UN FANTASMA PARA EL REENCUENTRO. FINAL

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Los Reyes Magos, os dejan un regalo. El final de esta historia que espero os haya gustado.
Gracias por compartirla.

Durante los cuatro días restantes, Maca y Esther, tuvieron tiempo para todo. Principalmente, para trabajar. Y lo hicieron muy duro. Al principio por separado, después, una vez elegidas las fotografías, y el texto, comenzó su trabajo en común. Se dieron cuenta que formaban un buen equipo. Ambas tenían más o menos las mismas ideas, cuando una se atascaba, la otra ayudaba a salir del atolladero. Repasaron el artículo de seis páginas, una y otra vez, hasta quedar, totalmente, satisfechas. Después, llamaron a su jefa para avisarle que hiciera tiempo, que iba a necesitar estar tranquila para leerlo. Y allí, en el salón frente a la chimenea, sentadas en el sofá frente al fuego, con dos copas de vino esperaban la llamada.
-¿Crees que le gustara? –le preguntó, Maca.
-Hemos hecho un gran trabajo, cariño. Le va a encantar.
-Ella no necesitaba un gran trabajo, necesitaba el mejor –la miró con algún atisbo de duda.
-Y es el mejor. No te preocupes. La conozco y le va a gustar.
-¿Sabes?… –se ladeó subiendo las piernas al sofá, haciéndose un ovillo. Esther sonrió, siempre admiró su flexibilidad-. Estar contigo aquí, ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida.
-Para mí también, te lo aseguro –Esther le acarició la cara lentamente mirando sus labios-. Al principio me fastidio, luego me fue gustando, conocer y descubrir a la nueva Maca. Aunque me acojoné pensando que estabas loca –dio una carcajada.
-¡Cómo para no acojonarte! ¡Mi tía decía que no sabía disimular! Una vez… en la calle, me paré de golpe y le grité ¡déjame en paz! Debiste ver el vote que dio la señora que estaba a mi lado –ambas reían divertidas-. Me miró fijamente… ¡y salió corriendo!
-No me extraña –decía riendo sin parar-. Es que parecías muy loca… cariño…
Por un segundo, las risas cesaron, se quedaron mirando fijamente, una y otra, veía en los ojos ajenos tanto amor, que se ruborizaron. No estaban acostumbradas a aquel sentimiento tan bello que parecía estar a flor de piel. Fueron acercándose poco a poco hasta juntar sus labios. Se besaron suavemente, como si fueran labios de cristal que pudieran romperse con el roce. Después, las manos se unieron, un profundo suspiro unió aquel besó más si cabía. Se separaron para mirarse, nuevamente.
-Te quiero.
-Te quiero.
Juntaron sus frentes, sonrieron tímidamente para, finalmente, abrazarse cerrando fuertemente los ojos. El sonido del teléfono rompió de una manera abrupta aquel abrazo, aquel momento tan íntimo de amor.
-¡Es ella! –dijo de golpe Esther.
-Veamos…
-¡Lourdes! –habló Esther poniendo el manos libres.
-Enhorabuena. ¡Es el mejor reportaje que he visto en muchos años! Te has superado, Esther, estar enamorada te ha beneficiado. Le has dado un toque romántico al texto, que junto a las fotos, van a hacer que miles de enamorados vayan a León.
-Gracias… la verdad que… ha sido una experiencia única.
-Ya veo… ya… os habéis salvado del despido fulminante –ambas se miraron sonrientes-. ¿Cuándo volvéis?
-Mañana.
-Voy a enviar esto ya a maquetación. Por cierto, Maca, las fotografías maravillosas… ¡qué calidad!
-Gracias, Lourdes. Es el amor –le dijo mirando a Esther.
-¡Que paséis la última noche repleta de romanticismo!
-Gracias.
