UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. 20

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Pasaron cinco horas donde se escuchó de todo excepto el sonido de lluvia torrencial que caía sobre la casa.

Maca salió de la habitación con el pelo revuelto, cara de cansancio y, por último, en bragas con un jersey largo que tapaba escuetamente su trasero. Estaba bostezando al mismo tiempo que llegaba al comedor, al entrar se quedó de piedra. Allí, en el sofá con cara de muy mal genio y, los brazos cruzados, estaba su tía. Se acercó a ella con gesto algo incrédulo.

-¿Qué haces aquí? –le preguntó.

-Ya ves… aquí estoy…

-Pero… no lo entiendo… si nosotras ya…

No, sí que habéis gozado como perras ya lo sé, he sido testigo, pero no sé si la lluvia ha impedido que llegue a los oídos de Pedro. ¡Estoy que muerdo!

-No lo entiendo, tía… pensé que ya no estarías.

-¿Pensar? ¡No mientas! ¿Desde cuándo se piensa mientras estás dando que te pego y todo lo que has dado y te han pegado?

-Ha sido maravilloso –dijo con una sonrisa de oreja a oreja, mientras se sentaba a su lado. -Soy muy feliz, tía.

Me alegro. Para eso vine.

-¿Y entonces… por qué no te has marchado?

-Pues… ni idea.

Entonces oyó los pasos de Esther que se acercaba con un sonoro estiramiento.

-Cariño… ¡estoy molida! –le dijo abrazándola por detrás.

-Y yo –respondió divertida mientras le acariciaba la mano y pensaba al mismo tiempo, que aquel cariño en boca de Esther… era una delicia-.Iba a preparar el desayuno.

-Será la comida.

-¡Que petardas! Si es hora de cenar.

-¡La cena Esther! –exclamó Maca.
-¿Cena? ¡Madre mía! –soltó una carcajada divertida-. ¡Con razón me crujen las tripas!

-¡Pedro… te has olvidado de mí! –musitó algo decaída.

Mientras, lejos de allí, en casa de Claudia se acababa de armar una gran batalla pasional en su dormitorio. Menchu sonreía feliz, Claudia reía divertida por ver cómo se encontraba su pareja.

-Creo que deberíamos parar y pedir que nos traigan la cena–apuntó Claudia.

-Una muy buena idea…

-Tengo la aplicación aquí… espera…

-Claudia… nunca he sido tan feliz… estos instantes que me regalas son…

-Si quieres que te sea sincera… nunca pensé que podría alcanzar estos niveles de felicidad con nadie… pero tú lo haces posible.

-¡Bendita idea la mía de ir con Esther a ese lugar!

-Amén.
-¿Cómo crees que les vaya?

-No lo sé, la verdad que Maca lo pasó tan mal, que sé por experiencia con ella que las cosas que le dejan mala marca le cuesta un mundo exteriorizarlas.

-No me lo digas pero… ¿Qué experiencia tienes con ella? –le preguntó con cierto nerviosismo reflejado en sus ojos.

-De amigas, cariño, de amigas. Maca es para mí mucho más que una hermana, mucho más que una amiga, ella me cuidó en una etapa en la que estaba muy mal y yo con ella hice lo mismo. Creo que el dolor nos unió de por vida.

-Lo siento… es que… creo que si supiera que has estado con ella, no podría estar en el mismo sitio donde estuviera.

Claudia se le quedó mirando, en otro tiempo aquel comentario le hubiera disgustado, le habría disparado todas y cada una de las alertas, sin embargo, la voz de Menchu le transmitió tanto amor, tanta ternura que no pudo más que sonreír. Entonces, al unísono como si estuvieran conectados comenzaron a sonar los dos teléfonos.

-¡Es Esther! –dijo feliz Menchu.

-¡Maca! –Claudia cogió el teléfono y salió corriendo.

-¡Maca dime que lo has hecho! ¡Dime que le has dicho lo que sientes!

-Mucho más que eso… hemos enterrado nuestro pasado y hemos abierto una puerta a nuestro futuro.

-¿Eso quiere decir….? –se calló cerrando los ojos.

-¡Qué Esther y yo hemos hecho el amor! ¡Hemos hablando y disfrutado! ¡Hemos compartido todo nuestro amor que durante tantos años hemos guardado!

