SIN PASADO NO HAY FUTURO. CAPITULO 7

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Gracias por la comprensión y la espera.

Claudia tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar la postura y la contestación. Primero contrajo la barbilla ladeando levemente la cabeza, después estiró los hombros notaba la tensión acumulada de aquel maldito día, después con voz segura le contestó:

-No puedo hacer eso, Rosario.

-¿Cómo qué no? –la miró indignada.

-Ella es su madre y tiene el mismo derecho que tú de estar allí. O me atrevería a decir, más derecho que el que tú has adquirido tratando a Maca como lo has hecho.

-¿Quién te crees que eres para hablarme así?

-Soy la mejor amiga de Maca, la persona que ha estado a su lado en las horas malas y en las buenas porque su madre no estaba y le hacía sentir una mierda. Y como amiga de Maca no voy a sacar de su lado a Teresa porque en un día, solo un día, Rosario, le ha dado más que tú en toda su vida. Y ahora si me permites tengo mucho trabajo que hacer para saber quién es el hijo de puta o la hija de puta que ha tratado de matar a mi amiga.

-Mis abogados harán tu trabajo.

Rosario salió de allí con un gesto ofendido que produjo en Claudia una pequeña sonrisa vencedora. La mujer pasó a toda prisa por delante de Tur que la vio marcharse a paso ligero aferrada a su Pierre Cardin. Entonces giró la cabeza y vio a Claudia que la observaba con esa pequeña sonrisa. Después, vio cómo se levantaba y se acercaba hasta él.

-Se ha ido como alma que lleva el diablo.

-Sí, me he quedado nueva –le dijo mirando la pizarra.

-Ya lo veo. Con todos mis respetos, capitana, es tarde y hoy ha tenido un día muy duro, debería descansar.

-Como usted, Tur, ¡y aquí estamos! –le sonrió agradecida.

-Ahí está Martín con Humberto.

El tal Humberto era todo un personaje. Medía algo más de metro ochenta, con una poblada barba, melena y unos ojos saltones que parecían a punto de estallar. Su prominente barriga demostraba que durante su vida se había cuidado poco.

-Vaya Tur, yo estaré tras el cristal.

Una vez lo dejaron en la sala de interrogatorios, Martín habló con su compañero Tur.

-¿Sabemos algo? –le preguntó el joven con el rostro preocupado.

-Nada, todo sigue igual. Esther ha declarado.

-Y no la crees.

-No, no la creo. ¡Vamos a ver que canta este!

Entraron con los rostros serios, allí sentado sin esposas se encontraba aquel hombre de voz grave.

-¡Se puede saber por qué estoy aquí! –les dijo sorprendido-. ¿Dónde está la guapa de la inspectora?

-Si colaboras puede que seamos buenos y te dejemos salir.

-¡No me jodas, tío! ¡No he hecho nada! ¡Anda que venga la guapa de la inspectora! Si no, ¡no hablo!

-Escúchame desgraciado –Tur se levantó de su silla y lo tomó por el pecho acercándole su cara-. Vas a hablar conmigo si no quieres que te saque las pelotas por la boca ¡entendido!

-¡No he hecho nada! –se defendió entre dientes.

-Eso ya lo veremos –le dijo Tur arreglándose la camisa-. ¿A qué hora saliste de la cárcel ayer?

-A las doce y media –contestó arreglándose el suéter que del tirón de Tur se había quedado retorcido.

-¿Qué hiciste? –preguntó Martín que iba corroborando la información.

-Salí y me fui a por dos preciosas señoritas de compañía.

-¿Con el dinero de la droga? –preguntó Martín sabiendo que no le quedaba nada de su negocio.

-¿Mi dinero? ¡Pregunta a la inspectora donde demonios está mi dinero! Me ha dejado sin un puto duro.

-¿Y te vas de putas? –soltó Tur mirándolo fijamente.

-Con el dinero que he ganado en la biblioteca –apuntó con un gesto de crispación.

-¿Y dónde fuiste?

-Al motel donde este –señaló a Marín con gesto duro-, me ha interrumpido.

-¿A qué hora llegaste al hotel?

-A la una y media y no he salido de allí. ¿Pero qué es lo que pasa? ¡No he hecho nada, no me ha dado tiempo a pisar la calle! Además, me he rehabilitado, voy a ser cura he prometido a Dios que voy a limpiar mis manchas… voy a ayudar a los jóvenes con el cura de la cárcel. Os lo juro, no quiero saber nada de droga.

