SIN PASADO NO HAY FUTURO. CAP. 30

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Maca sintió la necesidad de respirar hondo. Su mirada se había quedado clavada en el suelo. Como si allí pudiera ver reflejado su interior que estaba tan mareado como a veces su cabeza. Pero necesitaba arrancar aquello que le estaba anclando una y otra vez al pensamiento de que su propia madre había querido terminar con su vida.

-Soy Inspectora y he visto a lo largo de mi carrera muchos casos que no he sido capaz de entender, veía a las víctimas y me decían, Inspectora no lo entiendo, pues ahora es lo que me pasa a mí. No puedo entenderlo.

-Quizá no debas entenderlo.

-¿Solo admitirlo? Así… sin una clave para saber por qué.

-El por qué solo está en la cabeza de quien disparó. Depende de ella saber la verdad o no, mientras tanto tienes dos caminos. Uno seguir enfurruñada en ese sendero del entendimiento o, por lo contrario, coger el atajo de la admisión y superación. Y soy consciente de que no es fácil, ninguno de los dos caminos es fácil.

-Lo sé. A veces quiero creer que ha sido una pesadilla y me han herido en un tiroteo.

-¿Crees que es la solución? ¿El autoengaño?

-No, claro que no.

Por un breve instante, guardó silencio mientras miraba hacia la ventana, podía ver el cielo azul. Siempre que sentía esa sensación de miedo y desesperanza recobraba las fuerzas observando la magia del cielo.

-Me estoy dando cuenta de algo que hasta ahora no había caído en ello.

-Dime –le sonrió con dulzura trasladándole tranquilidad.

-Dices que puedo admitirlo sin entenderlo.

-¿Tienes motivos en tu vida para seguir hacia delante? –le preguntó con total intención.

-A eso me refería. Hasta ahora mi vida estaba vacía emocionalmente. Mis padres nunca me enseñaron la calidez del amor paternal. Nunca lo vi entre ellos, y esa carencia me ha afectado en mi vida íntima. Hasta que llegó Esther. Ella barrió toda carencia y apartó el miedo a comprometerme con el amor. Después, está Teresa, mi verdadera madre, me llama cariño –lo dijo con un tono de asombro, como si aquella palabra le provocara una reacción de auténtica sorpresa-. Después, he conocido a mi verdadero padre que es Inspector de policía, me parece un hombre íntegro, honrado y muy cercano. En tan solo unos días he descubierto todas esas cosas que desconocía.

-¿Y te parecen suficientes motivos como para luchar por ello?

-¿Y admitir lo que ha sucedido? –la psicóloga asintió con una sonrisa-. Creo que sí. Toda mi vida giró en torno al desprecio que mi madre sentía hacia mí. Ahora entiendo por qué. Nunca me quiso, solo me gustaría saber porque me adoptaron.

-Me parece lo más lógico. Muy bien dirigido ese pensamiento.

-Ahora solo quiero centrarme en aprender a dejarme querer y querer.

-Pero solo serás capaz de hacerlo si efectivamente admites que tu madre disparó, sin más motivo que el que tuviera en su cabeza. Tú no tuviste culpa de nada. Quizá,  ni siquiera ella la tuvo.

-He visto cosas horribles a lo largo de mi vida, pero jamás pensé que me pudiera suceder a mí. Nunca entendí porque algunas personas reaccionaban así, pero quiero empezar algo nuevo, una vida nueva rodeada de ese amor que no tuve ni  en mi niñez, ni en mi juventud –hizo una pequeña mueca que dibujaba una media sonrisa feliz-. No necesito entender porque lo hizo mi madre. Necesito sentir.

-¡Claro que sí! Mira Maca, la vida a veces nos hace pasar por tragos casi insuperables, pero está en tu alma, está en tu esencia renacer y ser mejor. Eres una mujer inteligente, que le faltó el amor en su vida, es cierto, pero tienes esa oportunidad ahora de renacer, y eso solo tú lo puedes conseguir. No estás sola y, lo mejor de todo, eres consciente de lo que te rodea. Y, sobre todo, eres consciente de lo que puedes ganar con ese entorno. Ahora tienes que aprender a amar y dejar que te amen, a que no te sorprenda que tu madre te llame cariño, te dé un beso en la frente, te rocé la mano, a que tu padre tenga una charla tranquila contigo, una mirada serena. Ahora todo eso está a tu alcance, como eres inteligente, sabrás sacarle partido. Volverás a trabajar pero sabrás que cuando llegues a casa estará esa mujer que amas y que estás descubriendo, te aportará amor, te aportará cariño y descubriréis juntas una vida maravillosa. Venís de un pasado tormentoso pero en vuestras manos está que se vuelva un futuro maravilloso.

