SIN PASADO NO HAY FUTURO. CAP 34

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Esther llegó justo en el momento en que Cruz llevaba los papeles de Maca. Al verla, sonrió, la conocía tan bien que sabía estaba nerviosa.

-¿Preparada?

-No lo sé, Cruz, ¿y si no le gusto?

-¿Qué tal fue en la cama?

-Fue como un volcán -le mostró una sonrisa amplia y feliz.

-Entonces le gustas y mucho. Y si el sexo funciona, el resto funciona he llegado a la conclusión que a una persona lo que más puede ayudarle es hacer el amor, sentirse querida, amada, deseada, sí… sin duda es muy necesario para el cerebro. Por lo tanto si eso os funciona todo funcionará.

-Eres médico -le dijo mirándola fijamente.

-¿Y?

-Eres científica… ¿crees eso de verdad?

-A mí es lo que me funciona, y al resto de personas que veo felices cuando les pregunto por su vida sexual compartida van sumando puntos positivos a este pensamiento, creo que escribiré un libro sobre esto cuando me jubile.

-Madre mía… Cruz -sonrió divertida.

-¿Vamos? Que tu mujercita debe estar subiéndose por las paredes.

Al verlas entrar, a Maca le cambio la expresión. Esther se disculpó por la tardanza pero tuvo que comprar y meter todo en el taxi para que su madre lo llevara a casa. Maca la disculpó con rapidez, mirando intensivamente a Cruz.

-¡Ah sí! El alta, aquí está -fue a dársela pero se la retiró cuando iba a cogerla-. Pero a la menor queja de Esther sobre tu comportamiento… te vuelvo a ingresar.

-Descuida que no se va a quejar por eso -la miró con una mirada repleta de amor.

-Pues ya está… tanta prisa y ahora como ya tiene a Esther delante ya no la hay -apuntó Cruz sonriendo.

-¿Seguro que no quieres una ambulancia? -le insistió Cruz.

-No, no, Claudia tiene un monovolumen y me lleva ella.

-De acuerdo, pues nada… me alegro que todo haya salido bien, Maca, pero… no estás bien del todo.

-Lo sé, lo sé. Soy consciente de ello, créeme.

-Me han dado esta silla de ruedas para bajar -le dijo Alfredo.

-¿Es necesario? -preguntó con cara de poker.

-Sí, no puedes caminar tanto. Debes dar paseos pero cortos, eso sí, diarios.

-Descuida, Cruz. Haremos todo lo que nos has dicho.

-Gracias -le dijo Maca.

-De nada -le respondió Cruz divertida.

Alfredo empujaba la silla de ruedas con cuidado, sabía que cualquier movimiento podía hacer daño a Maca. A su lado derecho iba Esther que la miraba de vez en cuando con una sonrisa y los nervios desbocados. A su izquierda Teresa que se mostraba feliz. Al llegar a la puerta de salida, Claudia tenía el coche preparado, entre Alfredo y Esther la ayudaron a entrar en el coche, resopló u par de veces pero eran tantas las ganas que tenía de salir de allí que no se quejó. Los demás subieron al coche y Claudia condujo con toda la suavidad que pudo, y que los baches le permitieron.

Al llegar a casa, Encarna les esperaba. Sin saberlo Esther, se había acercado a una tienda que quedaba muy cerca de aquella nueva casa que iba a ser el nido de amor de la pareja, les había comprado un par de juegos de sábanas al menos para que tuvieran algo para empezar, otro par de toallas y al pasar por una tienda de Té, no pudo resistirse y entró comprándoles dos tazas grandes y preciosas que al verlas pensó directamente que estaban hechas para ellas. También como era una extraordinaria cocinera, había preparado un cocido con todos los ingredientes que provocaba un olor desde que abrió la puerta que a todos les hizo soltar una exclamación de felicidad.

Esther acompañó a Maca hasta el comedor para que se sentara en un sillón que Claudia había comprado como regalo de boda.

-Pues muchas gracias, es muy cómodo -dijo Maca sentándose mientras hacía una mueca de dolor.

