UN TRÍO DE MUERTE. CAP. 8

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DEDICADO ESPECIALMENTE… A LAS MAMAS… ¡FELIZ DÍA DE LA MADRE!

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Las primeras luces del alba dibujaban un cielo rojizo, a Maca aquellas luces le reflejaban en la visera de su casco formando el arco iris ante sus ojos. Le gustaba circular por la ciudad en esas horas, aún se mantenía en calma, sin demasiado tráfico, sin muchas personas y un silencio cubría lo que horas después sería bullicio. Sí, a Maca le gustaba circular con su moto por la ciudad.

Al llegar a la comisaría, vio allí a Martín frente a la pizarra mirándola con atención, con la mano pellizcando delicadamente la perilla que formaba su barba.

-¡Buenos días, Martín! –lo saludó entregándole un café-. Tenía la corazonada de que estarías aquí.

-¿Sabes? No he parado de dar vueltas a esta historia… nos falta algo.

-¡Buenos días, parejita! Traigo noticias frescas –apuntó moviendo unos papeles que llevaba en la mano con gesto triunfante-. ¿Quieren saber?

-¡Vamos Tur, ya tiene su minuto de gloria! –el tono, ciertamente, irónico de Maca le molestó.

-¡Aquí nos falta un nombre! –dijo apuntando con su dedo índice a la pizarra-. Concretamente, el nombre de… Julio Soler, sobrino.

-¿Tienen un sobrino? ¡Cómo no nos hemos enterado antes! –el ceño fruncido de Maca mostró su malestar por aquel fallo.

-Porque no han sabido buscar –la prepotencia de Tur se mostró por todos los poros.

Entonces sonó el pitido de que habían recibido un correo.

-¡Un momento ya tenemos las llamadas! –decía excitado Martín, parecía que podían dar más pasos en la investigación.

-¡Estoy tratando de dar un nuevo sentido a la investigación, coño! –alzó la voz molesto por la interrupción.

-A ver… uno a uno. Tur –Maca se mostraba ansiosa por saber y le invitó a empezar.

-Por lo que he podido averiguar, el tal Julio, era hijo de la hermana de Elena. Murió hace exactamente diez años, al parecer de una sobredosis. Elena se ocupaba de los estudios del muchacho que parece ser no salió muy recto –Maca escuchaba atentamente, necesitaba poder tener algo que desviara la culpabilidad de Esther hacia otro-. Su tía le abrió un restaurante pero no le funcionó, parece ser que el chico no es muy hábil para manejar los negocios. Al parecer ella le pagó la deuda, después, abrió una discoteca pero tuvo el mismo fin pero… -hizo un estudiado y teatralizado silencio.

-¡Pero qué! –le dijo ansiosa Maca, él disfrutaba de verla de ese modo.

-¡Vamos Tur! –le animó Martín cansado de sus estrategias para quedar por encima de los dos.

-En esa ocasión su tita no le ayudó.

-¿Y? –preguntó ella.

-Esto es bueno para su interés, inspectora –le entregó una sonrisa maliciosa-. ¿Y si el sobrino despechado mató a la tita y la mujer? ¿Y si hay un testamento donde le dejan todos los bienes a él?

-¿Sabe dónde está? –le preguntó con fastidio por haber averiguado aquel eslabón de la cadena.

-No…

-¡No! –alzó la voz con el ceño fruncido.

-No, inspectora, ¿le parece poco todo lo que he averiguado?

-Podría estar relacionado con el crimen… ¡búsquenlo! ¿Por qué la filipina no nos dijo que tenía un sobrino? ¡Llámala Martín! ¡Qué te lo cuente todo!

-Sí, inspectora.

-Y usted Tur, averigüe quien es el abogado o abogada de la familia, sería vital ver ese testamento, tendríamos un sospechoso y un móvil.

A Maca parecía que saber de un miembro cercano a la familia de Elena le había dado la energía suficiente como para dar pasos hacia la libertad de Esther.

-¡Ya sabía yo que le iba a excitar saberlo! –dijo feliz Tur mientras al mismo tiempo se subía los pantalones satisfecho.
Durante unos minutos, esperaron a que Martín pudiera hablar con la mujer, al volver a su lugar vio a Maca en su ordenador tecleando obsesivamente, mientras entre sus dientes sujetaba un bolígrafo Bic azul.