-Madre mía ¡qué intensidad en las palabras! ¡Me puedo imaginar los hechos!

Por su parte, Menchu escuchaba emocionada a una Esther que desbordaba amor por cada palabra que emanaba al viento.

-¡Menchu… he llegado! ¡Y he llegado tantas veces!

-¡Me alegro mucho, Esther!

-Estoy curada… mi medicina era Maca, tenías razón.

-¡Claro boba! Si lo tenía clarísimo.

-Soy muy feliz, ahora sí te digo que soy muy feliz. Y quería compartirlo contigo.

-Me alegro tanto, a ver si a partir de ahora, se borra esa arruga tuya en el entrecejo.

-¿Tú qué tal?

-¡Más qué bien! Cruzar de acera me ha sentado maravillosamente.

Ambas parejas tras hablar con sus confidentes, sintieron que la vida les estaba dando una hermosa oportunidad en el amor.

Mientras esto ocurría, el triste y desolado fantasma, iba de lado a lado de la cocina no entendía cómo era posible que tras el repertorio variado de sesión que habían tenido aquellas dos, ella siguiera allí. Su sobrina hablaba sin parar, la otra hablaba sin parar y ella seguía escuchando a ambas. Por más señas que le hacía a Maca, ésta la veía. Así su desesperación iba en aumento.

-¡¡¡¡¡COMO PUEDE SER QUE AÚN ESTÉ AQUÍ!!!!! ¡¡NO PUEDO CREERLO!!!!! ¿QUÉ MÁS QUIERES DE MÍ? –preguntaba con los brazos abiertos mirando el techo.

-Bueno… Claudia te dejo que tenemos mucha hambre –le decía mirando a su tía. Sin alzar la voz se dirigió a ella, no quería que Esther la escuchara-. ¿Qué pasa?

-No lo sé… algo va mal…

-A ver si te vas a quedar aquí -le dijo con gesto burlón.

-¡No me toques las narices!

-Quien sabe…

-Yo sé que no debería estar… igual hay alguna interferencia con tanta lluvia y Pedro no se ha enterado de vuestros gemidos.

-¿No habrás entrado?

-No, pero no ha sido por falta de ganas. Te di la palabra de fantasma y la he cumplido.

-Cariño… ya está todo listo. ¿Cenamos? -apareció Esther como si caminara en una nube de felicidad.

-¿Cómo que está todo listo? Si no me he movido de la cocina-respondió con incredulidad.

-Tontita nos lo han traído.

-No digas más… chorizo, jamón, cecina…

-¡Y un caldo que echa para atrás! –exclamó feliz dándole un beso.

-Tú, sí que echas para atrás –la atrapó Maca entre sus brazos.

-Maca –sonrió con timidez aquellos ojos le transmitían tantas cosas…

-¿Qué? –le susurró frotando la punta de su nariz con la de su chica.

-Soy muy feliz.

-Me alegro. De eso se trata.

-Estaba aterrada… -Maca le hizo un gesto de cierta incredulidad-. Sí, no sabía si podría responder como te mereces, me daba miedo volver a fallar. Pero me he dado cuenta que llevaba todo este tiempo esperando estos momentos, ver todos los colores del arcoíris reflejados en el techo de la habitación –Maca dio una carcajada enorme-. No te burles.

-No me burlo, me parece maravilloso.

-¿Cenamos? –le preguntó sonriente

-Sí –respondió con una sonrisa amplia.

-¡Hala, a tomar por culo tanta tontería! –exclamó el fantasma.

Cenaron entre besos y caricias lentas, saboreaban la comida, disfrutaban de la compañía, habían encontrado en un cd, música de Bárbara Streisand y su cálida voz de temas melancólicos resonaba por todo el comedor. Una vez terminaron la cena, recogieron todo y sacaron una botella de champan y dos copas. ¿Quién había puesto la botella? No lo sabían. FUI YO. Vale, fuiste tú, pero tengo que decir que no lo sabían. ME QUIERO IR YA. ¿Por donde iba?… ¡ah, sí! Llenaron sus copas, le volvieron a dar al play y con un gesto divertido brindaron.

-Por nosotras –dijo Maca.

-Por nosotras.

Estuvieron un rato abrazadas, no podrían decir cuánto (55 MINUTOS). Había terminado el cd, la lluvia caía delicadamente y los sonidos de la noche comenzaron a aparecer. El mundo, parecía, que volvía a rodearlas.

