HISTORIA DE MUJERES. 1 (2ª Parte)

imagenes-amistad-amigas-ventanta-esperandoÁNGELA Y MARISA (PARTE 2)

No podía creer lo que veía,

A su mejor amiga desnuda gozando sobre su madre también desnuda. La mirada de odio hacia Marisa fue tal, que ésta se tapó con la sábana hasta la cara. Ángela miraba a su hija mientras se ponía la bata. Sin embargo, la rabia de Sandra la volcó en su amiga, se dirigió a ella y trató de sacarla a golpes de la cama, entonces, los brazos de su madre la agarraron con tanta fuerza, la apartó de su amante y al ver la reacción de su madre la miró rota, aquello hizo que saliera corriendo de la habitación dando un sonoro portazo.

-Madre mía… madre mía… -repetía Marisa mientras buscaba su ropa.

-Voy a hablar con ella, tranquila.

-¿Tranquila? ¡Pero no la has visto! Me odia.

-Déjame a mí, vete y tranquila, te diré algo.

-Te lo dije -la miró con los ojos repletos de lágrimas.

Ángela suspiró con fuerza, sabía que la hora de la verdad había llegado y debía enfrentarla. Miró con pena a Marisa quizá no había sopesado demasiado bien lo que podía suceder en caso de ser descubiertas, temía más por ella que por sí misma.

Abrió la puerta del cuarto de su hija con cuidado, la vio sentada en la cama y su aspecto le hizo entender que estaba absolutamente paralizada. Se acercó a ella, cogió la silla que había en su escritorio y se sentó en frente. Por primera vez la miró, seguía con los ojos repletos de lágrimas, podía entender perfectamente su impresión, pero no sus palabras.

-¡Marisa es una hija de puta, debí advertirte!

-Cariño… -Ángela sonrió levemente-. Mírame, ¿soy una niña que se puede dejar llevar? ¿De verdad piensas eso de mí? Me decepcionarías bastante.

-¡Ella me dijo que estabas buena! Y me hacía preguntas sobre ti… y…

-Sandra, olvida a Marisa por un momento, ella se resistió todo lo que pudo -ante la mirada de su hija agregó con gesto contundente-. Sí, fui yo quien la sedujo, yo, no ella.

-Eso no puede ser… -sus ojos entrecerrados mostraban perfectamente la impresión que le provocaron las palabras de su madre.

-Hija, voy a contarte algo que debí confesarte hace años.

-Creo que prefiero omitir eso… no sé cómo voy a borrar de mi mente lo que he visto -se levantó con la congoja reflejada en su rostro.

-Siéntate, por favor, es hora de que sepas toda la verdad.

-Prefiero no hacerlo.

-Sandra, siéntate -le dijo con tono suplicante sin alzar la voz.

            Mientras madre e hija hablaban en la habitación, Marisa había salido a toda velocidad de la casa, huyendo con mil lágrimas sobre sus mejillas, lo peor que podía pasarle acababa de suceder ¡y de qué manera! Llego a su casa y miró el teléfono nerviosa, no había señales de Ángela, seguramente, eso era malo. Sandra no iba a perdonarla estaba segura por mucho que pudiera decirle que ella se había enamorado, que había tratado de evitarlo, que había luchado contra su propio deseo por su madre, ¡cómo hacerle entender todo aquello! ¡Cómo hacerle ver que su corazón latía desesperadamente por su madre!

-No lo va a entender… y voy a perder a las dos.

            Se sentó en el sofá abrazando el almohadón, entregándose a las lágrimas y los nervios.

            La situación entre ellas no era muy agradable, Sandra se mostraba realmente enfadada y mucho iba a tener que esforzarse Ángela en convencerla.

-No espero que aceptes lo que has visto, no espero que me juzgues ni me reproches, es mi vida Sandra, y en ella hago lo que me parece mejor.

-¿Acostarte con Marisa te parece bien?

-Me parece maravilloso, hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien –lo dijo con una sonrisa maravillosa en los labios.

-No lo puedo creer… ¿qué es lo que te ha hecho para que digas tal sandez?

-Ninguna sandez, ¡y trata de respetarme soy tu madre!

-Después de lo que he visto ¿me pides respeto?

-Sí, te pido el respeto que merezco. Y ahora escúchame. Desde muy jovencita sabía que a mí los hombres no me gustaban, que lo que realmente deseaba era estar con una mujer, lo asumí con total naturalidad y pensé que mis padres harían lo mismo, pero me echaron de casa y de sus vidas. Tu padre, era un gran amigo mío, nos apoyábamos mutuamente, él era gay y también había sufrido el rechazo de su familia, digamos que nos refugiamos juntos.

-No me lo puedo creer -musitó con un hilo de voz débil y cargado de pesar.

-Él se ocupó de mí durante algún tiempo, me enamoré de una mujer que me utilizó para su goce, era adinerada y me doblaba la edad, me enamoré perdidamente de ella pero fue un amor no correspondido, tanto que un día me dijo que no quería volverme a ver.

-Vaya… lo que vas a hacer tú con Marisa ¿es una venganza? ¡Si lo es me alegro! Se lo merece por estúpida.

-Sandra por favor… no hables así. Por supuesto que no, no me estoy vengando.

-¿Y entonces?

-Creo que te estoy contando algo mucho más importante que lo que siento por Marisa ¿no crees?

-¡No quiero seguir escuchándote!

-Pues vas a tener que hacerlo, cariño -le dijo con suavidad, el gesto de Sandra le hizo ver que podía seguir-. Intenté suicidarme, vamos estuve muy próxima a conseguirlo, si no hubiera sido por tu padre, lo habría conseguido. En ese momento estaba sola en el mundo, destrozada y con el alma rota, él me acogió en esta casa. Al poco tiempo me dijo que si me podía pedir algo muy especial, me confesó que quería ser padre y me propuso casarnos, acepté encantada porque él era un hombre maravilloso, sabía que vivir con él me iba a ayudar. Tenía un amigo que podía ayudarnos y así mediante una inseminación quedé embarazada, llegaste tú y para nosotros fue un regalo del cielo. Él siempre me apoyó incluso… recuerdo que me buscaba novias -sonrió levemente con una pena reflejada en sus ojos que asombró a Sandra-. Era un hombre único… al poco tiempo de nacer tú le diagnosticaron cáncer y… bueno eso ya lo sabes. Me dejó sola aunque con mucho dinero y con muchas casas… pero sola. Te eduqué como ambos queríamos, debías ser una persona con tus propias ideas, pero ante todo, una persona respetuosa y libre. Le prometí que seguiría sus consejos para que fueras lo que él soñaba, creo que lo conseguí aunque para eso significaba que mi vida debía recorrer un camino discreto y silencioso. Mil veces traté de contarte que era lesbiana, pero nunca me enamoré de nadie como para decirte la verdad.

