UN TRÍO DE MUERTE. CAP. 21

20131104_violencia_de_genero

La noche se había cerrado sobre el cielo de Madrid, la luna había sido devorada por las intensas nubes, y el frío había vuelto a hacer su aparición. Sobre la moto, Maca seguía dándole vueltas al trabajo, sin embargo, la voz de Claudia llegó a ella con total nitidez recordándole que además del trabajo, estaba su situación personal a la que debía prestar cuanto antes atención. Dio un respingo dentro del casco que le empañó por breves momentos la visera y, en lugar de seguir hacia su casa, giró por una calle que le iba a llevar, lo sabía, a un encontronazo que quizá fuera el último que tuviera que afrontar.

-¡Señorita Maca! Buenas noches…

-Hola Rosa, ¿están mis padres? –le preguntó a la criada con gesto serio al entrar en casa.

-Cenando, señorita.

               Al decir sus padres, algo se resquebrajo en su interior.

-¡Maca! –su padre fue el primero que la vio entrar.

-Hola papá.

-¡A buenas horas vienes! Rosa ya ha terminado de recoger la cocina y…

-Tranquila mamá, no vengo a cenar –le cortó tajante.

-Hija… por favor siéntate y…

-Gracias papá, pero lo que tengo que deciros no me va a llevar mucho. Siento haberos pillado con el postre todavía.

-¿Qué pasa nos estás asustando?

               Su padre se levantó de la silla mirándola fijamente mientras su madre apoyaba los codos sobre la mesa frotándose las sienes como si su presencia le levantara dolor de cabeza.

-En el caso que estoy trabajando…

-¡Ah por favor! No vendrás a hablarnos de asesinatos a esta hora de la noche y en plena cena.

-No, tranquila, mamá. Pero sí es cierto que en ese “caso” hemos descubierto algo que me implica a mí –los miraba fijamente, sabía que ni por un segundo podía pasarles por su cabeza la verdad-. He descubierto que soy un bebe robado.

               El gesto de su padre lo delató al instante. Conocía perfectamente sus expresiones.

-¿No vais a decirme nada? –los miraba alternativamente.

-Hija… veras… todo tiene una explicación.

-Eso es lo que espero, papá, una explicación.

-Tu madre no podía tener hijos, anhelaba tener una niña… la monja que te dio en adopción, nos aseguró que eras hija de una prostituta que te abandonó.

-El dinero todo lo puede… -musitó con cierta rabia.

-Lo siento… debimos decirte hace mucho la verdad y más desde que se puso este tema de moda.

               Maca miró a su madre que guardaba silencio.

-Hija, por favor, perdona que no te hayamos dicho la verdad…

-¿Es esa la razón por la que me tratas como lo haces, mamá? –la miraba fijamente, mientras, su padre miraba a su mujer casi suplicándole con la mirada que dijera algo-. ¡Es eso mamá!

-No tienes ningún derecho a venir aquí pidiendo explicaciones ¡y más de la manera en la que estás actuando! –le recriminó.

-¿Ningún derecho mamá? Tengo el derecho de la vida… ¡tú me has tratado como si fuera un trapo! Nada más quiero saber si el verdadero motivo era por ser adoptada.

-Rosario… por favor –le rogó el marido angustiado al ver su mirada repleta de ira.

-Yo quería una hija ¡una hija que me quisiera! Una hija que fuera buena, que me cuidara y nos diera nietos… ¡y qué es lo que tengo! –se levantó mirándola con el dolor reflejado en sus ojos-. ¿Qué es lo que he tenido estos años?

-¡Rosario ya está bien! –trató de evitarlo.

-No Pedro, no se merece lo que tiene… le hemos dado una educación, debió estudiar para abogada.

-¡Eso era lo que vosotros queríais! No lo que yo deseaba.

-¡Claro… deseabas ser policía! –lo dijo con tanta aprensión que a Maca le dolió-. ¡Y además para avergonzarnos del todo! ¡Lesbiana!

-¡Rosario! –su marido levantó la voz haciendo que ambas mujeres se sobresaltaran.

-Y eso no lo puedes respetar.