Esther sonrió mientras desconectaba el teléfono sin apartar los ojos de Maca. Se cogieron de la mano, sin hablar, no hacía falta. Llegaron hasta la habitación donde las velas repartidas por todos los rincones les daba cierto aire medieval. Despacio, con todo el amor y la ternura de la que eran capaces de sentir, fueron desnudándose, no había labios suficientes para besar, ni piel para recorrer, ni brazos para abrazar. Ambas descubriéndose, nuevamente, con admiración, con devoción. Cada una pensando en que aquel mágico lugar les diera la bendición de amarse toda la vida. De compartir sus cuerpos hasta el último aliento de vida. Amarse, tocarse, desearse, eran sentimientos nuevos que querían compartir. La vida… la hermosa vida que iban a comenzar juntas, con tropiezos, con enfados o sin ellos, pero ambas en ese momento donde sus cuerpos bailaban la danza del deseo, del ardor pasional, querían no separarse más.
-Te amo, Esther –le dijo Maca, con sus últimas fuerzas.
-Te amo, mi Reina –susurró, Esther, antes de dormirse aferrada a su cuerpo.
Al día siguiente, recogían sus cosas con esa mezcla de alegría y tristeza. Prometieron a todos que volverían. Maca se interesó por los heridos, el doctor se mostraba feliz, le dio las gracias por su ayuda, porque sin ella, no habría podido salvarlos a los dos. Maca se fue de aquel pueblo, con la sensación de que su lado médico, había vuelto a renacer, sin embargo, se había dado cuenta que quería dedicarse el resto de su vida a viajar junto a Esther, fotografiando las maravillas del mundo. Mientras, Esther miraba a Maca con los ojos repletos de amor. Daba gracias a aquel fantasma que les había dado la oportunidad de reencontrarse para descubrirse, nuevamente.
Antes de ir al aeropuerto, pasaron por el horno donde habían tenido que llamar a Trini, para cambiar el encargo. Al llegar, bajaron del coche sonriendo, abrazándose y besándose.
-¡Hola, chicas! ¡Qué bien os veo!
-Gracias, Trini. Venimos a recoger el encargo –le dijo Esther sonriendo.
-¡Claro! Pero no os iréis sin un buen chocolate, ¿verdad? –les preguntó con su amabilidad de siempre.
-Por supuesto, tenemos tiempo de sobra –agregó Maca mientras se sentaba.
-¡Qué buenas están las rosquillas! –dijo Esther.
-¡Ya vi yo… muchas miraditas entre vosotras! –dijo Trini, de repente. Las dos se miraron sonriendo tímidamente-. ¡Me encanta ver a la gente enamorada!
-Muchas gracias, Trini –le dijo Maca sonriendo ante la gran taza de chocolate que le puso-. Madre mía, unos días más aquí y me voy con un montón de quilos de más.
-¡Eso son tonterías! Las mujeres ahora quieren estar delgadas, ¡y qué tocan los hombres entonces! ¡Bueno… en vuestro caso… qué tocará esta buena moza!
-Ahí, ahí –decía Esther con la boca llena.
-¡Os voy a contar una leyenda! Alguien me la contó… aunque no se suele decir porque mucha gente tiene sus recelos… pero… dicen que el Reino de León tuvo una reina lesbiana.
-Prrrrrrrrrr –Esther echó el chocolate.
-Pero cariño –le dijo asombrada Maca de verla, mientras, tosía sin parar-. ¿Qué te ha pasado?
-Nada… nada… ¿qué cuenta esa leyenda, Trini?
-¡Un momentin! Voy a cerrar para tener más intimidad.
-¿Qué te ha pasado? –le insistió, Maca.
-Nada… luego te cuento –se limpiaba con la servilleta, pero al ver el gesto de Maca, tocarse la nariz se limpió también-. ¿Ya?
-Sí, corazón.
-¿Estáis preparadas? –les preguntó, Trini. Las miró con un gesto de felicidad al ver su interés.
-¡Sí! –respondieron a la vez.
