UN TRÍO DE MUERTE. CAP 10

PhotoGrid_1423083110409Al llegar a la comisaria, Esther volvió a la celda, Martín y Tur comenzaron con sus anotaciones, a los tres les había llamado la atención el tema de la seguridad. Cuando llegó Maca, fue directamente a su mesa de trabajo, se quitó la cazadora colgándola en el perchero. Claudia salía en ese momento de su despacho hacia Maca.

-¡Hola, Claudia! –la saludó con una media sonrisa.

-Tienes a Teresa en la sala esperándote, le he servido una botella de agua y ya ha tocado el vaso.

Claudia no pudo evitar una sonrisa orgullosa.

-Gracias, a ver que sale de esto porque… estamos cada vez más desorientados. Esa casa era un fortín, pero al mismo tiempo, daba la posibilidad de caminar por una parte de ella sin que sonara la alarma.

-¿Ni rastro de la caja fuerte, no es así? –Claudia mantenía en su mano las gafas negras para su vista cansada.

-Sí… pero si tenía un arsenal de juguetes sexuales escondidos en la pared… ni me imagino que habrán hecho para esconder la caja fuerte.

-Toma… estos son los datos que Teresa te omitió.

-De acuerdo Martín, voy a ver.

-¿Cómo lo ven detectives? –les preguntó al ver marchar a Maca.

-Para mí está muy claro, Esther anotó mentalmente el número de alarma, las mató, robó y volvió a poner la alarma consiguiendo con eso que nos volvamos locos.

-¿Martín?

-La verdad que es un rompecabezas, todo apunta a ella, pero en la pistola no hay ni una sola huella que no sea la de Elena.

-A ver que sucede con Teresa… si aporta algo. Porque la amiga ha llamado diciendo que el vuelo ha tenido que hacer una escala y se va a retrasar.

El gesto de ambos al escuchar la noticia fue de malestar.

-Esther va a tener la posibilidad de un abogado y… ya sabemos…

-¡Déjamela a mí! Conmigo acabará confesando -el tono de Tur era cansado pero dispuesto a todo.

En la sala, Teresa estaba, tranquilamente, esperando la llegada de aquella Inspectora. Agradecía que fuera una mujer quien la interrogara, siempre podía interpelar al corazón. Aunque si algo le había quedado claro, era la seriedad y profesionalidad que emanaba. Además, era muy guapa. Por un segundo pensó que tenerla en su equipo de trabajo le reportaría muchos beneficios, era la clásica mujer que atraía a otras como lobas. El sonido de la puerta interrumpió sus pensamientos, allí estaba ella, sí… sin duda el pensamiento era correcto.

-Buenos días, Teresa.

-Buenos días, inspectora –le inclinó levemente la cabeza-. ¿Cómo va la investigación?

-Lenta…

-¿Ya han encontrado al asesino o asesina?

-No, y si ustedes se empeñan en ponerme trabas, más complicado todavía –la miró con esos ojos echando fuego-. No me dijo que tiene una cuenta en Suiza.

-Bueno… no le vi relevante.

-¡No lo vio relevante! –Maca elevó un poco la voz y dio un respingo de incredulidad.

-Es mi dinero… no tiene nada que ver con este caso porque yo no tengo ninguna implicación en él. ¡Tampoco Leire! Ya vi de qué manera la utilizó primero y después –Teresa clavó su mirada gélida en los ojos de Maca que reflejaron un ligero temblor-. Se está equivocando, inspectora, no tengo nada que ver en este caso, la tal Luisa contactó conmigo, les envié a Esther, después aparecieron ustedes con la noticia del asesinato de las dos mujeres. Vinieron a mi casa, he colaborado con ustedes, les he dado nombres, lugares, he vuelto a venir hoy, ¿qué relevancia puede tener mi dinero con este caso? ¿Creen que Esther las asesinó y me entregó el dinero? ¡Adelante! Me voy a esperar aquí tranquilita para que analice mi cuenta… solo tengo esa y es el dinero que me dejó un buen hombre para que no sufriera el día de mañana. No verá movimiento alguno, pregunte a mis vecinas… la noche que asesinaron a esas pobres desgraciadas, ¡estaba en mi casa! Mi vecina del quinto vino a las diez y media porque su marido le había pegado, ¡tampoco le he contado esto porque me pareció irrelevante! Esther no pasó por mi casa en ningún momento, porque siempre es al día siguiente del trabajo cuando aporta mi tanto por cien. Cuando tienes que ejercer la prostitución a la fuerza porque no hay más narices, cuando acabas un servicio, quieres desaparecer, lavarte quitar todo rastro y rezas para que un mal rayo te parta. Vamos… busque que la espero… busque… mire mi cuenta…

