UN TRIO DE MUERTE. 1

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Aquí os dejo el primer capítulo, reconozco, que nunca me ha costado tanto escribir una historia. Espero que el esfuerzo valga la pena. Entre otras cosas, porque la semana pasada ya iba a empezar a colgar, ¡y mi ordenador me borró el archivo!

Gracias por seguir aquí conmigo ¡y por la espera!

Un sonido lejano llegó al cerebro de Maca… estaba tan intensamente dormida que no podía despegar sus párpados. Se hizo la remolona, agarró el edredón y se aferró a él como si no quisiera despertar. Sin embargo, su cerebro que era muy profesional, le provocó una sacudida para quitarle el azoramiento.

-No… no puede ser…-susurró con la melena por su rostro como si se tratara de las lianas de la selva, apartó los mechones a duras penas, el sonido se hacía más insistente-.Ya voy…ya voy… Fernández. ¡Qué bien! –murmuró aún dormida-. Voy para allá.

La inspectora Fernández, era realmente Macarena Wilson Fernández, pero tras mucho pelear consiguió que nadie la relacionara con las bodegas más importantes de España, ni con uno de los empresarios más importantes del país. Maca, para los amigos y compañeros más cercanos, se había tenido que luchar mucho en su vida tanto personal como profesional, llegar a comisaria le había costado tanto como que sus padres aceptaran su homosexualidad. Sin embargo, que lo aceptaran no significaba que formara parte de la familia, su desapego era casi total. Laboralmente había llegado a tener un éxito que nadie se atrevía a poner freno a su escalada en la rama policial. Había llegado a inspectora, sin habérselo regalado nadie, todo lo contrario, con miles de trabas, rodeada por hombres, triunfar en ese mundo le había costado mucho sacrificio, mucha pelea. La inspectora Fernández, tal y como le gustaba que le llamaran, era muy meticulosa en su trabajo, ahí radicaba su éxito según sus superiores. No daba nada por supuesto, de todo quería pruebas para a maniatar a los malos. En su cuerpo llevaba un par de balazos, un brazo roto y unos puntos en la cabeza como recuerdo de luchas vividas.

Su vida personal, era complicada, con esos horarios, con la vida casi al cien por cien entregada a su trabajo, las relaciones personales no solían salir bien. Llevaba dos años sin tener relación seria, de vez en cuando daba gusto a cuerpo pero había jurado no dárselo a su corazón. Sus amigas, aún se acordaban de ella, no la habían olvidado. Hacía mucho tiempo que no salía de fiesta con ellas, la noche anterior lo había hecho, y en ese instante que trataba con agua fría de despejarse, se lamentó. ¡Pero lo necesitaba! ¡Necesitaba tanto! ¡Necesitaba tanto reírse! ¡Tanto hablar y olvidarse de su realidad! ¡Qué más daba en ese momento no poder con su alma, necesitaba sentirse viva fuera de la comisaría! ¡Dejar de lado lo peor de la vida que veía día tras día!

Cogió el coche y condujo hasta la otra parte de la ciudad, la zona de los ricos. Bostezó durante el trayecto en varias ocasiones mientras trataba de acabar el café bien cargado que había comprado en el horno de la esquina de su casa. Mientras escuchaba el GPS que la conducía hasta el lugar, repasaba mentalmente la noche anterior. Sus amigas tan perfectas, con maridos perfectos y atentos, hijos maravillosos, trabajos estupendos. Hasta que llegaron a la discoteca y comenzaron a beber, ¡cómo cambiaban sus vidas! Los maridos eran unos cerdos, los hijos que no solo habían destrozado sus cuerpos, también sus vidas, ¡hasta las suegras tenían cabida en las pataletas!

-Al final pasan los años…y la única que está bien soy yo… la políticamente incorrecta –dijo en voz alta jocosamente.

Llegó al lugar de los hechos. Allí estaban los coches de sus detectives. Antes de salir del suyo, dio el último trago al café, y bajó, tras observar la enorme casa en donde había ocurrido el escabroso asesinato.

-¡Por aquí, inspectora Fernández! Estas muertas le van a provocar cierto morbo, me atrevería a asegurar que han tenido una noche tan tórrida como usted –habló con su sarcasmo habitual entregándole los guantes.

-Aún no he llegado al escenario, y ya me asqueas –finalizó la frase con un largo suspiro.

El detective Tur, Gonzalo Tur, era uno de esos cincuentones que odiaba que su superior fuera una mujer, mucho más, si se daba el caso de que esa mujer era lesbiana declarada. Su relación era bastante tirante, fría y, a pesar de trabajar juntos, durante el tiempo que compartían en comisaría, ni siquiera se hablaban. Aunque, si debían enfrentarse a una misión complicada, ambos preferían hacerlo juntos, eso sí, sabían que jamás lo reconocerían públicamente.

La inspectora Fernández, entró en el lugar de los hechos, la casa estaba decorada de una manera un tanto excesiva para ella, pero se notaba que con mucho lujo y dinero. Se colocó los guantes y siguió al detective por las escaleras hasta llegar a un cuarto, grande, supuso que el cuarto principal.

-He aquí la parejita de mujeres muertas –el detective Tur le señaló con la mano dos cuerpos ensangrentados sobre la cama-. Parece ser un asesinato emocional…

-Yo no lo creo –apuntó el doctor Rubio.

-¿Y eso? –preguntó la inspectora acercándose a la cama-. Me fío más de ti que del Tur.

-La he oído inspectora–asomó la cabeza por la puerta del lavabo que estaba analizando.

-Lo sé –le entregó una sonrisa algo cínica.