-Maca… vamos a la cama.

-Sí, mi niña.

-¡Oh! –Esther se le quedó mirando con una ceja enarcada.

-¿Qué pasa?

-Vuélvelo a decir.

-¿El qué? –sonrió con dulzura.

-¡MI NIÑA, COÑO! TANTO SEXO ACABA CON LAS POCAS NEURONAS.

-Mi niña…

-Qué maravilla…

Pero Pedro… ¿qué pasa? Esto es un castigo, ¿verdad? ¿Voy a tener que escuchar gemidos, y vocecitas una y otra vez? No me lo puedo creer…¡¡¡pero qué pasa!!! ¿Dónde está el botón de conexión, otia?

La noche pasó como el día, no tenían fin. Sus cuerpos cansados y sudorosos estaban pegados, sus manos entrelazadas.
Esther se durmió y sus sueños volvieron a llevarla entre una suave niebla a muchos años atrás.

En los aposentos de la Reina, ante la mirada tranquila por fin de Esther, Maca se abrazaba con fuerza al Conde de Astorga. Fue entonces cuando la puerta se abrió.
-¡Creo que con el susto que se ha llevado, no vuelve en la vida! Si se ha desmayado y hecho pis.
-¡Teresa! -se abrazó Maca a ella, era como si en ese momento hubiera recuperado por fin a su familia.
-Debo admitir que el Conde -le hizo una reverencia divertida-. Es un estratega maravilloso-. Matarme él, con sus propias manos, fue un alivio.
-¡Ven aquí Teresa! -la cogió en brazos, el Conde, dándole una vuelta en el aire ante los gritos divertidos de la mujer.
-Esther -sonrió Maca dándole la mano-. Por fin voy a poder ser feliz…
-Maca yo…
-Shhhhhh -le puso el dedo sobre los labios mirándola con total devoción.
-Siento romper el ambiente de felicidad, pero Majestad, debemos ponernos a trabajar. Tengo a los hombres esperando para escuchar, de la voz de la Reina, que es a lo que se van a dedicar a partir de ahora, en tiempos, por fin de paz –le sonrió ampliamente haciéndole una reverencia.
-¡Claro que sí! Venid conmigo, Esther. Teresa preparad un gran almuerzo para todo el personal del castillo. ¡Hoy es un día grande!
-Mientras habláis con los hombres, Daniel y Ricardo, mis hombres de confianza van a cambiar los aposentos de la Reina -le sonrió con algo de malicia.
La Reina salió tras sujetarle la puerta el Conde. Ante ella, en el patio interior, todos los hombres formados. Desconocían que era lo que les esperaba, pero durante mucho tiempo, el Conde había labrado un ejército de hombres que fueran fiel a la Reina. Al llegar, todos hicieron una reverencia que hizo sonreír a Maca. En su rostro podía verse la felicidad, la tranquilidad y la ilusión por lo que estaba por llegar.
-Gracias por la espera-los hombres intercambiaron sus miradas, era la primera vez que les mostraban gratitud, aquel gesto de Maca, les dejó impactados-. A partir de hoy, tenemos mucho trabajo que hacer. He dispuesto todo con el Conde de Astorga para que, de ahora en adelante, ponernos en marcha para hacer de nuestro Reino, un Reino respetable y admirado. Con la ayuda del nuevo Obispo, Primitivo, vamos a levantar la Catedral de León. Necesito hombres dispuestos a trabajar para hacer que nuestra Catedral sea la más admirada por el resto de reinos. Aquellos que queráis dejar el ejército para trabajar, codo con codo, con la gente que Primitivo elija, podréis inscribiros en las listas que el Conde de Astorga va a preparar. Aquellos, que por el contrario, quieran formar parte del ejército que, únicamente, defenderá la ciudad de León y repartirá justicia sin más muertes, también podrán inscribirse. Cuento con la fidelidad al Reino por parte de todos, quiero sentirme orgullosa de los hombres que forman mi hermosa ciudad, mi gran Reino.
Hubo silencio en las filas de hombres que miraban algo absortos a la mujer que allí estaba hablando con ellos. Se miraban entre sí, no habría más guerras dijo y en ese instante demostraba, que había cumplido su palabra.
-¡Majestad! Permítame hablar -se adelantó uno de los máximos representantes de aquellos hombres.
-Por supuesto -Maca miró de rojo al Conde que le transmitió no saber qué iba a decir-. ¿Qué queréis decirme?
