UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. 22

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Maca sintió como se le doblaban las rodillas. Se arrepintió de haber ocultado lo que le estaba sucediendo con el fantasma. Hubiera quedado menos idiota de lo que parecía. Mantenía los ojos cerrados, apretaba los parpados como si así pudiera dominar el dolor, como si pudiera concentrarse en su alma y pedirle perdón. Esther no estaba, se había marchado, se sentía ridícula, no solo por el modo en el que la perdió, también, en su miedo para decirle lo que sentía. Se tapó la cara con las manos, su actitud reflejaba, totalmente, el derrotismo. Intentó recuperarse, necesitaba saber de qué manera podía recuperarla. ¡Y, además, su tía había desaparecido! Era como encontrarse en la cima de cualquier montaña que la rodeaba y, sentir que con tan solo un paso, podía caer al abismo.

Estaba de espaldas a la puerta cuando escuchó como se introducía la llave en la cerradura, se giró. Era Esther. Sus ojos se abrieron como platos. Estaba nuevamente allí. Su corazón volvió a latir con fuerza, era como notar que la luz del día llenaba todos los rincones llevándose la oscuridad, a la que le había empujado la marcha de Esther.

-Esther –la llamó suavemente como si al subir el tono, pudiera romper su presencia.

-¡El coche no funciona! Voy a avisar que vengan a ver qué sucede –la contestó sin mirarla si quiera.

-Esther….

-Por favor, déjalo, déjalon –insistió encaminándose hasta el mueble donde había una documentación.

-No puedo dejarlo.

-¡Te lo pido por favor!

El silencio entre ellas, ganó la batalla a la necesidad de Maca por romperlo. Esther buscaba entre los papeles, sin saber, realmente, que buscaba. Maca la miraba con el miedo reflejado en sus ojos. Estaba tan cerca y tan lejos, no podía perderla. Era necesario aclarar las cosas, decirle de una vez por todas que la quería. Se pasó la lengua por los labios, tragó saliva, juntó sus dedos para después entrelazarlos. Tomó aire, no iba a ser cobarde en el momento más importante de su vida.

-Te quiero –le dijo segura y rotunda. Esther no se inmutó. Maca dio un paso hacia delante y repitió con el mismo tono, la misma fuerza-. Te quiero.

Esther no se dio la vuelta, trató de aparentar que no le importaban aquellas palabras, que no las creía. Prefirió no girarse para que no viera como sus ojos se habían llenado de lágrimas. Necesitó mojarse los labios, su corazón había respondido a aquellas palabras con un temblor desesperado. Sin embargo, su razón no quería dar tregua, seguía pensando que le estaba mintiendo, jugando con ella. Era consciente de las palabras que había escuchado, de lo que había dicho en aquel cuarto de baño.

-¡Es que me toca hacer de todo! ¡Ya me he manchado leñe! ¡TENGO PINTA YO DE MECANICO!

-¡Tía! –exclamó Maca con una alegría en su corazón inmensa.

-¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¡Dios mío, es ella! –gritó como loca poseída.

-¡COÑO, ESTA MUJER ME VA A RE-MATAR! –dijo con la mano negra, repleta de grasa puesta en su corazón.

-¿La ves, Esther? –le preguntó mirándola con ansiedad. Su gesto reflejaba el inmenso alivio que estaba sintiendo en ese momento.

-¡No ves que está cagada! ¡Claro que me ve, zoquete!

-Es…es… es la… -no podía hablar, con su dedo tembloroso la señalaba.

-A ver qué me vas a decir… bonita… que te conozco.

-Esther… Esther… -se giró a ella-. Lo ves, es lo que te dije, mi tía es un fantasma, viene conmigo desde hace un tiempo, fue ella la que consiguió que Lourdes se interesara por mí, que me contratara para que tuviéramos un reencuentro. Es con quien hablaba en el cuarto de baño… ¿lo ves ahora? ¿Lo entiendes? ¡No te he engañado!

-Sobrina, deberías dejar de hablar tan atropelladamente, ir a la cocina y traer un vaso de agua. Aunque yo de ti, primero la ayudaba a sentarse se va a desmayar.

-¡Puede verte! ¡Puede verte! –exclamaba feliz-. ¡Siéntate!

-No me dejes sola –le tiró de la manga del suéter.