-Me hacía ilusión regalaros algo y creo que ahora mismo esto es lo más práctico.

-Gracias, Claudia -le sonrió Esther-. ¿Estás bien, cariño?

-Sí, muy bien -le dijo sonriendo un tanto atontada por ese cariño.

-Bueno pues yo me voy que aquí flotan en el aire muchos corazones ñoños.

La pareja dio una carcajada ante la ocurrencia de aquella mujer que había sido y estaban seguras que iba a ser para ellas muy importante.

-¿Te vas? -le preguntó Encarna que estaba poniendo la mesa con la ayuda de Alfredo y Teresa.

-Sí, Encarna, me quedaría muy a gusto porque eso huele de muerte.

-Pues espera, les he comprado unas cuantas fiambreras, bueno o como se digan ahora… -sonrió y Esther mostró un gesto feliz por su madre, por fin parecía que podía estar orgullosa y tranquila con la nueva vida de su hija-. Y te llevas para comer.

-¡Pues muchas gracias Encarna! No sabe lo bien que me van a venir.

En un momento, la pareja se quedó sola. Entonces Esther le cogió la mano dulcemente mirándola con un enorme cariño.

-Parece mentira, Maca.

-Imagino que debe parecerlo, sí -le sonrió de lado-. ¿Qué te parece la casa, te gusta? ¿Te sientes cómoda?

-Me gusta mucho, es muy sencilla y contigo aquí será mucho mejor -le sonrió ampliamente.

-Toma, hija, Encarna dice que te tomes esto -Alfredo le llevó una taza de caldo con un gesto muy tranquilo.

-Gracias. Oye tu madre cocina de muerte o es que la comida del hospital era malísima -le dijo sonriendo.

-Cocina muy bien.

-Tengo que ir a la peluquería, no puedo llevar esta cabeza que me han dejado, parezco una cosa muy rara.

-Bueno, a la peluquería iras cuando puedas -le cogió la taza-. Estás muy guapa -le dejó un beso en la frente.

-Si te parezco guapa así, cuando esté bien no sé que voy a parecerte.

-Una belleza, lo que eres y me pareciste desde el primer momento en que te vi -susurró con la voz repleta de amor.

-¡Ay Esther! -musitó la otra cerrando los ojos encantada.

-Vamos a ser muy felices… ya lo veras.

-Claro que sí, mi princesa.

-¡Bueno ya está la comida! -dijo Teresa sabiendo que cortaba un momento intimo- Así que los arrumacos para más tarde, chicas.

-Este jamón huele delicioso -apuntó Alfredo con el plato de jamón que había preparado él mismo.

-¡Jamón! -murmuró Maca mientras se apoyaba en Esther para levantarse-. Dios… jamón.

-Voy a prepararte las pastillas, Maca.

Al entrar a la cocina se encontró con Teresa que estaba viendo como Alfredo ayudaba a Maca a sentarse. La mirada de aquella mujer que la había conocido como una jefa aunque cercana y amable, con una expresión siempre triste en su rostro le hizo ver que aquella pena que llevaba consigo, la había dejado a un lado. Cuando Teresa se percató que estaba observándola sonrió feliz.

-Me alegro tanto, Teresa, me alegro muchísimo de verte así -la abrazó feliz.

-No sabes lo que significa esto para mí, desde que perdí a Maca todo fue un mundo para mí, no tenía fuerzas ni de levantarme. Además, por mucho que trataba de engañarme, al perderla a ella perdí la última oportunidad de intentar que Alfredo me perdonara.

-Pues yo creo que esa oportunidad la tienes muy cercana.

-Esther, Esther -lo dijo sonriendo a la vez que cerraba los ojos-. Alfredo es un hombre maravilloso. Seco, porque lo es, pero maravilloso.

-¡Teresa puedes salir ya, tu hija va a terminar con el jamón! -se asomó a la puerta sonriendo de oreja a oreja.

-Voy, voy -le devolvió la sonrisa.

-Bueno… por lo que parece, eso de que es seco puede cambiar.