-Llevo toda mi vida luchando, he matado a tantos hombres que por la noche no puedo cerrar los ojos, mi propio hijo mayor murió entre mis brazos, pedí clemencia tantas veces al Rey… agotado por la lucha pero jamás me escuchó. Hoy quiero darle personalmente las gracias, Majestad, solo me queda un hijo y no quiero verlo morir en la batalla. Contad conmigo para lo que necesitéis.
El hombre puso su rodilla en tierra mientras agachaba la cabeza ante una emocionada y, también, sorprendida Reina. Maca vio como muchos de aquellos hombres echaban sus cinturones, sus espadas, y se postraban ante aquella mujer que de la noche a la mañana les había dado la oportunidad de cambiar y vivir.
-¡Dios os bendiga!-murmuró emocionada.
-¡Aquí está el almuerzo! -apareció Teresa con sus chicas y grandes bandejas con comida.
-¡Viva la Reina!-gritaron los hombres.
-Viva -le susurró Esther tan emocionada como ella.
Lo siguiente que hizo Maca, fue reunir a la aristocracia de la ciudad. Los hombres entraron en la gran sala sin mucha confianza. Una mujer poco podía entender de batallas, de sacar un Reino como el Leonés hacia delante. De tierras. La desconfianza se percibía en sus gestos. La Reina entró con uno de sus vestidos más bellos, se había quitado el negro, llevaba un vestido de seda morado, con tan solo una cadena de oro rodeando su cuello. Algunos de los hombres que estaban allí, los más longevos, reconocieron aquella cadena. El padre de la Reina, había mandado hacerla para su mujer cuando estaba enferma, tratando de aliviar su dolor. Se miraron unos y otros, sin duda, era un paso que les daba a entender que ella como su padre, iba a estar con ellos.
-Buenas tardes, señores. Bienvenidos. Tomad asiento.
-Majestad, antes que nada, quisiéramos trasladarle nuestras condolencias por la muerte del Rey.
-Gracias. Pero si os he mandado venir, no ha sido para eso. Hoy estáis aquí, junto a mí, porque necesito que seamos uno, quiero que nuestro Reino sea el modelo de la convivencia, de la fortaleza del pueblo, de nuestra riqueza en montañas, en valles, y ahora, también en grandes monumentos que nos hagan ser la envidia de los demás Reinos. Hasta hoy, tenéis el privilegio de las tierras, tenéis las uniones de las hijas e hijos que vais teniendo. Hoy, quiero que todos formemos parte de este Reino.
-¿Qué pretendéis, Majestad? ¿Qué perdamos nuestros territorios? ¿Nuestro patrimonio?
-No, pretendo que lo agrandéis –dijo con rotunda seguridad.
-Disculpad Majestad, pero no entiendo a qué viene todo esto -dijo el portavoz de “los Lara” una de las familias más adineradas.
-Pretendo que vuestras tierras tengan la oportunidad de ser trabajadas por los hombres y mujeres del pueblo. Pero con derechos.
-¡Cómo! -se levantó uno de ellos algo contrariado-. Vos vais a entrometeros en mi forma de trabajar.
-No, os voy a dar más tierras. Algunos de vuestros hijos podrán tener tierras en nuestras fronteras, esas tierras que hasta ahora han sido avasalladas por la guerra. Podréis hacer más grande vuestro linaje. Habrá hombres y mujeres para repoblar las zonas y, en esas zonas, vuestros hijos serán los dueños de las tierras y sus beneficios.
Los hombres se miraron unos a otros, ni esperaban aquella propuesta, ni terminaban de verla clara.
-Son tierras fértiles que pueden dar muchos beneficios. Y quiero, que esas tierras den al Reino un abastecimiento, en el que no necesitemos de otros Reinos. Quiero, que vuestros hijos e hijas, queden en la historia del Reino como los repobladores, como los verdaderos artífices de nuestra gloria. Y también, de aumento de vuestra riqueza. No quiero que me contestéis ahora, quiero que lo penséis, que dentro de dos días vengáis yo tendré preparado un mapa con las zonas posibles y, con buen criterio, hagamos de estas tierras el futuro de nuestros hijos. Por supuesto, estarán inmunes de fiscalidad.
Si llegaron sin entender muy bien la reunión, se marcharon todavía más contrariados. La oferta de la Reina era tan importante que no pudieron más que hablar bien de ella, olvidándose de todo cuanto el Obispo les había prometido, sin duda, la oferta que ella les entregaba era mucho más importante para aumentar su patrimonio.
