UN TRÍO DE MUERTE. CAP. 13

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Por un momento el corazón de Maca se quedó paralizado. Tanto Claudia como Ruperto la miraron preocupados, el impacto de aquella noticia fue brutal. Cuando reaccionó soltó el aire entrecortado de sus pulmones.

-Sé que es una noticia inesperada… -murmuró Claudia con delicadeza

-¿Es mi madre? –repitió Maca, sin mirarles más por autoconvencerse que por otra cosa.

-Maca, no hay duda que lo es… eres uno de esos bebés robados.

Claudia se lo dijo, suavemente, podía entender que en un segundo su mundo se había derrumbado como un castillo de naipes.

-Lo siento, Maca, pero esto cambia las cosas…

-¿Qué quieres decir? –la miró con los labios entreabiertos.

-Si sigo las normas, debería separarte del caso. Tienes implicado un familiar.

-¡No me jodas, Claudia, no me jodas!

Mientras tanto fuera, los detectives no perdían detalle de la escena. Por sus movimientos corporales podían entender que allí dentro estaba ocurriendo algo serio.

-¡Joder Tur… la has jodido!

-¡Vamos, Martín! No ves que la inspectora está totalmente atraída por esa mujer… no me extrañaría que haya utilizado sus servicios y por esa razón la quiere defender.

-¡Tur estás enfermo, tío! –negó con la cabeza girándola hacia la derecha podía captar el malestar de Maca-. ¿Sabes una cosa? Cuanto más descubrimos de este asesinato más de acuerdo estoy con la inspectora ¡y, no, no he disfrutado de sus servicios!

-¡Eres un pelota baboso!

-¡Y tú un detective resentido y amargado que no soporta que una mujer le dé una orden!

En el despacho se mantenía la tensión. Maca no sabía muy bien cómo encajar el golpe, porque había sido un golpe, en un instante le vino a la cabeza aquella pregunta que se había hecho mil veces sobre su madre ¿cómo podía actuar con ella de la manera que lo hacía? Ahora ya sabía la respuesta.

-Maca… esto es algo inesperado, entiendo que te haya trastocado pero estás al frente de una investigación complicada, no me gustaría que te afectara en el apartado laboral. Si te ves capaz de llevar adelante el caso, ni el doctor ni yo diremos nada sobre lo que ha ocurrido con Teresa.

-Gracias –dijo débilmente.

-Pero a Teresa sí habrá que decírselo, Maca –apuntó Ruperto.

-Si lo quieres hacer tú… yo no quiero saber nada de esto.

-De acuerdo, es pronto. Una vez lo asimiles lo veras de otro modo. Teresa es una mujer excepcional.

-¿Qué vas a hacer con tus compañeros? Me da cierto miedo, Tur.

-Tendrán que saberlo.

Al abrir la puerta el movimiento de sus compañeros le hizo entender que habían estado pendientes de lo que ocurría allí dentro. No le apetecía contarlo ni siquiera había sido capaz de asimilarlo pero quería hacerlo, sabía que podía darle al detective Tur la oportunidad de atacarle, pero siempre fue sincera con ellos, no veía por qué no lo iba a ser en ese momento. Los llamó para que la acompañaran al que era su despacho pero nunca utilizaba porque le gustaba trabajar rodeada de gente, ambos se miraron preocupados sabía que se debía tratar de algo grave para estar allí los tres.

-Bueno… sé que lo que les voy a decir es tan increíble que no lo van a creer, pero es algo que puede apartarme de este caso y quiero que lo sepan. La hija de Teresa Montoro, no es Esther, soy yo.

Los dos se quedaron totalmente perplejos observándola.

-Claudia me ha propuesto apartarme del caso pero… francamente, no lo considero ni justo ni oportuno, ya no solo por lo complicado del tema sino, porque no tengo ningún sentimiento afectivo hacia esta mujer. Ahora bien, si alguno lo quiere utilizar en mi contra, que sepa que puede hacerlo.

-Inspectora, puedo ser un cabrón… pero no un hijo de puta – Tur se defendió.

-Lo sé…

-Esto no cambia nada, el caso es complicado y la necesitamos al mando.

-De acuerdo –no pudo sonreír pero les hizo una mueca de gratitud que los dos entendieron-. ¡Pues ahora a trabajar!

Al salir uno de los policías le entregó un sobre grande al detective Tur. Lo abrió y se dispuso a leer mientras Maca y Martin lo observaban. Maca trataba de concentrarse en su entorno pero la imagen de Teresa le llegaba una y otra vez a la cabeza.

