SIN PASADO NO HAY FUTURO. CAP 35

 

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Os pido disculpas por el retraso.
Gracias por seguir aquí.

             Eran las seis de la tarde cuando el timbre de casa de Teresa sonó. Encarna la miraba sonriente, Alfredo había quedado con ella para que le acompañara a ver un piso muy cerca de donde vivía y eso, le decía Encarna era igual que decirle “estoy de vuelta, Teresa”. Aquella frase ponía muy nerviosa a la mujer mientras que a su buena amiga Encarna le arrebataba unas carcajadas divertidas.

-Voy, Alfredo -le dijo Encarna dirigiéndose a la puerta.

-Hola.

-¡Vaya… muchas gracias por traerme un ramo!

-¡Oh! Esto…

-Deja… deja… que estás tan nervioso que no has pillado la gracia.

              Alfredo se presentó con un ramo de flores, un traje chaqueta oscuro y una corbata negra, parecía más bien un comercial de una funeraria pero había que reconocer que estaba elegante. Encarna le hizo una señal para que entrara con una sonrisa de oreja a oreja. Al pasar al comedor lo recibió Reina, la gata, que se le quedó mirando como si estuviera haciéndole un reconocimiento de arriba abajo.

-¡Pero que gata tan guapa!

”Vaya… una gata le hace sonreír… Ver para creer” –pensó para sí Encarna.

-¡Hola! -apareció Teresa más nerviosa que él-. Parece que le has caído bien -sonrió y su mirada resplandeció.

-Sí, me encantan los gatos.

-¡Venga que se os va a hacer tarde! Que esas gangas no esperan. Venga… venga…

-Toma, Teresa, quería agradecerte que me acompañes.

-No tenías que haberte molestado -cogió el ramo con otra sonrisa ciertamente nerviosa.

-No es molestia.

-Anda dame el ramo ya lo pongo yo en un búcaro y vosotros marchar.

               Salieron ante la mirada sonriente de Encarna, que fue corriendo hasta el comedor, se puso las gafas y trató de enviar un mensaje de voz a su hija tal y como había quedado con aquellas dos para estar al corriente de lo que hacía la parejita.

-¡A ver esto como demonios va! ¿Se me escucha? ¿Me escuchas Esther? ¿Maca? Bueno… da igual… yo hablo, la parejita ha salido, parecían dos jovencitos en su primera cita. Maca tendrás que decirle a tu padre que sea más moderno, va vestido que parece el cobrador del recibo de Ocaso que viene a mi casa. Tu madre iba como un pincel, mira que cuando se arregla Teresa es guapa ¿eh? Eso sí, no he conseguido evitar que se pusiera unos pendientes demasiado grandes. Él le ha traído un ramo de flores muy bonito, ese maullido que oís es que a Reina le ha gustado Alfredo, corto y cambio.

              Al colgar, sonrió, aquel artilugio le provocaba risas descontroladas. Entonces miró a la gata y se dio cuenta que el día que llegó a aquella casa, lo hizo con el corazón hecho añicos, muerta de miedo y dolor. En ese instante que se sentía inmensamente feliz le gustó recordarlo, porque la vida está llena de momentos breves pero felices, y ese lo quiso saborear.

              En su casa Maca y Esther se morían de risa con los mensajes de Encarna, en especial con esa referencia al cobrador de la funeraria. Estaban contentas de ver que Alfredo y Teresa podían tener una oportunidad después de tantos años.

-Creo que van por buen camino –le dijo Esther dejándole un beso en la frente-. Y ahora nos tenemos que ir, Cruz nos espera.

-¡Qué alegría! –susurró Maca con gesto de fastidio.

-Cariño… -le advirtió Esther con una sonrisa divertida.

-Ya lo sé, ya… pero… uf… además saber que empiezas a trabajar ya, que me voy a quedar aquí solita.

-¿Tú solita? ¡Parece mentira que no conozcas a tu madre y a la mía! Luego vas a rogar para que se vayan.

-¡No seas mala! Ellas saben que me tienen que mimar.

-Te estás aprovechando de ellas. Y de mí –la acusó divertida con el dedo índice.