-Cariño no pasa nada… confía en mí.

Maca salió a toda prisa hasta la cocina, Esther estaba sentada en el sofá, notaba un pánico desmedido correr por sus venas. Aquella mujer estaba otra vez delante, mirándola con gesto serio, sus cejas pintadas de negro la impresionaban, sus labios sin color, su tez pálida, el aura que la envolvía como si estuviera rodeada de niebla. Pero, sobre todo, su mirada. Penetrante, fría.

-¡COÑO COMO NO VA A SER FRIA, ESTOY MUERTA! Pero no le tengo mal fario ni nada a la chica, ¿eh?

Como iba diciendo… la miraba fijamente, Esther tragó saliva con dificultad, de repente era como si aquello fuera una pesadilla, una locura, algo fuera de lo lógico y normal. De pronto, abrió los ojos como platos, el fantasma se desplazaba hacia ella, porque no caminaba, era una especie de deslizamiento sobre el suelo. Cogió una almohada que había a su lado y se abrazó a ella, como si así pudiera defenderse de su presencia. Sus pupilas se desplazaron hacia la derecha buscando la aparición de la figura de Maca. Quería gritar pero no le salía la voz, estaba sintiendo la taquicardia en su pecho. Entonces, el fantasma se inclinó un poco hacia ella, Esther tragó saliva y dio un pequeño gritito, más bien, un ridículo gritito. Podía notar el frío, entonces se dio cuenta que esa sensación la había sentido muchas otras veces.

-Te voy a entregar lo mejor que he tenido en la vida, es cabezota, algo creída, un poco desgarbada, muy bruta en cosas de sentimientos, pero tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Si le haces daño, te saldré por las noches y te estiraré de los pies. ¿Te ha quedado claro?

-Sí –dijo con un hilo de voz.

-¡Ya estoy aquí… ya estoy aquí! Traigo agua –le decía nerviosa. Esther cogió el vaso y dio un trago pequeño, Maca notó como le temblaban las manos-. Esther… tranquila… yo no sé cómo explicar esto… pero… me está sucediendo.

-No está –dijo de repente, Esther.

-Sobrina… creo que me voy…

-¡No!

Maca se levantó del sofá dándole la espalda a Esther. Se precipitó hacia su tía, no podía creer lo que veía. Las piernas se veían difuminadas. Parecía que tal como si fuera el humo de un cigarro se iba evaporando por el aire.

-Tía no… por favor no te vayas.

-Sobrina… sabías que este momento tenía que llegar.

-¿Qué voy a hacer ahora?

-Yo te la he puesto a huevo, ahora el resto es trabajo tuyo.

-Pero… -cerró los ojos con fuerza-. Voy a echarte de menos… voy a extrañarte muchísimo.

-Quien te lo iba a decir ¿eh? El primer día casi te mueres, ahora, me vas a extrañar. Gracias.

-Las gracias te las debo yo, tía. Me alegro mucho de haberte descubierto.

-Gracias porque llegue con una cogorza de la leche, con la botella pegada a la mano, con voz de carajillera, ¡y gracias a ti!, subo a mi parcelita fresca como una rosa. ¡Espero poder disfrutar de mis tablaos y cabaret!

-Estoy segura que sí, te lo has ganado.

-Cuídate mucho, desde arriba estaré al quite todo lo que me dejen.

-Me gustaría tanto abrazarte –le dijo con un nudo en la garganta que ni ella misma podía creer.

-Cierra los ojos y visualízalo, podrás sentirme, sobrina.

-Tía… te quiero.

-¡Otia que me vas a hacer llorar! ¡Ahora sí! ¡PEDROOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Ante la escena había estado perpleja Esther. Seguía sujetando el vaso de agua en su mano, podía reconocer la misma postura de Maca en ocasiones anteriores, esas ocasiones que había dudado de su cordura. También reconocía el frío cada vez que entraba en el coche, la piedra que había salido volando. Todo cuadraba. No tenía explicación, lo sabía, pero de igual modo que estaba viéndola hablar allí sola, podía haber estado hablando sola en el cuarto de
baño. Pero claro, técnicamente no estaba sola, había alguien que no era corpóreo, pero existía, lo había visto, le había hablado. El temblor de su mano hizo que se derramara agua sobre su pantalón y eso fue suficiente como para sacarla de sus pensamientos. Maca por unos segundos sintió un profundo dolor en su corazón, cerró los ojos percibiendo ya la nostalgia de la pérdida. Suspiró con pena para, finalmente, exhalar un resoplido que trataba de encontrar alivio. Se giró lentamente, encontrándose con la mirada todavía desconcertada de Esther. Dio unos pasos hasta sentarse en el sofá junto a ella. Ambas guardaban silencio. Así, estuvieron unos minutos, hasta que Maca se decidió a hablar.

