HISTORIA DE MUJERES. 1

imagenes-amistad-amigas-ventanta-esperandoANGELA Y MARISA  (PARTE I)

-¿Tu amiga sale con algún chico?

            La madre de Sandra la sorprendió con aquella pregunta. Nunca solía meterse con sus amigas, ni preguntar, ni interesarse, sin embargo, Marisa parecía que algo despertaba en ella porque siempre que llegaba a casa para verla o estar con ella, Ángela solía aparecer cuando menos lo esperaban.

-No, mamá, Marisa es lesbiana.

            Le contestó sin saber muy bien cómo iba a reaccionar, nunca había hablado con su madre de la homosexualidad. Siempre pensó que su alto estatus social no le acercaba a la realidad de la vida. Ella tenía veintisiete años, su madre cuarenta y seis. La tuvo a los diecinueve con un hombre de cincuenta que tenía una fortuna en el banco y unas inversiones en los mejores lugares de la tierra. Nunca más se preocupó del dinero, ni de vivir a lo grande. Sin embargo, Sandra no podía decir que tras enviudar muy pronto, jamás la vio con otro hombre. Tenía un grupo de amigas con las que viajaba, salía a divertirse, pero siempre regresaba a casa por las noches. Si iban juntas por la calle las tomaban por hermanas. Nunca le importaba porque su madre era bastante moderna, no le pedía explicaciones de lo que hacía con su vida, para sus abuelos era demasiado permisiva. A una joven como ella había que vigilarla. Sin embargo Ángela confiaba en su hija ciegamente.

-¿Y tiene novia?

            La pregunta la hizo con total tranquilidad tras dar un sorbo a su taza de té.

-No, mamá. Que yo sepa no.

-¿Y a ti te gusta?

-¡Mamá pero que cosas tienes! –la miró con los ojos abiertos como platos-. A mí me gustan los hombres. Además, Marisa es para mí como una hermana, es la única con la que puedo hablar de todo. Tiene una mentalidad muy parecida a la tuya.

-¡Ah sí!

-Es liberal y abierta. No le importa que la vean con chicas, siempre me cuenta que la primera vez que besó a una mujer en la calle, la señora que estaba junto a ellas les llamó enfermas. ¿Crees que le importó?

-Como debe ser, cariño. Recuerda que hay que respetar a todo el mundo, a unos y a otros.

-Nunca hemos hablado de este tema. Aunque no me sorprende que lo aceptes.

            Ángela dio una carcajada ante la frase de su hija, siempre conseguía sorprenderla, se sentía muy orgullosa de ella, era una chica respetuosa con los demás, aplicada en los estudios, nada superficial y solidaria. Habían sido las bases en las que ella la había criado.

-¿Y qué vas a hacer hoy?

-Ahora mismo he quedado con Marisa, viene a recogerme. Voy a terminar de arreglarme y nos vamos a cenar.

-Estupendo, cariño.

-¿Qué vas a hacer tú?

-No tengo planes.

            Sandra le sonrió y se marchó con su teléfono móvil en la mano hasta su habitación. Ángela fue a hablar con la sirvienta dejándole un recado.

            A los cinco minutos, el timbre de la puerta sonó, la sirvienta abrió y llevó hasta una pequeña salita a Marisa. Le dijo que avisaba a su amiga para que supiera que estaba allí.

            Nunca en todo el tiempo que había estado visitando a su amiga, había entrado a aquel lugar, estaba repleto de libros como una pequeña biblioteca, un sillón y una cama al otro lado. Debía de ser el rincón de lectura de la madre de Sandra.

-¿Te gusta la lectura? –la voz de Ángela la sorprendió.

-Sí, la verdad que sí.

            Ángela la miró de arriba abajo, Marisa llegaba con una falda y una camiseta que marcaba su pecho, se notaba que se cuidaba, tenía los bíceps marcados, y su vientre parecía duro. Por un momento ninguna habló, Marisa captó la mirada de la mujer que tenía ante ella, si hubiera sido otra, sabría que estaba pidiéndole descaradamente sexo. Pero era la madre de su mejor amiga y no entendía ni la mirada ni la actitud.

-Estás muy guapa.

-¿Perdone?

