UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. 18

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Esther se marchó nerviosa hasta la habitación, Maca la seguía con los mismos nervios atenazados en la boca del estómago. Al llegar, Maca cerró la puerta tras ella, aunque antes asomó la cabeza y murmuró:

-Ni se te ocurra entrar.

-¡No aprendes, nena! Yo traspaso paredes…

-He dicho entrar… por cualquier sitio… incluidas las paredes.

-¡Tanto esperar a que ocurra… para al final no verlo! ¡Por favor… cumple como mujer!

Maca cerró la puerta con un golpe seco, apoderándose de ella unos nervios entendibles que le hicieron resoplar.

-¿Qué hacías? -le preguntó Esther que la observaba detenidamente.

-Asegurarme de que no hay nadie -Esther la miró intensamente-. No quiero sustos… necesitamos descansar y nada más tenemos cuatro horas.

-Sí… yo estoy muerta… me duelen los pies horrores.

-¡Y a mí! -ambas se quedaron quietas sin moverse mirándose-. ¿Entras tú? -le preguntó, finalmente, Maca con cierto nerviosismo.

-Sí, sí… entro… entro…

-Vale -resopló pasándose las manos por el pelo.

Después se sentó sobre los pies de la cama y se quedó allí inmóvil, pensando en un pasado donde Esther se cambiaba sin pudor delante de ella, recordaba lo mal que lo pasaba cada vez que ocurría-. ¡Madre mía!

-¿Cansadas? ¿Me duelen los pies? ¡¡¡¡¡¡Pero esto que es!!!!!!!

-¡Cállate por favor! -susurró cerrando los ojos alterada.

-¡Ataca… ataca…! En mis tiempos no se me escapaba hombre que me gustara… y vosotras tanto alargarlo para terminar devorándoos.

-Tía por favor… estoy muy nerviosa.

-¡Otia y yo!

-¡Un momento! ¡Ya no estás borracha! -le dijo con una sonrisa enorme.

-¡Es verdad! Creo que pronto me iré… venga… esta noche… agárrala del culo y se lo apretujas y…

-¡Vale ya!

-Sí… ya estoy -le dijo Esther algo nerviosa al ver que alzaba la voz mirando hacia donde ella estaba.

-¡Uy perdón! Vale… ya… ya… entro y… -Maca cogió las cosas y pasó cerca de Esther, notó que se había perfumado.

-La gachi quiere guerra.

Esther estaba algo confundida, se moría de ganas de poder tocar a Maca, de acariciarla lentamente, pero si lo confesaba, de lo que realmente se moría de ganas era de poder besara como lo hizo, porque la acariciara, porque le hiciera enloquecer.

-¡NI NO NI NO NI NO NI NO NI NO! BOMBEEEEEEEEEEROOOOOOOOOOOOOSSSS.

Tras un fuerte suspiro, Esther se fue hasta la cama, separó el edredón y se introdujo dentro. No sabía muy bien como colocarse, se sentó, después se acostó, se separó el edredón, después se lo volvió a poner por el frío que hacía. Al final, Maca salió y Esther todavía estaba luchando con la almohada, el edredón y sus nervios.

-Ya estoy… -le sonrió Maca tratando de aparentar que tenía controlada la situación.

-¡Y ELLA ESTÁ ARDIENDO!

-Mmmm -hizo un sonido gutural tratando de advertir a su tía que guardara silencio.

-Que frío hace -susurró Esther.

-Sí, hemos apagado muy pronto la chimenea. ¿Quieres que ponga la calefacción?

-No, no… si total, para cuatro horas… venga… acuéstate que vas a quedarte helada.

Y es que Maca se había quedado de pie al salir del cuarto de baño. No sabía muy bien qué hacer, porque realmente se moría de ganas por besarla. Nunca antes había deseado a una mujer tanto como a Esther en esos momentos. Bueno, si se detenía a pensarlo, y era, lo que estaba haciendo mientras se acercaba a la cama, una vez, y había sido a Esther.

-Bueno… pues… voy a repasar los despertadores -decía mientras miraba su móvil y un apartito que había dejado sobre la mesilla de noche.

-¿Los?

-Sí, me pongo dos.

-¡Qué gracia! -sonrió observándola. Siempre le pareció una mujer hermosa en conjunto.

-AHORA A UNA TIA BUENA LA LLAMA HERMOSA… ESTO YA NO ES LO QUE ERA ¡¡¡¡QUIERO VOLVER AL CABARET!!!!!

-Bueno… pues a dormir -le dijo Maca.

-Sí.

-¡Qué frío! -murmuró Maca mientras se arropaba.

-¡No me hagas aire! Que me congelo -decía muerta de risa.