-Por eso nunca he visto un hombre en esta casa y sí a tus amigas… ¿o eran tus amantes, mamá?

            El tono de Sandra no le gustó, la miró fijamente tratando de ser lo más respetuosa posible porque entendía que el golpe recibido por ella había sido muy duro.

-Ha habido de todo, pero jamás hasta hoy había pasado nada en esta casa.

-Tú lo has dicho… hasta hoy.

-Sandra, es mi vida y en ella no tienes cabida, de igual modo que yo en la tuya, siempre he tratado de ayudarte, comprenderte, respetarte porque debías vivir tu vida con equivocaciones y…

-¿Me estás reprochando algo? -la miró con una dureza importante.

-No, hija, nada más te digo que el mismo respeto con el que trato tu vida quiero que lo tengas tú con la mía.

-Pero no te das cuenta que yo no me he acostado con nadie cercano a ti en esta casa, ¡y tú lo has hecho con mi mejor amiga!

-¡Aun así, Sandra, aun así!

-¿Y qué pretendes hacer con Marisa? ¿Vas a pedirle que se case contigo? ¡Eh! ¿O la vas a usar a tu antojo y después harás lo mismo que te hicieron a ti?

-No has entendido nada, será mejor que te deje pensar, a ver si así te das cuenta de lo que es importante, ¡sobre todo a ver si así te percatas que es mi vida! Con quien decida vivirla es cosa mía -se levantó para marcharse.

-¿Pretendes vivir con Marisa? ¿Pretendes tenerla como amante aquí bajo el mismo techo en el que vivimos? Si es así dímelo que haré la maleta para irme bien lejos de tu vicio.

            Ángela se giró con una mirada repleta de malestar, de furia mientras fruncía los labios tratando de controlar las enormes ganas que provocaron aquellas palabras de darle una bofetada a su hija, lo que nunca había hecho en toda su vida, sentía enormes ganas de hacerlo en ese momento ante ese comentario.

-¿Me vas a pegar? -le dijo con tono chulesco.

-No, prefiero que se me rompa el corazón por tu reacción que golpearte.

            De un lado a otro, como un león enjaulado se encontraba Marisa, se estaba desesperando con el móvil en la mano esperando alguna noticia. Sin embargo, el silencio la empujaba una y otra vez a pensar que las cosas no iban bien que la conversación que debían tener madre e hija le iba a salpicar de alguna manera. Y por el tiempo que estaba no debía ser nada bueno. El sonido del timbre le hizo dar un salto, sin duda, Ángela le iba a contar lo horrible que había sido y que su hija no quería saber nada de ella. Abrió sin mirar y ese fue un grave error. Porque no lo vio venir, no vio venir el tremendo golpe que cayó sobre su rostro, ni el empujón que la echó al suelo, ya no le dio tiempo a reaccionar cuando los puños de Sandra golpeaban una y otra vez su rostro.

-¡Cómo me lo iba a contar, verdad! ¡Cómo! ¿Cuánto os habéis reído de mí? ¡Cuánto hija de puta! Pero te voy a sacar las ganas de follarte a mi madre a golpes, desgraciada hija de puta.

-¡Sandra! ¡Sandra! Para por favor… para…

-Voy a matarte.

-Sandra por favor… -le decía llorando.

-Eres… eres… -detuvo sus golpes y se puso a llorar-. ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡Confiaba en ti! Hija de puta… desgraciada hija de puta.

-Sandra lo siento…

            Pero ya no podía escucharla, había salido como loca por la puerta, se había marchado llorando dejándola a ella echada en el suelo con el rostro repleto de sangre y un dolor en el alma que era incapaz de controlar.

            En su casa, Ángela trataba de comunicarse con Marisa pero no contestaba el teléfono, preocupada decidió ir hasta su casa. Tenía un mal presentimiento, nunca pensó que su hija reaccionara de la manera que lo había hecho, le dolía y pensaba mientras conducía que su padre debía estar revolviéndose ante su actitud, era lo que menos podía imaginarse de ella.

            Llegó hasta la puerta de Marisa y la vio junta, le extrañó y se dirigió corriendo hasta el interior presintiendo que algo había sucedido, al abrir, vio tirada en el suelo y ensangrentada a su amante.

-¡Marisa… Marisa! ¡Pero…! Dios mío…

-Ayúdame.

-Voy a llamar a una ambulancia.

-No, no -susurró mientras lloraba.

-¿Pero quién te ha hecho esto? -le preguntó mientras trataba de incorporarla. Ante su silencio dijo horrorizada-. No… No… ¡Oh dios mío!

-Cúrame tú.

-Cariño… no te puedo curar yo… ¿se ha vuelto loca?

-No merezco nada mejor…

-No digas eso, no te lo permito. Apóyate en mí.

            La llevó con cuidado hasta la cama y llamó a una amiga médico quien se llevó a su pareja que era enfermera porque Ángela le había dicho que era un tema delicado del que no se podía enterar nadie.

-Va a venir una amiga y su pareja, ellas te curarán.

-Me odia.

-No hables ahora, por favor, voy a tratar de lavarte.

-No te vayas -le dijo con miedo.

-Estoy aquí, tranquila.

            Ángela pudo sentir una rabia feroz contra su hija, le dolía el estómago era incapaz de controlar las emociones frustrantes que nacían en ella. ¿Cómo había sido capaz de hacer algo tan grave? ¿Qué clase de persona era? Su dolor de madre la estaba ahogando. Cerró los ojos sintiendo un mareo, pero en ese momento no podía fallar, ni a una ni a otra.

-Ya estoy aquí… no van a tardar.

