UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. 14

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Fuera de aquella casa donde las dudas entre ellas, los miedos, se habían hecho palapables, comenzó una grandísima tormenta, rayos, truenos, lluvia intensa. Esther se levantó para pasar las cortinas, volvió a la cama con una leve tiritona por el frío. Se acostó y apagó la luz, se tapó hasta el cuello, a pesar de haber corrido las cortinas, la luz de otro relámpago iluminó toda la estancia, al hacerlo, a los pies de la cama, apareció una mujer, regordeta, con el pelo blanco, las cejas pintadas y cara de muy mal genio. La miraba con una fiereza que daba miedo.

-¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!-el grito fue ensordecedor.

El grito desgarrador de Esther, hizo que Maca se levantara de un salto como loca de la cama. Fue a salir de la habitación cuando Esther entraba como loca.

-¡Au!

-¡Ay!

Ambas chocaron haciendo que se tambalearan hasta casi caer al suelo. Maca asustada por el rostro desencajado de Esther le preguntó con el ceño fruncido. Aunque podía adivinar lo que había sucedido, dado que el fantasma no paraba de toser y dar carcajadas como loca.

-¿Qué ha pasado?

-He visto… he visto algo…una… una… ¡ay Señor! -decía alterada poniéndose ambas manos sobre las mejillas.

-A ver… tranquilízate…¿qué has visto? –JAJAJAJAJAJAJAJA COFF COFF COFF.

-Una mujer así… como gorda.

-¡Gorda lo será tu madre! –se detuvo sus carcajadas y toses mientras la miraba de manera asesina.

-Fea…

-¡Serás hija del demonio! ¡A que te arranco los pelos!

-Y con muy mal color de cara.

-Ahí no puedo rebatirlo. ¡Hip!

-Tranquilízate, por favor…voy a ver.

-¡No! –le cogió, Esther del brazo dando un grito.

-¿Cómo qué no?

-¿Y si te hace algo? –la miraba preocupada.

-¡Oh mira que carita! ¡Ya no le guardo rencor por lo que me ha dicho! ¡Parece una corderita degollá!

-A ver… tranquilicémonos las dos.

-Maca, esa mujer no estaba viva… sé que suena raro… pero no estaba viva te lo aseguro –le dijo mirándola fijamente a los ojos.

-¡Llévatela a la cama y no le digas nada! ¡Coño, más a huevo no te la puedo poner!

-Déjame ver… -le dijo segura Maca con las manos sobre sus hombros.

-Hazte la chulita, igual… ganas enteros ¡Ay que a gusto me he reído! COFF COFF COFF

-¡Por que no te callas!–le reprochó entre murmullos

-¡Uy!… eso me suena… ¿quién dijo eso mismo? -decía mientras se rascaba la barbilla.

-No tienes derecho a hacerle esto… ¿me oyes? -le recriminó enfadada.

-¿Con quién hablas? –le preguntó Esther desde la puerta con gesto totalmente perplejo.

-Oh… esto… lo he visto hacer en cuarto milenio. ¡Si hay un ente aquí, manifiéstate!

-¿Seguro?

-¡No! –dio un grito.

-¿Sí o no? ¡Me lías! ¡Coño no me extraña que me hayan dado la botella para poder aguantarte!

-Mejor no te manifiestes si estás…

-¿Te estás burlando, verdad?–le preguntó Esther algo decepcionada.

-¡No… no! Es que a mí también me da miedo… y no vaya a ser que de verdad se manifiesta y vamos… me subo al techo ¡ya te digo!

-Estaba ahí a los pies, mirándome con cara de mala hostia.

-¡Normal… me ponéis a parir… qué queréis pedazo de merluzas!

-Maca, por favor, ¿puedo dormir contigo?

-Claro, te lo iba a decir. Mañana iremos al pueblo a ver si ha pasado algo en esta casa.

-Mejor no quiero saberlo…

-¡Eso! Dormís todos los días juntitas. Digo yo que el roce elevará la temperatura y…

-¡Cállate! –se giró Maca vocalizando cada palabra sin que Esther pudiera oírla.

-Que susto…

-Bueno –carraspeó-. Voy a cerrar la puerta –entonces le hizo una señal a su tía para que se quedara fuera-. Y vamos a tratar de dormir.

-¡Eso no vale! ¡Aunque te advierto que aunque cierres la puerta la traspaso cuando quiera!, ¡bonita!