-Eres nuestra vergüenza en las reuniones, tantas veces debo agachar la cabeza… eres la deshonra de esta familia, ¡nunca debí coger a una hija de una prostituta! ¡Con cuantas mujeres andas, cuántos líos tienes! ¡Al final es cierto que la sangre tira!

               Dicho esto salió del comedor a toda prisa. Pedro cerró los ojos con fuerza, ya estaba dicho, tantas veces se lo había escuchado decir cuando estaban solos. Le daba tanta rabia que su mujer actuara de aquella manera con Maca. El silencio entre ellos era aplastante, Maca no podía controlar un ligero temblor en su barbilla.

-Hija… no sabe lo que dice.

-No papá… no la disculpes, esto es lo que piensa de mí realmente… nunca he tenido su cariño, nunca me he sentido querida por ella… es lo que siente de verdad.

-¿Dónde vas? –la detuvo asustado al verla marchar.

-A cualquier lugar donde sea bien recibida y no sea juzgada por ser lesbiana y policía.

-Hija… yo te quiero… lo sabes.

-Claro, papá.

               Le sonrió acariciándole la barba y se marchó.

               En el calabozo apenas entraba un rayo de luz por la rendija de la puerta pero el sonido de la lluvia insistente era como un calvario para Esther. No podía dormir, sabía que si al día siguiente podía ir a prisión. A su cabeza llegó Rodrigo, revivió el momento del tanatorio en el que la sacó arrastras jurando vengar la muerte de su hermana. Recordó el chirriar de las ruedas del coche, el golpe seco y al abrir los ojos… la sangre.

-Me lo merezco, me he ganado yo solita estar aquí… ¡asúmelo Esther!

               Los mismos nervios que sentía Esther en su celda, los estaba sintiendo su madre en casa de Teresa. La mujer se había refugiado allí esperando que ocurriera un milagro, que su hija pudiera salvarse de ir a prisión, que saliera inocente de aquella locura. Había escuchado las palabras de quien era la jefa de su hija, no soportaba la palabra madame, al principio cuando Teresa la localizó y le contó la historia, su reacción contra ella fue de rabia, después conforme fue conociéndola su rabia se fue tornando agradecimiento por ocuparse de ella. Veía que la mujer también estaba afectada y le agradecía que fuera ella la encargada de buscar un abogado. En la cama rezaba a su Cristo de Medinaceli para que ayudara a Esther, estaba tan segura de que ella no había asesinado a esas mujeres. Prácticamente se estaba quedando dormida cuando oyó el timbre de la puerta. Se incorporó de un salto en la cama, eran casi las doce y media de la noche.

               Teresa se encontraba en el comedor con una taza de té caliente viendo la televisión, le era imposible dormir, su cabeza tenía tantas ocupaciones que se metía en la cama y no podía conciliar el sueño. A su lado su gata fiel que dormía patas para arriba con la lengüecita rosa ligeramente fuera de la boca. Se dejaba acariciar por Teresa que casi lo hacía sin darse cuenta. Por esa razón el sonido del timbre provocó en ambas un susto que las hizo saltar.

-¿Quién será? –salió Encarna abrochándose la bata.

-Tranquila… métase para dentro –le respondió con suavidad Teresa por si era una de sus chicas y quería evitar que lo viera-. No pasa nada.

               Al mirar por la mirilla no se creía lo que sus ojos estaban viendo, tuvo que parpadear para entender que era real. No se lo pensó dos veces y abrió la puerta con energía. Allí al otro lado, la inspectora Fernández mojada de arriba abajo y con un gesto de pena marcado en su cara parecía que iba a desmayarse.

-Inspectora… pase por favor –se apartó Teresa-. Pase… pase.

-Lo siento yo…

-Vamos… vamos… se va a resfriar. Venga por aquí.

               La llevó hasta el cuarto de baño y le dio una toalla para que se secara, estaba en ello cuando su interior se desmoronó, ya no podía soportarlo más y terminó por derrumbarse en un llanto que conmovió a la mujer.

-Maca…

               Lo dijo con tal dulzura que el llanto de Maca se intensificó.

-¿Te ha pasado algo?

               La mirada de Teresa repleta de miedo conmovió tanto a Maca que su llanto se agudizó abrazándose con fuerza a ella. Para Teresa aquel momento fue como si volviera atrás en el tiempo y pudiera abrazar a su pequeña niña. Cerró los ojos con un temblor de barbilla que no podía controlar y las lágrimas, a pesar de tener los ojos cerrados, cayeron por los lados como si fueran una pequeña cascada. No decían nada, no había mucho que decir, era la hora de sentir.