Por la noche, Maca entró en su aposento, acompañada por Esther. La ayudó a desnudarse y le preparó con todo el amor un baño para que se relajara.
-Vaya día, Maca.
-Sí…. desnúdate -le dijo con ternura.
-¿Cómo? -sonrió pícaramente.
-Sí, quiero compartir mi baño contigo. Nos lo merecemos. Y ahora con la ayuda del Conde estamos seguras aquí dentro, nadie podrá osar en entrar.
Esther no contestó, su interior estaba inundado de amor, cada momento que pasaba junto a Maca, le hacía sentirse más feliz. Se metió en la bañera colocándose entre las piernas de la Reina, apoyando su espalda en el pecho de Maca que la abrazaba con ternura. Así estuvieron en silencio durante un rato. Tan solo escuchaban el sonido del viento jugando con los cristales. Allí en aquel lugar, parecía que no existiera el mundo, que los problemas se diluían en el agua de la bañera, que tan solo vivían las dos.
-Soy muy feliz, Esther. No pensé que pudiera lograrlo, pero vos sois el mejor regalo que la vida me ha podido dar.
-Gracias, cariño, a mí me sucede lo mismo. La vida no tenía sentido, vivir era casi un castigo, pero ahora, doy gracias de estar viva y ver en vuestros ojos el amor.
-Te quiero.
-Maca -se dejó abrazar y besar.
Durante un rato siguieron allí en silencio. Cuando sus manos ya estaban arrugadas y alguna vela se había consumido, salieron para amarse durante largo rato. Ambas trataban de callar sus gemidos, sabían que debían ser cautelosas. En un día, la Reina, había logrado que la gente la adorara, los hombres se mostraban encantados con la opción que les había dado, unos fueron a la ciudad para aprender el oficio de albañil, otros, se quedaron para formar el nuevo ejército del Reino. Los aristócratas, se dieron cuenta que con la idea de la Reina sus rentas iban a duplicarse, al fin y al cabo, era lo que ellos querían. Y, el corre ve y dile, llegó a la población, una Catedral iba a levantarse, con ella, iban a llegar nuevas leyes, un fuero importante estaba por hacerse. Las mujeres tendrían un respaldo en la ley. El pueblo, se había rendido ante su Reina.
A la mañana siguiente, Maca se encontraba en sus aposentos terminando de prepararse para el nuevo día. Tras unos golpes en la puerta apareció la voz del Conde. Cuando Maca le dio paso, entró con gesto alterado.
-Majestad.
-¿Qué sucede? -Maca estaba dejándose peinar por Esther.
-Creo que deberíais asomaros al balcón.
-Vamos –le apremió al percatarse que algo grave sucedía. Conocía a la perfección los gestos de su hermano.
Esther lo miró preocupada, al mirar por la ventana, vieron como cientos de personas se encaminaban hacia el castillo. Maca miró a un Conde desconcertado. Tras ella Teresa apareció con una gran sonrisa.
-Maca… -los tres se giraron-. Creo que deberías salir al balcón… esta gente viene con el corazón abierto para agradecer todo cuanto has hecho en estos dos días.
-Pero…
-Se ha corrido la voz, mis chicas vinieron del mercado alteradas, todos quieren dar las gracias a su Majestad.
-¿Qué hago con el ejército?–preguntó por primera vez desbordado ante la situación.
-Nada… abrid las puertas, que pasen al castillo
-¡Pero Maca! eso puede poner en peligro vuestra vida –le dijo alterado.
-Nada pasará… que venga mi hijo, Esther.
-Teresa esto es…
-Tranquilo, la gente ansiaba paz. Saben que con ella llegará el resto.
La gente al llegar, vio cómo se abrían de par en par las puertas del Castillo, los primeros hombres se detuvieron, no sabía muy bien que hacer. Fue una anciana quien tomo la iniciativa. Llegó a la altura de Teresa y ésta con una amplia sonrisa le dio paso. La Reina les esperaba. La mujer entró, en una gran sala donde con anterioridad se habían llevado cabezas decapitadas, donde se había hablado de matar a mujeres, hombres y niños, se encontraba Maca con el Conde al lado y tras ellas dos hombres de confianza. Esther estaba nerviosa, no sabía si aquello podía ser una posibilidad para los detractores de la Reina. La primera en llegar fue la anciana, llegó hasta la puerta apoyada en un bastón hecho de una rama de árbol. Los ojos de la mujer se bañaron en lágrimas, la Reina se acercó hasta ella, la tensión se disparó en los hombres que no estaban acostumbrados a esas acciones de los Reyes.