-Bueno… empezamos… según el testamento de Elena y Luisa el sobrino tenía razón, no está incluido en él. En caso de muerte de las dos, el 50% de sus bienes irán a parar a su amiga, la que viene más que con avión parece con bicicleta… el otro 50% lo destina a causas benéficas.

-Eso excluiría a su sobrino, no gana nada con sus muertes.

-Él estaba convencido ¿eh? –lo miró Tur por encima de sus gafas.

-No nos sirve –dijo Maca mirando la pizarra.

-Yo diría que podríamos rebajar la posibilidad del sobrino.

-Aquí tengo las imágenes del sobrino de las víctimas, la gasolinera y la marca del coche coincide –apareció Roberto con las fotografías y los demás datos-. He mirado su movimiento de tarjeta, la última vez que la utilizó fue a las 13:30 en una cafetería. Después, a las 00:45 en la gasolinera.

-¿Cerca de donde vivían ellas?

-No… es más, estaba en Alcorcón.

-Bien… ¿desde esa hora hasta la hora que pasa por la gasolinera dónde estuvo? –preguntó Maca en voz alta escribiendo en la pizarra las horas que estaban vacías-. ¡Y otra cosa!, revisa las cintas del centro comercial La Gavia ha dicho que estuvo la semana pasada y que su encuentro con Luisa fue fortuito.

-Será cuestión de traerlo de nuevo.

-Inspectora –se acercó hasta ellos una policía. Maca la miró fijamente-. La detenida ha pedido hablar con usted a solas.

Sacaron a Esther de la celda y la volvieron a llevar a la sala de interrogatorios. Esperó durante unos instantes, a ella le parecieron eternos pero realmente, tan solo pasaron cinco minutos hasta que entró Maca. Al verla, Esther, carraspeó. Maca se sentó delante de ella la miraba fijamente, hizo bien visible el movimiento con el que desconectaba el micrófono de la sala, gesto que Esther agradeció.

-Estamos solas… tú dirás.

-Por favor, inspectora, no sé cómo puedo hacerles ver que yo no mate a la pareja, se lo juro por lo que más quiero, mi madre.

-De momento, todas las pruebas indican lo contrario. No puedo conformarme con un juramento.

-Inspectora… por favor…

Esther se olvidó de sus esposas con un gesto rápido cogió las manos de Maca que no se esperaba el movimiento. Por un segundo cuando las pieles se rozaron notaron como si un rayo les traspasara la espina dorsal. Maca dio un pequeño respingo, Esther la desafió con la mirada. Maca separó sus manos lentamente.

-Mi madre no puede enterarse que soy prostituta.

-Lo siento, Esther, pero de momento no puedo hacer más de lo que he hecho, he valorado tu esfuerzo por colaborar no dando tu nombre a la prensa, pero… no me queda tiempo.

-Yo no las mate…

-No me aportas nada nuevo –susurró sus palabras como si le doliera pronunciarlas.

-Es que no sé cómo defenderme.

-Esther… ¿crees que podría haber alguien más en la casa? –Esther la miró con los ojos repletos de lágrimas, negó con la cabeza mientras elevaba los hombros-. Piénsalo bien por favor… ¿oíste algún ruido?

-No… ni vi a nadie –se derrumbó sobre la mesa llorando.

-¿Alguna vez antes de vuestro encuentro, tuviste algo con Luisa?

-No… no la conocía, ni a ella ni a Elena, ya se lo he dicho mil veces.

-¿No te llamó nunca?

-No, nunca… yo no soy como Leire… no traicionaría a Teresa… ¡jamás! Es una buena persona que no se merece algo así.

Hasta que Esther la mencionó, había logrado sacarla de su mente. Suspiró con fuerza tratando de volver a retomar el interrogatorio, Esther parecía se había derrumbado y ese era el momento idóneo para sacar una confesión.

-Tenemos un número al que Luisa llamó en repetidas ocasiones los últimos días. ¿Sabes algo de eso?

-No… yo nada más tengo un móvil.

-¿Y Leire? Ella tiene dos… ¿podría conocerla?

-Claro que podría, pero Leire no mataría ni a una mosca.

-¿Y si te utilizó de anzuelo?

-No… no lo creo.

-¿En algún momento alguna de las dos hizo referencia a otra persona?, ¿nombraron a otra persona que pudiera haberles enlazado contigo?