            No hubo tiempo para responder con palabras, Ángela se lanzó a su boca mientras al mismo tiempo y con una rapidez que descolocó a Marisa le metía la mano por debajo de la falda tocándome el muslo. Un gemido salió de la garganta de Marisa que de pronto vio como aquella mujer le daba la vuelta y la ponía contra las estanterías mientras sus manos se posaban con fuerza y decisión en los pechos. Hubiera podido protestar o incluso zafarse de aquel cuerpo que se rozaba contra él suyo con fiereza, sin embargo, no hizo nada que no fuera facilitar la profundidad del deseo de aquella mujer que gemía en su oreja, ladeó el cuello y rápidamente Ángela lo lamió consiguiendo que su presa soltara un gemido de placer casi insoportable. De repente, todo aquel torbellino en el que se había visto envuelta Marisa se detuvo, notó como el cuerpo de Ángela desaparecía de su espalda, como las manos que ocupaban sus pechos, sus muslos habían dejado de acariciar. Se giró todavía con la respiración agitada, el deseo hervía en su piel. Tragó saliva no podía creer lo que había ocurrido, pero lo peor de todo no podía creer que no hubiera acabado lo que tan frenéticamente empezó. Aunque la respuesta fue rápida, Sandra estaba allí mirándola algo preocupada.

-¿Qué te pasa? ¿Qué haces aquí?

-Me… me ha dicho la chica que te esperará aquí porque no sé qué estaba haciendo.

-Ah… últimamente está muy rara. Bueno… hoy estáis todas muy raras. ¿Nos vamos?

            Aún sentía las pulsaciones disparadas, el deseo recorriendo su piel, y la sorpresa de lo ocurrido. No fue capaz de procesar aquel momento intenso hasta llegar al coche y sentarse junto a su amiga. Ella hablaba de algo pero en su pensamiento nada más estaba la visión de su madre jadeando en su oído, acariciándola con una vehemencia que nadie antes había utilizado con ella.

-¿Estás bien, Marisa?

-Sí, estoy bien. ¿Por qué?

-No sé… te noto distraída.

-No, no es nada. Oye… ¿te puedo hacer una pregunta un poco personal?

-Claro.

-¿Tu madre… nunca ha vuelto a tener pareja?

-Vaya… ¡qué casualidad! Ella me ha preguntado por ti esta mañana -la joven sintió que se le erizaba la piel-. Mira mi madre es una mujer muy liberal, yo creo que dio el braguetazo de su vida, me tuvo a mí y conmigo le llegó la buena vida. A casa no trae nunca ningún hombre, tiene sus amigas y se divierte supongo que tendrá algo por ahí. ¿Por qué lo preguntas?

-Por nada… se conserva muy bien.

-¡Oye no te gustara mi madre, no!

-Pues no es un mal partido.

-Vete a la mierda, ¡qué es mi madre! –le recriminó seria.

-Vale… vale… solo era un comentario.

-¿Un comentario? ¡Coño ni se te ocurra, hostia!

Marisa no esperaba aquella reacción de su amiga, le sorprendió, dejándole mal cuerpo para el resto de la noche. Aunque para Sandra se le olvidó pronto ya que se encontraba entre ese grupo de amigos, Enrique, el hombre que había decidido iba a ser suyo.

La noche fue divertida, se encontraron con el grupo de amigos que formaban, Sandra siempre junto a Enrique quien le echaba los tejos sin parar, Marisa tratando de calmar todavía su excitación. No podía dejar de recordar aquel instante, no sabía si quiera si habría llegado a un minuto de pasión desbordada. ¡Pero vaya minuto!

            Al día siguiente, Marisa recibió un guasap extraño de Sandra, quería que acudiera a casa lo más pronto posible. Ni siquiera contestó, ella era de esa clase de amigas que en cuanto la llamaban acudía, en cuanto necesitaban ayuda la prestaba. Era la clásica amiga que lo da todo aunque Sandra era como su hermana en el fondo sabía que era un tanto caprichosa y posesiva, pero la quería tanto que todo se lo perdonaba.

            Desde su modesto piso a la casa enorme de Sandra no le separaba mucho con su moto, era un recorrido bastante habitual, si bien, cuando quedaba con su amiga debía dejarla aparcada porque a Sandra le daba terror. Llegó con la preocupación marcada en su rostro. Al abrirle la puerta, la sirvienta la acompañó nuevamente a aquella biblioteca pequeña y sintió un remolino de excitación difícil de controlar. Al igual que la vez anterior, la sirvienta la dejó en la puerta y cerró tras de sí.

-Has tardado un poco ¿no te parece?

            Ante ella sentada sobre la cama se encontraba Ángela, la miraba con tal deseo que Marisa no supo qué contestar, era como si sus ojos fueran un imán y ella fuera un trozo de hierro al que inevitablemente iba a atraer.

-Estás muy guapa -insistió Ángela ante la mirada algo atónita de la chica-. Muy provocativa diría yo…

-¿Qué quieres? -le tuteó tragando sus nervios a marchas forzadas.

-Quiero quitarte esa camiseta y jugar con tus pechos, quiero volverte loca.