-A dormir, ¡y solas!

-¿Esperas a alguien? –le preguntó Esther algo desconcertada.

-No… lo digo en voz alta por si anda por aquí… ya sabes –le movía graciosamente las cejas-. Descansa.

Tras un suspiro largo, Esther se dejó caer en la cama, se abrigó bien con el edredón de plumas. Aun así sentía su cuerpo castañear. Tenía una mezcla de frío y miedo.

-Maca… ¿duermes? –le preguntó con un ligero temblor de voz.

-No.

-¿Podrías… podrías abrazarme? -pregunto con cierto titubeo.

-Claro.

-¡Corre… corre…aprovecha!

Maca se giró con cuidado, como si hacerlo de manera muy rápida pudiera delatar sus inmensas ganas de abrazarla. Carraspeó antes de colocar su brazo derecho sobre la cadera de Esther. Al hacerlo, no pudo evitar dejar salir un suspiro de su interior, demostrando su nerviosismo. Al dejar su brazo pudo captar por parte Esther que suspiraba de igual modo. Notó sobre su piel el aire suave, pero que le dio a entender que estaba tan nerviosa como ella. No hablaron, ninguna expresó en voz alta los sentimientos que estaban sintiendo. Prefirieron dejarse llevar por el sueño. Esther inconscientemente arrimó el cuerpo todo lo que pudo con el de Maca.

Sus brazos apretaban fuertemente a Esther, ambas descansaban con sus cuerpos desnudos. El cansancio les había arrastrado a las profundidades del sueño. De repente, el sonido de unos golpes fuertes en la puerta sobresaltó a la pareja que se sentó en la cama, tapándose instintivamente con la sábana.

-No te muevas Esther.

-¡Majestad! ¡Majestad!–se oía la voz del Conde de Astorga.

-Tápate –le ordenó Maca a Esther.

-¿Qué pasa? –abrió un poco la puerta para asomar la cabeza.

-Majestad… rápido tenemos que ir a sus aposentos.

-¿Qué sucede? –le preguntó alertada Esther que se había vestido.

-No lo sé… dame cinco minutos y después sales.

-De acuerdo.

Sin embargo cuando Maca salió, entró el Conde para decirle con tono serio y preocupado a Esther.

-En cuanto podáis, tenéis que ir a los aposentos de su Majestad…

-Sí –contestó escuetamente entendiendo que algo pasaba.

Maca iba por los pasillos con la capucha tapándose la melena, una capa negra cubriendo su cuerpo. El Conde la ayudó hasta llegar a sus aposentos, tal y como quedaron, Esther llegó a los cinco minutos. Al ir por los pasillos vio un movimiento extraño. Teresa la estaba esperando en la puerta.

-¿Qué ha ocurrido?–preguntó Esther segura ya de que algo grave sucedía.

-El Rey ha sido envenenado.

-¡Cómo! –casi fue un grito de alegría.

-Sí. Caput. Pasa… el Conde está dentro.

Al entrar, vio como Maca caminaba algo nerviosa de lado a lado, bajo la atenta mirada del Conde. El silencio entre ellos era pesado como si les aplastara los pulmones. Al ver Maca, a Esther y Teresa, dio un suspiro de tranquilidad.

-¿Qué vamos a hacer?–preguntó Teresa que se notaba que entre ellos, era la que se erguía como la protectora.

-Bueno… el plan es que el Obispo va a proponer que el hijo del Rey sea el nuevo Rey. Él lo tendrá bajo su tutela y será él quien lo eduque y guíe en su reinado.

-Eso es como dar al diablo al pequeño Fernando –se quejó Teresa mirando preocupada a Maca.

-¿No hay otra salida?–preguntó angustiada Esther.

-Huir –dijo él-. Pero, sería como desertar, el pueblo no entendería algo así que se les dejara vendidos justo ahora que estamos en guerras con Navarra, Portugal y Asturias.

-¿Maca? –le preguntó Teresa.

-Por lo pronto, da la voz al pueblo, quiero que vengan frente al castillo, en el ala norte, que les dejen pasar y hablaré para comunicar lo sucedido.

-Majestad –entró el Obispo-.Siento tanto está terrible pérdida… puedo entender su dolor ante la muerte de un buen hombre, como fue el Rey.