-¡Me alegro tanto de que estés al lado de Maca! De verdad…

Volvieron a abrazarse antes de que Teresa saliera. Esther oía como reñía a una Maca que estaba desatada comiendo jamón y hambrienta como si volviera de una guerra. Desde allí oía las risas, también de su madre, pudo respirar hondo y sentir que su vida volvía a renacer. Aunque para ello hubieran tenido que morir dos personas y eso le daba un pellizco en el corazón. Gracias a ser la amante de aquella mujer había podido vivir algo mejor, sin necesidades, así que desde aquel lugar miró a través de la ventana al cielo, murmurando:

-Lo siento tanto Luisa… Elena…

La comida fue muy amena, todos degustaron aquel cocido y resaltaron lo gran cocinera que era Encarna. Realmente, todos habían sufrido aquellos bocadillos de plástico del hospital o las horas en las que el estómago no permitía recibir nada de comida por los nervios. Las risas se contagiaban de unos a otros, Maca mostró por primera vez ese lado suyo un tanto canalla pero muy divertido, les hizo reír contándole cosas que le habían pasado, notaba mientras hablaba y reía, que la recomendación de la psicóloga era efectiva, superarlo para seguir viviendo y dejar que la vida le trajera mejores cosas de las que había tenido. Y aquello era la mejor muestra, las risas, el cariño de la que iba a ser su nueva familia. Sin olvidar a sus padres y a los que estaba segura no iba a dar de lado, nada más tenía que pasar cierto tiempo para poder superar aquel dolor. Pero aquel cocido maravilloso no fue el único as que tenía guardado en la manga Encarna. Allí en la nevera había un paquete que Teresa había preguntado sin obtener respuesta y que en el momento del café demostró que era. Una tarta“muerte por chocolate” aseguró que le habían dicho que se llamaba. Aquel rato fue de lo más distante, Alfredo contó alguna anécdota de su vida en aquella casa cerca del mar, a la que les invitó a todas a pasar unos días. Encarna desveló alguna de las anécdotas de Esther cuando era niña, sobre todo, las veces que iba a casa llorando con sangre en las rodillas. Y Teresa prefirió escuchar a contar algo de su triste vida.

-Bueno pues nosotras nos vamos -dijo Teresa una vez todo estuvo metido en el lavavajillas.

-¿Ya? -preguntó Maca.

-Sí, cariño, tú debes descansar y ahora ya no hace falta que estemos a tu lado constantemente, tienes quien se va a ocupar de ti -le dijo Teresa dejándole un beso en la frente.

-Yo también me voy, os acompaño.

-Alfredo ¿vas a quedarte unos días más? -preguntó Maca.

-Sí, sí, al menos hasta estar tranquilo que estás bien.

-Encarna, gracias por la comida, por la tarta y por los regalos.

-¡Oh vamos! Solo ha sido un detallito de nada de parte de los tres -dijo sonriendo mientras se acercaba a Maca y le dejaba otro beso en la frente-. ¡Y ahora nos vamos! Hija, cuida a Maca.

-Sí, mamá, no te preocupes -le dijo Esther sonriendo ante el gesto de su madre un tanto pícaro y el guiño de ojo.

-Luego llamamos. Si necesitas algo… -le dijo Teresa a Esther.

-Gracias, quiero que se acueste un rato y descanse.

-Eso está muy bien -le respondió Teresa sonriente.

Se despidieron en el rellano, Esther se percató de algo que le hizo saber a Maca que seguía sentada en el sillón con gesto algo aturdido.

-No te acostumbras a los besos ¿eh?

-La verdad que no… ¿Tanto se me nota?

-Un poco -dijo tras una carcajada divertida por su gesto-. Venga vamos a la cama, quiero que descanses.

-Voy a ponerme como una foca con todo lo que he comido, ¿vienes conmigo?

-Sí, yo también necesito descansar.

-¿Sabes lo que mas me ha gustado de todo? -le preguntó mientras se ponía en pie con un leve quejido-. Las risas… hacía tanto tiempo que no compartía una comida y que, además, hubiera tantas risas.