-Estaba segura que si te decía lo que me pasaba, no me habrías creído.

-Aún no soy capaz de entenderlo, Maca.

-¡Ni yo! Pero ha sucedido…

-Era todo tan extraño… tu comportamiento….

-Lo sé… siento que hayas pensado otra cosa, Esther. No te culpo porque sé que aún tendría que demostrarte que he cambiado, que no soy la misma que…

-Shhhh

-Esther había dejado el vaso sobre la mesa, se había incorporado en el sofá poniéndose a su misma altura, al ir a disculparse, le puso el dedo sobre los labios-. Por mucho que quería irme, que me sentí ofuscada, algo me decía que me estaba equivocando. He sido injusta, sé que decirlo ahora suena a disculpa barata -Maca la miró de reojo y sonrió-. Sé que has cambiado… también es cierto, que sigo teniendo miedo a dejar que mis sentimientos hacia ti fluyan y, después, acabe todo. Pero… ahora mismo, te pido disculpas por cómo me he comportado.

-No, Esther… esto no es algo lógico, no es algo que se pueda explicar con normalidad, lo que nos ha pasado, esta oportunidad creo que nos ha hecho temblar a las dos. Y como es tan excepcional, nuestros comportamientos han sido complicados. Si algo he aprendido de mi tía, es que hay que vivir la vida intensamente, sin mirar atrás, sin dilatar las cosas por temores o dudas.

En ese instante, se hizo un silencio entre ellas abrumador. Ambas miraban la chimenea como si el juego de las llamas pudiera darles la solución a qué hacer en ese momento. Fue Esther quien tomó la delantera, hasta ese instante, siempre había sido Maca la que tuviera la iniciativa de actuar. Pero ella, quería demostrarle que estaba segura, que acababa de darse cuenta que Maca la quería de verdad, que el pasado era pasado y, que tal y como su fantasma le dijo, no podía vivir en el presente con los miedos del pasado. Maca había vivido en ese pasado sus desprecios aunque fueran con su total desconocimiento, después su rechazo, sus dudas y, aun así, Maca lo volvió a intentar. Quiso demostrarle amor verdadero, el sentimiento que había provocado en ella desde jovencitas. En ese momento lo vio todo claro, los latidos de su corazón, hacían correr su sangre a toda velocidad. La miró, fijamente, como estaba segura no la había mirado nunca. Y fue el gesto de sorpresa que reflejó en el rostro Maca, lo que le hizo actuar. En un segundo, la cogió de la mano y estiró de ella. Maca se vio sorprendida por su fuerza. Esther a cada paso sentía como un fiero deseo ardía en su interior. Maca se dejó hacer. Esther, la empujó suavemente hasta la cama, de repente, Maca sintió como le atravesaba una oleada de excitación en su cuerpo, los labios de Esther iban alternando en su camino con la humedad de la lengua, recorría la delicada estructura de su garganta, notando como el aire pasaba por la garganta de una entregada Maca, que dejó salir un pequeño gemido de placer ante aquella caricia caliente y húmeda. A Esther, su propia respiración fue alterándose en el recorrido, cuando desabrochó la camisa del pijama y dejó al aire los pechos, la miró de un modo irreverente sintiendo un éxtasis embriagador.

-Esther… -musitó una entregada Maca que sentía recorrer el placer por todo su cuerpo.

-Te quiero, Maca…

-Mi vida…

El corto diálogo, ayudó a que la excitación fuera mayor. Se deseaban, pero también, se amaban. Esther fue descendiendo por el vientre de Maca, notaba la rigidez del placer en él. Sin embargo, Esther volvió a capturar el pezón del pecho izquierdo, su lengua incendió la sensible piel, mientras, la mano derecha se abría paso entre el pantalón… los dedos se habían vuelto ligeros como un pluma, hábiles como la gacela; la acariciaban, haciendo que la pasión la inundara. Su vientre se estremeció, de igual manera que sus muslos temblaron. Esther al notar la humedad de aquel sexo que la esperaba ansiosa, gimió dejando el pezón y buscando los labios de Maca. La abrazó con fuerza entre sus brazos, la obligó casi a profundizar en ella, Esther gimió de placer al contacto de las lenguas.