Maca cerró la carpeta de un golpe, aquella mujer le acababa de dejar en evidencia. El gesto duro, la voz firme pero, sobre todo, su mirada repleta de ira, le provocó una mueca como si tras todo aquel torrente de palabras le hubieran convencido. Se levantó y salió hasta la mesa donde sus compañeros la esperaban, por su gesto sabían que no había sido una interrogatorio fácil.

-¿Qué? –preguntó Tur.

-Esta mujer me provoca una sensación de poder…

-¿Quiere que la interrogue yo? –le preguntó el detective.

-No… deje… que se vaya, tenemos su ADN, no hay ninguna prueba de que haya participado… ¡coño, necesitamos algo ya! ¡Algo!

Martín fue hasta la sala de interrogatorios, avisó a Teresa que se podía marchar, la mujer sonrió de lado y se levantó, cuando se disponía a marcharse se cruzó por su camino el doctor Rubio quien al verla se detuvo en seco.

-¿Teresa?

-¡Ruperto! –exclamó con alegría la mujer.

-¡Cuánto tiempo sin verte! –se dieron dos besos ante la mirada atenta y sorprendida de los demás-. ¿Qué es de tu vida?

-Bien, tranquila –sonrió amablemente-. ¿Tu mujer, qué tal?

-Muy bien… oye… ¡deberíamos quedar un día! –los tres abrieron los ojos como platos-. Se alegrará mucho de volverte a ver.

-De acuerdo, ¿ves la chica tan mona de allí? –señaló a Maca-. Pues tiene mi teléfono.

Al despedirse, el médico se acercó hasta ellos con la mirada algo turbia, pensativo.

-¿De qué conoces a la madame? –preguntó Tur.

-Fuimos vecinos durante veinte años, después nos mudamos y, poco a poco, perdimos el contacto.

-¡Ah! –respiró bajando el labio superior que había formado una expresión de repulsa.

-¿Ella es Teresa, la Teresa que tengo que analizar el ADN? –los miró sorprendido.

-Sí, la madame de Esther. La que no ha considerado que sea relevante decirnos quetiene dinero en Suiza.

-¡Quitaros de la cabeza que tenga algo que ver con el caso! ¡Es imposible!

-¿Tan bien la conoces? –le preguntó Maca con el ceño fruncido.

-Sí, doy fe de su buen corazón –respondió con total firmeza.

-Analiza el ADN por si acaso, al menos, podríamos saber si Esther es su hija.

-¿Su hija? –la miró esta vez con el ceño fruncido.

-Sí, ¿no lo sabías? Tuvo una hija o hijo y se lo robaron… Quizá no la conozcas tan bien… Ruperto.

-¡Tienen que ver esto! ¡Vengan! – el cerebrito encargado de localizar todo aquello que fuera imposible salió de su despacho con urgencia-. ¡Creo que tengo algo!

Los cuatro, incluido el doctor, acudieron al despacho de aquel chico con aire de intelectual que tenía todo repleto de ordenadores, pantallas, aparatos que ninguno entendía pero que sabían les salvaba en muchas ocasiones. Todos se pusieron frente a la pantalla de 42 pulgadas. Roberto dio a una tecla y todos observaron cómo aparecía Esther cruzando por delante de una joyería. Entonces el muchacho con el dedo índice les hizo fijarse en un detalle… la hora…

-¡Nos ha mentido! –dijo sin sorprenderse Tur-. ¡Aún la va a defender, inspectora!

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