            Ante aquella frase Marisa no fue capaz de reaccionar, pensó que no había contestación alguna, no había más opción que huir, sin embargo, no se movió ni un centímetro de donde estaba.

-Ven. Sé que te mueres porque te toque.

-Más bien creo que es lo contrario -acertó a decir notando como se secaba su garganta al ver que al moverse la fina bata que llevaba Ángela se abría y dejaba al descubierto su piel desnuda.

-¿No me deseas? ¿Una mujer como tú no me desea?

-Quieres decir… ¿una lesbiana?

-Odio las etiquetas, digo una mujer como tú tan hermosa, tan aparentemente frágil, tan inteligente, tan fuerte… tan excitante.

            El silencio le dio vencedora a Ángela, Marisa se acercó a ella tratando de sacar de su mente a su amiga, tratando de quitar esa frase que le dijo en el coche, allí estaban las dos, solas.

            Se detuvo delante de Ángela quitándose la camiseta, sus grandes pechos quedaron ante la cara de aquella mujer que sin darle mucho tiempo a pensar posó sus manos en las caderas y fue tocando la piel que se erizaba a su paso.

-Me gustas tanto…

            Le susurró Ángela con la voz extasiada de deseo. Débilmente dejó que sus labios recorrieran el vientre de Marisa que no podía controlar el deseo que esa mujer estaba despertando en ella. Con habilidad desabrochó el sujetador de la joven dejando sus pechos al descubierto, retiró un poco la cabeza para llenar su visión de ellos, momento que aprovechó Marisa para sentarse a horcajadas sobre ella y poner sus manos sobre las mejillas de aquella mujer que se estaba volviendo loca con ella. Se miraron a los ojos viendo la una y la otra el mismo deseo. Sonrió Marisa que cogió con sus propias manos los pechos y los acarició, apretó y acercó hasta los labios sedientos de Ángela, los pezones erguidos y orgullosos se mostraban ante su boca, su respiración agitada provocó que Marisa sintiera un escalofrío en la piel, con una mano apretó su pecho y con la otra acercó la cara de Ángela para que pudiera hacer lo que deseaba con ella. El contacto fue como el estallido de un volcán, ambas sintieron que los corazones comenzaban a latir alocadamente, a los movimientos de la lengua de Ángela le seguían las caderas de Marisa buscando desesperadamente un roce, sin embargo, toda la concentración de aquella mujer que le doblaba la edad estaba en lamer los pezones como si la vida se le fuera en ello. Hasta que sintió la necesidad de la joven que le rogaba abrazándola con tal determinación que parecía que su vida pendía de un hilo. La ropa voló por la estancia, la pasión desbordada cubrió cada movimiento de las dos, para Marisa aquella vivencia estaba siendo absolutamente abrumadora, ella que pensaba saberlo todo, se vio desbordada por la experiencia de Ángela que le demostraba que no era la primera vez que hacía el amor con una mujer. Gemidos, más gemidos llenaron la pequeña biblioteca, hasta que por fin el silencio llegó acompañado por el cansancio y el éxtasis del placer.

            Durante un rato las dos permanecieron en silencio. Hasta que Ángela le dijo:

-Será mejor que te vayas, Marisa -al ver que se levantaba buscando su ropa con gesto serio le dijo-. ¿Qué pasa, no te ha gustado?

-Nunca me habían hecho sentir tanto… pero… pienso en Sandra… ella… no se puede enterar.

-Esto no tiene nada que ver con Sandra.

-Me advirtió que no me acercara a ti.

-¿Y eso? -le extrañó aquella observación de su hija.

-Hablamos de ti, y le dije que estabas muy bien para tu edad y… no le gustó.

-¿Así que estoy bien para mi edad? -le preguntó enarcando una ceja al tiempo que la cogía por la cintura atrayéndola.

-No se puede enterar. Ella no permitiría esto.

-Marisa… escúchame, cariño. Esto que dices es tan solo pasión, me gustas y te gusto, no hay nada de malo en hacer el amor con quien te apetece. A mi hija no le tiene que importar con quien estoy o dejo de estar, es mi vida de igual modo que a mí no me debe importar lo que ella haga, siempre y cuando sea respetable.

-¿Crees que acostarte con su mejor amiga es respetable?

-Cariño… -le pasó la mano por los labios-. Aunque a ti te parezca que no, lo es. Porque te deseo…

-Mejor me voy.

            Salió a toda prisa de la casa rogaba no encontrarse con su amiga porque no sabría qué explicación darle. Se levantó la visera del casco, necesitaba que el viento le golpeara la cara. Nunca nadie le había hecho sentir como aquella mujer, la había trastornado pero era la madre de su mejor amiga, la madre, ni más ni menos.