La mirada de Maca fue variando según las palabras de la psicóloga, se daba cuenta que estaba más serena y calmada, sabía que tenía ante ella a una mujer que necesitaba nada más que un poco de luz, para poder deshacer la oscuridad en la que su madre la había obligado a estar. Esa luz tenía un nombre de mujer, además, se reconfortaba con unos padres que se mostraban felices por el reencuentro. Tenía los mimbres para hacer que su vida fuera mucho mejor.

Tras un suspiro fuerte y prolongado, miró a la psicóloga sonriendo de oreja a oreja.

-Tengo unas ganas de ver a Esther.

-Eso es muy buena señal.

-Quiero intentarlo, quiero dar la oportunidad al amor.

-¡Estoy segura que funcionara!

-Por cierto… ¿quién le ha dicho todo eso de que soy inteligente? ¿Ella?

-Secreto profesional entre colegas –Maca se le quedó mirando fijamente al darse cuenta de quien le había dicho aquello puso gesto de total sorpresa ante la sonrisa de la doctora-. ¡Pero no se lo digas o me mata!

-No me lo puedo creer.

-Creo que no harán falta más visitas ¿no te parece?

-Gracias por guiarme, gracias por dejarme ver lo que mi alma me gritaba.

-No he hecho nada, ¡estoy segura que lo conseguirás!

Esther regresaba del despacho de Cruz con una sonrisa de felicidad que no cabía en su rostro, acababa de firmar un contrato por seis meses como enfermera de urgencias. Lo que siempre había soñado, y por lo que había luchado cuando llegó al hospital la primera vez. Los recortes cambiaron su vida y el accidente… sacudió la cabeza, necesitaba borrar todos aquellos malos momentos que había vivido, quería quedarse con las caricias de Maca, los besos y las palabras, con un futuro maravilloso que podían crear juntas y…

-¿Pero…? -elevó la pregunta dejando a un lado los pensamientos.

Se quedó de una pieza parada en el pasillo, su gesto cambió por una expresión de profundo malestar. Con ese gesto comenzó a caminar con rapidez hasta que salió su madre al paso y la detuvo.

-No, Esther.

-¿Qué hace aquí?

-Déjala…

-No puedo dejarla –la miró sin entender la actitud de su madre.

-Es necesario, debe curar sus demonios, solo así Maca superara esto, ¡y escúchame bien! –le advirtió cogiéndola del brazo con toda la ternura que pudo-. Si Maca está bien tú estarás bien. Deja a Teresa, déjala. Se lo debe a Maca, ¡se lo debe, hija!

En la habitación, Maca había cerrado los ojos esperando que llegara alguien de su nueva familia, al decir esto, sonrió. Que bien sonaba aquello. La charla con la psicóloga había sido mucho más sencilla de lo que pensó, había visto clarísimo lo que tenía en su vida, lo que iba a conseguir. Aun le quedaba mucho por lo que luchar pero… sin lugar a dudas iba a merecer la pena. Quería centrarse en los pensamientos positivos para evitar sentir el dolor de su hombro, no quería más calmantes solo quería irse de allí a su nueva casa, a su nueva vida, con su mujer, y sus padres. Quería vivir sin limitaciones emocionales y…

-Maca –la llamó Teresa.

Al abrir los ojos la vio allí ante ella, el gesto de Teresa le alertó.

-No pasa nada, cariño. He hecho algo que creo es necesario, pero Encarna que es una mujer sabia, me ha dicho que te pregunte antes. Así que voy a hacerle caso.

-¿Qué pasa? –la miró algo nerviosa.

-Rosario está ahí fuera, la hemos traído Encarna y yo, creo que deberías al menos escucharla.

-De acuerdo.

-¿De acuerdo? –le preguntó abriendo mucho los ojos.

-Gracias –le sonrió con calma.

Teresa no lo pensó, se dirigió hasta ella abrazándola con un inmenso cariño, le dejó un beso en la frente, que fue bastante sonoro gesto que hizo sonreír a Maca.

-¿Por qué te ríes? –le preguntó sonriendo.

-Porque me voy a tener que acostumbrar a esto.

-Maca… eres fuerte, sé que necesitas una respuesta y quizás esa respuesta te duela, pero quizás y solo quizás, por primera vez sea sincera contigo y eso te ayude a pasar página, nada más queremos eso, que te ayude a superar esto.

-Lo sé, y os lo agradezco. Que pase.

Teresa salió de la habitación sonriendo, pero al abrir la puerta cambió el gesto. Vio la mirada asesina de Esther pero no quería perderse en explicaciones. Así que, se detuvo ante Rosario mirándola con esos ojos grandes y expresivos, casi como si estuviera retándola y advirtiéndole que si no se quedaba satisfecha con su explicación, ella estaría allí esperándola.