-Por todo cuanto he visto, estas dos mujeres tuvieron una noche tórrida, es cierto, pero quien ha hecho esto se ha esforzado en que pensemos que ha sido un suicidio –guardó silencio mirando por encima de las gafas a Maca.

-¿Pero? –sabía que continuaba la frase.

-El ángulo del brazo y la bala, no cuadra –me encanta trabajar con usted, inspectora.

-El asesino ha tratado de engañarnos. ¿Hora aproximada de la muerte?

-Es pronto aún, pero me aventuro a pensar que entre las nueve y las once, máximo.

-De acuerdo –asintió formando un puchero con su barbilla tras hacerle un guiño de ojo simpático-. ¿Hay algo revuelto, falta algo?

-No, la criada nos ha dicho que la casa está en orden. Hemos encontrado sus bolsos, sus carteras, sus joyas… no hay ningún cajón revuelto y según nos asegura no falta nada. Además ha confirmado que cuando ella se fue a la una y media, estaba todo bien, Elena preparando la comida, Luisa en el jardín. Y al entrar esta mañana, estaba puesta la alarma… eso le ha sobresaltado. Porque cuando ella viene, la pareja acostumbran a estar levantadas.

-Está bien –suspiró poniéndose en jarras-. Quiero nombres de conocidos, amigos, familia, vecinos… ¿La criada tiene coartada?

-La estamos comprobando, dice que a esa hora está limpiando un bingo en la Gran Vía en cuanto lo sepa, le digo.

-Yo creo que este asesinato está muy claro, hay huellas por doquier –apuntó el detective Martin.

Todos escucharon sus explicaciones, la inspectora no cesaba de contemplar la escena. De mirar alrededor. Sí, por lo que estaba explicando, las huellas estaban por todos lados, en las copas, en el marco, no cuadraba que hubiera sido tan descuidado. Eso… o era novato.

-Esto no tiene sentido, matas a dos personas y dejas tus huellas por toda la habitación. No te llevas ni el dinero, ni las joyas… evidentemente, hay que encontrar la caja fuerte. Que analicen las huellas cuanto antes.

-Las van a cotejar y nos dicen. Quizá se han montado una fiestecita con algún macho y se las ha cargado por dejarle insatisfecho –apuntó el inspector Tur.

-Voy a hablar con la criada –renegó, la inspectora ante el comentario despectivo del detective.

-La filipina.

-La gente tiene nombres y apellidos, ¡cuándo se va a enterar!

-Disculpe, inspectora, es tal y como me dijo que la llamaban –le sonrió con sonrisa cínica, era como una pelea continua.

Maca lo miró fijamente, exhaló un profundo suspiro que demostraba su malestar ante la risotada del inspector, y salió de la habitación. Bajó las escaleras y en la cocina se encontró con la mujer. Se sentó en frente mirándola con cierta lastima.

-Mi nombre es Maca Fernández, soy la inspectora que se va a encargar de este caso, necesito que me diga todo lo que sabe.

-Claro, señora –fue lo único que supo decir.

Al llegar a la comisaría, la inspectora entró con gesto serio, comiendo un donuts de chocolate. Tras ella, los detectives se fueron, directamente, a sus mesas de trabajo. La comisaria era una de las más importantes de la ciudad, porque abarcaba una zona de alto poder adquisitivo. Sin embargo, las instalaciones donde trabajaban no tenían nada que ver con la zona exterior. El mobiliario distaba mucho de lujo y poder, más bien, era anticuado y poco funcional. La única modernidad que tenían, era trabajar con unas tabletas donde estaban todos conectados y les permitía con mayor rapidez recibir la información. Con el esfuerzo de todos ellos, habían comprado una pizarra blanca que la habían puesto en la parte central, hartos de que se les cayeran las fotografías de las viejas paredes, aportaron todos un poco y, finalmente, lograron reunir el dinero para comprarla. Allí ya estaban las fotografías de la pareja fallecida esperando que empezaran a analizar el caso. La inspectora dio un trago a su café bien cargado y sentándose en la mesa se quedó mirando fijamente las fotografías.

-¿Qué le ha dicho la filipina? –se sentó a su lado el detective Martín.

-Que eran un matrimonio feliz, llevaban catorce años casadas. No ha visto nada raro, Elena la que supuestamente disparó era millonaria, vivía de rentas, la otra, Luisa se dedicaba a la jardinería.

-Entonces… si según nuestro forense, que no suele fallar, esto no ha sido un asesinato de violencia de género que digo yo… entre vosotras también se definirá igual, ¿verdad? –la inspectora lo miró con gesto de hastío-.Disculpa no quería que sonara…

-¡Déjelo! Estoy acostumbrada a su compañero. ¡Ah, también ha dicho que lleva cuatro años trabajando con ellas y jamás ha visto una caja fuerte en esa casa!

-¡Bueno… bueno! Ya tenemos las huellas de la supuesta asesina…

-¿Mujer? –preguntó ella.

-¿Acaso esperaba otra cosa, inspectora?

El coche de policía se detuvo ante una modesta finca. Llamaron al timbre y subieron decididos hasta el segundo piso. Llamaron a la puerta y tras unos momentos oyeron unos pasos acercarse y, abrir. Ante ellos, una mujer que se notaba la habían sacado de la cama.

-¿Esther García? –preguntó la inspectora al tiempo que mostraba su placa.

-Sí… soy yo ¿qué ha pasado? –le preguntó algo aturdida al ver allí cinco personas que la miraban no con muy buenos gestos.

-Queda detenida por el asesinato de Luisa Sánchez y Elena Soler.

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