-Joder… con lo que me ha gustado.

            Habían pasado dos días de aquel encuentro donde había dejado una marca en la joven Marisa, durante esos dos días había evitado cualquier encuentro con Sandra, el tiempo que no estudiaba lo dedicaba a pensar en Ángela y cuando estudiaba a revivir las escenas que una y otra vez repetía su cabeza. Aquel día había ido a la biblioteca de la Universidad. Llevaba algo más de dos horas estudiando cuando decidió retirarse a su casa, no se centraba, lo único que hacía era desear repetir aquellas escenas, aquellas caricias y pensó que quizá sería buena idea ir a algún bar de chicas, bailar, contonearse con alguna desconocida y a ver si así podía sacarse de la cabeza a Ángela. Salió del edificio con los cascos conectados a su móvil escuchando rock, iba pensado en llamar a alguna de sus amigas para ir a cualquier antro cuando un coche se le tiró prácticamente encima dándole un susto de muerte, se giró para recriminarle pero se quedó de piedra, era el Audi de la madre de Sandra. Rápidamente miró alrededor asustada.

-Sube.

-¡Estás loca! ¿Qué haces aquí? –la miraba perpleja ante la mirada divertida de Ángela.

-Me apetece perderme contigo, ¿hay algo de malo? ¿Tienes algo mejor que hacer?

-Nos puede ver Sandra.

-¡Relájate!

-No puedo, es mi mejor amiga y no he podido mirarla a la cara en estos dos días.

-¿Y eso? -le preguntó mientras aceleraba.

-¡Tú qué crees!

-Creo que eres demasiado joven para hacerte tantas ¿cómo decís vosotros? ¿Pajas mentales? Creí que eras menos responsable.

-¿Y qué te hizo pensar eso?

-Tú mirada. Tu manera de mirarme, sí no sonrías así como si no tuvieras nada que ver, me daba cuenta como me mirabas cuando creías que yo no te veía, como me observabas, tus ojos me gritaban un “te deseo” abrumador -le dijo dejándole un beso en los labios.

-Pero eres la madre de mi mejor amiga y esto no está bien.

-Lo que no está bien es la cantidad de tiempo que estamos perdiendo. Quiero que cojas aire, lo eches poco a poco, cierres los ojos y pienses que vamos a disfrutar. ¿Preparada?

-¡Esto es de locos! -dio una carcajada.

-¡Venga, boba! Voy a volverle loca. Uno, dos y tres ahora…

            Y así la condujo hasta una finca muy antigua, con la fachada de estilo rococó, entró por el garaje y le sonrió. Una vez dentro le indicó que bajara, dieron unos pasos hasta el ascensor y marcó el número seis. El último piso. Una vez dentro del ascensor la pasión comenzó a desatarse. Besos apasionados, mientras las manos tocaban por encima de la ropa los pechos. Así hasta que el ascensor se detuvo. Después, aún con la respiración agitada y el deseo quemándoles la piel, entraron en un apartamento que por las medidas parecía enorme. A Marisa no le dio tiempo a ver nada más que el pasillo estrecho con puertas altas de madera y el suelo de parque. Al llegar a la habitación, la ropa fue quedando por el suelo, por fin pudieron devorarse desnudas en una cama enorme ante un ventanal enorme por donde entraba la luz de la mañana.

-Ángela la ventana está abierta.

-No te preocupes desde aquí nadie nos ve, solo nosotras podemos ver este cielo maravilloso y el mar. Y ahora… quiero escuchar tus gemidos… quiero todo de ti.

            Marisa llegó a su casa con la sensación de que su cuerpo no podía ni caminar, la intensidad con la que había vivido el día le estaba pasando factura, se sentó en el sofá pensando en Ángela, no podía evitarlo, aquella mujer la volvía loca, con solo mirarla conseguía lo que nadie. Sin embargo, había algo que no le permitía disfrutar del todo, mentir era lo que más odiaba en la vida, mentir a su mejor amiga todavía más.

            Habían pasado cuatro días desde aquel torbellino de pasión que vivieron las dos mujeres, y Marisa seguía enganchada a él. No había hablado con Sandra porque no se sentía capaz de mirarla a los ojos, había tratado de evitarla, y aquel día en el que su deseo la estaba desarbolando decidido aplacarlo de otra manera. Se visitó decidida a ir a su antro preferido de la ciudad, no hacía falta que la acompañara nadie, sabía perfectamente que lo único que tenía que hacer era entrar, pedirse algo de beber, y esperar. Así alguna mujer borraría las huellas que Ángela iba dejando en su piel como si fueran algún tipo de control remoto que se activaban y provocaban en ella un deseo incontrolable.