-Me alegro.

-Espera -la detuvo con su mano derecha.

-¿Qué pasa?

-Bésame.

El ritmo cardíaco de Esther se disparó tan solo con aquel ruego tan urgente. Maca notó como su pecho se alteró y le gustó.

-Maca… no estás para hacer esfuerzos otras cosas -le dijo divertida.

-Tú bésame.

Esther unió sus labios a los de Maca, lo hizo con suavidad rozando ligeramente la otra boca, se separó abriendo los ojos y viendo en los de Maca un amor infinito, fue entonces cuando se rindió, era imposible no hacerlo ante aquella demanda. Unió nuevamente los labios, aquel beso fue más intenso, más largo, la mano libre y buena de Maca rodeó su cintura atrayendola más a su cuerpo, las respiraciones se dispararon incontroladamente. Esther trataba de poner cordura pero aquel beso había desatado todas las alarmas en su interior, el deseo corría por las venas al galope.

-Esther… Esther…

-Maca… mejor parar un poco -susurró juntando sus dos frentes.

-Ay…

-Aún no puedes, Maca. No puedes hacer movimientos…

-Pero tú sí -la miró guiñándole un ojo.

-No me provoques, no seas mala que me pongo tonta.

-Me encanta que te pongas tontita.

-No, mejor solo descansar.

-Está bien… seré obediente.

-Gracias.

Llegaron a la habitación y rieron ante las sábanas que su madre había comprado, eran rosas con corazones. Las dos almohadas lisas de color rosa. Como la casa tenía calefacción, retiraron el edredón para meterse en la cama,

-¿En que lado duermes? -le preguntó Esther con la mano cogida a aquella mujer maravillosa a la que tenía que descubrir.

-En el lado derecho, pero vamos… que…

-No, no, perfecto, a mí me gusta dormir en el izquierdo.

-Perfecto -sonrió ampliamente-. Habrá que ir descubriendo los gustos poco a poco.

-Sí -le devolvió la sonrisa-. Venga, con cuidado.

-Ya, ya -dijo con la voz entrecortada por el dolor que sintió.

-Muy bien, ¿quieres que baje un poco la persiana?

-No, no, quiero que entre luz para verte.

Esther sonrió mientras se quitaba la chaqueta y se acostaba, sin dejar de sonreír abrazó el cuerpo de Maca con dependencia. Y ésta sintió que aquello era lo más parecido a la felicidad que había vivido nunca.

Habían pasado cuatro días desde su salida del hospital. A Esther le había sido imposible dilatar más la visita a la peluquería, eso sí, Maca accedió a subir a la silla de ruedas, era el trato. La peluquera que la conocía desde hacía unos años, la saludó efusivamente al verla. Le contó que había seguido el caso y no entendía como se había cerrado por falta de pruebas. Maca sonrió y le dijo que no todos los casos eran fáciles de resolver. No sonrió tanto cuando le confirmó que para arreglar aquel estropicio de pelo había que cortarlo demasiado, para su gusto. No valió que Esther le dijera que estaba guapísima, así que, la propia Esther le indicó a la peluquera que se lo cortara tanto como a ella. Aquella ocurrencia y prueba de amor le valió a Maca para aceptar sin reproches ni mala cara el corte.

En la comisaría ante la pizarra se encontraban Tur, Martín y Claudia aquel caso se les había enredado sin saber hacia que camino dirigirse. Entonces a sus espaldas sonó una voz que provocó que los tres se giraran al mismo tiempo.

-¿Problemas? Voy a tener que venir yo para resolverlo.

El grito de alegría y la algarabía que se formó en comisaría fue digna de mención. Todos habían guardado silencio por orden de la jefa, hasta que no habló nadie dijo nada y, cuando habló, fue entonces el momento en que todos rompieron en una gran ovación que sorprendió y emocionó sin remedio a Maca.

-¡Inspectora! -Martín fue el primero que la abrazó emocionado de verla-. Que alegría, ¿cuándo vuelve?