-Ángela debemos dejarlo…

-¿Qué dices? -la miró con gesto serio.

-Es lo mejor, tú y yo no podemos estar juntas… Sandra…

-Marisa por favor no sigas hablando.

-Le hemos hecho daño, mucho daño… ¿no lo ves?

-Lo que veo es que se ha comportado como una energúmena.

-Soy su mejor amiga, le he mentido, le he engañado y, lo que es peor, me he liado con su madre -las lágrimas caían por su rostro.

-Tranquila… por favor… tranquilízate -le besó en la frente mientras trataba de controlar el miedo desbocado que había nacido en ella de repente.

-No, tiene razón.

-¡No tiene razón, Marisa! La razón se pierde con la violencia, ¡jamás enseñé a mi hija que las cosas se aclaraban así! Me ha decepcionado.

-¿Y crees que nosotras a ella no?

-Puede pero eso no le da derecho a hacer lo que ha hecho, Marisa, ningún derecho. Y ahora, no hables más.

            La amiga doctora de Ángela llegó junto a su pareja, eran las únicas que sabían lo que le estaba sucediendo con la amiga de su hija, fueron las primeras en saber de sus fantasías con ella, de su atracción irresistible cada vez que la veía. Del autocontrol que debía desarrollar en cada visita que hacía a su casa. Fueron ellas las que la animaron a intentarlo, no había nada de malo si aquella chica la correspondía, no era menor de edad. Al ser conocedoras de lo ocurrido se quedaron impactadas, abrazaron a su amiga para tratar de calmarla pero al ver el rostro de Marisa quedaron realmente impresionadas.

            Una vez la curaron le administraron un sedante para que pudiera descansar, Ángela no se había separado de ella pero al mismo tiempo no había dejado de controlar el teléfono por si su hija llamaba, tenía unas ganas enormes de reprocharle su actitud pero tal como Marisa le había dicho se contuvo esperando sus noticias.

-Ángela vamos fuera y dejémosla dormir.

-Pero… -protestó mirándola con sufrimiento.

-No es grave, la sangre es muy escandalosa, cariño. Lo que necesita es descansar ahora estar un par de días molida y le molestara el labio al comer, pero nada más. Eso sí, vas a estar unos días sin poder besarla –le sonrió tratando de quitarle importancia.

-¿Cómo ha sido capaz Sandra? No me lo puedo quitar de la cabeza.

-Mujer, te lo puedo decir yo, tu hija descubre de una tirada que eres lesbiana, que estás tirándote a su mejor amiga, y que ésta le ha mentido sobre la mujer que estaba con ella- ¿Te parece poco?

-Cariño… no hace falta ser tan sincera -le dijo la doctora a su mujer.

-Mira, lo único que te digo, Ángela, es que no juzgues demasiado duramente a tu hija, está claro que esta reacción no es lo mejor que podía hacer, pero, tienes que ver lo que ha desencadenado esto, ¿y si ella está enamorada de Marisa? Porque por amistad una no le pega una paliza así.

-¿Tú crees, Isabel? -preguntó Ángela con un nudo en la garganta.

-¡Mira que eres mari dramas, cariño! -la riñó nuevamente su mujer.

-¿Mari dramas? Esto no se nos pasó por la cabeza porque no teníamos motivos para pensarlo cuando nos dijiste que te gustaba esta chica, pero la reacción de tu hija me da a mí que tiene que ver con un ataque de celos brutal. ¿Nunca te dijo nada?

-¡Isabel crees que si me hubiera hecho el menor comentario yo me habría dejado llevar por la pasión!

-Ángela no te pongas así, a ver, es una posibilidad -medió Laia, la médico-. Pero no lo sabemos seguro, más bien estoy segura que lo que le pasó a Sandra fue que le dolió vuestra actitud de mentirle, ha sacado el carácter de su madre ¿o no recuerdas cuando te enteraste que Pepita te la pegó con Lola? ¿Tengo que recordarte que me llevé un buen sopapo tuyo por querer evitarlo?

-¡Cuenta, cuenta! -decía encantada su mujer.

-Ángela… sois mujeres de carácter, esto es una reacción brutal, sí, pero creo que es una reacción de una persona que se ha sentido engañada.

            Ángela guardó silencio durante unos segundos, se le pasaba por la cabeza la posibilidad de que su hija estuviera enamorada de Marisa, o que la propia Marisa le hubiera escondido la posibilidad.

-No, no… Eso no puede ser, Marisa estaba realmente preocupada por mentirle a mi hija, pero por mentirle como amiga. No… -se levantó mientras Laia le daba una mirada recriminatoria a su mujer-… Tengo que hablar con ella, la he llamado pero tiene el móvil apagado.

-Ve a casa, espérala y habla con ella, nosotras nos quedamos al cuidado de Marisa.

-¿Haríais eso? -las miró con los ojos repletos de lágrimas.

-Por supuesto.

            Entró a ver a Marisa que dormía tranquila, después se fue hasta su casa buscó a su hija en el cuarto pero no estaba, la volvió a llamar pero no le contestaba. Entonces recordó que en la nevera le había dejado anotado el número de teléfono de su novio, por si había alguna urgencia. En ese momento volvió a pensar en la posibilidad de que estuviera enamorada de Marisa, pero la rehusó con rapidez, la misma con la que llamó, el chico le contestó y trasladó su preocupación por que había quedado con ella y no había llegado. Le dijo que se había olvidado el cargador del móvil y por eso volvió a casa. ¡Maldito móvil!, pensó Ángela. Tras decirle que si la veía inmediatamente le trasladara que necesitaba hablar con ella, colgó pensando dónde podría estar. Estaba tan nerviosa que no podía pensar con claridad, bebió un vaso de agua tratando de aclarar su cabeza. Tras unos minutos con los ojos cerrados se percató que Sandra cuando se enfadaba o tenía un problema solía ir al desván se sentaba en la vieja mecedora de su padre y al rato bajaba como nueva. Ángela subió con rapidez hasta allí, abrió la puerta y suspiró con alivio al encontrarla sentada en la mecedora mirando por la ventana. Sandra ni se inmutó.

-Creo que tenemos que hablar -le dijo con suavidad Ángela.