-Majestad -le dijo la anciana arrodillándose ante ella.
-Levantaos, por favor-la ayudó a levantarse al ver su rostro, no la reconoció, pero sí al fijar su mirada en los ojos cansados y emocionados de la mujer-. ¿Adela?
-Sí, Majestad.
-¡Dios mío! -se quedó impresionada abrazándola con enorme cariño.
-Estoy vieja y a punto de morir, pero no quería hacerlo sin venir y postrarme ante vos, para daros las gracias. Por fin la paz. Perdí a mis cuatro hijos, nada más me queda mi nieto, el dolor se ha llevado mis mejores años y de pensar en lo que podía ser de él. Gracias por la paz, Majestad.
-¿Dónde está?
-¡Javier! -lo llamó y un chaval asustado salió tras la puerta-. Ven, arrodillaos ante la Reina.
-No hace falta -lo detuvo sonriendo-. ¿Queréis trabajar aquí en el castillo?
-Sí, majestad. Soy cocinero.
-Como vuestra abuela…-sonrió ampliamente-. Vuestra abuela fue una gran cocinera, yo tuve la suerte de que me criara cuando era niña.
-Majestad, me lo ha contado millones de veces… siempre decía que vos eráis buena.
-Adela… ¡Teresa! Llevad a Adela y a su nieto a la cocina, darles algo de comer y abrigo.
-Majestad -musitó la mujer emocionada.
Esther no podía retener las lágrimas ante lo vivido, aquella mujer, había sido muy importante para Maca, sin embargo, cuando su marido llegó al castillo, lo primero que había hecho era echarla. Como podía, Maca la ayudaba, hasta que perdió contacto con ella porque la mujer sabía, que si el rey conocía esa ayuda, descargaría la furia contra Maca. Aquel reencuentro hizo que la Reina se emocionara.
-Majestad, la gente no sabe qué hacer… están fuera pero no se atreven a pasar -le dijo uno de los hombres de su nuevo ejército.
Maca no lo pensó, salió hasta la puerta y allí un “¡Oh!” generalizado la recibió. Uno a uno, fueron pasando para saludarla. Fue escuchando como las mujeres le decían sus penas, sus necesidades, también sus agradecimientos. Durante muchas horas, Maca escuchó al pueblo. Y de aquellas pequeñas reuniones nació el primero Fuero de León. En el que las mujeres tenían los mismos derechos que los hombres. En donde les entregó la posibilidad mediante “los concejos” que creó, que el pueblo se reuniera en un espacio abierto, ante las obras de la Catedral o cualquier Iglesia para aprobar las ordenanzas municipales, administrativas, los pesos y medidas, asuntos económicos con la fijación de los precios, jornales, medidas judiciales, para que eligieran a sus representantes, y así, comenzaron en León a crearse puentes, casas, iglesias. Y fue poco a poco, llegando a todos los pueblos del Reino. Creó junto al nuevo Obispo la casa de los pobres, donde acudían los que no tenían que comer.
Desde aquel momento el cambio en el Reino fue un hecho, poco a poco la popularidad de la Reina y, el respeto hacia su figura, ganó adeptos. No solo en León, también en los otros Reinos limítrofes que no volvieron a atacar aquella tierra que comenzó a formar parte intensa del Camino de Santiago. Por las noches, Maca y Esther, disfrutaban de momentos únicos. En verano marchaban a una humilde casita que la madre de la Reina tenía en un pueblo de alta montaña. Allí, pasaban desapercibidas, el pueblo entero se consideraba afortunado por tenerlas allí, siempre acompañadas del niño, del Conde y Teresa. El amor entre la Reina y la doncella, se hizo tan intenso, se trazó un lazo tan fuerte, que cuando le explicaron al niño lo que sucedía entre ellas, el pequeño no se alertó. Ya lo sabía.
-Majestad…
-Sí, Conde.
-Jamás imaginé que pudiera la vida ser tan maravillosa –le dijo sentado a su lado con la vista del Valle ante sus ojos.
-Ni yo, sólo en los cuentos que me relataba mi madre parecía que era posible.
-Me siento afortunada de ser quien soy, orgulloso de vos.
-Lo mismo digo, hermano –le sonrió de lado.
-¡Viva la Reina! –le dijo bajito.

