UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. CAP 10

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La noche cerrada, caída sobre la casa. Ambas dormían. Sin embargo… Esther no cesaba de dar vueltas y vueltas en la cama, fue en una de esas vueltas donde su mente comenzó a regalarle sueños…

Un nuevo día empezaba en el castillo de León, en la cocina, las sirvientas trabajaban sin descanso. Teresa, estaba frente a una cazuela preparando algo con esmero. No tardó mucho en aparecer Esther ante ella.

-Buenos días, Teresa.

-Buenos días, Esther. ¿Qué tal descansasteis?

-No muy bien…

-Llevadle el desayuno a la reina, tiene que estar lista para una reunión con el rey y su corte.

-Sí.

-Cuando estéis con el rey -la miraba fijamente, entonces Esther captó una sombra en sus ojos que le llamó la atención-, tendréis que poneros a un lado, en el lado opuesto donde se encuentre el obispo y los demás condes. No habléis, no gesticuléis, no miréis al rey directamente. ¿De acuerdo? -Esther asintió con la cabeza-.
Bien, id con la Reina.

Esther llevaba la bandeja hasta sus aposentos. Durante la noche, no había podido conciliar el sueño, en tan solo un día, habían ocurrido tantas cosas que le era imposible aceptar. Ante todo, había un hecho que seguía trastornándola y que, además, le había dejado tantas dudas en su interior que empezaba a vivir un infierno. La Reina, sus caricias, sus labios, su lengua recorriendo el vientre tenso por el placer. Esther por más que sacudía la cabeza cuando le llegaba aquella imagen, no era capaz de deshacerse de ella. Su pecho se endurecía y un ligero cosquilleo recorría la espalda. Al entrar, la vio como otras veces, apoyada en el marco de la ventana. Con gesto melancólico y lejano a aquel lugar donde se encontraba.

-Majestad -la llamó, Maca a penas giro levemente la cabeza-. Le traigo el desayuno…

Se acercó hasta la mesa donde Esther había dejado la bandeja. Le apartó la silla y Maca pasó por su lado sin rozarla.
Se sentó.

-Voy a prepararle el baño.

Maca seguía sin contestar, comía lentamente mientras escuchaba a Esther preparar sus cosas. La doncella, estaba enfrascada en los líquidos que le iba a mezclar en el agua cuando de repente notó una presencia en su espalda, tan cercana que si cerraba los ojos el perfume delicado que alcanzaba a percibir, le decía que era la Reina. No se sobresaltó cuando las manos de aquella mujer rodearon su cintura, ni siquiera al notar como la atraía hasta su cuerpo, tampoco mostró ni la más mínima resistencia al sentir los labios en su cuello. Tan solo gimió y ladeó la cabeza para que pudiera recorrerlo como quisiera, tantas veces fuera necesario. Sin embargo, los labios de la Reina dejaron tres finos besos en aquel lugar, después suspiró con fuerza, tal que el aire que salió de sus fosas nasales recorrieron el pecho de una Esther que se sentía como al borde de un precipicio. Estuvieron así pocos segundos, pero tan intensos que podían decirse que habían estado abrazadas horas.

-Esther -fue un leve susurro de la reina… un susurro que la embriagó de pies a cabeza.

Después la duchó, la secó como si fuera una diosa, la vistió con un vestido rosa de cola larga, un escote provocativo tal y como quería el Rey que vistiera, para que todos admiraran su belleza y sintieran una envidia poderosa hacia él. Una vez terminó de vestirla, la miró fijamente a los ojos. Ambas, se miraron durante unos segundos. Cuando oyeron que se abría la puerta, Esther se hizo a un lado.

-¡Su Majestad está hermosa, si me permite su doncella que le haga este humilde comentario! -Maca sonrió, Esther miró con odió al Conde-. ¿Está preparada, su Majestad?

-Sí… ¿va a ser muy largo?

-No lo creo, pero sí va a ser, ciertamente, desagradable.

-¡Qué bien! -susurró con fastidio.

-¿Nos vamos? -la miró con intensidad.

La Reina asintió y miró a Esther para que la siguiera. Al llegar al amplio salón donde el Rey recibía a sus emisarios, Maca agachó la cabeza ante el Rey.

