a esta no la levantas hoy.

Esther, llegó hasta la cama, Maca dormía plácidamente, le supo mal despertarla, la miró sonriendo levemente, ni siquiera se había desnudado, dudó por un instante si hacerlo ella para que estuviera más cómoda. Entonces le llegó a su mente la visión del coche donde quedó, ciertamente, como tonta. Aquel recuerdo le hizo desechar la idea. Se puso, nuevamente, el plumífero porque aunque era otoño, en aquel lugar el frío era considerable. Y se dirigió hasta el Bar Cantina. Una vez entró, se quedó pasmada por lo que tenía ante sus ojos, era simplemente, estar en otra época. Saludó a la gente que se encontraba allí, recibió las explicaciones adecuadas de los dueños, siempre era mejor fiarse de lo que los lugareños podían contar que lo que venía escrito en las guías. Tras llevarse dos bocadillos enormes y una fuente con embutido, Esther se despidió de ellos emplazando el desayuno hasta que pudieran comprar.

Llegó a la casa, si de día era hermoso, aquel lugar de noche era espectacular, podía adivinar dónde se encontraban las montañas, con la luz de la luna, podía ver algún trozo de valle. Se sentía feliz de estar allí, involucrada con la historia y con el entorno. Subió a la habitación, trató de despertarla pero le fue imposible, Maca balbuceó que cenara ella. Y así lo hizo, había en zonas de la casa donde no había cobertura, le divertía pensar que por un momento en la cocina nadie podía romper su calma, nadie podría llamarla al teléfono. En la época que vivimos, era prácticamente imposible desconectarse, allí mientras quitaba el papel de aluminio en que le habían envuelto el enorme bocadillo, se sintió bien. Se sintió feliz en el interior y eso, para ella, era muy importante.

Se retiró a dormir, notaba la tensión acumulada en su cuello debido a la estrecha carretera por la que habían llegado al pueblo, casi agradeció que Maca durmiera, de esa manera se pudo concentrar en cada curva y cada acantilado. Se lavó los dientes, se puso el pijama y se metió en la cama. Cerró fuertemente los ojos para poderse dejar llevar en aquel sueño que le estaba alimentando la curiosidad, quiso dejarse llevar por su Maca reina, y ella misma, doncella.

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