            Mientras, lejos de allí, en la cocina de esa gran mansión, madre e hija hablaban animadamente de moda. Reían divertidas y como siempre cómplices en sus historias. Aunque Sandra desconociera con totalidad las historias reales de su madre.

-¡Voy a llamar a Marisa hace días que no sé nada de ella y me extraña! -dijo de pronto marcando el teléfono.

            Ángela no se movió de su silla, seguía pasando hojas de la revista que miraba con total atención aunque todos sus sentidos estaban puestos en la conversación que estaba empezando a tener su hija.

-¡Creí que debía denunciar tu desaparición! No te he visto en toda la semana… ¿qué haces, te apetece venir? ¿No? -le preguntó algo sorprendida mientras Ángela pasaba otra página-. No me digas más, andas entre las piernas de alguna mujer… alguna mujer que te tiene totalmente enganchada… si es que… eres irresistible. ¿Cómo qué no? ¡Ah que te vas a ligar esta noche! ¡Pero tía… vas a tener pleno de mujeres de esta ciudad! -soltó una carcajada mientras jugueteaba con la cuchara del té-. Vale, vale… ¿Y dónde vas? Ah, no lo conozco, ¿por dónde está? ¡Claro que no voy a ir! ¿Crees que me apetece que me dejes tirada como la última vez y tenga que salir por patas? -otra carcajada-. ¿Oye… estás bien? -le extrañó la seriedad de Marisa-. ¡Vale, vale! Bueno… pues nada pásalo bien ya me contarás tu conquista de esta noche. Sí… diviértete.

Colgó con el ceño fruncido y una sensación extraña en su interior.

-¿Qué pasa? te has quedado preocupada.

-He notado a Marisa muy rara…

-Pero… ¿no dices que va a salir a ligar? -la miró sonriendo.

-Eso dice, ha encontrado uno nuevo que es para lesbianas… Lesbos… me ha dicho –su frente fruncida daba muestras de que pensaba algo sobre la situación.

-¿Y? ¿Qué te preocupa?

-No sé… me ha estado esquivando estos días.

-Bueno, no te preocupes sea lo que sea cada uno tiene su vida, hija.

-Lo sé, lo sé, pero Marisa nunca me ha dado de lado, no se ha negado nunca a salir conmigo -decía con el ceño fruncido.

-Hija… Marisa tiene su vida y supongo que su gente… ¿no solo a ti, no?

-Ya… ya… pero me da miedo que alguna aprovechada de esas que van allí para ligar con una lesbiana le haga daño.

-Es mayorcita, ¿eh? -comenzó a ponerse algo nerviosa.

-Lo sé, bueno mamá voy a la habitación tengo que hacer unos proyectos y quiero centrarme.

-Bien hija -miró el reloj-. ¡Madre mía si hace diez minutos tenía que haber estado con Julia!

-¡Mamá eres un desastre!

-Gracias, cielo, gracias por recordármelo.

            En aquel pub el ambiente era importante, viernes noche con muchas universitarias celebrando cosas que era de vital importancia celebrar, mujeres solitarias que buscaban algo de cariño, parejas divertidas que buscaban los rincones más oscuros para reanimar sus vidas. Y en la barra con una cerveza se encontraba Marisa, le había dejado muy mal cuerpo hablar con Sandra, es que la primera idea era la buena, no debió contestar. Cerró los ojos con cierto nerviosismo reflejado en su estómago.

-¿Te apetece bailar? Eso siempre funciona para relajarse.

Se giró y ante ella una de esas mujeres que solo pasan una vez por tu vida, al menos, eso es lo que pensó Marisa. Una chica bella como la luna, rubia y con un tipo que invitaba a perderse entre sus pechos, sus muslos. Marisa sonrió, había tenido suerte.

-¡Claro! -le mostró su más que maravillosa sonrisa.

-Me llamó Carla -buena excusa decirle su nombre para rozar suavemente con sus labios el lóbulo de su oreja.

-Marisa -devolvió la jugada mirándola con ese deseo que encendía su piel.

            Fueron a la pista y justo en ese instante cambió la música, despareció la salsa y apareció una balada que provocó el grito generalizado de aprobación a la D’J. Marisa y Carla juntaron sus cuerpos todo lo que les era posible, Marisa rodeaba la cintura perfecta de Carla mientras ésta reposaba sus brazos alrededor del cuello, se miraron una vez juntando sus frentes, Marisa era consciente que aquella noche iba a borrar por fin las huellas de la otra, podría dormir tranquila y relajada entre los brazos de esa mujer tan hermosa que le estaba acariciando lentamente la espalda. Era un placer silencioso, tranquilo, no como el otro abrasador, enloquecido. Se movían lentamente rozando cada vez más sus cuerpos, Marisa había abierto un poco sus piernas para que la otra se acoplara mejor al movimiento. Le estaba gustando aunque en su mente un pensamiento la inundó y provocó una mueca diferente, ¿cómo sería bailar así con Ángela?