-¡Majestad! ¡Es un honor que nos acompañe en este momento tan delicado pero tan importante! -la saludó el obispo con cierta ironía y una mirada maléfica que Esther captó.

-Gracias, obispo. Es muy amable.

-¡Ven aquí, mujer! ¡Nos traen buenas noticias!

El Rey le mostró la mano y ella con un profundo asco la cogió. Esther la seguía dos pasos por detrás, una vez llegaron a los lujosos sillones, Esther la ayudó a colocar el vestido de manera que no se arrugarse demasiado. Después se hizo a un lado. Justo en el momento en que se abrían las puertas de par en par y un hombre con aspecto de guerrero llegaba ante el rey, se arrodillaba y el Rey con un ademán un tanto aburrido le daba paso para que hablara.

-¡Majestad! ¡Hemos hecho nuestro el territorio de Mancera de Abajo! Nuestros hombres han ocupado sus tierras y aniquilado a los traidores… como muestra de nuestra victoria, le traigo, como su Majestad solicitó la cabeza de Fruela.

Las puertas volvieron a abrirse, Esther vio horrorizada, como un guerrero que llevaba el uniforme que lo hacía perteneciente al batallón del Reino de León, traía en una bandeja la cabeza de un hombre, con los ojos abiertos y la sangre aún fresca en la parte baja de su cuello. Desvío la mirada hasta la Reina que mantenía un gesto pétreo, inamovible, no podía entender su actitud, momentos antes había sido tan tierna, tan sensible, y allí, frente a aquella cabeza parecía un ser diferente. Mientras tanto, el Rey aplaudía y el resto lo acompañaron en la algarabía. Esther sintió unas profundas náuseas que la obligaron a cerrar los ojos y, tratar de controlar la respiración. Pero fue mucho peor cuando el Rey, habló.

-¡Mi enhorabuena! ¡Estos son mis hombres! La Reina guardará en sus aposentos la cabeza de este indeseable, tal y como, a ella le gusta. ¡En nombre del Reino de León continuaremos la guerra! -entre vítores de los guerreros que habían entrado al gran salón, el Rey se crecía con gestos opulentos y machos-. Nadie podrá hacer frente a nuestra fuerza ¡Somos los verdaderos dueños de estas tierras! ¡Calmaos…! -hizo un gesto con ambas manos-. ¡Ahora… lo siguiente será hacer nuestro el Reino de Portugal!

Esther no perdía detalle del gesto de Maca, seguía imperturbable ante la visión de la bandeja con la cabeza que habían puesto a sus pies. Tan solo fue capaz de gesticular cuando el Rey dio la orden de ir a la guerra, la Reina asintió al guerrero que le dejó la espada con la que habían decapitado al traidor. En cuanto los gritos terminaron y los guerreros salieron del salón, la puerta se cerró. Ante el Rey el obispo de León que le sonreía mientras se frotaba el anillo de oro que llevaba en su dedo. También los otros hombres de confianza del Rey se acercaron para hablar con él. Fue en ese instante cuando el Conde de Astorga, lo abrazó efusivamente.

-¡Majestad! ¡No puedo más que admirarle! ¡Portugal será nuestro! -le dio unos golpes en la espalda.

Aquel hombre le repugnaba. Pero no tuvo mucho más tiempo de juzgarlo, la Reina se puso en pie. Ella acudió para acompañarla de nuevo a sus aposentos, pero antes de llegar, se metió por una puerta que daba a una especie de riachuelo y un pequeño jardín, Esther lo desconocía, entonces vio como la Reina comenzaba a vomitar. Se apresuró a ir hasta ella, pero le impidió ponerse a su altura. Esther se quedó un paso por detrás. Una vez se recompuso, blanca como la cera, se acercó hasta una pared y bebió agua fresca de un chorro que salía a modo de fuente. Después se lavó la cara y tras un suspiro tomó asiento en un banco de piedra. Esther la observaba con cautela.

-Siéntate -le ordenó con suavidad. Esther obedeció-. Ahora mismo, si tuviera fuerzas cogería a mi hijo y desaparecería de este mundo loco.

-Majestad… si yo pudiera, la acompañaría en la huida -le dijo dulcemente. Maca la miró y le sonrió-. Me permite que le diga algo… no sé si voy a meter la pata… pero… -guardó silencio como esperando que le diera permiso.