-¿Cómo me ha podido mentir? ¡Claro ahora entiendo porque no me quería contar nada! ¡Os lo habéis pasado muy bien, verdad!

-No, cariño.

-¡A ella también le llamas cariño! Ahora mismo me dan nauseas solo de escucharte.

-Sandra creo que estás actuando de una manera bastante inmadura.

-¿Inmadura? Te estás tirando a mi mejor amiga ¿cuántos años le llevas? ¡Podrías ser su madre! ¿Eso es para ti la madurez?

-No creo que sea justo que me hables así -trató de mantener la calma.

-¿Cómo quieres que te hable? -la miró con odio.

-Soy tu madre.

-Sí, una madre que se tira a la mejor amiga de su hija aquí en nuestra propia casa. Una madre que me ha mentido durante años sobre mi padre, ¡y yo pensando que habías dado el braguetazo de tu vida con él!

-No voy a consentirte que hables en ese tono despectivo de tu padre.

            Por primera vez en mucho tiempo, Sandra vio a su madre seria, enfadada e indignada. Tragó saliva tratando de omitir su enfado.

-Sé que Marisa te ha ocultado cosas, por no hacerte daño.

-¡Claro, claro! ¿Y dime una cosa, os vais a casar o esto nada más son polvos de madura con jovencita?

-Sandra… te lo advierto, no tienes ningún derecho a hablarme así.

-El derecho me lo has dado tú trayéndola aquí, el derecho me lo das tú por mentirme y engañarme -se levantó para marcharse y entonces su madre le cogió del brazo con firmeza-. Suéltame.

-Vamos a hablar como personas adultas.

-No me apetece hablar, voy a recoger mis cosas y me marcho de esta casa, así que tranquila puedes seguir tirándotela aquí, a ella y a cuantas niñas quieras porque me demuestras que estás enferma.

            Ángela mantuvo su brazo retenido, Sandra trató de zafarse de ella pero su madre no la dejó mirándola con tanto dolor en los ojos que sintió que estaba viviendo un desafío.

-Cuando venía hacia aquí, rezaba para que estuvieras y me dijeras que sentías lo que habías hecho, Marisa no tiene culpa de lo que ha pasado y que hayas ido a su casa a pegale me parece mezquino.

-¡A mí me parece mezquino lo que hacéis así que estamos a la par!

-Nunca en mi vida te he dado una bofetada, nunca porque no creo que eso solucione nada, tu padre siempre me dijo dialogo, libertad y amor. Las tres cosas te las he dado a manos llenas a lo largo de tu vida, pero ahora mismo tengo que hacer un esfuerzo enorme para no darte una buena hostia que te la estás ganando. Así que será mejor que te vayas si eso es lo que quieres antes que ponerme a tu altura.

            Se dio la vuelta sin querer verle más la mirada repleta de odio. Los ojos se le llenaron de lágrimas y sintió que había fallado.

-¿Qué esperas que haga, que apruebe esto?

-No, espero nada más que me dejes explicarte las cosas, pero veo que tú ya te has hecho una composición y poco servirá lo que te diga.

-¿Y qué me vas a decir? ¿Qué estás enamorada? Pues si es así, te has jodido la vida porque Marisa no quiere una tía a su lado, nada más polvos y con cuantas más mejor… esa es la amante que has elegido. Espero que te haga sufrir lo que estoy sufriendo yo.

-¡Pero qué estás sufriendo! Tú propia cerrazón.

-Nunca pensé que iba a odiarte, cuando me decían eso algunas de mis amigas veía imposible que eso me pasara a mí, pero ni te imaginas lo mucho que te odio ahora.

-¿Estás enamorada de Marisa?

            Sandra se volvió mirándola con los ojos abiertos de par en par, después soltó una carcajada que resonó en el desván y le dijo.

-Estás enferma.

-Pues entonces, si no estás enamorada de ella y visto lo visto, me dolerá mucho que no respetes la relación que Marisa y yo tenemos, francamente, me da igual. Del mismo modo que he dejado que hagas tu vida con quien quieras y de la manera que mejor te pareciera, del mismo modo que te he respetado hasta cuando sabía que estabas cometiendo un error, de ese mismo modo lo único que te pido que lo respetes, me da exactamente igual lo que pienses –Sandra la miró con ojos asesinos pero Ángela no se detuvo-. Sin darme cuenta pero así ha ocurrido me he enamorado de ella, si tengo que sufrir, sufriré aunque te aseguro que no tanto como lo estoy haciendo ahora al ver de verdad la clase de persona que eres. Puedo entender que te hemos fallado, pero no puedo entender que ni siquiera me des la oportunidad de pedirte perdón por ocultarte algo que no sabíamos iba a llevarnos tan lejos. ¿Quieres irte? La puerta para irte la tienes abierta, lo mismo que estará abierta por si quieres entrar. Pero ni me vas a humillar, ni vas a volver a hacer daño a Marisa ¡qué te quede claro!

            No divagó ni un solo segundo, pasó por su lado con el gesto tan serio como dolido, le hubiera gustado que su hija fuera de otra manera, pero sabía que estaba herida y ni aun así, quería perderla. Pensó que dejar ahí la conversación, los reproches y la humillación era mejor que tratar de hacerse entender.

            Mientras todo esto ocurría, Marisa se había despertado, a su lado estaba Isabel leyendo un libro. Tuvo serios problemas para abrir los ojos.

-¿Ángela? -la llamó con un hilo de voz.

-No, querida, soy Isabel, la amiga de Ángela. ¿Qué tal estás, aparte de molida?

-Me duele todo. ¿Dónde está Ángela?

-Ha ido a hablar con su hija.

            Marisa cerró los ojos abatida. Tragó saliva y trató de mover con cuidado la espalda para acoplar mejor su cuerpo en la cama.

-Mira, tú y yo no nos conocemos pero quiero hacerte una pregunta y sé que pensaras que a mí que me importa pero… quiero mucho a Ángela… no me gustaría verla sufrir porque su capricho le haga daño.

-Tiene razón a usted que le importa…

-Me importa ella -Marisa la miró fijamente y vio a una mujer preocupada-. No ha tenido una vida fácil, te lo aseguro.

-¿Por qué le preocupa?, usted misma lo ha dicho, soy su capricho.

-Porque la conozco y he visto cómo te mira.