-Cuenta la leyenda… que en la edad media, en el Reino de León había una Reina que junto a su doncella fueron amantes… ellas durante muchos años se amaron y llevaron a su máximo esplendor el Reino. Pero eso, la historia, no lo quiere contar porque eran mujeres y eran “amantes”

Durante veinte años, Maca llevó al Reino de León a la cumbre. Fue una Reina querida por todos los habitantes. Durante su reinado, se elevó la Catedral de León, cesaron las luchas, los hombres y mujeres del Reino, tuvieron una vida sin batallas, las mujeres comenzaron a formar parte de los nuevos fueros. Empezaron a desarrollar otros trabajos, la agricultura, las obras, los puentes… fue una mujer admirada.
Pero llegó un día en el que llamó a su hijo a los aposentos.
-Madre… ¿vos diréis? –se inclinó con el máximo respeto.
-Hijo… ha llegado la hora de que el Reino pase a tus manos.
-¡Pero Madre! –la miró con tristeza. Tras ella, Esther, su fiel doncella y, el Conde de Astorga, con su cabello blanco al otro lado.
-La hora de que me retire a disfrutar de mi vida, ha llegado. Vos estáis preparados para ser Rey, además, el Conde de Astorga seguiría a vuestro servicio.
-Está bien, Majestad –sabía que su madre estaba enferma y aceptaba el reto.
-Esther y yo, nos iremos a nuestro retiro. Trataremos de pasar desapercibidas y, vivir allí nuestro final.
-Madre… me gustaría que estuvierais las dos aquí. Quiero que vivamos juntos.
-Hijo, el reinado ha sido muy duro, quiero darle a Esther lo que estos años no pude –tanto el Conde como Esther agacharon la mirada.
-De acuerdo, madre. Se hará como vos digáis.
A los dos días, el Reino se preparó para despedir a quien tanto respetaban, la Reina. Fue una fiesta emotiva donde el pueblo, le demostró su inmenso cariño. Tras la fiesta y la imposición de la corona. El Rey, el Conde y su madre, trataron algunos asuntos en el despacho. Mientras, Teresa, ya había dejado la cocina, por su avanzada edad, acompañaba en los aposentos a una Esther que no cesaba de llorar.
-Vamos… Esther… tienes que ser fuerte.
-Lo sé… pero… -volvió a abrazarse a Teresa.
-Durante todo este tiempo, hicisteis a la Reina feliz. Estoy segura que estos últimos meses de su vida, serán como ella quiso. Junto a la mujer que amó locamente.
-¿Por qué no os venís?
-Estoy muy mayor, seré una carga para ti.
-Teresa, durante todos estos años, fuisteis para mí un apoyo en mis desesperos, en mis miedos, ahora… que llega el final de Maca… voy a necesitaros.
-Mi niña… -le acarició la cara-. Estoy muy orgullosa de lo mucho que la amasteis y sé que la amaréis…
-Por favor –le rogó mirándola a los ojos con cierto desespero.
-Está bien. Pero no quiero veros llorar.
Cuando Maca entró en sus aposentos, su palidez alertó a las dos mujeres, se sentó suspirando fuertemente.
-Nada más espero que le respeten de igual modo que me respetaron a mí.
-Por supuesto que sí, mi vida. Es un hombre maravilloso que tuvo la inmensa fortuna de parecerse a su madre –Maca la miró entregándole una mirada cansada-. Vamos a desvestiros y prepararos para dormir.
-Mañana estaremos lejos de aquí.
-¡Teresa vendrá a estar con nosotras! –le dijo feliz.
-¡Me alegra tanto! –le tomó la mano a quien para ella era su madre-. Os debo tanto…
-No me debéis nada.
-¡Bueno… venga… a la cama! –le dijo Esther tratando de ocultar su emoción.