-¡Hola cariño!

-Ángela… –la miró perpleja.

-Me voy un momento y cualquiera puede bailar así contigo -le dijo mirándola a los ojos con fiereza.

-Pero… -Marisa no podía articular palabra.

-Lo siento, guapa, pero mi chica no está aquí para ti ¿te ha quedado claro? –acompañó aquella pregunta una mirada de leona defendiendo a su presa.

-Vale, vale… no me dijo nada y…

-Lárgate.

            La música seguía sonando de fondo, los ojos de Ángela volvieron a clavarse en los de Marisa que no podía creer que estuviera allí, su respiración se había vuelto intensa, la boca se le había secado por la impresión, quería protestar por lo que acababa de hacer, sin embargo, deseaba tanto que la abrazara y bailara con ella.

-Haz por una vez lo que deseas -le susurró en el oído notando la diferencia entre el deseo calmado de la rubia y el deseo enardecido que le provocaba Ángela-. Hazlo.

-Pueden vernos… hay mucha…

-Hazlo -la mirada intensa de sus ojos fue como una orden autoritaria de vida o muerte, tú elijes.

            Marisa respiraba con cierta agitación, pasó su mano por la cintura de Ángela y la atrajo para sí, cerró los ojos porque volvió el deseo a ella, volvieron las ganas de perderse en su cuello, olvidarse del mundo, hacerle el amor hasta no poder respirar por el placer. Su mano derecha recorrió la espalda desnuda de Ángela, ni siquiera se había percatado que llevaba un vestido con un escote maravillosamente excitante. Pasó la yema de su dedo lentamente mientras Ángela apretaba sus caderas contra las de Marisa, al tiempo, que soltaba un leve gemido.

-Me estás volviendo loca -le susurró rozando con suavidad su mejilla.

-Ángela -susurró con la voz repleta de excitación.

-No pares.

-Ángela -insistió con la respiración ya perdida.

            Separó su cuerpo del de aquella mujer que la trastornaba, la cogió de la mano se abrió paso alocadamente entre las demás mujeres que bailaban como segundos antes lo estaba haciendo ella, se metió por un pasillo y llegó hasta un rincón, Ángela mostraba claramente su excitación, Marisa sentía tantas cosas en su interior, como si tuviera un ángel y un demonio, ¡qué más daba el resto del mundo! Se lanzó con fuerza hasta los labios de Ángela, metió su mano por la falda corta que llevaba llegando a su tanga, deslizó sus dedos en el interior rozando y apoderándose de toda su humedad, la música volvió a tomar ritmo y fuerza, tanta que aplacó los gritos desenfrenados de una Ángela que estaba viviendo una locura maravillosa como jamás antes vivió.

            Al día siguiente, sonó el timbre de la puerta de Marisa, estaba tratando de estudiar algo para olvidar lo vivido durante toda la noche aunque seguía sonriendo al recordarlo. Al mirar por la mirilla se desataron las pulsaciones en su corazón, allí estaba Sandra, y sabía que estaba allí para averiguar. Posó la frente contra la puerta y tras un suspiro fuerte abrió.

-¡Dichosos los ojos que te ven! ¡Menuda cara, esta vez te ha tocado la fiera!

            Iba hablando mientras pasaba por delante y se dirigía hasta la cocina, abría la nevera y sonreía al ver su zumo de melocotón allí.

-Si es que como no las vas a llevar a todas locas… eres tan detallista.

-¿Qué tal estás? -se sentó frente a ella con los nervios a flor de piel.

-Yo bien, pero… ¿y tú? ¡Cuenta que me tienes intrigada!

-No hay mucho que contar.

-¡Ehhhhh! -dijo exageradamente con una sonrisa amplia-. Se te ha escapado una sonrisa Marisa…

-¡Venga Sandra! -dio una carcajada.

-Esa sonrisa es de ¡la he vuelto loca!

-¿Sabes una cosa? No me apetece hablar.

-Entiendo… ¡qué caray! No entiendo… ¿por qué no me cuentas?

-No hay mucho que contar, ¿pero y tú?

-Oye… oye… que esto es nuevo… ¿cómo que no hay mucho que contar? ¿Te estás tirando a una tía y no me lo vas a contar? Nada más hay que ver el bocado que llevas en el cuello. ¿Está buena?