-Yo no le haría sufrir -la miró con el único ojo que tenía abierto.

-¡Te has despertado! -entró Laia que había escuchado hablar a su mujer y conociéndola temía que pudiera reprocharle-. ¿Qué tal estás?

-Bien…

-Soy Laia, la amiga de Ángela, soy médico ella es mi mujer y es enfermera te ha cosido la ceja.

-Gracias, son muy amables.

-No somos amables, somos amigas de Ángela.

-Isabel… cariño…

-¿Te duele algo más?

-Lo que me duele no tiene calmante -dijo seria cerrando el ojo.

-No, cuando duele el alma poco se puede hacer -añadió Isabel.

-¿Ha llamado Ángela? ¿Saben algo? -preguntó preocupada.

-No. Nada -le sonrió Laia con amabilidad-. Isabel trae una taza de caldo que quiero palparle las costillas.

-Solo me dio en la cara, creo.

-Tranquila -le dijo retirándole la camiseta que le habían puesto.

-No sé con qué ha hecho un caldo porque no tenía nada en la nevera -se quejó con suavidad.

-Bueno… tienes la suerte de que aquí al lado hay una tienda de verduras maravillosa, ¡ya la quisiera yo!

-¿No le habrá hecho nada a ella, verdad? -sintió cercanía con aquella mujer.

-No, tranquila.

-Tampoco pensé que fuera capaz de hacerme esto a mí… -su voz sonó repleta de tristeza.

-No hay nada peor que una mujer herida en su ego, ella se siente traicionada y engañada, eso mueve lo peor en un ser humano.

-Nunca la quise engañar.

-Lo sé… y ella lo sabrá, ha recibido todo de golpe, las verdades duelen eso dicen.

-Antes su mujer me ha dicho que quería quedarse tranquila conmigo, me ha dolido que me lo dijera, ¿sabe una cosa? Se va a reír estoy segura, igual que se reiría Ángela si lo supiera, pero… -pasó la lengua por los labios secos y con cierta emoción le dijo-. Me he enamorado de ella, ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida ¿sabe? He buscado a la mujer que me hiciera sentir el amor por muchos lugares, he estado con tantas que al final era una rutina, pensé que estar con ella sería lo mismo, sin embargo, ella me acepta como soy y me entiende, he tratado de quitármela de la cabeza, podría con cualquier mujer, pero no sé cómo quitármela del corazón.

-Te entiendo perfectamente y no me da risa, me provoca una ternura maravillosa porque Ángela ha sufrido mucho. Aparentar ante tu hija que eres feliz cuando estás destrozada porque te han hecho añicos el corazón, es duro.

-¿Que va a pasar ahora?

-¡Marisa!

-¡Ya estás aquí! Nos tenías preocupadas –le dijo Laia levantándose al verla entrar.

-Ángela –susurró Marisa feliz de verla.

            Se precipitó hasta la cama sin hacer caso a Laia, se sentó junto a Marisa abrazándola con fuerza, sintió el temblor de la joven mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos. Se quedaron solas abrazadas y con las lágrimas de Marisa resbalando por su rostro.

-Shhhh… shhhh. Ya, ya está.

-¿Qué ha pasado?

-Nada, tranquila, tienes que tranquilizarte, cariño.

-¿Y Sandra?

-Necesita un poco de tiempo para asimilar lo que hemos hablado.

-Debe odiarme.

-No, claro que no.

-Yo la entiendo -le dijo tratando de calmarse.

-Pues yo no y es mi hija, al menos a esta hija no la entiendo ni la reconozco con lo que pensaba de ella, siempre me sentí orgullosa de su manera de ser, ¿me ha estado engañando todos estos años? Es fría y manipuladora. Nunca debió hacerte esto ¿pero sabes una cosa? Desgraciadamente porque sé lo mucho que te duele y lo mal que estás, me ha abierto los ojos. Te quiero, te quiero muchísimo, Marisa. Por un momento cuando te vi pensé que podía perderte y… hacía mucho tiempo que no sentía este miedo.

            Marisa sonrió todo lo que las heridas de su rostro el permitían. Se detuvo su llanto y las manos suaves de Ángela hicieron el resto. Fueron apartando con ternura las lágrimas mientras la miraba con amor.

-Hacía mucho tiempo que una mujer no provocaba este torrente que siento dentro de mí, sé que no puedo pedirte que me correspondas lo entenderé nos llevamos muchos años y de igual manera que…

-Te quiero -le dijo atajando sus palabras-. Te quiero con toda mi alma, te amo…

-¿Estás segura? -la miró sonriendo con una felicidad que le hacía brillar la mirada.

-Completamente segura.

            Ambas se miraron sonriendo al mismo tiempo, era como si las dos tuvieran miedo a decir lo mucho que se amaban la una a la otra, miedo a perderla tras la confesión. Ángela abrazó a Marisa dejándole un beso en el hombro mientras le decía.

-Te quiero tanto…

-¿Y qué va a pasar con Sandra? -se separó de su cuerpo mirándola con preocupación.

-Le vamos a dar tiempo, está en sus manos aceptarlo no podemos hacer otra cosa. Llevo mucho tiempo pensando en ella primero, en su felicidad y me he olvidado de la mía, hasta que he estado contigo. Te aseguro que yo nada más quería pasármelo bien contigo una vez, un par todo lo más, pero fue imposible detener mis deseos por ti, y cuando te oí que ibas a ese pub, mis celos se dispararon, nunca he sido posesiva, nunca he sentido la necesidad de controlar a nadie, sin embargo, no quería que nadie te tocara, allí me di cuenta que no solo te deseaba, también me estaba enamorando de ti.

-¿Sabes a que fui yo? A que alguna mujer me tuviera entretenida lo suficiente para dejar de pensar en ti, pero estaba bailando y pensaba en cómo sería bailar contigo -le sonrió acariciándole la cara-. No quiero perderte, Ángela. Aunque si estar conmigo va a ser perjudicial para tu relación con Sandra…

-Sandra es Sandra, tú y yo somos tú y yo y eso quiero que lo entiendas. Ella tendrá que valorar lo que quiere, creo conocer a mi hija aunque haya reaccionado de un modo que jamás pensé, estoy segura que recapacitara y todo será como antes ¡o mejor!