-No… -negó moviendo la cabeza contundentemente.

-Esther… no tengo nada que te exculpe.

-Por favor, inspectora… tiene mi palabra.

-Lo siento, tu palabra no me sirve, necesito pruebas… hechos.

-No… no… por favor… no… -decía llorando-. ¡Ayúdame, por favor!

-Es lo que estoy tratando de hacer.

Salió con el corazón en un puño, se apoyó en la pared cerrando los ojos, ¿qué le pasaba? ¿Qué seguía sucediéndole con esa mujer? A pesar de estar segura que Esther era inocente, no había ni una sola prueba que lo pudiera constatar. Tan solo la duda del sobrino, demasiadas horas sin justificar, además, eran las horas claves, las del asesinato.

-¡Inspectora parece que todo nos llega al mismo tiempo! –le dijo Martín-. Hemos localizado una llamada del sobrino de Luisa desde su móvil a las 22:40 en una zona muy lejos de donde se encuentra la casa.

-Vale –cerró los ojos con cierta desesperación.

-¿Sabemos a quién llamó?

-Si a un número de Vinaroz….

-¿Dónde estaba localizado?

-En un piso, por lo que hemos averiguado en el mismo lugar donde está ahora.

-De acuerdo, hazme un favor, ve a la sala y enséñale a Esther la fotografía a ver si por una de aquellas lo conoce.

-Sí, inspectora.

-Después ve y con mucho tacto pregunta a los vecinos si lo vieron.

-De acuerdo.

-Voy a revisar el piso de Esther, Tur, necesito que busque en esos papeles algo que pueda relacionar a alguien en ese testamento.

-Es lo que estoy haciendo pero no encuentro nada…

-En una hora estoy aquí, si viniera la amiga, no empiecen el interrogatorio hasta que este yo aquí.

-Como usted diga.

Cuando iba a salir por la puerta se cruzó con Teresa y una señora rubia y bajita, por la expresión que reflejaba su rostro adivinó que sería la madre de Esther. Al cruzar su mirada con la que desde hacía unos minutos era su madre, notó como el pulso se alteró. La miró con una mezcla de emociones que la agobiaron de tal manera que pasó de largo sin decir nada, ni siquiera cuando Teresa la llamó se giró.

Subió a la moto, aceleró todo cuanto fue capaz como si así pudiera huir sin volver la vista atrás. A mitad camino necesitó abrir la visera del casco para que se le secaran las lágrimas. Era inspectora de policía, había trabajado mucho con sus emociones para controlarlas para no dejarse llevar en determinados momentos de su profesión, sin embargo, no sabía cómo controlar aquel mar de dudas que era su nueva situación. Agradeció llegar a la finca donde Esther vivía, tal y como le habían dicho, su aspecto era humilde, en un barrio humilde. En la puerta del portal habían dos señoras, se aproximó a ellas y enseñó disimuladamente su placa. Las mujeres se callaron al instante.

-Viene usted por Esther, ¿verdad? –Maca asintió con la expresión de poli duro marcada en su rostro-. Pues qué quiere que le diga… no la veo capaz.

-Angelita… tampoco pensábamos que pudiera ser lo que era –dijo la otra vecina cruzando los brazos sobre su pecho en actitud molesta.

-Ya… mujer… pero de puta a asesina va mucho.

-Pues mira yo no la hacía puta, tiene una sonrisa de ángel… que ahora entiendo es más de demonia.

-¡Mira que te gusta hacer sangre de la gente!

-Disculpen que me entrometerme en tan rica discusión pero… ¿alguna vez vieron a Esther acompañada de algún hombre?

-No… yo no… siempre sola.

-Ahora que lo pienso, yo tampoco, hombres no ¡pero oiga si era puta de mujeres cómo va a ir con hombres! No… no… aquí no traía ni carne ni pescao.