Tal y como, decidieron, un carruaje las llevó hasta su casa de retiro. Allí se quedaron las tres mujeres, con dos de los hombres de confianza del Conde de Astorga. Él cada dos días cogía su caballo y les hacía una visita. En una de esas visitas, el Conde estaba sentado junto a Maca que estaba tapada con una manta tomando el sol.
-¿Sabéis? Si cierro los ojos y miró atrás, me siento orgullosa de lo que conseguimos.
-¿Conseguimos? –la miró divertido-. Conseguisteis… vos solita… aun teniéndome en contra muchas veces.
-Por osada –sonrió de lado.
-Por valiente.
-Hicimos un buen trabajo.
-Todos os adoran, eso no lo consiguió ningún rey anterior.
-Gracias, hermano, gracias por tu incondicional apoyo –le dijo emocionada. Cuando el Conde escuchó la palabra “hermano” sintió unas enormes ganas de llorar.
-Ya traigo el caldito –apareció Esther que al ver su rostro, le dedicó una sonrisa repleta de gratitud.
-¡Y ni te digo la suerte que tuve de encontrar a esta mujer hermosa por dentro y por fuera!
-¡Pero si estoy llena de arrugas! –le dijo riendo.
-Estás hermosa… porque eres hermosa.
-Bueno… como veo que vais a poneros en plan romántico… me voy.
-Gracias, hermano.
-Gracias a ti, hermana –le respondió haciéndole una reverencia.
-¡Ay que ver… con lo mal que me cayó al principio! –dijo Esther mientras veía como se subía al caballo y se marchaba.
-Esther –le cogió la mano Maca-. ¡Te quiero!
-Y yo, mi vida.
Transcurrió una semana desde la despedida del Conde. Estaban en el castillo hablando con unos comerciantes cuando uno de los hombres que residía con ellas, llegó a caballo.
-Majestad, vuestro comisario solicita hablar con vos urgentemente.
-Voy –imaginó de que se trataba, el Conde salió tras él. Al ver al hombre con el sombrero en la mano por su gesto se temieron lo peor-. Me envía Esther, dice que acudan porque es inminente.
-Vamos.
Cogieron sus caballos y a toda velocidad llegaron hasta el retiro, les abrió la puerta una afectada Teresa que no cesaba de llorar con el pañuelo en la mano. El rey y el Conde entraron a toda velocidad hasta los aposentos donde se encontraba agonizando la Reina. Esther sentada a su lado con su mano entre las suyas, hablándole con cariño. Miró al Rey con sus ojos repletos de lágrimas y se apartó para que se pusiera junto a su madre.
-Madre… estoy aquí.
-Hijo…
-Quiero deciros que habéis sido la mejor madre que he podido tener –las lágrimas bañaban su rostro-. Os quiero, madre, os quiero.
-Hijo… por favor, cuidad de Esther es mi mayor tesoro junto a vos.
-Claro que sí –le dijo mirando a Esther tendiéndole la mano con un infinito cariño-. Madre…
-Esther –murmuró Maca con un hilo de voz-. ¿Dónde estás?
-Estoy aquí, mi amor.
-¿Hermano? –giró la cara un poco.
-Aquí –su voz sonó rota por el dolor que sentía.
-¿Teresa?
-También, no sé movió de vuestro lado, cariño.
-Quiero daros las gracias por regalarme esta vida tan maravillosa… a todos, la fidelidad de mis hermanos, tu inmenso respeto y cariño, hijo mío. Y tu gran amor, mi princesa, Esther. Mi corazón os da las gracias… os quiero…
-Cariño –le dijo Esther con un nudo en su garganta y las lágrimas cayéndole a borbotones.
-Madre… madre –apoyó su cabeza sobre su pecho llorando desconsoladamente.
-Mi amor… -musitó Maca mirando a Esther y dando su último suspiro.