-Yo no estoy tan segura pero… está bien -le sonrió pero entonces se quejó.

-Cuidado… cuidado… ¿te duele mucho?

-Si estás a mi lado, me duele menos.

            El tiempo fue pasando demasiado deprisa para ellas que trataban de retenerlo, habían descubierto que juntas se lo pasaban a lo grande, disfrutaron de paseos, Ángela aprendió a hacer ejercicio con Marisa, las primeras agujetas fueron un motivo de cercanía, masajes, besos y sexo, Marisa aprendió a visitar museos y descifrar mensajes en los cuadros, viajaron juntas, fueron a París y celebraron su amor, a Roma, a Londres, Marisa conoció todos aquellos lugares que un día soñó visitar. Decidieron vivir en aquel apartamento secreto que tenía Ángela y que les daba un refugio romántico. Entre toda la pasión que compartieron, Marisa acabó la Universidad y se graduó, aunque gracias a Ángela había descubierto una pasión maravillosa por el arte y decidió estudiar arte, sin embargo, había algo entre ellas que estaba a pesar de que trataban de disimularlo, Sandra no había dado señales de vida en esos seis meses. Sabían de ella por lo que Laia averiguaba mediante la familia de su novio. Sabían que estaba viviendo con él y que estaba bien. Pero no había dado muestras ni de arrepentimiento por la paliza, ni de echar de menos a su madre.

            Por su parte, Sandra había tratado de evitar encontrarse con Marisa lo había logrado totalmente, y también había ignorado las llamadas de su madre. A pesar de que una tristeza pesada se había acoplado en su vida y la acompañaba día y noche. Trabajaba en la empresa de su novio, había dejado el máster para tener la cabeza ocupada y dedicarse a su nueva vida. Ni siquiera se había interesado ni una sola vez por ellas. A veces, su novio trataba de hablarle pero sabía que si no quería discutir, era mejor no sacar aquel tema que le había confesado entre lágrimas y reproches hacia ambas. Así durante aquellos seis meses que las mantuvo por caminos separados.

            Un día Sandra se encontraba en su despacho mirando la pantalla del ordenador, cualquiera que estuviera allí se daría cuenta que no estaba trabajado porque el protector de pantalla que era un piano, no cesaba de sonar y apretar teclas blancas y negras. Era como veía la vida, no podía encontrar un gris ni otro matiz, no podía entender como su madre le había ocultado la verdad de su condición sexual, ni podía entender como su amiga le había engañado al respecto de quien era esa amante tan efusiva que le dejaba marcado el cuello. O era engaño o era mentira, no había la posibilidad de temor ante su reacción porque si alguna vez le llegaba aquella posible reacción por parte de ambas, la rechazaba con total vehemencia, simplemente era blanco engaño, negro mentira.

-Veo que sigue gustándote ese protector de pantalla.

            No podía creerlo, era Marisa, era su voz y si apartaba la mirada del ordenador posiblemente vería su figura. Tragó saliva para tratar de tranquilizarse.

-Necesito hablar contigo, Sandra.

-No tenemos nada de qué hablar -respondió sin mirarla.

-Yo creo que sí, antes hablábamos de todo.

-¿Tú crees?

-Sí. Por eso estoy aquí.

-¿Ya te has cansado de aguantar a mi madre?

-Quiero hablar contigo pero sin reproches ni dardos envenenados.

-A mí no me apetece hablar contigo, ni te he llamado, así que lo que te vas a encontrar es esto.

            Entonces la miró, la miró con un odio visceral reflejado en sus pupilas, trató de aguantarle la mirada pero estaba viendo en los ojos de Marisa un sentimiento de pena, quizá pena por sí misma aunque la conocía tan bien que sabía que quien le estaba provocando aquel sentimiento era ella.

-De acuerdo, dime lo que necesites decirme, me moliste a golpes y no creo que te sirviera de mucho, quizá si me lo dices ahora con palabras puedas quitarte ese peso de odio hacia mí.

-No me apetece hablar contigo, ya te lo he dicho, márchate.

-No me voy a ir.

-¿Qué es lo que quieres, Marisa? ¿Qué te diga que está todo bien?

-No, yo sé que nada está bien, lo sé. Si no vas a reprocharme nada entonces te hablaré yo, vengo a pedirte perdón. Y a decirte que te echo de menos como amiga. También a decirte que veo la tristeza de Ángela y no puedo permitir que…

-¡Cállate! -le dijo entre dientes.

-No, no me voy a callar -se apoyó en la mesa quedando cara a cara con ella-. Tú eres mi amiga, eras mi mejor amiga pero no sabía cómo decirte que me estaba viendo con tu madre, entre otras cosas, porque ella no te había dicho nada de su condición sexual. Me sentí fatal por ello y algunas veces tratamos de dejarlo, pero el amor era más fuerte que…

-¿Tú llamas amor al sexo? Yo no te vi enamorada, solo te vi encima de ella gozando como una perra.

-Quieres que sea sincera, lo que entonces no fui por miedo a perderte y, que en definitiva, es lo que ha pasado que te he perdido por no hacerte daño. Tu madre me hace gozar como una perra, me vuelve loca.

-¡Cállate!

-¿No es lo que quieres que te dijera? -alzó la voz.

-No, ahora ya no me importa.

-Claro que te importa, porque te sigue doliendo y no puedo permitir eso, no puede ser que el amor que sentimos Ángela y yo nos haga daño a las tres.

-¿Pero qué amor? ¡Cómo puedes estar enamorada de mi madre! Aún recuerdo ¿cómo decías? Espera… espera -se levantó caminando por el despacho-. ¡Ah sí! Aún recuerdo cuando decías que te gustaba liarte con maduras porque las volvías locas ante su desconocimiento, eran fáciles de manejar.

            Marisa cerró los ojos nerviosa, era cierto que hubo una época de su vida que pensaba aquello, pero nada tenía que ver con lo que había vivido con Ángela.

-¿Mi madre también lo es? ¡Imagino que debes tener a alguna amante por ahí que te tenga satisfecha! ¿Qué quieres de mi madre? ¿Su dinero? ¿Te ha comprado una moto mejor? ¿Un todoterreno que era tu sueño? Porque veo la ropa que llevas y esa ropa no te la puedes permitir. Quizá sea una buena idea hablar con mi madre y darle este razonamiento que tú me decías a mí, a ver si así se cae del guindo en el que vive.