Maca agradeció la colaboración de aquellas dos mujeres que siguieron discutiendo sobre la inocencia o culpabilidad de Esther. Subió hasta su casa que aún seguía precintada por la policía. Tur le había entregado la llave, así que, le fue fácil romper el precinto y entrar. Al cerrar la puerta tras ella le vinieron a la cabeza las palabras de su detective, efectivamente, si era inocente iba a costarle un buen pico el arreglo de aquella casa destrozada. Se quedó en el comedor mirando a su alrededor mientras se ponía los guantes. Todo allí era humilde, un sofá de dos plazas, una televisión pequeña, una mesa de madera que estaba coja, no tenía cortinas y, un mueble de madera oscura y viejo, hacía de estantería para unos cuantos libros. Todos relacionados a su profesión de enfermera. Después pasó al cuarto de baño, buscó algo que pudiera darle una pista, a veces, solía pasar en algún caso, que uno del equipo de investigación solos, con tiempo y dedicación encontraba algo tanto para inculpar como para exculpar al detenido. Allí no había nada extraño, productos de limpieza de cutis, una bolsa con pinturas, sombras de ojos, lápiz negro para dibujar la raya del ojo, maquillaje y colorete, pinta labios. Una caja de tampones, un cepillo de dientes eléctrico, la pasta y el colutorio. En la ducha jabón y loción corporal de coco. De repente se imaginó allí a Esther desnuda con la espuma resbalando por su piel, el agua por sus pechos, sus muslos…

-Joder…

Sacudió la cabeza con fuerza.

-Céntrate, estás trabajando.

Tras la orden que se dio a sí misma siguió con la inspección ocular. Entró en la habitación, allí habían repartido la ropa por encima de la cama, los armarios estaban vacíos, los cajones en el suelo. Y no encontraron nada. Aquella habitación era pequeña con una ventana que tampoco tenía cortina, la persiana estaba rota y apenas tenía una mesita de noche. Allí encontró novelas que tenían aspecto de haber sido compradas en un mercadito de segunda mano. Echo un vistazo, El Médico de Gordon, Un Grito en la Noche y Mentiras de Sangre de Mary Hinggis Clark.

-Vaya… te gustan novelas policiacas y de misterio… interesante.

Resopló, aquello no probaba nada. Siguió mirando por encima de toda aquella ropa, sus ojos se encontraron con una pieza que no resolvería el crimen, ni siquiera sería una pista para encontrar algo importante, más bien, Maca se sintió de repente como una fetiche, allí sobre un motón de pantalones, camisas y camisetas había un tanga negro de encaje. Sus ojos no podían separarse de él. Quizás era una pista para localizar en su interior el fuerte deseo que despertaba en ella Esther. Algo inaudito, ninguna mujer que con anterioridad había aparecido en su vida, le había causado el deseo más primitivo de la manera que lo había hecho Esther. Cogió el tanga como si fuera el trofeo más preciado de su existencia, su respiración se vio alterada, se mordió el labio inferior podía sentir todavía el escalofrío que había causado el roce de sus manos en su piel. Cerró los ojos apretando entre sus dedos la pieza. Dio un salto que a punto estuvo de echar volando el tanga, su móvil comenzó a sonar.

-Inspectora, Fernández…

-Soy Tur, ¿le queda mucho, inspectora?

-No, ¿por?

-La amiga está en el aeropuerto, acaba de aterrizar.

-De acuerdo.

-¿Ha encontrado lo que buscaba? –preguntó con seriedad.

-Eh… no… todavía no, acabo de entrar he estado interrogando a algunas vecinas –su voz sonó temblorosa. La delató-. Doy un vistazo y estoy allí.

-Otra cosa… no sé muy bien cómo decirle esto pero… Teresa… está aquí.

Ante el silencio de Maca, Tur poco dado a la delicadez insistió.

-Creo que debe saber que es su madre y está aquí, dice que hasta que no venga usted no se va. La acompaña la madre de Esther.

-De acuerdo…

-La capitana Castilla está hablando con ellas. Pero me da que su objetivo es usted.

-Gracias, Tur, muy amable.

Colgó el teléfono mientras cerraba los ojos y apretaba los dientes con furia. Se guardó bien el tanga de Esther y salió hasta la cocina era el único lugar donde no había mirado. La bolsa que era su objetivo no había dado señales de vida, sin embargo, al entrar allí estaba casi como esperando que llegara.

-Junto a la lavadora… ¡hombres!

Desdobló la bolsa que se había llevado para introducirla y no contaminar la prueba. Porque dentro no había nada, ni un mísero billete de cinco euros. Abrió la lavadora y encontró algunas prendas, Esther le había dicho que había tirado a la basura la ropa con la que fue al encuentro sexual, allí dentro tan solo había, un pijama, unos calcetines y un vestido.