El ambiente en aquellos aposentos se volvió lúgubre, el llanto de todos por el gran cariño que sentían por la Reina. Una vez la vistieron, la prepararon para el funeral, un gran carruaje se llevó el ataúd con sus restos. Detrás, una Esther desconsolada que no cesaba de repetir que iba a hacer ella sin Maca. Llegaron al castillo pasando por el pueblo, no hubo nadie que faltó al paso del carruaje, los hombres se quitaban los sombreros y agachaban la mirada. Las mujeres a las que tanto apoyo les había dado Maca, se inclinaban y lloraban. En el castillo estaba todo preparado para el entierro de la Reina. Fue solemne, el pueblo la acompañó hasta el final, donde el Rey, su hijo exclamó rompiendo el silencio:
-¡Dios Salve a la Reina! ¡Viva la Reina!”
-…

…y así es como cuenta la leyenda fue la vida y el final de Maca I de León.
-Madre mía –murmuró Esther.
-¡Qué leyenda!
-Sí, pero ya os digo, si la contáis, nadie os lo afirmará.
-Vamos a perder el avión –musitó una Maca afectada por la historia.
Salieron de aquel horno con todos los encargos, en silencio compartieron un buen rato del camino, hasta que Esther que conducía le dijo a Maca que iba observando el paisaje y sacando fotografías con su pequeña cámara.
-Esta historia la he soñado, Maca. ¿No te alucina que se llamaran como nosotras?
-La verdad que no paro de darle vueltas. ¿Pero… cómo qué la has soñado?
-Sí, es como la historia de tu tía… todo es tan enigmático.
-¡Oye! –le dijo de pronto-. ¡Quizá las protagonistas se han aparecido en tus sueños por mediación de mi tía para que escribas su historia! –la miraba con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Pero qué dices Maca! –dio una carcajada.
-¡Claro! ¡No te das cuenta de todo como nos ha funcionado!
-Es cierto… ¡pero yo escribir una novela!
-Mi amor… tú puedes hacer lo que te apetezca porque eres la mejor.
-¡Madre mía! ¡Madre mía! –repetía sin cesar-. Aunque… tienes razón todo parece que ha sido trazado por alguien para que nos unamos, para que ganemos ese premio y para que yo, escriba esa novela con tus fotografías.
-¡Claro que sí! ¡Claro que sí! –decía aplaudiendo.
-OS HA COSTAO… PERO AL FINAL… ¡LO HABÉIS PILLAO, OTIA!-AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH… -gritaron las dos a la vez.
Y tal como dijeron sucedió. Ganaron el premio con el que pudieron mantener su agencia. Esther escribió la novela, para documentarse, volvieron al pueblo de Santiago de Peñalba. Maca tomó todas las fotografías que pudo para ilustrar la historia. La novela fue número uno en ventas, ganó el premio Odisea. Todo se cumplió tal como lo predijeron en aquel coche. Excepto, algo que no imaginaron pero hicieron realidad. Se casaron en la ermita donde según la leyenda, la Reina Maca y la doncella Esther, oficiaron sus votos ante el Conde de Astorga. La boda fue sonada, acudió todo el pueblo, todas sus compañeras de trabajo, incluidas Claudia y Menchu, que tomaron buena nota para ser las siguientes.

¿Y qué pasó con el fantasma, os preguntaréis? ¿Quieres contarlo tú?

-Por supuesto… el fantasma se fue a un cabaret celestial, donde todo el día estábamos con música, armando buenos saraos. Además, le dieron la medalla al mejor ángel del año, al conseguir algo… que parecía imposible. En la ceremonia de entrega por parte de San Pedro, dio las gracias por la oportunidad de ser espíritu en la tierra. Y animó a que fuera algo mucho más cotidiano de lo que era, porque los de abajo necesitan ver con algo que no saben que tiene una fuerza maravillosa, ver con el alma. ¡Ahí queda eso, otia!

La ovación fue inmensa, ¡y cómo no!, se celebró a lo grande con música y agua Bendita.

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