-Pues… sí… -contestó con una sonrisa nerviosa y un miedo atroz en su interior.

-Oye… ¡un momento! -la miró abriendo mucho los ojos provocando en ella un temblor-. ¿Esto no es un polvo y ya? Tienes cara de estar cagada de miedo y eso solo puede ser si te… ¡si te has enamorado!

-No, no, por supuesto ¡que no me he enamorado! -se puso en pie suspirando con fuerza mientras abría la nevera y se servía un zumo ella también.

-¿Y entonces? Vamos me has contado todos tus polvos como yo los míos.

-Bueno… pero hoy no me apetece.

-Vale, vale -la miró algo extrañada por su actitud-. ¿Estás bien?

-Sí, sí…

-Te noto muy nerviosa.

-Estoy bien, no te preocupes.

-¿Vamos a comer? Te invito a mi casa que no tengo pelas.

-No, lo siento, es que he quedado.

-¡Vamos! Venga…

-De verdad, Sandra…

-Está bien, no voy a insistir ni ser pesada, pero me mosquea verte así.

-Estoy bien, de verdad, gracias.

-Te quiero mucho ¿lo sabes, verdad? -le dijo Sandra mientras la abrazaba con fuerza.

-Yo también.

Si Sandra hubiera visto su gesto se habría preocupado mucho más, pero para su suerte ni la vio mientras se abrazaban, ni la vio llorar cuando se fue.

            De camino hasta su casa, Sandra no paraba de pensar en lo que podía haberle sucedido estaba realmente extraña. Justo cuando entraba por la puerta sonó su móvil, lo atendió con una sonrisa de enamorada. Llegó hasta el comedor donde su madre estaba leyendo un libro y escuchando música. Entonces se acercó hasta ella y le dejó un beso.

-Mamá me acaba de llamar mi chico, ha conseguido que sus padres nos dejen el apartamento en Cullera, así que voy a preparar lo justo y nos vamos.

-Me parece estupendo. ¿Estás bien?

-Sí, mamá. Bueno… un poco preocupada por Marisa.

-¡Te preocupas tú mucho por esa chica! -la miró con el ceño fruncido.

-No sé… la he notado muy rara.

-Bueno pero tú tienes una cita, venga no llegues tarde, a los hombres hay que hacerles esperar lo justo.

-Gracias, mami.

            Se quedó mirando como subía las escaleras y rápidamente cogió el móvil, allí estaba Marisa en su guasap. Vio que estaba en línea y se preguntó con quien estaría hablando. No quiso perder tiempo y le escribió.

  • Hola encanto. Tengo buenas noticias ven a casa y podremos pasar la noche juntas.

            Espero respuesta, ella seguía en línea y las rayas azules no se habían disparado, frunció el ceño. Ladeó sus labios gesto que le demostraba que estaba algo inquieta. En el momento en que iba a teclear algo vio que Marisa acababa de leer su mensaje. Y con una sonrisa vio que estaba escribiendo.

  • Me gustaría hablar contigo, pero no creo que sea una buena idea en tu casa.
  • No te preocupes, mi hija se va. Aquí estaremos mucho más cómodas.
  • De acuerdo, ¿a qué hora voy?
  • Yo te digo. Estoy impaciente.

            Marisa ya no contestó a esa frase, se duchó tranquilamente, al salir se miró en el espejo, se echó a llorar ante la maraña de sentimientos que había revoloteando en su interior. Ángela, Sandra, ambas aparecían en su mente. Deseaba con toda su fuerza a Ángela sentía la piel erizada cada vez que pensaba en ella, en sus caricias, en sus labios sentía ganas de abrazarla con tanta fuerza para no dejarla escapar que le provocaba miedo, por otro lado estaba su amiga Sandra, nunca le había mentido y, sin embargo, desde hacía unos días tras una mentira le decía otra, hasta el punto de esquivarla. Sabía que si se enteraba de lo que sucedía entre su mejor amiga y su madre se iba a sentir defraudada por las dos. Pensar en ella le provocaba ese dolor de estómago que en ese instante le hizo vomitar.

            Cuando se recompuso, se vistió esperando el mensaje de Ángela de que ya estaba sola. Al recibirlo, tomo las llaves de la moto y tras un suspiro fuerte y prolongado salió de su casa con una decisión tomada, no podía hacer daño a su amiga, y eso Ángela lo debía de entender.

