UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. 16

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-Esther–le dijo, Maca, que la miraba con cierto temor. Esther la miró y se quedó paralizada como si aquellos ojos la estuvieran hipnotizando-. Me gustaría pedirte perdón por huir, porque lo que realmente pasó después de aquella noche en la que tú y yo estuvimos a punto de hacer el amor, fue una huida por miedo a que me reprocharas mi osado comportamiento. Siento, una cosa y otra. Nunca debí dejarme llevar, fue un error que durante todos estos años que hemos estado separadas, he pagado al perderte. Y nunca debí huir porque vivir sin ti es tremendamente pesado.

A Esther aquella confesión le pilló tan de sorpresa que no sabía que decir o hacer. Sentía que en aquel preciso instante todo su alrededor se descomponía, las médulas desaparecían como si los romanos se las hubieran llevado para siempre. Incluso podría jurar que el cielo se apagó. Ni siquiera se escuchaba el canto del pájaro, ni la cigarra, ni el viento jugando con las ramas. Nada más existían aquellas palabras de Maca, aquella mirada triste, culpable y estremecedora.

-Maca…yo… no sé qué decir… la verdad que esperaba esto pero… me has pillado tan de sorpresa, tan…no sé.

-¡Ahora, sobrina! Saca todo lo que te hierve dentro.

-Entiendo. Pero no puedo más, Esther. Al encontrarnos vi tanto odio en tus ojos que no lo puedo soportar. Aunque lo entienda, aunque me hago cargo de la situación de lo cruel que fui.

-Lo siento… la verdad que me hiciste mucho daño y… al verte… –se detuvo porque su corazón latía tan deprisa que necesitaba respirar.

-Te amaba, Esther.

Aquella confesión, todavía fue más contundente para Esther, sentía que aquellas palabras eran como fina lluvia, como si se formara en el cielo un arcoíris, únicamente, para ella. Y al mismo tiempo, le daba tanto miedo que si cerraba los ojos podía verse en un precipicio a punto de caer.

-¿Sabes por qué iba de unos brazos a otros? Porque era incapaz de soportar lo que sentía al verte bailar con algún chico, o cuando me contabas lo bien que te lo pasabas en el asiento de atrás de sus coches. No podía manejar aquello y me daba cuenta que nunca serías mía, me había enamorado de ti sin quererlo, muchas noches soñaba que dormíamos abrazadas, que me susurrabas aquellas cosas que decías a otros, pero entonces era consciente que jamás ocurriría. Sin embargo…aquella noche…la recuerdo con tanto cariño y reproche al mismo tiempo. Allí en el sofá nada más existimos tú y yo, al mirarte fue como ver en tus ojos que me necesitabas, que me dabas permiso. Besarte, tocarte, nunca había sentido nada igual, Esther. Con nadie lo había sentido y con nadie lo he vuelto a sentir. Tú fuiste mi gran amor, mi gran dolor y no supe controlarme, aquella noche no supe controlarme.

-¡Caray! ¡Hip! ¡Hip! Lloraría si pudiera. A ver que dice la muchacha.

Esther continuaba eclipsada por las palabras que le estaban diciendo Maca, la miraba y era consciente de que todas eran ciertas, de que sus ojos estaban apagados. Pero estaba, nuevamente, como aquella noche indecisa de seguir o callar. Fue entonces como si una voz le susurrara “di lo que sientes ¡dilo ya!”.

-Maca… te busqué durante algún tiempo para disculparme, entendí que al apartarte te había ofendido y… bueno… al ver que no tenía noticias tuyas pensé que no querías saber más de mí. Aquel abandono me hizo odiarte.

-No podía mirarte a los ojos, no quería ver lo que veo hoy. Te hice daño y no quería verlo grabado en tu mirada.

-Me hiciste mucho más que daño, Maca.

-¡Eso es… háblale! Vas bien, Esther. ¡Hip!

-No te entiendo –la miraba, realmente, abrumada por aquella frase, por la lentitud en la que Esther le dio libertad al formularla.

-Después de que te fueras, tuve un novio, no funcionó, después conocí a otro chico que era muy majo, mi madre estaba encantada con él, sin embargo, había algo en mí que no me dejaba disfrutar de ellos, me quedaba vacía cuando tenía intimidad.

-¡Ay madre… sobrina agárrate que creo viene curva cerrada con tracción trasera! ¡Hip! ¡Hip! ¡Trata de arrancarlo por Dios! -exclamó exaltado el fantasma-. ¿Y esto que acabo de decir?

-¿Recuerdas cuándo nos vimos en la discoteca?

-Sí, claro –Maca la miraba con el ceño fruncido.

¡Dios como olvidar a la loca aquella que cantaba a gritos! ¡Vamos niña canta ya! ¡Otia cuánto os cuesta! ¡Leches! –golpeó una piedra que había en el suelo

-¡Qué ha sido eso! ¿Lo has visto, Maca? -le decía exaltada.

-¿El qué?

-¡Ha volado una piedra! –señalaba hacia donde estaba el fantasma.