Notó como unos labios ardientes recorrían su cuello. La boca se le secaba, una respiración agitada se chivaba en su oído de un deseo incontrolable. Se fue dando la vuelta despacio, notó el peso del cuerpo desnudo de Maca sobre el suyo, abrió los ojos, los labios y las piernas, para recibir la pasión que le reclamaban.

Tras un intenso despertar, ambas decidieron poner fin a la lujuria y comenzar con el trabajo. Había mucho que hacer y tenían que preparar otra ruta. Llegaron al comedor, Maca, discretamente buscó con la mirada a su tía. Respiro entre aliviada y nostálgica por su ausencia. Debía estar en su nube del cabaret.

-Eso quisiera yo.

-¿Qué te ha pasado? –le preguntó Esther al ver el salto de Maca.

-Nada… nada…

-Parecía que te hubieras asustado.

-Es que me dio un brinco el corazón. Debe ser que ha trabajado mucho contigo.

-¡No me asustes! ¡No tiene gracia! –la miró fijamente.

-Tranquila, mi niña, no pienso morirme ahora. No he llegado hasta aquí para dejarte ir.

-Más que nada porque sería viuda antes que esposa.

-¡Ay Dios! Yo no lo aguanto más.

-¡Venga vamos a desayunar!

Rápidamente cada una a la suya, comenzó a preparar el desayuno, mientras, hablaban de la ruta que iban a hacer y donde querían ir. Era necesario ponerse las pilas, si bien, tenían aún varios días para aprovechar.

Esto no es justo… ¡PERO POR QUÉ COJONES SIGO AQUÍ!

Maca ante el quejido de su tía sintió un pequeño dolor de estómago, ¿sería que estaba allí por qué iba a suceder algo?

-¡ESPERO QUE NO, SOBRINA! No te preocupes, me callaré… igual Pedro tiene atasco. Se le habrá ido la mano reclutando gente y estarán esperando. Me callo, me callo.

Desayunaron divertidas, de igual manera que… POR FAVOR NO RELATES OTRA VEZ LO MISMO… PASA A LA ACCIÓN. Una vez terminaron de desayunar (perdone señor fantasma) GRACIAS. Maca y Esther metieron las cosas en el fregadero entre arrumacos y sonrisas. En una de esas veces, Esther acorraló a Maca contra la nevera, la miró fijamente y como si guardar para ella por más tiempo aquellas palabras significara un pecado, le musitó con la voz y la mirada.

-Te quiero, Maca, creo que siempre te he querido. Siempre te amé pero, me daba miedo reconocerlo. Te amo, mi amor.

Esther esperó durante unos segundos una respuesta por parte de Maca, pero no la obtuvo. Fue entonces cuando se le acercó lentamente hasta los labios y la beso, con pasión, con ternura mientras la estrechaba entre sus brazos.

-¡Tengo una llamada, Esther! ahora…ahora vuelvo…

Maca salió corriendo hasta el lavabo, Esther se quedó de una pieza en la cocina. ¿Qué había pasado? Había notado el temblor en el cuerpo de Maca… ¿entonces?

En el cuarto de baño, Maca transpiraba a toda mecha, caminaba de un lado a otro nerviosa, con las palpitaciones a mil. Ante ella apareció su tía, lo agradeció. Hablaron, ensayó, resopló, sonrió y, finalmente, cuando pensó que estaba preparada abrió la puerta.

Tras ella, una cariacontecida Esther, había escuchado toda la conversación que en el interior del lavabo había tenido lugar. Maca se quedó de una pieza al verla que estaba llorando, sin más, Esther le espetó con un tono de dolor intenso:

-¡Te odio! Eres despreciable. No sé cómo he podido creer en ti.

AHORA SÉ PORQUE SIGO AQUÍ.

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