               Fuera en el pasillo había dos invitadas de lujo. Encarna que no entendió la escena y prefirió retirarse, y la gata que sentadita esperó su turno para ir y pasear su colita por las piernas de Maca y Teresa.

               Tras aquel abrazo eterno y las lágrimas, Teresa le dio a Maca un pijama para que se quitara aquella ropa, le venía grande pero poco importaba, salió al pasillo con la mano puesta en el pecho aún con lágrimas resbalando por su rostro y ante la mirada de Encarna, se derrumbó llorando. Esta vez fue Encarna quien se la llevó hasta la cocina.

-¿Qué pasa con la inspectora?

-Es mi hija… me la robaron cuando di a luz.

-¡Dios mío! –murmuró con la mano en la boca impresionada por aquella confesión.

-Nos enteramos de casualidad por el crimen de esas dos mujeres, pero hasta ahora no había podido hablar con ella… bueno ahora tampoco he podido hablar –apuntó con una sonrisa nerviosa mientras se retiraba las lágrimas del rostro.

-Venga… ve a su lado voy a preparar tila… nos hará falta a todas ¡qué sufrimiento debemos vivir las madres!

               Teresa le agradeció aquel gesto y volvió al lavabo. Allí Maca con los ojos rojos como tomates estaba abrochándose la blusa del pijama al verla entrar de nuevo le dijo:

-Lo siento…

-No lo sientas, me alegro que estés aquí –le sonrió emocionada.

-He ido a casa de mis padres y… ha sido horrible.

-Vaya… eso sí que no me lo esperaba.

-Nunca he tenido una madre y hoy ha sido capaz de decirme lo mucho que me odia. He crecido preguntándome porque sentía ese rechazo hacia mí, ahora ya lo sé.

-Ven, vamos al comedor te pones una mantita y te tomas una tila, la está preparando Encarna.

-¿Encarna está aquí? –la miró subiéndose los mocos.

-Sí, no tenía donde ir, el piso de Esther estar precintado –le entregó un paquete de clínex-. Vamos.

               Salieron hasta el comedor, Maca tomó asiento en el sofá y sintió como si su cuerpo pesara toneladas, habían sido tantas las vivencias y tan intensas en los últimos días que en ese momento donde su adrenalina había descendido su cuerpo estaba pasando factura. Teresa la ayudó a acomodarse dándole una manta, y Princesa se puso sobres sus piernas.

-Si te molesta…

-No, no, me encantan los gatos –sonrió mirando los ojos azules de aquella preciosidad que ronroneaba-. Aunque nunca me dejaron tener uno cuando era pequeña.

-Aquí traigo la tila, ¿inspectora, qué tal?

-Hola Encarna… bien aunque no lo parezca –decía más por su aspecto que por lo que estaba sintiendo.

-Me voy a descansar. Hasta mañana.

-Gracias, Encarna –le dijo Teresa con un gesto de profundo agradecimiento por dejarlas solas.

               Maca dio un sorbo a la taza, agradeció aquel líquido caliente porque sentía un frío intenso en sus huesos. Sin embargo, había encontrado una paz en su interior que no sabía si era por la explosión de llanto, por el abrazo de Teresa o por sentirse reconfortada en aquella casa.

-¿Estás mejor? –le preguntó Teresa preocupada.

-Sí, gracias… la verdad que no sabía dónde ir y…

-Me alegro que hayas venido. Maca… sé que igual no es el momento pero… me gustaría poder explicarte tantas cosas –Teresa mostraba un gesto emocionado-. Eres mi hija y… llevo tanto tiempo buscándote y preguntándome que habría sido de ti. Nada más rezaba para que hubieras tenido suerte, que quien te llevó te hubiera dado la oportunidad de una buena educación y llenara tu vida de amor.

-Pues lo primero lo tuve pero lo segundo –ladeó la cabeza de manera negativa dando un chasquido con la lengua.