-Pobrecita –le dijo poniéndose en pie y agarrándole de la mandíbula mientras la besaba.

-Venga y después hacemos la compra que tenemos la nevera vacía.

-¡Con lo que odio comprar!

-¿Sabes? Me he dado cuenta que eres una protestona, de todo protestas.

-Nunca me ha gustado comprar.

-Bueno pero vas conmigo, eso no es lo que solías hacer.

-¡Pensándolo bien! Tienes razón –mantenía su brazo derecho rodeando la cintura de Esther. La miró a los ojos, después a los labios y le susurró-. Te quiero.

-Y yo, mi vida.

              El día a día transcurría entre ellas de un modo cada vez más cercano, estaban conociéndose poco a poco, tras el lado de la cama donde dormir, llegó el desayuno y saber qué preparar a la otra con todo su amor. Disfrutar al despertarse de la compañía, poder saborear la felicidad y sentirse afortunada por compartir cada día, cada noche con ella. Fueron días intensos donde hablaron mucho de su vida tumbadas en el sofá abrazadas mientras se repartían caricias lentas. A veces, apagaban la luz y ponían un CD de música, podían estar horas tranquilas sintiendo la una a la otra. Era una sensación maravillosa que estaban descubriendo juntas. Todo por muy pequeño que fuera les provocaba esa emoción de estar enamorada.

            Al llegar al hospital pasaron directamente hasta el despacho de Cruz. Allí estaba mirando unas radiografías mientras instruía a unos chicos y chicas muy jóvenes de los que Maca se apiadó en voz baja arrancando la sonrisa de Esther. La doctora les hizo una señal para que esperaran, se sentaron en el pasillo y mientras esperaban varias de las que iban a ser compañeras de Esther se detenían, y le daban ánimos para el día siguiente que debía empezar a trabajar. Maca la miraba sonriendo se notaba que estaba nerviosa.

-¡Chicas podéis pasar! –las llamó Cruz desde la puerta de su despacho.

-¡Vamos allá! –murmuró Maca con cierto fastidio.

-Hola Cruz –le dio dos besos Esther.

-¿Qué tal cómo estás? –le preguntó Cruz con una sonrisa leve en los labios.

-Bien, gracias. ¿Y tú? –respondió Maca con tono amable.

-¡Hasta el gorro de tener que llamar la atención a niñatos que se creen saberlo todo, y no saben nada! Oh no… no te sientes, pásate a la camilla, aunque teniendo a Esther a tu lado imagino que esa herida estará ya perfectamente curada.

            Maca le obedeció cruzando una mirada repleta de complicidad con su chica que le estaba ayudando a desabrocharse la camisa con esa sonrisa en los labios que marcaba la tensión sexual que estaban viviendo sin percatarse ninguna de las dos de ello.

-Oye que si os molesto me voy, ¿eh? –las miraba divertida.

-Perdón… Cruz –Esther se sonrojó ante la carcajada de la médica.-Bueno, ¿le quitas tú el vendaje? Mientras quiero auscultarla.

-Claro.

-Si se lo quitas tú con amor, será mejor que si lo hago yo.

-Eso sin duda –apuntó Maca con la mirada encendida en los labios de Esther.

-¿Puedes dejar un momento de desear a Esther? Más que nada porque tu corazón me va a decir algo que no es, ¿puedes?

-No lo sé… Trataré de intentarlo.

-Maca.

          Ante la advertencia divertida de Esther, Cruz miró al techo como si realmente le sacara de sus casillas, aunque la que más estaba disfrutando de aquel momento tan sensual era ella. Ver a Esther con esa sonrisa y ver como Maca la miraba le hizo sentir tranquilidad por su amiga.

-Ya está –le dijo Esther-. Si quieres puedes mirar cómo va evolucionando.

-¡Uf! ¡Qué fea! –protestó Maca al ver la herida.

-Está inflamada, cariño. Poco a poco.

-El corazón bien, algo alterado pero me hago cargo –se colgó el fonendo al cuello y miró la herida-. Y esto muy bien… ¡perfecto diría yo! Vamos a hacer una radiografía y le hacemos la visita al doctor.

