UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. CAP. 12

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Hubo un pequeño instante donde a ambas algo en su interior les dio un pequeño crujido, una descarga que las sobresaltó. Sin embargo, ninguna quiso darle mayor importancia y continuaron con la marcha.

Esther llevaba el mapa, Maca la cámara preparada para disparar una foto tras otra. Por las calles de Peñalba los vecinos les paraban para darles los últimos consejos. Ambas se mostraban risueñas y felices por el trato.
Comenzaron el camino entre robles de unas alturas y belleza considerable. Agradecían tener aquella vista ante la dureza de la subida. Iban en silencio, concentrando sus fuerzas en la ascensión que les llevaría hasta una planicie herbosa, para poder darse un respiro.

-¿Has visto esto? –le preguntó jadeante Esther señalando unas piedras.

-Sí, es impactante… piedras incrustadas de forma de espiral… interesante

-No le veo el interés, son unos pedruscos mal puestos… ¡qué sensibilizadas estáis!

-Y eso –señaló con autoridad Esther hacia las montañas-, son los montes Aquilianos… ¡pura maravilla!

-Es de una belleza aplastante todo esto…

Maca se le quedó mirando fijamente mientras pensaba “es tan hermoso como tú”.

-Sácalo de tu mente… díselo… es un buen momento. ¡Hip!

-Podíamos darnos un respiro ¿no crees?

-Sí, me duelen un poco los pies.

Se sentaron sobre la hierba, mientras Maca se quitaba las botas. Esther sacaba unos botellines de agua. Bebían en silencio. Aquel silencio que parecía hecho para meditar y entregarse a otras dimensiones.

-Es increíble… creo que nunca he estado en un lugar como este –murmuró Maca.

-Ni yo. Y pensar que lo teníamos aquí al alcance de la mano y no lo había descubierto.

-A veces, la vida nos deja cosas por descubrir, porque necesitamos encontrar a la persona que lo merezca descubrir a nuestro lado.

-No me extraña que las mujeres caigan a tus pies, ¡tienes una labia, sobrina! –dio una carcajada que resonó en todo el valle- ¡Igualita que yo! Los hombres siempre rendidos a mis pies… bueno… también a la delantera que tenía. ¡Hip! ¡Hip! ¡Puto hipo!

-¿Cómo te ha tratado la vida, Esther? –trató de controlar la sonrisa.

-¡Buena pregunta! –decía el fantasma mientras saltaba de una piedra a otra-. Esto en mi vida, no lo hubiera podido hacer…

-Pues… no me puedo quejar –le dijo con cierta melancolía mientras se abrazaba las rodillas y posaba su barbilla sobre el brazo derecho.

-No entiendo como alguien como tú puede estar sola.

-¡Au! –el fantasma se resbaló y cayó de bruces-. ¡Vaya hostia! ¡Oye… no me duele! Esto es fantástico –dio una gran carcajada entre toses-. ¡Dale, sobrina, vas bien! ¡Hip!

-Bueno… la vida, Maca.

-¿Te ha ido bien en el amor?

-No demasiado, digamos que me lo he pasado muy bien pero no he encontrado a nadie que despertara en mí eso que llaman amor –entonces llegó a su mente como la Reina la besaba en sueños y se quedó mirando a Maca-. ¿Y a ti?

-Podría firmar lo que acabas de decir.

-¿Nos vamos?

-Sí.

Ambas notaron que les daba miedo seguir. Mejor dejarlo ahí.

-¡Cobardes! ¡Hip! ¡Hip!

Continuaron el camino, Maca sacaba fotografías de cualquiera rincón, de la inmensidad de las altas montañas, de la lejanía, de lo más cercano, de Esther. Todo lo que les rodeaba era tan hermoso que no podían dejar de observar, de respirar aire puro. De vez en cuando, Esther se detenía y anotaba cosas, Maca aprovechaba para fotografiar. Pero todo en silencio, el mismo, que había en aquel Valle. Jamás ninguna de las dos, pudo imaginar que el silencio podía ser tan maravilloso. Durante la bajada iban acompañadas por el sonido del agua. Hasta que por fin llegaron a la cascada del Pico Tuerto.

-¡Que preciosidad! –dijo Esther-. ¡Me encanta!

-Anda acércate, voy a hacerte una fotografía para que la tengas de recuerdo.

-“Maravilloso recuerdo” –pensó Esther.