-Amo a tu madre con todas mis fuerzas.

-¡No me hagas reír!

-Sandra, por el amor que le tengo estoy aquí aguantando tus reproches y tus insolencias.

-¿Insolencias? ¡Vaya veo que también te ha cambiado el vocabulario!

-Lo único que quiero es que la llames, que la veas, si no me quieres hablar a mí ni ver lo acepto, tienes razón si estuviera en tu lugar quizás actuaría del mismo modo.

-¿Sabes lo que sentí cuando te vi con ella? Una ira irracional, nunca en toda mi vida había sentido algo así, confiaba en ti, eras como mi hermana, todas mis cosas la única persona a la que se las confiaba era a ti -se le acercó mirándola con esa ira-. Nunca te mentí ni te oculté nada, ¡nunca! Si me hubieran pedido una mano para cortármela respondiendo por ti, la hubiera dado ¡y ahora estaría manca!

-Tienes razón toda la razón del mundo, tú quieres que me ponga en tu pellejo, y entiendo que estés así por eso no he querido molestarte antes, pero… ponte por un momento en el mío, acostándome con tu madre, disfrutando como nunca lo había hecho con una mujer ¿qué hubiera pasado de decírtelo? Me habrías matado.

-Posiblemente -susurró.

-Todo estuvo mal, todo, pero no tengo la culpa ni Ángela ni yo de que nos enamoráramos.

-¿Pretendes que te crea?

-No, no pretendo que me creas porque sé que siempre te dije que el amor no era para mí, que la mujer que pudiera hacerme caer de rodillas no existía, pero me equivocaba y la tenía muy cerca de mí.

-¿Y qué harás tú cuando mi madre tenga cinco años más? ¿Irás por la calle con una abuela? ¿Qué harás cuando empiece a mearse encima? Entonces la dejaras, claro.

-No sé qué haré mañana porque como siempre te dije vivo el hoy.

-¡Claro eso es muy fácil!

-Sandra, yo no tengo tantos prejuicios como tú, amo a tu madre y estoy segura que la seguiré amando.

-No me hagas reír.

-Escúchame, Sandra, tu madre y yo estamos enamoradas, la amo con toda mi alma y trato todos los días de hacerla feliz, entregarle todo el amor del que jamás pensé pudiera sentir. Pero sé que no es feliz porque le faltas tú. Ódiame a mí, castígame a mí porque perderte de mi vida es un castigo quizá merecido, mantén tu ira y tu rabia hacia mí, pero por favor… no hacia tu madre que te adora y te necesita. ¿De acuerdo? Ódiame a mí, pero no a ella.

            No le dio tiempo a nada más, Marisa salió de allí ahogándose. Sintiendo una pena terrible por lo que acababa de vivir. Jamás pensó que llegaría el día en el que Sandra y ella romperían su amistad. Siempre estuvo a su lado, cuando Sandra pasaba un bache, era ella la que la ayudaba, cuando Sandra quiso probar a vivir fuera del hogar materno, no dudó un instante en abrir las puertas de su casa para que estuviera allí. Fue ella la que le ayudó en sus rupturas, la que se divertía con sus historias locas, la que siempre consiguió hacerle reír, y sin embargo se daba cuenta que ese momento que apoyaba la cabeza contra la pared, era ella la que le estaba haciendo sufrir.

-Quizá si hay algo que puedes hacer.

            La voz de Sandra le llegó fresca, como si hubiera vuelto a ser ella, la amiga cercana, divertida y sin rencores.

            La hora de la comida se acercaba, Ángela la había encargado a un restaurante indio, quería sorprender a Marisa y para eso había decorado la mesa con velas, servilletas repletas de colores vivos y una ensalada de las que tanto le gustaban. Había descubierto lo mucho que le gustaba sorprenderla. Cuando sonó el timbre de la puerta sonrió frotándose las manos y quitándose el delantal. No miró por la mirilla, porque de haberlo hecho su gesto no hubiera mostrado tanta impresión.

-Hola mamá.

-Sandra –murmuró.

-No sabía qué te iba a afectar tanto mi presencia.

-Pasa, hija, pasa –se hizo a un lado tomando aire con fuerza-. ¿Quieres tomar algo?

-No. He venido para que veas que estoy bien.

-Me alegro mucho de verte, de verdad –le sonrió con alegría pero una sensación extraña clavada en su estómago.

-¿Tú cómo estás?

-Bien… muy bien aunque preocupada por ti.

-Pues ya ves que estoy bien –miraba todo a su alrededor hasta que sus ojos dieron a para con un retrato de su madre y Marisa, sonriendo felices acarameladas.

-Estoy contenta de verte. ¿Qué tal las cosas?

-Bien, bien. Venía nada más que para advertirte de algo.

-¿Qué pasa? –la miró preocupada.

-Veras… no me es muy agradable, pero sabía que esto iba a pasar porque la conozco mucho mejor que tú –Ángela sin quererlo se puso en tensión-. Está con otra.

-¿De verdad? –le preguntó con una medio sonrisa de incredulidad.

-Sí. La he pillado besándose con una amiga común, estaban en una cafetería y… bueno, nada más quería avisarte aunque sé que no me vas a creer.

-Por supuesto que no. No sé qué es más mezquino si golpearla o mentir.

-Dejemos que venga y nos lo cuente ella.

            Se sentó cogiendo un tenedor y pinchando un tomate. Ángela la observaba con los nervios disparados en su estómago. No entendía que hacía allí, no podía creerse lo que le contaba. Por eso cuando escuchó la llave en la puerta, su cuerpo se tensó. Marisa entró con una media sonrisa y al ver a Sandra allí se le borró, Ángela comenzó a temblar.

-No esperabas verme ¿verdad? –le espetó de golpe Sandra-. Creíste que porque no me hablaba con mi madre no iba a venir.

-¿Qué significa esto? –preguntó Ángela.

-¡Díselo porque a mí no me cree!

-¿Marisa? –la fulminó con la mirada.

-¡Marisa! –le insistió Sandra con gesto serio.