          Mientras Maca estaba en el hospital, Alfredo y Teresa habían llegado juntos al piso. Era pequeño, pero muy cuco, una sola habitación, un comedor con cocina americana, un lavabo pero una impresionante terraza donde Alfredo podía imaginarse haciendo lo que más le gustaba, tener un bonito jardín donde cuidar sus plantas. Teresa pareció adivinar el pensamiento que estaba teniendo el hombre.

-¿Aún sigues cuidado las plantas con tanto mimo?

-Me has descubierto –sonrió de lado ante la pregunta-. Sí, me tranquiliza, ya lo sabes.

-Esta terraza sería perfecta, ¿verdad?

-¿Te gusta?

-Bueno… a quien le tiene que gustar es a ti, pero sí… realmente es un pisito de soltero.

-Para mí suficiente, en cuanto Maca esté mejor iré a mi casa. No puedo abandonarla.

-¿No vas a quedarte? –lo miró con cierta duda.

-Lo tengo que pensar, Teresa. Todo ha sido muy precipitado, mucha información en poco tiempo.

-Claro –no pudo evitar que su tono de voz sonara con desencanto-. ¿Entonces?

-Me lo quedo.

          Salieron de la finca para ir a la Inmobiliaria a firmar los papeles. Durante el trayecto que fue breve y lo hicieron solos, Teresa mostró su preocupación.

-¿Cómo le estará yendo a Maca?

-Es muy fuerte, Teresa. Creo que es capaz de superar esto.

-Me recuerda a ti en tantas cosas –le dijo sonriendo.

          Se quedaron parados ante la puerta de la Inmobiliaria, parecía que aquella frase había detenido el tiempo, el entorno y sus corazones. Se miraron intensamente, como hacía mucho tiempo, Teresa sintió como su corazón galopaba, Alfredo pensó que debía disimular o se daría cuenta de lo rápido que estaba latiendo su corazón. Aunque al segundo de ese pensamiento se percató que no solo él estaba sintiendo tan intensivamente.

-¿Pasan? –les preguntó una mujer rompiendo el hechizo del momento.

          En el hospital, Cruz se moría de la risa con Esther. La estaba poniendo en serios aprietos y estaba disfrutando con la situación.

-¡No quiero imaginarme cuando tenga el hombro bien! ¿Pararéis en algún momento, no?

-Calla, calla –le decía apurada con una sonrisa-. Mira… estoy viviendo algo maravilloso, saber que te desean, que te quieren, que te miman. Que está ahí muchas veces que me despierto mirándome. No quiero que cambie nunca.

-Pues cuanto antes asumas que todo cambiará en unos meses o si tienes suerte unos años, mejor para ti.

-¿Por qué tiene que cambiar?

-Porque la convivencia es la asesina del amor.

-Pero te recuerdo que estoy con una Inspectora, la mejor de Madrid.

-¿Y qué tiene eso que ver? –la miró asombrada.

-Que ella no lo permitirá.

-¡Válgame el cielo! –negó con la cabeza.

-Tengo a la horma de mi zapato, Cruz, no pienso permitir que esto se muera.

          Entonces se abrió la puerta y salió una sonriente Maca con un sobre y las radiografías en su interior.

-Bueno, vamos a ver si ya puedes comenzar a hacer algún ejercicio.

-Me muero de ganas por tener el brazo bien.

-Imagino –susurró Cruz poniéndose a caminar.

-¿Me has echado de menos? –le preguntó Esther.

-Bien sabes que sí. Oye pero a Cruz no se le pasa una. La tía es peor de lo que creía.

-¡Es para hoy! –les llamó la atención poniendo la mano en el ascensor para que no se cerrara- ¡Vamos tortolitas!

-Mala, no, malísima –le dijo Maca bajito arrancando una carcajada en Esther.

          Teresa entraba por la puerta de su casa, de inmediato primero la gata y después Encarna acudieron a su encuentro. Por su cara, Encarna divisó que algo había pasado. Pero sabía que Teresa no era una mujer a la que podías preguntar, mejor dejar que ella sola hablara.

-¿Han llamado las chicas?