-No tan rápido como yo quisiera -le dijo sonriendo.

-Inspectora me alegra verle, de verdad -la saludó Tur un poco desde la distancia para decirle-. Y quiero que sepa que la echo, bueno, la echamos todos de menos.

-Gracias, Tur.

Durante algo más de media hora estuvo hablando con su gente bajo la sonrisa de Esther que alguna vez se traducía en carcajada. Se notaba la felicidad que ambas irradiaban en su mirada. Llegó un momento en que le pidió que la dejara unos instantes con Claudia en su despacho. Esther así lo hizo y se salió a esperar fuera. Desde allí las veía hablar, por los gestos que hacía Claudia estaba realmente sorprendida por algo de lo que le decía Maca, pero entonces las dos la miraron sintiéndose descubierta en su inocente cotilleo. Claudia le guiñó un ojo antes de darle la vuelta a la persiana que tenía en su despacho para quedarse a solas con Maca. Esther se mordía la uña, sabía que no se trataba de nada malo no había pasado nada digno de resaltar en su convivencia como para preocuparse.

-¿Qué tal está, Esther? -le preguntó Tur parándose a su lado.

-Bien, bien, gracias mucho más tranquila ahora que Maca ya está en casa.

-Yo… verá… no sé muy bien como decirle esto -Esther lo miraba atentamente-. Sé que no me porté demasiado bien, dudé de usted y…

-¡Oh vamos! Mejor dejar el pasado por esta vez, no quiero recordar todo lo que me ha traído hasta aquí, ¿sabe? Le agradezco lo mucho que se implicó en descubrir la verdad por Maca. Entiendo perfectamente todo, de verdad.

-Está bien… ¿podemos dejar entonces de trataros con tanto respeto? Estoy convencido de que voy a verla muy seguido por aquí y me alegra, de verdad.

-¡De acuerdo! Eso espero, estar mucho tiempo por aquí.

-Bueno… si la Inspectora ha dado el paso de estar con usted, es porque la quiere mucho y está convencida de su amor, ¡era una picaflor sin remedio!

-¡Tur! Te estaba buscando -apareció Martín que ante el gesto de Esther un tanto de sorpresa y alcanzando a escuchar lo que había dicho su compañero le dijo sonriendo-. Tenemos que irnos.

-Vale, pues lo dicho, me alegro mucho.

-Gracias, Tur, gracias Martín -le sonrió al notar como el hombre se ponía nervioso por el poco tacto de su compañero.

-¡Chicos! -les llamó Maca que acababa de salir del despacho de Claudia que empujaba la silla con gesto ciertamente sorprendido-. Me voy. Pero habíamos pensado hacer una fiesta para celebrar que sigo viva, no sé si les apetecerá venir a mi casa.

-¡Claro que sí! -dijo Martín feliz-. ¿Verdad, Tur?

-¡Por supuesto!

Se despidieron con la palabra de los dos que iban a acudir, con una sonrisa un tanto desconcertante por parte de Claudia, y con una Esther que por un momento sintió un pequeño pellizco de celos.

Aquella noche habían invitado a cenar a Encarna, Teresa, y Alfredo que estaba buscando un piso cerca de la pareja para ver si tenía posibilidades de alquiler. Durante esos días, Teresa y Alfredo habían quedado un día para que fuera la mujer quien lo acompañara a ver un piso. Pero ni habían vuelto a hablar de ellos, ni de futuro alguno. Por su parte Encarna, era la cómplice de la pareja, les contaba si Teresa hablaba o no con Alfredo, aunque ya le había dicho a su hija que como las cosas estaban mucho mejor, iba a volverse al pueblo, echaba de menos las montañas, el agua fría de la fuente, sus amigas. Aquel medio día, Maca quiso que Esther se acostara con ella a hacer la siesta. Momento que aprovechó Esther para preguntarle algunas cosas.

-Sabes que no tengo derecho a preguntarte esto -le dijo apoyando el codo en la almohada y mirándola fijamente.

-Uy no me gusta esta formulación de frase.