-Esther… me estás volviendo loca -habló con la voz ahogada de placer.

-Maca… Maca… ¿cómo me he perdido esta maravilla?

-Sigue…

Volvieron a besarse, mientras Esther imprimía más ritmo a sus dedos que bailaban un vals acompasado con el sexo de Maca. Notó como la velocidad de sus caderas crecía, como gemía sin control, ella misma, sentía una necesidad abrumadora de tocarla, de seguir tocándola. Mientras, observaba el rostro de Maca que reflejaba todo el placer que le estaba regalando. Maca sentía que aquella caricia rítmica y maravillosa que Esther le estaba regalando, la estaba llevando a un arrollador placer, cerró los ojos, sintió como se azotaba en su espalda dicho placer, necesitó gritar. El orgasmo inminente recorrió su vientre, la mano de Esther continuó
provocando, finalmente, que un fuego tan abrasador como maravilloso enviara olas de fuego desde el clítoris a toda la pelvis.

-Esther… -musitó rendida.

Esther había reposado su frente en el hombro agitado por la respiración entrecortada de su amante. Por primera vez, había sentido algo que nunca antes, ni siquiera, con Maca había vivido. Su respiración era tan entrecortada como la de Maca. Notaba su humedad y hasta como de manera dolorosa, palpitaba su propio sexo. Como si Maca leyera en su mirada lasciva aquella necesidad, se apartó dejando que su cuerpo rendido cayera sobre la cama, con un movimiento tan rápido como efectivo, le quitó el pantalón, el tanga y, Esther sintió morir. Cerró los ojos, era consciente de su propia humedad, de su propio deseo, pero todo se magnificó cuando la lengua de Maca lo recorrió lentamente, como si fuera capaz de dominarlo, como si ella fuera la que mandara sobre su placer. Cuando ella quisiera, como ella quisiera.

-Maca -murmuró con necesidad.

-No hay prisa, Esther… relájate…

Y lo hizo, exhaló un profundo suspiro, fue como abandonarse, dejar que su cuerpo perteneciera a Maca, ella sabía que tenía que hacer. Abrió más sus piernas, señal inequívoca de que le entregaba su cuerpo. Pasó la lengua por sus labios para humedecerlos. Entre tanto, Maca seguía jugueteando con la lengua, recorriendo las ingles, el vientre, la cara interna de los muslos. Consiguiendo que poco a poco fuera acercándose a la locura, tratando de manejar el placer. Los ojos ávidos de deseo de Maca la observaban, sabía que estaba torturándola de una manera exquisita. Cuando volvió a rozar suavemente el sexo húmedo y palpitante de Esther, sintió como sus muslos se contraían como si un rayo fulminante atravesara su cuerpo.
Aquel tacto, hizo estallar en un gemido a Esther, estaba sufriendo un tormento que no quería que se acabase… era una dulce tortura. Su respiración fue acelerándose hasta que rítmicamente, lengua y respiración, fueron subiendo de intensidad. Esther comenzaba a jadear, sus manos se colocaron sobre la cabeza de Maca que se movía arriba y abajo, con majestuosidad. La estaba llevando al paraíso del placer y, ella era consciente. Las caderas de Esther se dispararon, sus gemidos cada vez más intensos se mezclaron con el aire, el fuego que incrementó de igual manera en su palpitante sexo fue subiendo por toda su espina dorsal hasta que comenzó a temblar, gemir y, finalmente, gritar retorciéndose con súbita lujuria.

-¡Oh! ¡Oh Maca!

-Te quiero, Esther…

Maca trepó por su cuerpo hasta llegar a su boca, Esther la estrechó con fuerza sobre su cuerpo, en aquel momento se acariciaban con extrema dulzura, la pasión había dejado su momento a la ternura. Y en aquella habitación, en aquel momento, juntas habían creado un manantial de felicidad del que estaban dispuestas a beber el tiempo que les quedara de vida.

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