UN TRÍO DE MUERTE. CAP 9

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-Bueno… pues nada… ya estamos aquí, señora García… ¿o mejor la llamo Esther?

-Como quiera –su voz sonó grave y cargada de malestar.

-Bien… empecemos… mi compañero Martín hará de Luisa, usted diga paso a paso todos sus movimientos, aquí nuestra compañera irá tomando nota de todo cuanto dice.

Esther miró a su alrededor, allí todos la miraba fijamente y percibía que la habían dictaminado culpable.

-De acuerdo –se notaba por su rostro que estaba nerviosa.

-Cuando quiera.

-¿No me quita las esposas?

-No. Empiece.

-Ella se puso ahí delante del cuadro de la alarma, yo me giré para no importunarla…

-Haga… haga… los movimientos –le invitó Tur.

-Me giré así… así –se dio la vuelta quedando de espaldas ante el movimiento que

Martín hizo como si pusiera el número secreto-. Ella me dijo ¡vamos!

-¡Vamos! –dijo Martín.

-Vale… entonces… se metió por ahí –señaló la cocina, Martín seguía sus indicaciones-. Ella iba delante, subimos por esa… esa escalera… una vez aquí arriba pasamos directamente hasta la habitación.

-¿Le dijo algo?

-No, nada, ella iba caminando delante, yo detrás.

Martín se metió en la habitación siguiendo sus indicaciones, al entrar ella y ver las sábanas llenas de sangre se quedó paralizada, sus ojos se abrieron como platos.

-¡Ah no recordaba la escena! ¡Lo está haciendo muy bien! –le gruñó Tur-. Lástima que el teatro no funcione con nosotros… Siga.

-En el sofá estaba Elena, las copas que hay sobre la mesa.. bueno.. se quedó todo así –se le hizo un nudo en la garganta al ver que la habitación estaba tal como recordaba-. Yo me senté en medio tal y como me dijo Luisa.

-¿Del sofá fueron a la cama?

-No, Luisa se metió en el vestidor –lo señaló con su dedo índice tembloroso-. Abrió un armario y me llamó.

-Martín, por favor –le invitó Tur.

-Aquí no hay ningún armario, nada más ropa colgada –dijo Martín desde dentro mientras Tur invitaba a Esther a acercarse.

-Estaba ahí –señaló la pared derecha donde no había rastro de nada.

-¿Está segura? –le preguntó Martín.

-Sí, sí… ahí tenía un montón de juguetes de todo tipo y… ¡estaba ahí! ¡No me lo invento! –elevó la voz nerviosa.

-Tranquilícese… -Tur sacó unos guantes del bolsillo de la chaqueta y se los puso tanteando la pared ante la mirada intranquila de Esther-. Aquí no hay nada.

La mirada reprobatoria del detective la traspasó.

-¡No estoy loca! –le dijo…

-Pues aquí no hay nada ¡o no lo ve!

-Déjame a mí… -Martín enfocó con su linterna toda la pared, pasaba los dedos suavemente como si buscara algo que pudiera activar que la pared se abriera. Dio unos golpes y, efectivamente, en algunas zonas sonaba diferente-. Qué raro…

-Está ahí… está ahí –insistió Esther.

De repente, Martín notó algo extraño en el interruptor de la luz, algo llamó su atención, con cuidado lo apretó pero se apagó la luz ante el bufido de Tur, volvió a darle, pero al tocar, se dio cuenta que en el lateral había una especie de saliente, le dio y ante ellos la pared se deslizó dejando a la vista un sinfín de juguetes sexuales que provocaron en ambos un silbido y un gesto de alucine a la secretaría que tomaba apuntes.

-¡Madre mía! –susurró Martín.

-Habrá que tomar fotografías y… ¿usaron algo? –preguntó mirando a Esther.

-Sí, me dijo que eligiera lo que yo quisiera… -ambos la miraron expectantes-. Elegí ese vibrador rosa, ella, además, cogió el arnés lila.

-¡Vamos que se lo pasaron de muerte! –soltó una carcajada que asqueó a Esther-. Nos lo llevamos…

-Siga.

-Salí y Luisa me llevó hasta Elena, y empezamos a besarnos. Aquí donde estamos… después pasamos a la cama… Luisa se levantó una vez se sentó en el sillón ese –señaló un sillón aterciopelado azul-, desde ahí iba diciendo que hacerle a su mujer, estuvimos un buen rato así. Después volvió a la cama y comenzó su festín. Cuando vi que era mi hora, las diez, me levanté. Elena estaba dormida, Luisa despierta acariciándome. Me metí en el cuarto de baño, me lavé, me cambié de ropa y al salir, Luisa se había cubierto con una bata, bajamos las escaleras… -tragó saliva-. Se detuvo frente a la alarma, la quitó, me metió la lengua en la boca y quedó que me volvería a llamar. Me fui y no sé nada más.

-De acuerdo, Esther –oyó la voz de Maca tras de ella, tragó saliva sintiéndose nuevamente protegida-. Recuerdas que haya algo fuera de su lugar… diferente de donde lo dejaste.

Ambas se miraron como si encontrarse fuera un alivio.

-No –negó con la cabeza.

-¿En algún momento viste la pistola?

-No –volvió a negar con los ojos repletos de lágrimas.

-Durante el rato que estuviste con Elena, ¿ella siguió tus juegos?
Esther se quedó durante unos segundos pensativa, frunció el ceño y tras carraspear habló.

-Sí, la verdad que ya les dije que me sorprendió, al principio parecía que no quería… sin embargo después…

-Entre ellas, ¿hubo algún cruce de reproche o enfado?

-No –se pasó la lengua por los labios en actitud nerviosa.

-¿Dónde te pagó? -siguió preguntando Maca.

-Tenía el dinero en la cocina, en una especie de cartera.

-¿Viste en algún momento que manipulara una caja fuerte?

-No, no se movió de la cama más que dos veces, como he dicho antes, para observarnos y para acompañarme. Ni vi caja fuerte ni siquiera la pistola. Lo juro, inspectora –la miró fijamente a los ojos.

-Debería ver eso, inspectora –le hizo una señal Tur con sus cejas en dirección al armario-. Se va a divertir.

-De acuerdo, vuelvan a hacer el camino que Luisa y Esther hicieron para marcharse

Maca se quedó en la habitación, durante todo el tiempo de la declaración, estuvo pendiente de las palabras de la prostituta, de su actitud y sus movimientos. Sabía que había una prueba que era el número de teléfono que podría ser vital para incriminarla o, por el contrario,quedar absuelta. El resto… todo le acusaba. Durante el reconocimiento les había dejado claro una cosa, esa casa estaba construida con grandes medidas de seguridad, por lo tanto, la caja fuerte podía estar en cualquier lugar de la habitación que quizá Esther sí sabía y estaba segura que no la encontrarían.

-¿Dónde cojones estará?

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