-Pasa. Ya sabes lo que tienes que hacer.

Rosario tomó aire y abrió lentamente la puerta.

-¿Os habéis vuelto locas? –les reprochó Esther.

-Esther, cariño, no espero que lo entiendas, solo espero lo que has hecho, que lo respetes. Maca quiere verla, necesita verla. Necesita cerrar ese capítulo en su vida. Confía en mí.

-Hija… es necesario… es necesario.

En la habitación, Rosario se quitó las gafas de sol, a Maca le impresionó su estado, parecía que había envejecido cien años. Iba sin pintar. Le temblaba la barbilla, y tenía una mirada de pena que le sorprendió. Maca le hizo un gesto para que se sentara en la silla que Teresa había colocado frente a ella. Las palabras que había dicho a la psicóloga resonaban en su mente como un mantra para afrontar ese momento con quien había sido su madre. Durante unos minutos hubo silencio, si prestaban atención podían escuchar el ruido de la calefacción. Maca la miraba fijamente, Rosario tenía la cabeza agachada mirándose las gafas de sol que tenía entre sus manos.

-Espero que no hayas venido para guardar silencio –le dijo Maca con tono frío y distante.

-¿Qué es lo que esperas? ¿Qué te pida perdón? ¿Qué te diga que no sé porque lo hice?

-No, solo espero que me digas porque lo hiciste. No necesito tu perdón porque soy consciente de que no sería sincero.

-¿De verdad lo crees? –la miró por primera vez a los ojos.

-Sí. Dime tu verdad.

-Yo quería un hijo… lo deseaba con todas mis fuerzas pero… -suspiró con fuerza apretando los dedos sobre las gafas-. Pero Dios no me lo dio. Tu padre insistió tanto en que deberíamos adoptar a una niña que, finalmente, le di el capricho porque tenía miedo que me dejara, y se fuera a buscar  a
una mujer que sí pudiera darle un hijo.

Le tembló la barbilla, Maca se percató que por primera vez decía la verdad. Tenía miedo a perder a su marido.

-Un día vino y me dijo que había conseguido por medio de una monja una niña. Me contó que era una hija que una prostituta había tenido y no la quería. Me negué porque le dije que esa niña llevaría mala sangre en sus venas, pero tu padre no quiso escucharme. Pagó y fuimos a recogerte. Desde el primer momento que te tuve en brazos supe que nunca te querría, pero tu padre estaba tan ilusionado que… -elevó los hombros con pena-… ¡qué iba a hacer yo! Amaba a tu padre por encima de mi propia vida. Creciste y solo me dabas problemas, no eras fácil, querías hacer cosas que una niña de tu posición no podía hacer, me sacabas de quicio con tu forma de ser.

-Era una niña que nada más necesitaba amor… que os necesitaba a vosotros.

Rosario guardó silencio. Maca negó con la cabeza sintiendo por primera vez el desapego total de su madre.

-No te quise nunca, Maca. Nunca.

-Yo a ti sí, y no sabía cómo llamar tu atención, no necesitaba niñeras, no necesitaba ir a campamentos, ni a la Iglesia, te necesitaba a ti.

-¿Y por qué no necesitabas a tu padre?

-¡Porque nunca estaba en casa! –le reprochó entre dientes.

Volvieron a guardar silencio. Parecía que Rosario estaba liberándose de un peso que llevaba encima. Pero no esperaba una reacción tan fría de Maca.

-Aún recuerdo el ridículo que me hiciste pasar cuando llegaste a una fiesta acompañada por una mujer… aquello fue demasiado. En ese momento desapareciste para mí.

-No, para ti nunca aparecí.

-Yo no quería una niña que llevara en su sangre los genes de una puta.

-Porque tú te crees mejor que una puta ¿verdad?

-Sí, ¡sí y mil veces sí! –le dijo alzándole la voz.

-Me das pena como persona, pero más como mujer. ¿Nunca pensaste que le habías quitado la hija a otra mujer? ¿Aunque fuera una prostituta?

-Lo ves -hizo un pequeño sonido que se pareció a una pequeña carcajada herida-. Sabía que eres tan justa, siempre buscando la justicia por encima de los intereses de tus padres… del buen apellido que llevas… que saldrías diciendo al mundo que eras un bebé robado y todo caería sobre nosotros, sobre unos padres que querían un bebé desesperadamente.

-Pero un bebé de alcurnia –apuntó Maca que a cada palabra que pronunciaba Rosario más se aferraba a la nueva vida que le esperaba.