-Hablad, os escucho.

-Ese hombre… El Conde de Astorga… ¿confía en él?

-Plenamente -le sonrió de lado. Tomó aire mirando el cielo agregó-.No es lo que piensas, Esther.

-Lo siento… no quise ofenderla -agachó la mirada.

-Esta noche… te espero en mi humilde refugio -se levantó y Esther se puso a su altura. Maca la miró intensamente-. ¿Vendréis?

-Iré, majestad -le mantuvo la mirada.

Con toda la precaución del mundo, Esther se introdujo entre los pasillos que llevaban hasta el refugio de la reina. Durante la tarde, los hombres habían estado bebiendo hasta caer fulminados en el patio de los guerreros, sus gritos ensordecedores, los golpes de espadas, todo le había recordado tanto su pasado. Notaba en cada paso que daba como su corazón temblaba de emoción. No sabía cómo explicar lo que le ocurría. Tan solo tenía ganas de llegar. En la puerta escondido en la oscuridad, el Conde de Astorga. Al verla, empujó la puerta y rápidamente la cerró, desapareciendo en la oscuridad. Notó como atrancó la puerta y el ruido la sobresaltó.

-No temáis -escuchó la voz de la Reina, el miedo se volvió deseo.

-Aquí estoy, Majestad.

-Ven -le ofreció la mano y al cogerla le dio una pequeña descarga
de emoción-. Sentaros.

Esther no esperaba aquel ofrecimiento. Se había descubierto durante la tarde, soñando en fantasías lujuriosas. Se sentó en un sillón frente a la Reina, ésta le ofreció una copa de vino. El silencio era interrumpido por el crepitar de un débil fuego.

-Eres la primera mujer que entra en esta, mi casa. Nadie hasta llegar tú lo había hecho.

-Me siento alagada, Majestad -le respondió aunque sin saber muy bien qué decir.

-Me ganasteis muy pronto… -Esther agachó la vista-. Sois una mujer muy hermosa, ¿lo sabíais?

-Majestad yo…

-Entiendo vuestro apuro, ninguna mujer os lo había dicho como os lo estoy diciendo yo -Esther negó con la cabeza-. Pues lo eres. Ven aquí.

Con cautela se acercó, la reina le hizo sentarse delante de ella, la miraba fijamente a los ojos, tras un trago le contó una historia.

-No sabía que se podía amar y desear a una mujer. La primer vez que lo vi me pareció horrible, mi niñera y una de las sirvientas, se amaban a escondidas. Las veía reír y susurrar y me preguntaba que sentían. Años después, la sirvienta, me lo enseñó. Fue tan maravilloso -le acarició un mechón de la melena, Esther cerró los ojos sintiendo un extraño placer-. Después… tuve otras amantes… pero sabía que mi vida no iba a ser como yo quisiera, sino, como estaba en mi destino. Mi padre, el Rey, había conseguido crear el Reino de León, quería su continuidad, como habían tantas batallas eligió al hombre que mejor iba a defender su legado. No al hombre, que mejor iba a tratar a su hija. Mi padre, amaba a mi madre por encima de todo, sin embargo, no fue capaz de encontrar un hombre como él para mí.

-El Rey es asqueroso -musitó sintiendo las caricias delicadas de Maca en su cuello.

-Es más que eso. Mi hijo es lo más hermoso que tengo… por él tengo que aguantar una situación que me da náuseas. Mi padre, como hombre que era, tuvo muchos hijos bastardos, el Conde de Astorga es uno de ellos -Esther abrió los ojos de par en par-. En la cocina, las cocineras que ves, son hermanas. Teresa, es la hermanastra de mi padre. Ellos velan por mí. Cada vez que el Rey abusa de mí, el Conde trata de llevárselo lo antes posible, Teresa le pone unas gotas para debilitarlo por las noches, para que se le quiten las ganas de pasar por mis aposentos… como ves… mi padre acertó en todo excepto en mi marido.

-Yo… no sé muy bien que decir… pensé que él era… -guardo silencio.