-¡No te he hecho aire! -respondía la otra riendo de igual manera.

-LA RISA DE LAS TONTAS -apuntó el fantasma.

-Maca -musitó Esther despacio como si pudiera despertar a toda la población de Peñalba, si elevaba un poco más la voz.

-Dime -murmuró Maca.

-¿Puedes abrazarme? -sus palabras salieron despacio una tras otra, ordenadamente.

-Claro.

Y así lo hizo, Maca se giró con cuidado de no hacerle demasiado aire, pasó su brazo derecho por la cintura de Esther, quien al notar su contacto en la espalda, Y EL CULO, vale, también, se acurrucó más hacia ella. Ambas suspiraron de una manera tan delicada y cálida, que podía haber deshecho la nieve que empezaba a caer en los picos de las montañas.

Lentamente, los párpados de Esther comenzaron a cerrarse, parecía que pesaran quintales, pero antes de abandonarse definitivamente al sueño, suspiró profundamente, de igual modo, sintió el mismo suspiro recorrer su cuello y sin poderlo evitar, se erizó toda su piel.

En el Reino de León, se vivía de manera muy diferente la muerte del Rey, en el castillo, fortaleza inexpugnable, los nervios y carreras se habían apoderado de los pasillos. En el pueblo, eran muchos los que brindaban en las cantinas por la muerte del odiado Rey, otros, sin embargo, dudaban de qué iba a pasar a partir de ese momento con sus vidas. Eran soldados y no sabían hacer otra cosa que matar.

 

Por uno de esos pasillos iba Teresa, cabizbaja pensando en los peligros a los que Maca se iba a enfrentar, ni siquiera era consciente de su propio peligro. Al entrar a sus humildes aposentos, le pareció ver la figura del Conde de Astorga que cruzaba tras ella, aquello la tranquilizó. Sin embargo al cruzar la puerta, notó como las manos fuertes de un hombre la sujetaban por los brazos, la empujaban al interior mientras le tapaban la boca y, a sus oídos llegaba, el sonido inconfundible del roce del acero de la espada con la funda al ser desenvainada.

 

El sol llegaba al rostro de Maca que no había sido capaz de dormir. Aún no había amanecido cuando se presentó el Conde de Astorga ante ella, su gesto era serio.

-Majestad, he reunido, tal y como me habéis pedido, a su Excelencia el Obispo y los tres marqueses. La aguardan.

-Gracias, Conde.

Maca no esperó la visita de Esther, anduvo con rapidez hasta el despacho del Rey. Al entrar, una oleada de repulsa apareció en su estómago. Allí estaban los tres chalando animadamente.

-Majestad, buenos días -le saludaron con una reverencia.

-Buenos días.

-Nos ha llamado con demasiada presura…. ¿ocurre algo? -preguntó el marqués de Ripalda.

-¡Majestad! -apareció Esther con el rostro rojo de preocupación. Al ver que estaba reunida y recibir la mirada enojada de todos se apresuró a decir-. Disculpe Majestad, no sabía que estaba reunida.

-¿Qué ocurre? -su tono era seco y distante.

-Teresa no está en la cocina, ni en sus aposentos…

-¿Cómo qué no está? -le preguntó la Reina ante el cruce de miradas de los cuatro hombres.

-No.

-¡Buscadla bien tiene que estar! O quizá… habrá marchado al pueblo…

-Sí, Majestad.

-Qué raro… Teresa siempre es puntual -dijo el Obispo con una leve sonrisa maliciosa.

-Les he citado aquí, porque quería agradecerles la fidelidad a mi marido y al reino. Soy consciente que no siempre les trató como debía –Maca caminaba lentamente por delante de los cuatro, que la observaban con distanciamiento-. Sé que le ayudaron y fueron altamente condescendientes con sus extravagancias y malas maneras. Por eso, durante la noche, he pensado como devolverles la ayuda y mi eterna gratitud.

Maca guardó silencio, los hombres la miraba fijamente sin entender a donde quería llegar con sus palabras. El Conde de Astorga, se unió a ellos colocándose junto al Obispo. Mientras, a sus oídos llegaron los sonidos de los cascos de caballos y carruajes.

-Marqués de Ripalda, es un placer para mí, comunicarle que vos vais a ser el representante del Reino de León en Calatrava -el hombre palideció-. Me consta que uno de los artífices de la gran victoria en aquella ciudad fue vos.

-¡Pero Majestad! -balbuceó nervioso mirando fuera de sí a los demás.

-¿Si? -le preguntó impasible.

-No puedo ir a ese lugar -hablaba nervioso mientras su frente comenzaba a mostrar perlas de sudor y, su mirada, era aterradora.