Ambos guardaron silencio mientras lo miraban tensando más aún el momento.

-¡Qué pasa, joder! –les miró nervioso.

-Han tratado de asesinar a la inspectora.

-¿Qué? –su mirada se transformó de la ira a la incredulidad.

-Lo que oyes –le contestó Tur desafiante-. Y tú fuiste uno de los que la amenazó, ¿qué le dijo, Martín?

-Concretamente –leyó-. En cuanto salga de la cárcel te meto un balazo en la cabeza.

El hombre sonrió incrédulo aunque su gesto mostró preocupación. Negó con la cabeza mientras con las manos se frotaba la cara.

-A ver… es cierto que la amenacé, en ese momento estaba jodido. Pero debo reconocer que es buena en su trabajo, espero que Dios no permita que se vaya –lo dijo con el tono afligido.

-Voy a ver todas tus cuentas, si veo un solo movimiento que me indique que has contratado a un sicario, te aseguro que te vas a pudrir en la cárcel el resto de tu vida.

-Mirar lo que queráis… os lo juro, no he hecho nada ni lo haría, contra la inspectora.

Ambos se levantaron de la mesa con gesto duro, al salir, Claudia les esperaba en el pasillo, Tur con cierta rabia dijo:

-¿Por qué tengo la sensación de que todo el mundo me está tomando el pelo?

-Los movimientos que ha dicho son ciertos, pude ver el registro de entrada del motel. Voy a ver si encuentro algo en sus cuentas.

-Gracias, Martín –le dijo ya con la voz cansada Claudia.

-¡Necesitamos la calma de la inspectora! –murmuró Tur dejando a Claudia de una pieza.

Tras corroborar las cuentas del tal Humberto y hablar con el cura de la cárcel, no tuvieron más remedio que dejarle libre. El hombre antes de salir les dijo que rezaría por Maca.

Después de rellenar los papeles de la declaración, fueron a reunirse con Claudia frente a la pizarra, allí los tres en silencio cada uno pensativo observando las dos fotografías de Maca y Esther. En un momento dado Claudia les dijo:

-Imagino que han leído la declaración de Esther –ambos asintieron-. ¿Qué les ha parecido?

-No me creo ni una palabra –dijo Tur muy seguro.

-¿Y usted, Martín?

-Sería mucha casualidad que por segunda vez todo apunte a ella y quiera reducir todo a me fui porque la amaba.

-Vamos a ponernos en situación, ¿de acuerdo? –ambos asintieron-. Tur deme una razón por la cual Esther quisiera matarla.

-Lo he estado pensando, sabía que me lo preguntaría. Ahí va.
Durante la noche Esther le confiesa que ha tenido algo que ver con
el doble asesinato, se le escapa o la inspectora consigue esa información. Cuando es consciente de que ha hablado de más necesita asesinarla para callar su culpabilidad.

Claudia guardó silencio. Martín se mostraba pensativo.

-Piénselo, Esther quedó en libertad pero todo apuntaba a que ella había tenido su participación.

-¿Y por qué ha vuelto?

-Para rematar lo que no hizo. Necesita a la inspectora muerta para que no la meta en la cárcel, viene con su papel de víctima aprovecha que usted está en la investigación para contarle alguna intimidad que a usted le pueda hacer dudar y de esa manera puede tener la oportunidad de ver si la inspectora sale o no de esta.

-¿Y si mejora?

-Le asestara el golpe definitivo.

-Buena teoría pero rebuscada. ¿Usted piensa igual, Martín?

-Me quedan cuatro sospechosos más que salieron hace poco de la cárcel y en su momento habían amenazado a la inspectora o habían sido detenidos por ella. Estoy siguiendo sus movimientos bancarios, pero opino como Tur, Esther esconde algo tampoco me creo su planteamiento.

-¿Cuál es la suya? –le preguntó Tur.

-Creo que alguien ha querido acabar con Maca, pero tengo mil dudas de que haya sido Esther. En la investigación de Luisa y Elena no se nos escapó nada, lo teníamos todo bien cerrado…

-Mañana podremos salir de dudas si forzaron o no la puerta… eso nos ayudará –dijo Martín.

-De acuerdo. Pues ahora vamos con nuestra puesta en escena.
Claudia entró en el despacho donde Esther seguía sentada aunque notaba sus nervios desatados por el movimiento rápido de sus pies.

-¿Has acabado?

-Hace rato –contestó segura y con malestar por seguir allí.

-Lo siento, se nos ha complicado algo. ¿Nos vamos?