-No, todavía no. Deben estar haciéndole alguna prueba. ¿Qué, hay piso?

-Sí, está muy cerca de casa de Maca.

-Esto está bien, ¿no?

          Teresa dejó el bolso y la chaqueta en su habitación, se arremangó las mangas de la blusa y se sentó frente a Encarna que se había hecho una taza de té y le había preparado otra para ella.

-Gracias, Encarna.

-Tienes una cara, hija. Que parece que en lugar de venir de ver un piso has ido a un funeral.

-He sentido nuevamente ¿sabes? Más de treinta años después he sentido ganas de echarme a su cuello.

-¿Sentido ganas? ¿Entonces no lo has hecho? –Teresa la miró algo desconcertada-. Mira, voy a ser franca contigo porque te tengo un grandísimo cariño, si tuvieras veinte años… pues vale, pero ni tú ni él estáis en edad de un noviazgo, ni de ir con cuidado por no haceros daño. Se nota a la legua vuestras miradas. Capto que ambos cuando os miráis pensáis lo mismo ¿y si pudiera ser? –miró intensamente a Teresa-. No me equivoco, ¿verdad?

-No –sonrió de lado con cierta tristeza mientras estrechaba con fuerza la taza.

-¿Y crees que merece la pena esperar y no echarte a su cuello?

-Hoy me ha dicho que su intención es volverse, no creo que sea bueno crearme falsas expectativas.

-Te lo está diciendo, Teresa, desde fuera lo veo clarísimo, te está diciendo haz algo o me voy. Él fue el despechado, lo dejaste, te toca a ti mover ficha.

-Tengo miedo.

-Lo sé, pero lo que debes tener es amor, no miedo. Y de eso creo que llevas mucho almacenado en tu corazón.

-Es el hombre de mi vida.

-Entonces… ya sabes lo que tienes que hacer ¡echarte a su cuello!

          Dio una carcajada pero al mismo tiempo le tomaba la mano en señal de apoyo. Aquella mujer había cambiado la soledad de Teresa. Su evolución desde el día que llegó había asombrado a la mujer. Saber la verdad que escondía Esther, la destrozó pero recompuso una a una todas las piezas de su corazón y luchó por ella con uñas y dientes. Aceptó, superó y apoyó todo lo ocurrido con una entereza admirable. Era una madre con mayúsculas y Teresa la admiraba por ello. Sin duda, aquella mujer le había ayudado mucho con Maca, en ese momento la estaba ayudando con Alfredo, agradeció tenerla a su lado, agradeció haberla conocido.

-¿Sabes una cosa, Encarna? Estoy muy agradecida por tenerte a mi lado.

-Tú ayudaste a mi hija, eso jamás se me olvidará.

-Bueno… tú me has ayudado con la mía, eso tampoco lo olvidaré.

-¡La vida! Que rápido se pasa y cuánto tiempo perdemos, amiga. Yo también agradezco haber tenido la oportunidad de conocerte. Me has enseñado muchas cosas, la más importante, me hiciste ver que debía ayudar a mi hija a pesar de todo.

          En la consulta del médico, Maca atendía las explicaciones del doctor sobre la recuperación de su hombro. Estaba contento con la evolución y no dudó en asegurarle que acortaría los plazos con total seguridad, porque aquella mujer era mucho más fuerte de lo que podían imaginar. Le enseñó un par de ejercicios para comenzar a darle un poco de movilidad, también le quitó el vendaje poniéndole un cabestrillo del que le permitía descansar varias veces a lo largo del día. Tras su aprobación, la enfermera que estaba con él fue a quitarle las grapas.

-Disculpe, si no le importa prefiero que me las quite Esther –le dijo Maca con tono tan amable que era imposible enfadarse.

-¡Oh, claro! No hay problema –le dijo la enfermera con una sonrisa.

-Cruz por mi parte voy a enviarle una resonancia la semana que viene y si por dentro está tal y como creo, la enviaré ya a rehabilitación.

-Te estás portando muy bien –le dijo con cierta sorna Cruz.

-Gracias, doctora –le respondió Maca con una sonrisa.

-Bueno… esto ya está, cariño.