-¿Por qué? Vos fuisteis el encargado de conquistarla, ¡quién mejor que vos para estar allí y llevar nuestras costumbres y la paz!

-¡Me mataran!

-No veo razón -insistía Maca manteniendo su actitud fría.

-Majestad… le pido por Dios.. no me envíe allí.

-Majestad, el carruaje está preparado.

-Gracias. Conde de Ripalda, que tenga buen viaje, mis hombres le llevaran hasta Calatrava y le aseguro que lo mantendrán a salvo. Podéis partir en paz.           

El hombre miró al Obispo que mantenía un gesto perplejo. ¡Cómo podía aquella mujer hacer algo así! En Calatrava, se habían hecho matanzas horribles por el tesoro que guardaban en su Iglesia. El Conde de Ripalda no tuvo piedad alguna con los lugareños, por esa conquista y por la sangre derramada, dejó su puesto en el ejército del Rey y pasó a ser hombre de confianza y uno de los mayores torturadores del Reino.

-Majestad… -trató de mediar el Obispo.

-Sí, Obispo, Majestad… vos lo acabáis de decir. Majestad.

Los otros tres hombres se cruzaron miradas aterradoras, estaba claro que estaban allí para ser destinados a los peores destinos posibles. Excepto el Obispo que, seguro de sí mismo, creía que vería partir a todos excepto a él. Estaba seguro que su Majestad, la odiosa Reina, quería darles un escarmiento. Y a él, quería asustarle.

-Obispo, vos habéis sido la mano derecha de mi esposo, el hombre que ha manejado mejor el oro robado en diferentes Iglesias y a diferentes nobles, vos habéis conseguido que el Rey arrasara pueblos enteros sin la menor condescendencia. He hablado con un monje que me ha dado la solución a vuestro destino. Obispo, de su mente salieron las más atroces fechorías que después, el cobarde del Rey sentado en esta sala, reía a carcajadas.

-No podéis enviarme a ningún lugar sin el consentimiento de mis superiores.

-Por supuesto, y no tengáis dudas de que me fue muy sencillo lograrlo –el Obispo abrió su boca con total indignación-. Caballeros, por favor.

-Majestad -entraron unos soldados hasta la sala.

-Preparad el carruaje del señor Obispo.

-¡No pienso moverme de aquí! -entonces miró al Conde de Astorga para que intercediera por él.

-Majestad, creo que… –trató de hablar el Conde con total respeto.

-Aún no ha llegado su turno Conde… le pido silencio.

-¡No iré a ningún lugar que vos me enviéis! ¡No sois nadie! ¡Pronto moriréis!

-¿Me estáis amenazando, Obispo? -lo miró fijamente-. Le recuerdo que soy la Reina y por el poder que me ha sido concedido, podría acabar con su vida.

-¡Voy a conseguir que arda su Majestad en la hoguera!

-¡Llévenselo! -ordenó la Reina.

-¿Dónde me llevan? ¡Soy el obispo del Reino!  Exijo que os dentengáis.         

 Vociferaba por los pasillos cuando de repente se quedó callado, ante él apareció uno de los monjes más humildes de León, pertenecía a la orden de San Claudio de León, era conocido por sus favores a los pobres, por su ayuda constante a quienes lo necesitaban, por luchar en busca de la paz del Reino. Al llegar a su altura le escupió, y con todo el odio del mundo, le susurró:

-Date por muerto, ¡maldito bastardo! ¡Queréis mi fortuna! ¡Soltadme! ¡Soltadme!

Los soldados abrieron la puerta del carruaje y lo metieron a la fuerza, el Obispo por el camino había perdido alguna de sus joyas, entró exhausto, jadeando, temiendo cuál sería su destino. Al girarse sobre el asiento, vio que no iba solo, ante él había alguien que llevaba tapado el rostro. Sus ojos reflejaban miedo, su miedo, se transformó en pánico.

En el despacho de la Reina, tan solo ella y el Conde de Astorga. Ella lo miró fijamente, mientras le decía:

-Conde.

-¿Majestad? –le hizo una leve reverencia.

-Gracias por sus servicios fieles hacia mí.

 

-¡Nooooo! ¡Él ha matado a Teresa!

-Mmmm ¿qué te pasa, Esther?

-Estaba soñando, nada, estaba soñando.

-Ven aquí, anda.

Esther obedeció con el pulso disparado, agradeció despertarse de aquella pesadilla, estaba segura que el Conde mataría a Maca. Cuando fue consciente de su pensamiento y sus pesadillas, se aferró más a ella, podía haber sido parte de su piel en aquella cama. Junto a ella, se sentía protegida.

-Maca –murmuró con total entrega.

 

 

 

 

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