            En su casa, Ángela la esperaba en el jardín mientras bebía un Martini, observaba los árboles que rodeaban su casa, le gustaba llenarse de su paz, de la madre tierra. Algo en ella no estaba marchando bien y no sabía que era. Sentía una ansiedad extraña, había tratado de relajarse con un baño, perfumarse y estar lo más excitante posible para cuando Marisa llegara. Aquella chica provocaba en ella cosas que ninguna otra había logrado. Quizá de ahí su estado extraño, para ella tener citas con distintas mujeres cuando le apetecía, disfrutarlas en su apartamento era algo muy normal, su vida había sido un vaivén de mujeres pero ninguna había superado las tres o cuatro citas, se cansaba de ellas y se olvidaba rápidamente. Allí mientras le daba un sorbo a su copa se daba cuenta que con Marisa era distinto, la deseaba tanto que a veces sentía un dolor profundo en su alma, porque tras ese deseo había algo más que no se atrevía a ponerle nombre, que la desconcertaba y asustaba de igual manera. La sirvienta le avisó de la visita de la joven y de su marcha, tras agradecerle que le diera dos días libres. Ángela sonrió, por el agradecimiento. Entró hasta el comedor donde le aguardaba aquella mujer que tanto la descolocaba, allí estaba de pie con las manos en los bolsillos de sus vaqueros gastados, con el pelo revuelto por el casco, con una camiseta ajustada que provocaba en ella que se encendiera el deseo. Sin embargo, tras escuchar como la sirvienta cerraba la puerta, vio también que su gesto era diferente al de la última vez, esa vez que la hizo suya contra la pared en el pasillo de un pub.

-Hola -la saludó con esa sonrisa que sabía la hechizaba.

-Hola Ángela -su voz trató de ser lo más firme posible.

-Ven -le ordenó con suavidad mientras le extendía su brazo con la mano abierta.

-Necesito hablar contigo -no se movió ni un centímetro.

-Primero ven y luego hablamos.

-No, no… no.

            Los dos primeros mostraron algo de duda pero el último fue tan contundente que provocó que Ángela frunciera el ceño. Existía una tensión entre ellas palpable.

-¿Qué te pasa? -se acercó a ella acariciándole la mejilla.

-No puedo seguir, Ángela… no puedo seguir.

-¿Por qué dices eso? -la miró con cierta preocupación.

-No puedo seguir mintiendo a Sandra.

-¡Oh vamos, mi niña! -le decía abrazándola con fuerza.

-No, Ángela, no -se separó dándole la espalda-. No puedo.

-Marisa te lo vuelvo a repetir, no estamos haciendo nada malo, cariño -la estrechó con fuerza pasando las manos por la cintura-. Nada malo.

-Para mí mentir a mi mejor amiga sí es malo -cerró los ojos porque los dedos de Ángela comenzaron a rozarla y notaba como iba perdiendo fuerza en sus palabras-. Es tu hija.

-Sí, pero en esto somos tú y yo -le besó en el cuello-. Y me gusta mucho.

-¿Qué pasará cuando te canses de mí? -preguntó apoyando la cabeza en su hombro.

-¿Por qué te preocupa tanto el futuro? -pasó su lengua por el cuello extendido de Marisa que estaba a un paso de desfallecer-. Tienes que aprender a vivir el presente, porque este presente me está enloqueciendo.

-Ángela -musitó débilmente.

-No quiero perder ni un segundo… me vuelves loca.

-¿Y si lo descubre?

-Recuerda, somos tú y yo.

            Ahí perdió toda la firmeza con la que llegó.

            Subieron a la habitación de Ángela dejando por el camino la ropa, los labios fueron devorándose, la pasión desmesurada volvió a ellas con la misma fuerza que la primera vez. Llevaban rato entregadas a la pasión, a veces, sentían que no podían parar y en esas estaban. Marisa subida a horcajadas sobre el cuerpo tendido de Ángela, le encantaba tenerla así, mostrándole los pechos, moviéndose sobre ella lentamente, le volvía loca ver cómo entre abría la boca, como gemía, la sentía suya en ese momento, en el que le entregaba con suaves movimientos sobre su pubis la humedad de su cuerpo. Marisa la miraba sabiendo precisamente lo que provocaba en ella, lo veía en su mirada, en sus caricias lentas que le regalaba sobre sus muslos, en la sonrisa lasciva. Sabía lo mucho que le gustaba verla desnuda disfrutando aquel sexo pleno que gozaban las dos.

-¡Pero… pero que! ¡Mamá! ¡Marisa!

            En la puerta con el gesto descompuesto se encontraba Sandra, no podía creer lo que veía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 pensamientos en “HISTORIA DE MUJERES. 1

  1. Joder, Idana… Como escribes, como describes. Es pura belleza y arte. Me vuelven loca tus palabras, me has enganchado a leerte. Lo haces genial.

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