Al llegar a la comisaria, entregó las pruebas que había cogido para que las analizaran. Antes de entrar a su planta donde sabía estaban esperándola, se dirigió hasta la sala de autopsias, era un lujo contar con ella en aquel edificio. Unos golpes en el cristal hicieron que el doctor Ruperto detuviera el cassette donde estaba grabando los resultados que iba analizando de un cuerpo de mujer que yacía en su mesa de autopsias. Al ver a Maca, hizo un gesto compungido. Sabía el motivo de su visita, se quitó la ropa y los guantes, las gafas y la mascarilla para salir a su encuentro. Maca llevaba un café en la mano y lo esperaba caminando de lado a lado del pasillo.

-Inspectora.

-¿Has hablado con ella? –le abordó sin rodeos.

-Sí.

-Le has dejado claro que no quiero saber nada de esta historia –Maca arrastraba las palabras como si la hubieran herido y se fuera arrastrando por el suelo.

-Maca…

-¿Se lo has dicho? –la mirada encendida de la inspectora abrasó al médico.

-Sí.

-Gracias.

Con las mismas se dio la vuelta y se marchó.

En la mesa de Tur, Martin y él observaban algunos datos que había conseguido el joven detective. Al ver entrar a Maca con el gesto torcido, ambos se miraron.

-¿Qué tenemos? –les preguntó.

-Usted primero, inspectora –le contestó Tur con ironía.

-La bolsa, señor Tur, estaba junto a la lavadora… ¡vamos que hasta un principiante la habría visto! ¿Ustedes?

Tur se revolvió en el sillón, Martín decidió hablar para evitar problemas entre ellos.

-Primero, Esther no ha visto nunca a Julio. Por lo que he podido averiguar, los vecinos recuerdan haberlo visto el día del asesinato. En esa casa vive como dijo un amigo, es más, estaba interrogando a una señora cuando han entrado los dos con bolsas de la compra.

-¿Y?

-Me han invitado, amablemente, a pasar a su casa, he estado hablando con ellos, su coartada está respaldada con su amigo. Él dice que por la mañana estuvo de negocios, almorzó en Alcorcón después de su último cliente, este es el pago que tenemos registrado. Después se fue a casa de su amigo y se pasó allí la tarde descansando para viajar. Se tomó un bocadillo de jamón y tomate restregado. Después un café doble como hace siempre que viene.

Dijo mirando sus notas.

-¿Y su amigo lo confirma?

-Sí, dice que él salió a las ocho a correr y cuando volvió a las nueve y media, Julio estaba allí. Se duchó y se marchó a trabajar sobre las diez de la noche, es vigilante jurado. Julio permanecía allí.

-¿A qué hora está hecha la llamada desde su móvil?

Maca bordeó la mesa y se quedó mirando la pizarra.

-Yo también lo pensé… inspectora. El amigo estaba trabajando. He hecho las averiguaciones con la empresa y, efectivamente, estaba trabajando, había fichado. No es nuestro hombre. También debo decir que colaboró conmigo en todo momento, muy tranquilo y me aseguró que se quedará un par de días más por si necesitamos volver a interrogarlo.

-Táchelo –indicó con decepción.

-¿Tur?

-Estas mujeres lo tenían todo muy bien atado. Nada especial. El sobrino no aparece por ningún sitio. Después no hay nada más. Lo único que me ha llamado la atención, es que quien sí aparece en este testamento es el abogado, en caso de muerte de ambas, le pertenecería un 1% de la venta de varios inmuebles que tienen, puede parecer irrisorio pero, concretamente, un piso en Madrid en el barrio de Salamanca, un apartamento en Tapa de Casariego –dijo dubitativo.

-Es un lugar precioso, mis suegros son de Asturias y ese lugar es una maravilla.

-Y unos locales comerciales en el centro de Madrid –silbó impactado.

-Eso quiere decir que tiene invertido un buen pastón –apuntó Marín.

-¿Tenía coartada?

-Sí, dijo que estaba fuera… lo confirmamos.

-Es decir… que estamos como antes. Julio tiene coartada, el abogado tiene coartada… y la amiga estaba en la otra punta.

-Con lo cual nada más queda una sospechosa que no tiene coartada y estaba con ellas.

-Voy a hablar con Esther, otra vez. Quiero que si viene la amiga la llevéis al despacho, vamos a llevarla a un lugar tranquilo, tenemos mucho que hablar con ella.

-¿Y Teresa y la madre de Esther? –le preguntó Tur.

-¡No tienen nada que hacer aquí! –elevó los hombros-. De todos modos, averiguar bien los movimientos del sobrino, también los del abogado, mirar a ver si tiene algún pago efectivo a alguien, no sé… si pudiera haber pagado a algún sicario. Que Roberto mire bien todas las cuentas y como hace circular el dinero. Se nos escapa algo.