-Así es… -le dijo Maca asintiendo con gesto serio.

-Obispo… habrá que dar la noticia al pueblo de la sucesión del Rey –le propuso con una leve reverencia el Conde.

-Claro… claro…

-Quiero que esté preparado todo, tal y como debe ser la proclamación del nuevo Rey –dijo con solemnidad Maca.

-Me retiro, imagino que querrá su Majestad intimidad para rezar por el alma del bendito Rey.

-Gracias, Obispo –le besó el anillo haciendo a su vez una reverencia.

-Le acompaño –el Conde hizo una reverencia a Maca y las tres mujeres se quedaron solas.

Maca tragó saliva, miró fijamente a Esther y sonrió de lado.

Todo estaba preparado en el balcón del castillo. El pueblo de León, sentía mucho más cariño por su Reina, quien siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás, que por su Rey que enviaba a los hombres a la guerra sin importarle nada más que la victoria. La gente había llegado, miraban fijamente el balcón donde la Reina iba a aparecer para dar el nombre de su hijo tutelado por el Obispo para ser el nuevo monarca. En el salón, Maca esperaba para salir con un vestido de seda negro. A su lado, el pequeño Fernando cogido de la mano de Esther esperaba los acontecimientos. Teresa observaba la escena desde fuera de la estancia. Se apretaba las manos una contra otra, nerviosa ante lo que iba a suceder.

-¿Preparada, Majestad?–le preguntó el Conde de Astorga. Cuando Maca asintió les dijo a los hombres-.Abran las puertas. Obispo… vos primero.

El Obispo pasó hasta el balcón rodeado de los tres marqueses que siempre le acompañaban y de los que, Teresa, sospechaba se habían encargado de dar muerte al Rey. Saludó a los allí presentes, aunque su saludo no fue recibido con demasiado entusiasmo. Tras ellos, salió el Conde, con gesto adusto y la mano sujetando la empuñadura de su espada. Detrás, salió la Reina llevando de la mano a su hijo seguida de su doncella, Esther. El pueblo la aplaudió. Teresa como el resto de servicio y demás guerreros, siguieron la escena desde otros balcones del palacio. Maca elevó las manos y la gente guardó silencio.

-¡Como bien sabéis respetado pueblo! ¡El Rey ha muerto! –su voz parecía fuerte y segura, sin un ápice de temblor. Esther la observaba dos pasos hacia la derecha acompañada por el Conde. No paraba de recordar que aquella mujer la noche antes la había vuelto loca de placer-. Hoy es un día triste para el Reino de León, sin duda, nunca olvidaremos la gran labor que nuestro Rey ha llevado acabo por este Reino que tanto amaba.

-No se lo cree ni ella–le musitó el marqués de Ripalda al Obispo que sonrió de manera cínica.

-¡Por lo tanto, hoy empieza otro nuevo Reino, otra nueva manera de reinar! Hasta que mi hijo, el pequeño Fernando, cumpla su mayoría de edad. ¡Yo seré la Reina Maca I de León!

A Esther se le secó la boca, Teresa asustada observó a la gente que miraban absortos al balcón, el Conde no quitó ojo al Obispo que comenzaba a ponerse rojo de cólera. Pero de repente:

-¡Viva la Reina! –gritó alguien desde bajo.

-¡VIVA! –se sumaron los gritos por el pueblo.

-¡VIVA LA REINA!–volvieron a escucharse las voces.

-¡VIVA! –exclamó el resto entre más vítores.

-Gracias a todos…gracias… lo primero que quiero deciros, es que las mujeres del Reino de León van a dejar de sufrir, por sus padres, sus hermanos, sus maridos y, sobre todo, por sus hijos. Desde este momento el Conde de Astorga será el encargado de llevar la paz allá donde hemos llevado guerra y tormentos.

Nuevamente la gente gritó enloquecida, el Obispo parecía que iba a sufrir de un momento a otro un ataque. Los otros hombres que le acompañaban abandonaron enérgicamente el balcón. Esther miraba asustada a Maca, entendía que a partir de ese momento, su vida sería diferente, viviría constantemente en peligro y, quizá, lo que habían vivido tan hermoso no se repetiría jamás.

Después del discurso, Maca entró en la sala, cerró los ojos y se dejó abrazar por su hermano, el miedo era considerable en sus ojos. También Esther aunque trató de controlarse, no pudo evitar una mueca de preocupación.