-Veras… Tur me ha dicho que eres una picaflor.

-Tur podía meterse la lengua en el culo ¡qué sabrá el! -protestó con el ceño fruncido.

-A ver… Maca… lo que hayas hecho antes no me importa, no soy nadie para reclamarte nada y mucho menos yo -Maca hizo un esfuerzo por ladearse un poco y mirarla fijamente-. Pero… me ha dado un pequeño pinchazito en el corazón… he sentido celos y… no sé… yo… nunca había sentido esto.

-¿Celos?

-Sí, celos.

-Puede ser porque estás enamorada de verdad -le acarició la cara.

-Los celos son malos, destruyen y no sirven para otra cosa.

-Esos celos de los que estás hablando los conozco, yo también los he sentido al pensar que has estado con otras mujeres, pero confío en ti y en nuestra unión.

-Yo también -se apresuró a decirle-. Pero no quería dejarlo pasar.

-Haces bien, esto es la comunicación que dicen debe haber en las parejas.

-¡Eso debe ser!

-Tenemos que aprender las dos, cariño.

-¡Ay Maca! -suspiró mordiéndose el labio inferior.

-Te deseo -le dijo de pronto.

-Y yo -respondió con un gesto de cierta travesura.

-Sube sobre mí, algo haremos -le dijo animada Maca.

-No sé si…

Entonces sonó el móvil de Esther. Maca cerró los ojos justo en el momento en que parecía la tenía convencida para poder tocarse. Vio que sonreía nerviosa y le decía.

-Es Cruz.

-¡La madre que la parió me trae a mal vivir!

-Espera voy a hablar con ella -le decía muerta de risa-. ¡Cruz, qué tal!

-¡Uy cuanta energía sobrante en tu voz!

-Ah… sí… sí -le hizo un gesto con la mano a Maca que resopló.

-Llamo en mal momento, ¿verdad?

-No, sí… la verdad que me has salvado -decía rascándose la cabeza mientras se llenaba un vaso de agua.

-¿Y eso?

-A ver, Maca debe guardar reposo…

-Oye… para hacer el amor está ¿eh? Está.

-Joer Cruz que sexual te has vuelto -le dijo en voz baja.

-¿Por qué crees que la he enviado a casa? En parte porque el sexo alivia grandes males. Dentro de lo que pueda moverse no es necesario volverse loca, pero sí para que se quede a gustito y tú también que bien os lo habéis ganado. ¿Ella se encuentra mal?

-No, no, que va, está mucho mejor, se toma las pastillas, hace caso en todo, bajamos por la mañana y por la tarde a la calle para dar un paseo… está siendo muy obediente.

-¡Pobre! Pues bien se merece algo de sexo, reposado pero que disfrute… ¿no te parece?

-Bueno…

-¡Y a ti también! ¿Oye que es eso de que tengo que ir a una cena? -le preguntó mientras miraba en su móvil el mensaje.

-Queremos daros las gracias por todo lo que nos habéis apoyado. Es una cena de amigos, Maca insistió en que vinieras tú.

-Espero que los cuchillos sean de plástico -dio una carcajada acompañada por una Esther que se encontraba más tranquila-. Bueno… pues te voy a dejar creo que tienes cosas más interesantes que hablar conmigo.

-Bueno hablar contigo siempre es un alivio.

-Anda, ve no vaya a ser que se te haya dormido.

-Bueno, pues si se ha dormido la dejaré dormir. Gracias por todo, Cruz.

Al entrar vio a Maca que se había acomodado en la cama sola, sonrió, aquello le daba muestras de que seguía con las mismas ganas de tenerla que cuando sonó el teléfono, había conseguido poner los almohadones en su espalda de manera que estaba cómodamente sentada. Miró a Esther mordiéndose el labio inferior en una actitud totalmente sexual. Esther se quitó la camiseta que llevaba con el suspiro de Maca como fondo musical. Después se quitó el pantalón y las bragas, se mostró totalmente desnuda con esa mirada cargada de sensualidad y deseo mirando a su mujer.