-¿Puedes dar un paso a la izquierda?

-¿Aquí?

-Sí, ahí estás…

-¡Au! –se quejó Esther desapareciendo de la vista de Maca.

-¡Dios mío! –murmuró Maca corriendo hacia donde estaba Esther y había desaparecido-. ¿Esther?

-Estoy aquí –decía muerta de risa.

-¡Qué susto me has dado!

-Sois de cuadro… ¡Madre mía! ¡Hip!

-Dame la mano… dame la mano –le decía nerviosa Maca.

-Pero si estoy bien… no te preocupes –no paraba de sonreír.

-Perdona, no sabía que ibas a caer –la ayudó a subir-. ¿Te has hecho daño?

-No… nada más me he mojado el pantalón.

-¡Uf! –le decía alterada mirándola fijamente.

-Estoy bien –Esther captó en su mirada el susto y algo más-. Ha sido divertido… ya te has olvidado de mis tropiezos.

-No… pero pensé que te habrías golpeando con una piedra…

-Que tiernas… sois como dos bollitos de algodón…

-Esto es mágico Maca, este lugar… -ambas estaban tan cerca la una de la otra, mirándose fijamente a los ojos, sus latidos podían mezclarse con el sonido de la cascada. Fue un instante de ensueño. “Yo diría más bien, empalagoso”-. Creo que…

-Deberíamos irnos, sí… de todos modos… la foto ha debido salir algo movida.

Entre risas y con la ayuda de Maca, Esther se sacudió el barro y la hierba que se había pegado a su ropa. Una vez se pusieron nuevamente en marcha, volvieron a ascender por un camino hasta llegar a divisar desde lo alto San Pedro de Montes de Valdueza, una panorámica que las dejo, boquiabiertas. Maca no paró de fotografiar tanto el Monasterio como las casas que estaban dispuestas en semicírculo entre verdes prados. Era un valle magnífico.

-¿Habías visto algo así? –le preguntó Esther a Maca.

-No, este lugar es de un encanto fuera de lo común.

-Por eso nos ha mandado Lourdes. Porque quiere lo mejor de nosotras para mostrar esto que nos está dejando tan maravilladas –hablaba con los ojos entrecerrados y una sonrisa en los labios.

-Siempre me gustó la manera tan especial que tienes de ver las cosas. Te envidio.

-Uy que miraditaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

-Sigamos que mira como se está poniendo el tiempo…

-Seguro nos pilla lluvia. Pero mira… mis mejores fotografías, las he conseguido con lluvia.

-¡Pues creo que vas a tener tu oportunidad… está chispeando! –le
dijo sonriente.

Para llegar al pueblo pasaron por castaños impresionantes, con unos troncos tan grandes que harían falta varias personas para poderlos abarcar con los brazos. Ambas iban maravilladas, se habían puesto los chubasqueros aunque la fina lluvia no era molesta. Tan solo fastidiaba un poco a Esther para anotar cosas.

Estuvieron un rato por el pueblo, haciendo su resportaje y marcharon nuevamente en su camino. Recorrieron entre encinas y robles un camino espectacular. Esther que caminaba con su cabeza obligada a pensar en el reportaje, recordó sus sueños. Imaginó a la Reina Maca en su carroza, acompañada por su amante, la doncella Esther. Debía de ser algo trepidante hacer en aquella época aquel recorrido. Sin saber muy bien porqué, notó como su piel se erizaba.

-Deberías entender… que esos sueños te hablan, querida.

No lo pudo apreciar, pero su piel se erizó ante la caricia del fantasma de Maca.

Llegaron hasta un regato que cruzaron con cuidado y risas, ambas se mostraban felices a pesar de no decirlo, contentas de ir juntas por aquellos caminos rodeadas de tanta naturaleza. Llegaron a un último arroyo para cruzar, Maca en esta ocasión iba delante, Esther detrás, el fantasma las esperaba con los brazos puestos en jarras como si fuera una espectadora. Maca se detuvo para hacer una foto, Esther no la vio porque iba mirando los árboles y chocaron, Maca fue lo suficientemente hábil como para girarse y quedar con la espalda sobre el agua fría, Esther cayó de bruces sobre ella. Se quedaron mirando a los ojos, podían sentir las pulsaciones de sus corazones, se miraron los labios sintiendo tantas cosas…

-¡VAMOS LEÑE, BÉSALAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

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