-¿Tienes algo, inspectora?

-Según he podido ver, no vive en Madrid –dijo con cierta decepción.

-¿Has averiguado algo con la filipina?

-A parte de despertarla y darle un susto de muerte, dice que ella no lo ha visto nunca, ni siquiera ha escuchado hablar de él.
Maca se quedó pensativa, Martín también y Tur frunció el ceño.

-Según esto vive en Vinaroz, le han puesto una multa por velocidad y otra por no llevar el cinturón de seguridad. Habrá que llamarle para que venga a testificar. ¿Qué dicen las llamadas, Martín? –Maca sintió una decepción punzante.

-A ver –cogió la Tablet y comenzó a escribir en un lateral de la pizarra, primero los dos números de teléfono por separado para ir sacando líneas-. Estos son los números de Luisa y Elena, como veis hay diferentes llamadas entre ellas, después desde el móvil de Luisa hay varias llamadas, varias a la peluquería, otra a la central de alarmas, varias, concretamente, doce a su amiga la que viene en avión. Por parte de Luisa, hay una llamada a una floristería, dos a Leroy Merlin y… -frunció el ceño.

-¿Qué? –le preguntó Tur.

-Hay quince llamadas a este número –lo subrayó-… un teléfono prepago, han tratado de localizarlo pero… imposible, claro.

-Ese número es la clave –apuntó Tur.

-Es decir, no tenemos nada. ¿Los ordenadores… los teléfonos?

-Por lo que me dicen, en el ordenador y Tablet de Elena, todo lo que se encuentra son correos principalmente, cruzados con su gestor y abogado. También era una asidua compradora en amazon, sobre todo, libros mientras que… -hizo un gesto de asombro para después soltar un silbido-…

-¡Qué poca personalidad tienes, muchacho! ¡Aunque entiendo que quieras parecerte a mí! –dio una carcajada quejosa ante la mirada reprobatoria de Maca-. ¡Qué pasa, inspectora! Es un copión.

-Si esto que pone es cierto, Luisa era una asidua consumidora de sexo. Hay películas, series, libros, tiendas eróticas… -esta vez quien silbó fue Tur-. Y algo extraño, su bandeja de correo electrónico está limpia. Debió hacer limpieza el último día que lo usó.

-Bueno… esto tendría lógica con la descripción que ha hecho Esther de ella… sería la dominante y la que insistió en tener ese encuentro. Quizá todo está borrado por temor a ser descubierta por Elena. ¿Algo más? Porque de lo que hemos encontrado nada es aclaratorio.

-inspectora yo no diría que…

-¡Cállese, Tur!

El teléfono de la inspectora sonó, aquello salvó la nueva trifulca entre los tres. Les hizo una señal para que pusieran atención. Le dio al altavoz.

-Es el abogado de la pareja –les dijo en voz baja-. ¡Buenos días! Está hablando con la inspectora Fernández.

-Buenos días, disculpe si llamo tan pronto pero… es que me acabo de enterar de que han asesinado a mis clientes y… no puedo… no…

-Tranquilo, por favor –le dijo con amabilidad, los tres pudieron percatarse del impacto que estaba sufriendo el hombre.

-Estoy en Suiza… hasta mañana no llego pero… si necesitan algo.

-Si verá… necesitaremos todos aquellos papeles que puedan tener algún significado como para que las hayan podido asesinar, dinero, testamento, negocios…

-Claro, claro… ¡no me lo puedo creer! –seguía con su tono asombrado.

-Lo necesitaríamos a la mayor brevedad, si fuera incluso, posible, que nos lo enviara de algún modo para que comencemos a trabajar sobre otras vías. También podemos conseguir una orden y enviarla por fax a su despacho

-No, no, no hace falta…

-¿Conoce usted a alguien que quisiera asesinarlas?

-Por supuesto que no… eran muy buena gente no tenían enemigos… no… no… ¡claro qué no!

-¿Le habían dicho algo alguna referencia o temor sobre si recibían amenazas?