-Lo siento… cuando naciste ni siquiera me dejaron verte, te escuché llorar y vi cómo te envolvieron en una mantita blanca, después me dijeron que habías muerto. Nunca les creí. Tenías unos pulmones a prueba de bomba –sonrió de lado con los ojos anegados de lágrimas-. Mi vida no era fácil en ese momento pero estaba decidida a todo por darte una buena educación y mucho amor, porque estuvieras a mi lado, jamás pensé en abandonarte ni en los peores momentos.

               La mirada de Maca estaba repleta de necesidad, parecía que necesitaba escuchar esas palabras o más bien, esa palabra que lo resumía todo “amor”.

-Después de que aquella monja te quitara de mis brazos, fue inútil toda lucha por ti pero no deje nunca que pasaras al olvido, en cada niña que veía por la calle te imaginaba, yo sabía que estabas viva.

-Imagino lo duro que debió ser –susurró Maca mirándola.

-Al mismo tiempo me dio fuerzas para continuar, encontrarte era un sueño.

               Entonces Teresa se levantó y fue hasta la librería que tenía en el comedor, allí había una cajita rosa con un lazo blanco. La cogió con una sonrisa tan tierna dibujada en sus labios que Maca se removió en el sofá presintiendo que aquello significaba algo relacionado con ella.

-Mira –se sentó a su lado abriendo la cajita y mostrando un chupete rosa y un pijamita-. Te lo compré unos días antes de ir a los pisos donde nos decían que iban a ayudarnos a dar a luz y después… bueno… olvidemos esa parte –hizo un ademán gracioso con la mano-. Siempre me han acompañado.

-Me encanta la caja… bueno… me parece súper tierno esto… de verdad…

-Me alegro.

-¿Sabes? Cuando era una niña veía a mis amigas del cole con sus madres siempre felices, iban a comprar, a pasear… yo siempre estaba con mi niñera. Cuando me encariñaba con ella, mi madre la cambiaba. No sabía qué hacía mal para que mi madre no me quisiera. Aquello fue un trauma para mí, me junté con malas compañías, robé, me drogué hasta que un día una policía nos detuvo, al verme tan joven, era menor de edad, rodeada de esas compañías, me llevó a un lado y habló conmigo, aquella mujer hizo más que todos los años compartidos con mi madre –Teresa la miraba con cierta pena-. En ese momento supe que quería ser policía. Al regresar a casa la policía habló con mis padres para que me ayudaran que no me castigaran. Entonces cuando se fue escuché decirle a mi padre que no me soportaba más que debería estar lo más lejos de casa para no avergonzarles. Empecé el periplo por internados, así descubrí que era lesbiana, ¡un nuevo trauma para ella!

Le rodaron lágrimas por las mejillas pero la mano de Teresa tomó la suya para apretarla con fuerza y transmitirle su apoyo.

-Ahora entiendo todos y cada uno de sus rechazos. Nunca me quiso.

-Maca… no es fácil… no la juzgues a veces las personas no somos capaces de transmitir los sentimientos, somos complicados y… estoy segura que a su manera te quiere.

-¿Sabes lo duro que ha sido para mí vivir así?

-Puedo imaginarlo, sí –contrajo su barbilla asintiendo con el ceño fruncido.

-He hablado más contigo en este momento que cualquier conversación con ella en todos estos años.

-¿Y tu padre? –trató de evitar que siguiera haciéndose daño.

-Él siempre estuvo muy ocupado trabajando, me apellido Wilson.

-¿Las bodegas Wilson? –Teresa abrió los ojos como platos.

-Sí.

-¡Madre mía! –musitó impresionada.

-Por eso me puse el apellido de mi madre, para evitar que me conocieran por ser hija de…

-Bueno, creo que lo mejor que podemos hacer ahora mismo, es descansar, debes descansar mañana va a ser un día duro.

-Así es –asintió con pena.

-Y a partir de ahora tenemos toda la vida por delante para hablar, ir conociéndonos y sobre todo, si me das la oportunidad en tu corazón ir queriéndonos.

-Gracias, Teresa, de verdad, gracias por abrir la puerta y…

-¡Vamos… vamos…! Venga descansa, hija –entonces ambas se quedaron mirando y Teresa mostró una sonrisa enorme-. Que bien sienta decir esa palabra… Buenas noches.

-Buenas noches.