-¿Mi amante? -Esther asintió-. Algunos como el maldito obispo, también. Hace muchos años, se presentó en el castillo una mujer con un niño. Habló con mi madre, ante la ausencia de mi padre, que estaba en una de sus batallas. La mujer le dijo que aquel niño era su hijo, ella estaba enferma y no sabía dónde dejarlo. Mi madre, se hizo cargo de él, lo criaron como si fuera el sobrino de mi padre. Desde pequeño siempre fuimos uña y carne, tanto es así, que Teresa y él son los únicos quienes saben de mi escondite.

-Majestad… ¿y por qué no la ayuda? –Esther sintió la necesidad de cogerle la mano y acariciarle suavemente ante la sonrisa tierna de
Maca.

-Claro que me ayuda… pero es el Rey, no puede hacer más de lo que hace.

-Entiendo.

-Desde que os vi, mi corazón latió con fuerza, vos sois lo que soñaba despierta…

-Majestad… no sé muy bien qué decir.

-No digáis nada, venid…

Maca le extendió la mano mirándola fijamente a los ojos. Esther sentía que su corazón iba a salir de su pecho. No sabía que le depararía el siguiente paso, pero sabía que quería darlo. La caricia de la reina fue tan especial tan suave y maravillosa que le hizo soltar un pequeño suspiro. Maca le indicó que se acostara en la cama que había, Esther lo hizo, vio como Maca se cogía la falda con las manos y la subía lo justo para poder acostarse a su lado.

-Majestad… yo…

-No me llaméis Majestad, aquí y para ti, soy Maca. No tengáis miedo… relajaos…

Maca se acodó sobre la almohada, Esther estaba acostada sobre su espalda, la miraba sin saber muy bien qué hacer. La mirada lasciva de la Reina, le hacía tiritar. Y ella se preguntaba cómo era posible, si ni siquiera la había rozado. Su respiración se agitó en el instante en que los labios de Maca comenzaron de manera suave a recorrer su cuello, despacio, con una lentitud que la abrasaba. Cerró los ojos dejando que las manos de la mujer que la besaba, fueran desatando poco a poco el corpiño de su vestido. Maca escuchó nítidamente como crujía la falda de Esther debido al leve movimiento de sus caderas. Sentía las oleadas del deseo. Un deseo que no comprendía pero nacía del centro de su ser. Maca retiró con sumo cuidado el corpiño, como si de esa manera, fuera a descubrir el mayor de los tesoros. Se incorporó sobre los pechos de Esther que se mostraban erguidos, la doncella por primera vez desde que se había tumbado en la cama, pudo acariciar el cuerpo que la estaba enloqueciendo. El tacto suave y casi efímero de la lengua de la Reina con el pezón, la hizo soltar un gemido entrecortado mientras sus manos, casi con vida propia, apretaban entre los dedos la sábana y el vestido de Maca. Entre mezclado con los suspiros de ambas, el crepitar de la chimenea formaba una música celestial para los oídos de ambas amantes. El tiempo parecía haberse detenido. Mucho más, cuando Maca se colocó sobre ella, las bocas se encontraron y los labios jugaron con pasión a buscarse y encontrarse, a lamerse, a morderse, a esas alturas el deseo en ambas se había disparado, Maca se desabrochó con su ayuda el corpiño, las faldas les impedían tocarse más íntimamente, la lujuria comenzó a liberarse. Esther sentía desbordarse el corazón, no eran capaces de articular palabra, nada más gemidos y deseo, besos, lamerse la piel, hasta que Maca, quitó la falda de Esther, la obligó con suavidad a tumbarse, la doncella la vio perderse entre sus piernas, cerró los ojos asustada, nunca ningún hombre había llegado allí de la manera que lo hizo la Reina. Apretó sus puños cogiendo la sábana nuevamente, era como esperar lo desconocido, el miedo se mezclaba con la ganas, finalmente, al notar los labios de Maca rodar por sus muslos, por el vientre y bajar hasta su sexo, soltó un gemido que salió de ella victorioso como si con él, pudiera borrar un pasado horrendo y empezar su vida desde aquel punto de partida.

-Maca… Maca –susurraba encendida por el deseo.

-¡Maca… Maca! ¡Ah! ¡Maca! –se sentó de golpe Esther, con la respiración agitada, la boca seca. Se pasó la mano por la frente mientras susurraba-. ¡Madre mía!

-Vaya… vaya… ¡hip!

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