-¡No, qué va! –seguía tan impactado que sus respuestas rozaban casi la ofensa-. Eran dos mujeres intachables… ¡quién iba a querer matarlas! Lo único que puedo imaginar es que pensaran que tenían dinero en casa… pero les aseguro que no había nadie que quisiera matarlas.

Tras colgar, se les quedó un sabor agridulce. Por un lado, deberían esperar un día al abogado, aunque les había adelantado algo de información, lo que les había dicho dejaba nuevamente a Esther como posible culpable.

Tras anotar en la pizarra algunos de los datos que les habían llegado, sobre todo, el número de teléfono. Hablaron con Claudia para tomar posiciones.

Mientras tanto, en su celda con el ánimo por los suelos se encontraba Esther. Se había quedado dormida gracias a la inyección que le habían puesto, pero la noche había sido un infierno repleto de pesadillas. Luisa y Elena, Elena y Luisa aparecían una y otra vez como un sueño recurrente. Abrió los ojos con la sensación de pesadez, de agobio y mal sabor de boca. Se incorporó con cuidado, tapándose la cara con la mano, por un instante quiso creer que todo era una pesadilla… pero la voz de Tur le hizo darse cuenta que lejos de desaparecer se incrementaba.

-Póngase en pie –le ordenó con desgana desde la puerta. El ruido del metal deslizándose provocó en Esther un temblor desmedido-. Nos vamos –Esther le obedeció pero su gesto la delató-. Vaya… vaya… pensaba que iba a ir de la manita de la inspectora ¿verdad? Dese la vuelta, voy a colocarle las esposas… Sí es una lástima, sí… debe pensar que haciéndole ojitos a la súper Macarena, va a caer en sus redes y le dejará libre ¿no es cierto? –le preguntó con tono ácido, tras su gesto el detective soltó una carcajada enorme y le dijo con una sonrisa cínica marcada profundamente en su boca-. ¡Yo le pagaré un servicio en la cárcel! Porque a mí, no me engaña. ¡Arreando!

Esther sintió que las piernas le fallaban, no lo podía negar, esperaba que a su lado fuera Maca. Salió hasta un pasillo acompañada por dos policías y Tur, recordaba que la inspectora le había dicho que iba a ayudarla para que no saliera en la televisión, sin embargo, no estaba. Quizás estaba confiando demasiado en ella. ¡Y el impresentable ese que caminaba por delante! Parecía haberle descubierto. Pero había sido un instante nada más, tenía un problema muy grave como para centrarse en Maca, debía centrarse en qué decir, como explicarlo para poder convencer a todos. Llegó al garaje y un coche camuflado le estaba esperando, era un Renault Megan.

-La inspectora ha dicho que se ponga esto –Martín sacó una rebeca con capucha del coche y ayudó a Esther a ponérsela-. Pase.

Pareció como si aquel gesto, le inyectara ánimo, Maca había cumplido su palabra. Cerró los ojos tratando de ordenar sus ideas, iban llegando unas tras otra atropelladamente. Llevar a su lado al detective Tur, no le ayudó a tranquilizarse. Su mirada acusatoria y su sonrisa maliciosa provocaban en ella una intensa zozobra. El camino se le hizo eterno, parecía que el coche iba desplazándose lentamente para alterarla. Al llegar a las calles que recorrió una vez salió de aquella casa, un nudo se le puso en el estómago, los nervios y la angustia comenzaron a palpitar en su interior. Reconoció la calle en donde estaba situada la casa, horrorizada vio cómo habían medios de comunicación, cámaras y en cuanto el coche se detuvo sus ojos se abrieron de espanto, una nube de cámaras, micrófonos y gente se conglomeraron en la puerta por donde debía salir. Trató como si fuera una tortuga de echar el cuello hacia detrás para ocultar el rostro bajo la capucha, los latidos del corazón se dispararon tan rápidos como los flashes de las cámaras que trataban de sacar su rostro. No supo muy bien cómo, pero unas manos la sacaron del coche y protegieron hasta llegar a la puerta de la casa que esperaba abierta. Durante el trayecto los gritos de los periodistas lograron marearla. Tras entrar escuchó el sonido de la puerta cerrarse y pudo respirar tranquila.

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