-Si te molesta Princesa…

-No, no, al contrario… agradezco su compañía.

-Que descanses.

               Maca se recostó en el sofá, cerró los ojos y respiró profundamente. Notó como la gata se acoplaba en el hueco de sus piernas y suspiraba. Que fácil había sido todo, Claudia tenía razón, necesitaba cerrar el círculo que se había generado en su entorno. Suspiró de igual modo que la gata en aquel hogar sencillo y sin demasiadas extravagancias, sintiendo por primera vez que estaba en casa.

               Durante la noche, Esther no paró de dar vueltas sobre sí misma. Se levantó y anduvo lo poco que podía. Cerraba los ojos y se dejaba llevar por lo ocurrido con Elena y Luisa. Después se entremezclaba en aquella visión que necesitaba una y otra vez repetir para castigarse, el accidente de coche y su llanto. Para al final retener en su cabeza la imagen de Maca sonriendo.

-La he cagado. Lo siento tanto, mamá.

               Un nuevo llanto se apoderó de ella.

               El cielo se había empeñado en seguir gris plomizo, parecía que iba a llover y un viento fresco despertó a Claudia que entraba en comisaria. Llegaba la primera, o eso pensaba ella, había que buscar en cualquier lugar recóndito de las pruebas para tener hechos fehacientes para apresar a cualquiera de los tres sospechosos. Al entrar vio sentada frente a la pizarra a Maca. Sus ojeras habían desaparecido, el gesto concentrado observando las anotaciones le hicieron entender que llevaba mucho tiempo en aquella pose tan sensual. Exhaló un profundo suspiro y le dijo sonriendo.

-Dime que te has ido a casa.

-¡Hola, Claudia! –le sonrió al verla-. Sí.

-¿Qué te pasa te noto algo extraña? –la miraba intensamente poniéndose a su lado.

-Anoche fui a casa de mis padres, seguí tu consejo.

-Miedo me das –dejó su bolso sobre la mesa en la que Maca estaba sentada.

-Discutimos y mi madre por fin lo dijo –guardó silencio como para unir fuerzas y repetir aquellas hirientes palabras. Claudia la miraba fijamente-. ¡No me soporta! ¡No me quiere! Necesita perderme de vista.

-¡Oh Maca…! ¿De verdad dijo eso? –Maca le repitió una a una las palabras de su madre y Claudia boquiabierta le dijo-. No puede ser…

-Sí… ¡ahora entiendo su rechazo! Soy y nunca mejor dicho, una hija de puta que la avergüenza.

-No se lo tomes en cuenta, Maca, cariño. Ella también necesita tiempo para asimilar las cosas.

-¿Qué cosas, Claudia? Siempre lo supo… nunca me dio la oportunidad de recibir ni una migaja de su amor… Recuerdo que por un momento me hubiera metido en el cuarto de la plancha como cuando era pequeña… estaba tan segura que no entraría allí que me pasaba las horas muertas escondida con la esperanza que me buscara, que entrara y me sacara entre sus brazos.

-Maca… de verdad

-Un momento… -se levantó con la mirada fija en la pizarra.

-¿Qué pasa?

-¡Cómo no lo hemos visto antes! –dijo sin separar los ojos del dibujo de la casa.

 

 

 

 

 

 

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2 pensamientos en “UN TRÍO DE MUERTE. CAP. 21

  1. Buenos días, de verdad escritora, has hilvanado la historia de tal manera que no nos vas a permitir saber a ciencia cierta, quien es el o la asesina hasta el final de la historia, aunque tengo sentimientos encontrados con eso de que prevés terminarla como en dos capítulos, por una parte me gustaría saber finalmente quien fue, pero por la otra, nos quedaríamos sin este relato que tan bien has sabido crear…con respecto a este capitulo mejor sin comentario al comportamiento de Rosario…bien por ti escritora, hasta el próximo capitulo

  2. Dos trozos más nada más!!! nooo…me gusta mucho esta historia. Tienes mucho que contar después de que el caso sea resuelto!!
    Las piezas en la cabeza de Maca empiezan a encajar y ya empezamos a saber lo durísima que fue su vida en esa casa y con esa madre. Ahora todo va a ir mejor para ella, por lo menos ya no vivirá en la incertidumbre.
    Gracias!

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