-¿Puedo pedirte un favor? –Claudia la miró asintiéndole-. Necesito llamar a mi madre.

-Bien, toma mi teléfono.

-Gracias.

-Te espero fuera.

Esther marcó el número de su madre y habló con ella. Al terminar, Claudia recogió su teléfono.

-¿Dónde te llevamos?

-Al hospital –dijo poniéndose el chaquetón-. No voy a moverme de su lado.

Claudia le hizo una señal para que saliera, fuera la esperaba Tur. Subieron al coche y partieron rumbo al hospital. Lo hicieron en silencio sin cruzar una palabra ni una mirada. De vez en cuando escuchaban como Esther sonaba su nariz. Entonces los ojos de Tur se clavaban en el espejo retrovisor con una fuerza que provocaba en la enfermera un escalofrío.

Llegaron al hospital, subieron los tres hasta la planta en donde se encontraba Maca. Teresa estaba en el pasillo. Al verla Esther se precipitó hasta ella.

-¿Qué ha pasado? –le preguntó nerviosa.

-Nada… nada… es que está su compañero y le he dejado un rato solo con ella. No podemos estar más de dos personas en la habitación.

-Que susto –le dijo con las pupilas dilatadas por el nerviosismo-. ¿Por qué no te vas a casa, Teresa? Yo me quedo con ella.

-Es una buena idea –le dijo Claudia.

-No, no.

-Entonces aprovecha para ir a cenar, yo te acompaño.

-Eso sí. Gracias, Claudia, aunque no sé si tengo estómago para tomar algo.

Ambas mujeres se marcharon a la vez que Esther tras saludar al policía entraba en la habitación.

-Esther –la saludó Martín con buen gesto.

-Hola.

Se quitó el chaquetón bajo la atenta mirada del detective Martín, se acercó hasta la cama y rozó con la yema de su dedo índice la piel de Maca.

-Parece mentira verla así –susurró Martín, Esther lo miró algo desconfiada-. No lo puedo creer.

-¿Usted no cree que he sido yo? –lo miró fijamente.

-No le veo sentido –le respondió sin mirarla.

-Gracias.

-Le dejo con ella, hoy ha sido un día terrible –dijo el hombre afligido-. Si ocurre algo…

-No se preocupe, Claudia me ha dado instrucciones.

Le hizo un leve movimiento de cabeza como si pudiera dar por buena su presencia y se fue. Cruzó el pasillo para meterse en una habitación. Cerró tras él la puerta y pasó el pestillo. Allí habían montado el cuarto de control de imágenes, una mesa grande hacia las funciones de mesa de despacho, un ordenador con dos pantallas de 28 pulgadas donde controlaban todo lo que ocurría en el interior de la habitación de Maca, también una cama para que pudieran descansar. Mientras Esther había sido trasladada del hospital a casa de Maca y, después, a la comisaría, los hombres de confianza de Claudia habían montado un circuito de cámaras para poder tener controlada a Esther. Sentado a los mandos de toda aquella obra de ingeniería tecnológica estaba Roberto. A su lado derecho el detective Tur, detrás, de pie el detective Martín y a su lado, Claudia acompañada por un Teresa destrozada a la que Tur cedió su silla.

-¿Y ahora qué? –preguntó Teresa.

-A esperar… cometerá algún fallo y la podremos pillar –dijo Claudia-. Armarnos de paciencia.

Mientras, a pesar de las horas intempestivas, Ruperto en su despacho había colocado un cuerpo como si se tratara el de Maca, tenía un almohadón tal y como el que tenía en casa y había sido utilizado para silenciar el arma. Con los datos que tenía comenzó a ver más allá de la vida, sabía que era muy posible que no sobreviviera y que ese intento de asesinato se convertiría en asesinato. Trataba de no pensar que era Maca, necesitaba ángulos, fuerza y las trayectorias de las balas. Había reconstruido su despacho con la ayuda uno de sus ayudantes y, con todo el empeño que podía, comenzó a estudiar milimétricamente al asesino.
Había pasado algo más de una hora cuando tras despegar los ojos del microscopio murmuró:

-Nos hemos equivocado buscando dos posibilidades de asesino… nada más hay una posibilidad.

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Un pensamiento en “SIN PASADO NO HAY FUTURO. CAPITULO 7

  1. Buenas Tardes, a ver déjame adivinar, la única posibilidad es ¿? mejor ni presumo, no se que pasa por esa cabecita de la escritora, gracias por el esfuerzo que haces en continuar esta historia…

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