-Está bien… ¡vamos Tur!

-¿Y ahora qué tiene que hablar con la otra?

-Vamos, Tur –insistió Martín con tono cansado.

Nuevamente, en la sala de interrogatorios… Esther estaba flaqueando por primera vez desde que la habían arrestado. Se veía incapaz de controlar sus nervios, sus movimientos, sus palabras… el cansancio no le dejaba pensar con claridad, pero sobre todo, con seguridad.

-Hola Esther –la saludó Maca con cierta calma.

Al sentarse frente a ella recordó su tanga escondido en el maletín de la moto. Sin poderlo evitar se ruborizó.

-He estado en tu casa… hay cierta lectura que he podido constatar te gusta, la policíaca.

-Sí.

-Mira… no lo tienes fácil, nada más falta ir encontrando piezas sueltas que no serían importantes si no fuera por el resultado final.

-Estoy cansada de vuestros juegos… queréis que confiese el crimen… es lo único que os importa.

-No, eso no es cierto, lo que me importa es atrapar a quien quitó la vida a esas dos mujeres. Me ocultaste que llevabas una bolsa grande cuando saliste de aquella casa –Esther la miró con cierto gesto de sorpresa-. ¿Qué llevabas ahí?

-La ropa que me quité.

-¿Estás segura? Están analizando ahora mismo todo cuanto haya podido haber en su interior.

-¡Sabe qué! Quiero un abogado… sé mis derechos y puedo solicitar uno, de oficio, claro. Estoy más que harta, hasta ahora he intentado colaborar, demostrar que soy inocente pero… veo que hasta usted me ha mentido y viene a presionarme para que confiese. ¡No diré nada más!

-De acuerdo. Solo espero no haberme equivocado creyendo en esa palabra que me dio.

Una extraña frialdad apareció entre ellas. Se miraron con ojos gélidos muy lejos de la calidez que, extrañamente, había aparecido en ellas desde un principio.

Salió de la sala como alma que lleva el diablo, pero pronto se detuvo en seco, ante ella Teresa, la madre de Esther y un hombre que, aunque narigudo, tuvo que reconocer bastante atractivo.

-Inspectora –la voz de Teresa sonó diferente.

-Lo siento ya se les ha explicado que no pueden ver a Esther –mostró toda la frialdad que pudo ante la mujer que la miraba con un gesto totalmente entregado.

-Disculpe, inspectora –habló aquel hombre con traje de chaqueta y corbata impoluta-. Soy el abogado de la señora García, mi nombre es Manuel Aimé.

-Muy bien… quería uno de oficio pero… ya veo que no hace falta.

-Por favor… mi hija no ha hecho esa barbaridad de la que la acusan.

-Señora

-Por favor… déjeme verla –le rogó interrumpiéndola con los ojos bañados en lágrimas.

-Ahora que tienen abogado sabrá que no puede verla mientras esté en nuestras diligencias. Una vez vaya al juzgado quizá pueda verla. Y ahora… si me disculpan tengo cosas que hacer.

-Maca.

La voz de Teresa la detuvo en seco.

-Por favor… ¿podemos hablar?

-Lo siento… tengo mucho trabajo.

Teresa vio cómo se marchaba, sus ojos se humedecieron hasta que los cerró y un par de lágrimas cayeron por sus mejillas. Había hablado con su amigo Ruperto, y éste le había pedido tiempo. Maca había tenido una vida muy complicada, iba a ser complicado que de la noche a la mañana aceptara aquella nueva situación.

Sin embargo, Maca había ido directamente al cuarto de baño, había pasado el pestillo y sin saber por qué comenzó a vomitar. Al terminar se lavó la cara con agua fresca, se había recogido el pelo en una coleta. Una vez terminó de echarse agua se miró en el espejo, tenía mala cara, ¿por qué le había afectado tanto la aparición de Teresa? ¿Por qué le había dolido la reacción de Esther?

-Eres gilipollas!

Lo dijo con rabia, pero lo cierto es que desde la llegada de Esther a la comisaría se encontraba con unos nervios desatados en el estómago que no tenían sentido. Nada más le faltaba Teresa. Aquella mirada repleta de amor le había vuelto el estómago del revés. Nunca en toda su vida su madre la había mirado de aquella manera.

-¿Qué me está pasando?

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