-Espero que ese cariño nada más me lo dediques a mí, te dejo encargada de vigilarla, Cruz.

-¡Uy a mí no me metáis en líos!

          Después de salir del hospital, fueron juntas a comprar. Lo hicieron en un ambiente distendido, se dieron algún que otro capricho aunque Esther como no tenía dinero trataba de que fueran los menos, Maca que lo sabía, cuando veía que miraba algo pero no lo cogía iba ella y lo echaba al carro con una sonrisa. Al llegar a casa, llamaron a Teresa le explicaron todo lo que había dicho el médico y ella quiso saber que tal había ido la visita con Alfredo.

-¿Qué te ha dicho?

-Que se ha alquilado un piso. No sé… la noto un poco decaída.

-Tendremos que hacer de celestinas –le sonrió mientras le dejaba un beso en los labios.

-Me encanta –su dedo índice se desplazó por el escote del suéter que llevaba lentamente provocando un escalofrío en ambas.

-¿Ser celestina? –preguntó Esther mientras se mordía el labio inferior.

-Que me beses.

          Aquella noche, Maca ya podía dormir sin el molesto vendaje que le impedía hacer cualquier movimiento, si bien, llevaba el cabestrillo al menos podía moverse algo mejor. Tenía abrazada a Esther que le acariciaba el pecho izquierdo.

-Maca –le dijo con la voz adormilada-. ¿Duermes?

-No, cariño.

-¿Crees que seremos capaces de que nuestro amor no decaiga con la convivencia?

-Claro que sí, tenemos que serlo. Llevamos poco pero el poco tiempo que estamos juntas me siento feliz.

-Cruz dice que esto pasara –apoyó el codo en la almohada mirándola fijamente.

-Cruz me tiene ojeriza por eso te dice esas cosas –le dijo con el ceño fruncido-. Yo no sé lo que va a pasar en el futuro, es más, no pienso jamás en el futuro, me encargo de vivir el presente. Es por lo único que puedo responder y ese presente me dice que te amo con locura.

-De acuerdo, viviremos intensamente el presente.

          Sonrieron mientras Esther volvía a acurrucarse entre los brazos de su mujer.

          Los días siguientes fueron un auténtico caos. Esther había empezado a trabajar por las mañanas, Maca se levantaba con ella para desayunar. Lo hacía entre risas, bromas, deseos de que todo fuera bien y un apoyo incondicional. Cuando se quedaba sola, se desesperaba hasta que llegaban Encarna y Teresa con las que el vínculo cada vez era más estrecho. Alfredo había acudido a ver a Maca tras la compra de muebles, macetas y electrodomésticos. Claudia por su parte, había aprovechado una mañana durante un par de horas para hacerle un recado a Maca, todo vía fotografías guasap, hasta que le llegó a desesperar. Al final, habían dejado la cena que Maca se había empeñado en celebrar para el sábado. Y esa misma tarde, mientras Esther ayudaba a su madre, Teresa quiso hablar con Maca antes de que llegara Alfredo.

-Cariño ¿cómo estás? Te noto nerviosa ¿pasa algo?

-No, Teresa… nada.

-¿Todo bien con Esther?

-Sí muy bien –le sonrió aunque era cierto que no podía evitar mostrar ese nerviosismo.

-¿Sabes algo de tu madre?

-No, quiero darles un poco de tiempo para que todos intentemos asimilar lo que ha ocurrido.

-Hija… creo que estás haciendo lo correcto –esta vez quien le sonrió fue ella.

-¿Estás bien? –la miró preocupada porque la vio que se le humedecían los ojos.

-Sí, ¿puedo abrazarte? Ser madre a mi edad me pone un poco tonta a veces.

          Maca sonrió dejando que aquella mujer la estrechara entre sus brazos con todo el amor que sentía por ella. Teresa mantenía los ojos cerrados sin querer recordó con el inmenso amor que fue concebida, y ese amor perduraba en los años hasta ese momento.

-Teresa… Me estás ahogando.

-¡Perdón, mi vida! Perdón –sonrió quitándose unas lágrimas de emoción.

-No pasa nada.