-Ven -la animó Maca mientras Esther se sentaba a horcajadas sobre sus piernas. La mano derecha de Maca cobró pronto vida apropiándose de uno de sus pechos-. Esther… me vuelves loca. Creo que me pones algo en las pastillas para estar así…

-Maca… a mí me pasa lo mismo… no son las pastillas… somos nosotras.

-Me muero por tocarte.

-Tócame.

-Esther… mi vida…

Hablaban entre jadeos mientras sus bocas se buscaban y encontraban, las lenguas comenzaron a bailar una danza que daba paso a la pasión más desatada. La mano de Maca apretaba con fuerza el pecho de una Esther que había pasado los brazos rodeando el cuello de Maca con total cuidado de no hacerle daño en el hombro. De vez en cuando se apartaban y dejaban de besarse para mirarse y murmurar palabras repletas de amor y cariño. Entonces Esther cogió la mano de Maca llevándola a su sexo, estaba que no podía soportar tanta excitación, con los movimientos que iba realizando Maca ayudada por Esther fue empezando a sentir como su mundo se abría para ella, como desde lo más profundo de sus entrañas explotaba un placer como nunca antes había vivido, notaba como los pezones se iban poniendo cada vez más erectos, como la sangre golpeaba sus sienes, mientras una fuerza brutal llegaba desde su clítoris, iba poco a poco invadiendo todo su cuerpo, su sangre, sus nervios, sus emociones y finalmente explotaba entre gemidos de felicidad como si el cielo se hubiera abierto para ella y hubiera podido tocar esa felicidad maravillosa que le acababa de regalar Maca. Su respiración parecía iba a romperse, le temblaba todo el cuerpo, sus labios necesitaban beber de la boca de su amada, su mano derecha fue descendiendo hasta colocarse entre los muslos de una Maca que se mostraba necesitada tanto como lo había estado ella momentos antes.

-Maca… eres la mujer más maravillosa que he conocido -le susurró mientras le besaba la oreja provocando en ella un intenso escalofrío-. Te amo, te amo desesperadamente.

-Esther… Esther…

Maca cerró los ojos abriendo levemente la boca para dejar salir un gemido suave al notar la caricia íntima de Esther, sentía que su corazón iba a salir del pecho, notaba la intensa y maravillosa marea del placer en su interior. La lengua de Esther viajo por su cuello al echar la cabeza hacia detrás, cerró los ojos se abandonó totalmente dejando que la llevara donde quisiera, nada más sentía y sentía tanto y tan profundo que estaba a un paso de morir. Esther imprimió ritmo a la caricia que estaba volviendo loca a Maca, que por su parte no podía dejar de jadear y sentir esa felicidad que la tenía a punto de llorar. El final fue como una explosión en su interior de emociones que la hicieron llorar. Esther asustada la miró como si fuera culpable de aquellas lagrimas.

-Maca cariño ¿qué te pasa? -le preguntó angustiada.

-Nada… es felicidad -contestó Maca llorando y riendo a la vez-. Creo que es el momento más maravilloso y feliz que he vivido nunca.

-Mi amor…

Esther sonrió abrazando a Maca fuertemente mientras le regalaba miles de besos.

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2 pensamientos en “SIN PASADO NO HAY FUTURO. CAP 34

  1. Buenos días, me encanta ese tira y encoge entre Cruz y Maca…Ya tenemos a la parejita viviendo juntas en su nidito de amor, veamos como les va, pues, como lo dices en la historia “tendrán que aprender las dos”, no sólo a comunicarse sino también conocerse más allá de lo sexual…Me gustaría ver a Maca completamente re-establecida a ver como sigue la historia…Como siempre escritora el capitulo genial, gracias por tu tiempo, saludos.

  2. Aysss,,,esta preciosa cotidianeidad de una pareja que empìeza pero que ya se quiere con locura. Que trata de hacer las cosas bien, a pesar del miedo.
    Me intriga de todos modos esa “mirada un tanto desconcertante” de Claudia…seguro no es por lo que Esther se pone en alerta, pero…
    Muchas gracias

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