Mientras tanto, en la capilla del castillo, los tres condes y el Obispo discutían acaloradamente.

-¡Cómo ha podido hacer algo así! Está loca. ¡Una mujer al mando de este Reino! –bramaba el Obispo-. ¡Y lo peor… detener la expansión del Reino! ¡Con todo el oro que queda por conseguir!

-Lo que no entiendo, es como pudo salvarse del veneno…

-¡Voy a averiguarlo! ¡La bruja de Teresa debió hacer algo! ¡Debería ir a la hoguera!

Salió con paso ligero hacia la cocina, una vez allí, mandó salir a todas las cocineras y sirvientas, incluida Esther.

-¿Qué ocurre Excelencia?–le preguntó Teresa sin dejar de remover el caldo con una gran pala de madera.

-Creemos que su majestad el Rey fue envenenado… ¿qué cenó la Reina?

-¡Oh… anoche la Reina no cenó apenas! Le hice unas hierbas tenía algo revuelto el estómago. ¿Me acusa de algo, Obispo?

-No –le contestó con la rabia encendida en sus ojos-. Al menos, la Reina tuvo la suerte de no perecer…¿qué habría sido del pobre pequeño?

-Lo hubiera educado vos.

-Teresa… tenga los ojos bien abiertos… los tiempos están revueltos en este castillo.

-¿Cree que la Reina no puede ser eficiente en su papel?

-Lo que yo crea carece de importancia, Teresa.

Al salir de la cocina, se encontró con el Conde que lo esperaba con gesto serio. Le hizo una señal con las cejas y un ligero movimiento de cabeza indicando que debían hablar. Se fueron a un apartado, el Obispo llevaba en una mano apretando su gran cruz de oro que colgaba de una cadena gruesa de oro. Escuchaba atentamente a aquel hombre que en un principio tanto resquemor creó en él.

-Obispo… hay algo que no me cuadra… ¿la Reina no comió lo mismo que el Rey?

-No, Conde, esa cocinera…

-Eso no es problema, Obispo –el hombre lo miró fijamente a los ojos y dejo ver una mueca lo más parecido a una sonrisa sarcástica y envenenada.

-¡Cuánto antes! Voy a hablar con los demás… ¡esa mujer no puede llevar este Reino!

Durante largo rato, Esther anduvo de lado a lado de la cocina esperando una orden para acudir a los aposentos de la Reina. Estaba preocupada, no podía evitar pensar que tras el autonombramiento de Maca como Reina, todo iba a ser mucho más complicado entre ellas, el miedo a perderla se apoderó de ella.

-¡Esther! La Reina os espera…. Tenéis que prepararle las cosas para el entierro de mañana.

-De acuerdo, Conde.

Al entrar en los aposentos, la vio mirando por la ventana…su mirada estaba perdida en el horizonte, parecía estar muy lejos de aquel lugar. Se acercó con cuidado, en su rostro se reflejaba una expresión de adoración. Ni siquiera se había pensado a pensar que era una mujer, era la persona más maravillosa que había conocido, su ternura, su pasión. Sin embargo, ¿podría seguir siendo su amante? Posiblemente, no.

-Majestad –la llamó con suavidad.

-Esther… mi niña…-susurró y aquel susurro le llegó hasta el alma. Maca vio su rostro serio y se preocupó-. ¿Qué sucede?

-Nada –agachó la cabeza tratando de evitar su mirada.

-No me digas que nada…tus ojos me gritan que pasa algo. Por Dios, ¡dímelo! –le imploró con desasosiego en sus pupilas obligándola suavemente a mirarla.

-Majestad… ahora… ahora todo debe cambiar –le dijo con temor mirándola a los ojos fijamente.

-Sí, muchas cosas van a cambiar en este Reino. Pero ten por seguro, que nosotras también vamos a cambiar para mejor.

-Maca… -su tono era de desconcierto.

-Nada apartara este gran amor que siento por ti, nadie te apartará de mí, mi vida. Mi bella y hermosa niña.

Esther juntó su frente con la de Maca, quien le dejó una caricia tan suave que provocó que toda su piel se erizara.

Esther abrió los ojos, algo la hizo volver del sueño. Al hacerlo, vio como Maca estaba cara a ella acariciando lentamente su mejilla…

-¡PILLADA!

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