-Sé que te incomoda que te diga estas cosas, y que te dé besos o abrazos –Maca agradeció su sinceridad-. Pero no lo puedo remediar.

-Dame tiempo ¿vale? No estoy acostumbrada a todo esto, mi vida está cambiando por completo y… Perdóname tú a mí si a veces no respondo como te gustaría.

-No hay nada que perdonar, tranquila… De verdad… poco a poco.

-Me alegra mucho haberte encontrado.

          Para Teresa aquella afirmación de Maca fue como un bálsamo en su corazón.

-Lo siento, no quiero molestar pero me ha dicho Esther que estabais aquí.

-¡Claudia, pasa… pasa! –le dijo nerviosa Maca.

-¿Qué tal Teresa? Acaba de llegar Alfredo.

-Voy a saludarlo, os dejo solas.

-¿Lo tienes? –Maca le preguntó ansiosa.

-Sí, ¡pero es la última vez que te hago un favor! ¡Eres agotadora!

-Quiero verlo…

-Maca… lo elegiste tú ¿eh? –la miró desafiante y cansada de soportarla.

-¡Tengo unos nervios!

-Pareces una cría –dio una carcajada.

-No te burles.

-Jamás pensé que vería esto –le decía mirándola con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Pues ya somos dos las que lo pensamos! Uf voy al lavabo otra vez.

          En el comedor habían montado dos mesas para poder cenar todos. La casa parecía una fiesta, risas por doquier, charlas por un lado por otro, y el mismo gesto extraño de ver reunidos allí a todas las personas. Había llegado Tur y Martín con una botella de vino bueno, según Tur el mejor del mercado. También estaba el cura del hospital, con la enfermera y el notario, los tres habían colaborado para que los padres de Maca no se la llevaran. Cruz había llegado con ellos y llevaba una cesta repleta de diferentes chocolates. También estaba Encarna, Teresa y Alfredo, todos los que de una manera u otra habían compartido los días amargos donde Maca se debatía entre la vida y la muerte.

          La cena transcurrió con un ambiente distendido, divertido y algunas miradas que se buscaban como las de Teresa y Alfredo, la mirada de complicidad entre Claudia y Maca, o como no, la mirada repleta de amor entre Esther y Maca.

          Con el café, los chocolates también apareció dos botellas de champan y copas. Todos sabían que iba a ser un brindis por Maca, por su recuperación y por la ayuda. Tras mirar a Claudia, fue ella misma la que pidió un momento de atención. Se quitó el cabestrillo ante el carraspeó de Cruz, y tras suspirar con fuerza dijo unas palabras.

-A ver como lo hago que yo soy un poco sosa para estas cosas –carraspeó ante la sonrisa del resto que la miraban divertidos-. Esta cena tiene dos motivos para celebrarse, el primero porque aunque yo no me enteré de casi nada sé que todos hicisteis piña a mi alrededor para ayudar a los míos. Es por eso que os doy las gracias. Y el segundo motivo y con perdón el más importantes para mí, es que me casé sin enterarme, y creo que tengo una familia y amigos maravillosos, pero sobre todo, tengo una mujer que me hace feliz tanto como para no poder disfrutar de ese momento tan especial –se giró hasta quedar cara a cara de una emocionada Esther-. Por eso, cariño, ¿quieres casarte conmigo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 pensamientos en “SIN PASADO NO HAY FUTURO. CAP 35

  1. Hola pquimmera, siento el error, la verdad que he ido tan mal de tiempo que ni me di cuenta. Gracias por seguir, yo también creo que Teresa tiene que hacer algo, es una bonita historia de amor de reencuentros.

    A ver que tal acaba.
    De verdad gracias por estar ahí.
    ldana

  2. Es normal que Teresa esté aterrada, pero Encarna tiene razón: ahora es ella la que tiene que mover ficha con Alfredo.
    Sobre Maca y Esther. Que tierna y detallista resultó Maca y muy significativo que se quiera volver a casar para disfrutarlo, para enterarse…para decir “si quiero”. Preciosos estos momentos de reconocimiento mutuo.

    Acá sigo escritora, aunque me despisté porque el número del capítulo era repetido y pensé que no habíamos publicado nada nuevo

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