-Sí, una hija que me quisiera, una hija que fuera como yo… No cuesta matar a quien no quieres, ¿eso lo sabes, verdad? –la miró con una frialdad que a Maca le provocó un escalofrío-. No lo dudé.
Era nuestro nombre o tú.

Maca no le dijo nada, tan solo mantenía su mirada.

-Pensé que después todo sería más fácil sin ti. Creí que sin ti la vida seguiría mejor para nosotros. Tu padre y yo no volveríamos a discutir por ti, la gente no me miraría en las fiestas mientras susurraban, ¡pobre le ha tocado una hija lesbiana! ¡Qué vergüenza! –los ojos se le llenaron de lágrimas-. Creí que todo sería mejor.

-Pero aquí estoy –le dijo Maca, había interrogado a tantos asesinos que sabía lo que venía después-. Y aquí estaré.

-Sí… pensé que nadie sabría que había sido yo, ¿quién iba a imaginar que una madre puede asesinar a su propia hija?

-Pero te olvidaste que tu hija trabaja con el mejor equipo de policía.

Rosario no contestó. Maca sonrió de lado.

-Y te olvidaste de la culpa, porque siempre has vivido por encima de los demás. Lo que desconocías es que matarme no te iba a hacer más feliz, si no, más desdichada.

-Solo quería vivir en paz –dijo sin mirarla.

-¿Y papá?

-Se ha ido a Jerez, no quiere estar a mi lado.

Esta vez quien guardó silencio fue Maca.

-No puedo vivir sola.

-Ese va a ser tu logro, tu egoísmo te ha llevado a vivir como más miedo te da, sola.

-Enhorabuena… tú has ganado.

-¿Crees que nuestra relación ha sido un pulso? –Rosario agachó la mirada-. Yo te he querido muchísimo, mamá. Muchísimo. Y nunca entendí porque me hacías a un lado, porque mis amigas iban con sus madres a todos los sitios y yo con la cuidadora que tuviera. Que no vinieras a mi graduación porque te parecía que ser policía era algo indigno. Ni que aprobaras que soy lesbiana… no entendía porque me odiabas. He vivido siempre esperando una caricia tuya, un beso cuando me fuera a dormir, y lo único que has sido capaz de darme han sido unos cuantos balazos, creo que es lo único que has hecho de corazón.

Volvieron a guardar silencio, Maca mantenía su firmeza mientras Rosario parecía haberse hecho pequeña.

-Al menos, puedo decir que al final has hecho lo que querías. Y te doy las gracias ¿sabes? Porque le has dado sentido a mi vida, le has dado respuesta a mis preguntas, a las preguntas que desde niña resonaban en mi cabeza esas preguntas que no me dejaban ser feliz. Y aunque quisiera odiarte, no puedo, esa es la diferencia entre tú y yo, tú eres una mujer de alta alcurnia y, lo único que has hecho en tu vida de corazón, ha sido tratar de matarme. Yo soy hija de una prostituta y lo único que he hecho de corazón es quererte. Casi siempre el tener dinero y posición no hace mejor a la persona. Y lo único que siento ahora, es una mezcla de pena por ti y alegría por mí. Pero creo que te has quitado el lastre que significaba en tu vida.

Maca la miró convencida de lo que decía porque era realmente lo que sentía.

-Pero debería sentirme bien –susurró Rosario con un hilo de voz y mirándola fijamente agregó-. Y no es así. ¿Por qué?

-Esa respuesta está en tu corazón. Tendrás que enfrentarte a ella y responderla tú.

-Nunca te he querido, nunca –lo dijo cerrando los ojos como si tuviera que repetirlo-. Nunca.

Se levantó lentamente miró a Maca elevando los hombros sin saber que más decir. Salió de aquel cuarto como si le pesaran los pies tanto que le fuera imposible caminar. Era una sombra de la mujer que fue. Pero antes de salir le llegó la voz nítida de Maca diciéndole sin reproche.

-Creo que la respuesta que yo puedo darte es que querías no quererme, pero te has dado cuenta de que no es verdad, soy parte de tu vida a pesar de todo lo que soy y como soy. Quizá, si lo aceptas, podrás seguir viviendo sin ese peso que llevas en tu corazón. Y quizá, sea la manera que puedas recuperar a papá e, incluso, a mí.

Rosario ni siquiera se giró, salió de allí y en el pasillo se derrumbó llorando mientras Esther pasaba por su lado entrando con Maca. Encarna y Teresa se miraron ambas sentían pena por aquella mujer.

-Yo te acompañaré hasta la salida –le dijo Encarna cogiéndola del brazo suavemente.

Teresa se quedó allí de pie, sin saber si aquella idea que había tenido había sido la correcta.

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