-No… no me he dado cuenta -contestó titubeante.

-¡Ay Dios mío! ¿Me perseguirá el fantasma?

-Tranquila, igual es que hay algún animalillo inquieto que no puede estarse quieta –decía con el tono de voz algo molesto mirando al fantasma

¡Perdón, perdón! ¡Se acojona por nada! ¡Hip! ¡Hip! ¡Pensé que no le daría, que la traspasaría! Esto de venir a este mundo sin manual de instrucciones… es lo que tiene ¡Hip! ¡Hip!

-¿Me estaré volviendo loca? –le preguntó mirándola fijamente.

-¡Claro que no! –le respondió segura.

-¡Dile que siga que se nos dispersa! ¡Pregúntale qué diablos hacía en el antro ese! ¡Hip! ¡Hip!

-¿Qué hacías en la discoteca, Esther?

-Ah… sí –se frotó la frente como si así pudiera centrarse en lo que quería decir-. Menchu me quiso ayudar y fuimos porque se le ocurrió la genial idea de ir a un club donde hubiera mujeres… mujeres lesbianas.

-¡Vaya/Otia! –exclamaron a la vez.

-Es que… me dejaste un trauma, Maca Por eso también te odiaba.

Ya no sabía quien era, ni lo que podía darme placer, me estaba volviendo loca -hizo una pausa para tomar aliento. Volvía a ser fácil hablar con ella. Parecía que volvía la complicidad entre ellas. Mucho más en un tema que estaba siendo para ambas delicado-. Se lo conté a ella, pensó que necesitaba encontrar una mujer con la que tener relaciones, y así, saber que me estaba pasando, despejar cualquier duda que no me dejaba ser feliz, y… bueno… fuimos. Total que la que se llevó el gato al agua fue ella.

En ese momento hubo un intenso silencio. Ambas digerían las palabras que habían dicho. Maca había agachado la mirada sobre el mantel a cuadros marrones que tenían sobre el suelo. Estaba, totalmente, descolocada durante tanto tiempo echándose la culpa de haberle faltado el respeto y le acababa de dejar entrever que necesitaba estar con una mujer para darse cuenta de quién era. Que además, la había buscado.

Por su parte, Esther, tragó saliva algo preocupada por la confesión, nerviosa se frotaba las manos quizá se había pasado en decirle lo que realmente le ocurría.

-Y entre todas las mujeres de la discoteca viniste a mí -dijo como si acabara de darse cuenta de aquella revelación.

-Sí -sonrió de lado-. ¿Tú crees en esas historias de que hay un círculo y vives en diferentes vidas lo mismo con la misma persona?

-¡Vaya chorrada!

-Ahora.. te aseguro que creo todo aquello extraño que me cuentan.

-Gracias por llamarme extraña, bonita. ¡Hip!

-No sé que decirte Esther… sigo sintiendo las mismas cosquillas cada vez que te veo. No he podido olvidarte, quizá, porque no he querido olvidarte.

-Por mi parte… puedo asegurarte que no me es indiferente estar a tu lado. Me di cuenta cada vez que te veía acercarte a Carmen, o cuando te vi con Claudia, sentía algo en mi estómago que no me permitía reconocer, pero era como que la única que pudiera estar a tu lado fuera yo. La unica que pudiera reírse contigo, fuera yo. A la única que pudieras prestar toda tu atención, era a mí. Y al mismo tiempo, quería convencerme que seguías siendo la misma de siempre, pero… me he dado cuenta de que no.

-Eso toda la vida se han llamado ¡celos, hermosa! Y cuando sientes celos… es porque hay amor… ¡en mi época era algo muy común! ¡Si una mujer no tenía celos de su marido, no lo amaba! ¡Bueno… machismo a tope! ¡Hip! ¡Hip!

-Deberíamos volver o se nos hará de noche por el camino -le dijo Esther con un tono sereno que a ambas las cautivó.

Se pusieron en pie mientras recogían las cosas, se mostraban nerviosas, hasta que comenzaron a caminar y Esther le dijo a Maca:

-¿Y ahora qué, Maca? -le preguntó Esther, mirándola con una ternura bien marcada en sus pupilas.

-Dejemos que las cosas sigan su camino, creo que es lo mejor. ¿No crees?

-Sí, estoy de acuerdo.

Se miraron sonriendo. Caminaron más ligeras como si en aquel lugar hubieran dejado una mochila que durante años les había pesado demasiado.

-¿Y ya está? ¿Y yo qué? Pedro… venga llévame, esto ya está hecho. Estas dos son tan lentas que puedo estar aquí siglos… ¡coño Pedro! ¡Súbeme ya! Ya las he juntado, ya se han dicho cosas importantes ¡por favor! ¡Apártame de este calvario!

Entonces un rayo cayó sobre la tierra donde estaba el fantasma, que dio un salto hacia detrás.

-¡Vaya maneras las tuyas, jodío! Un momento… un momento… ¿qué está pasando? ¿Dónde está… dónde?

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