-Ya… ya te lo ha dicho ¿no?

            Hubo un silencio intenso la sonrisa de Sandra era enfermiza, repleta de victoria mientras Marisa lloraba por dentro, y Ángela la escrutaba con el rostro serio.

-Vete –le dijo Sandra a Marisa poniéndose delante de su madre.

-No te muevas de ahí –le dijo Ángela con tono implacable.

-Esto… yo…

-¿De qué va esto? –preguntó Ángela mirando fijamente a Marisa.

-Lo siento, yo… -selló los labios para no seguir hablando.

-Es una degenerada que te ha mareado, nunca debiste liarte con ella, te lo advertí.

-Sí, es cierto, me lo advertiste. ¿Qué es lo que está pasando Marisa?

-He ido a hablar con ella y…

-¡Marisa! –le gritó Sandra.

-¿Y qué?

-Me ha dicho que si me iba de tu lado volvería a tu vida.

-¿Estabas dispuesta a hacer algo así? –la miró pasando por delante de su hija.

-Lo siento. Sé que estás sufriendo por ella y…

-¿Y has pensado que yéndote tú con una mentira tan vil iba a ser lo mejor para mí?

            Hubo silencio. Marisa no contestó tan solo se le llenaron los ojos de lágrimas.

-No lo he pensado. Fui para decirle que estabas mal que la necesitabas que me atacara a mí pero no a ti.

-¿Y cómo resultado montáis esta farsa?

-¿Qué le das a tomar el suero de la verdad? –le preguntó a su madre mientras cogía su mochila.

-Tú no te mueves de ahí, y por lo que a ti respecta creo que debemos tener una charla seria.

-Lo siento –volvió a decir Marisa entendiendo el enfado de su pareja.

-Déjame a solas con mi hija.

-No pienso hablar contigo, te ha mentido y la crees, ya me has dejado claro la persona que eres.

-Te he dicho que no te muevas –sus ojos repletos de furia se clavaron en los de su hija-. ¿Qué pretendes, Sandra? Dime la verdad, porque me has tenido muy engañada toda tu vida. ¿Qué pretendes?

-Me largo que seas muy feliz con tus cuernos.

            Sandra no vio venir la bofetada, pero la sintió de una. Ángela la enganchó con su mano de la chaqueta y la puso contra la pared del comedor. Jamás había sentido tanta rabia como en ese momento, la miraba con un gesto que provocó en Sandra un miedo aterrador, nunca había visto a su madre de aquella manera, nunca le había levantado la mano ni mirado con tanto dolor.

-Óyeme bien, Sandra, no quiero que te vuelvas a meter entre Marisa y yo, nunca pensé que fueras así, ¿qué es lo que pretendes?

-¡Suéltame! –trató de separarse de ella pero no lo consiguió.

-Dime… ¿qué pretendes?

-La que nunca debió meterse entre ella y yo fuiste tú.

-¿A qué te refieres?

-Ella era mi amiga, ella me pertenecía.

-¿De qué hablas?

-Tú eres la que ha roto mi relación con ella, Marisa me pertenecía, era quien me apoyaba, me ayudaba cuando tú no estabas.

-Yo he estado siempre a tu lado.

-Eres una egoísta, una envidiosa ¿no podías ver que era mía? ¿Crees que ella va a estar a tu lado cuando tengas unos pocos años más? ¿Crees que no se va a avergonzar de ti? ¿De verdad crees que va a serte fiel?

-¿Todo lo que te pasa es que estas celosa? Nadie es propiedad de nadie, ni siquiera Marisa me pertenece… ¡yo no te enseñé algo así! –le elevó la voz.

-Ella era la única persona a la que yo le importaba. Tú me las has arrebatado.

-No digas tonterías, hija.

-No me llames hija.

            Por un momento, Ángela la miró con pena, ¿realmente su hija era así?

-Sandra… si de verdad piensas esto, si de verdad crees que yo te he quitado a Marisa estás enferma, tú eres la que te has separado de nosotras, te hemos pedido perdón, ¿crees que hemos hecho esto para hacerte daño? ¡El amor entre nosotras ha surgido! Nadie es propiedad de nadie, Sandra.

-¡Déjame en paz!

-No puedo creerlo, ¿cómo no lo he visto antes?

-¿Ver el qué?

-Que lo único que te pasa es que eres una egoísta, que nada más piensas en ti que no quieres a las personas por como son, que las quieres porque las dominas, las tienes bajo tu poder. ¿Crees que lo que iba a hacer no demuestra que te quiere? Iba a destrozar nuestra relación por ti. ¿Eso es lo que querías? Destrozarnos para recuperarla a ella, ¡ni siquiera a mí!

            Las palabras de Ángela no salieron con rabia, lo hicieron con pena al darse cuenta de la realidad de su hija. Y se asustó, aquella manera de ser no le ayudaría en la vida.

-Solo quería que volviera a mí, sí ¡y qué!

-¿Y crees que esta era la manera? Te ha pedido perdón por no decirte la verdad sobre nuestra relación, ¿acaso tú le has pedido perdón por los golpes que le diste?

-No sé qué me pasa… no lo sé –se sentó abatida en el sofá.

-Yo sí lo sé, necesitas ayuda, eres una persona que necesita ayuda manipulas a las personas a tu antojo, te parecía bien que Marisa saliera y ligara porque sabías que iba a ser una noche, pero tú volverías a tenerla completamente para ti como amiga al día siguiente, durante toda tu vida has contado con mi visto bueno a todo lo que hacías, y yo no supe ver como eras realmente –se sentó a su lado-. Lo siento.

-No quiero sentir lo que siento pero… Enrique es el único que no me lleva la contraria.

-Como hacía yo, ciegamente creí en ti y me equivoqué –murmuró.

-Sé que no debía comportarme así, pero… lo siento, no soy capaz de ver la vida de otra manera.

-Necesitas ayuda. Porque a la única que haces daño realmente, es a ti. A mí me ha dolido mucho tu reacción porque pensaba que además de mi hija eras mi amiga, te crie como tu padre quiso, y me equivoqué. Una madre está claro que no puede ser una amiga.

            Sandra trataba de contenerse ante las palabras de su madre, sabía que tenía razón pero no quería dársela. Pero por otro lado, la echaba de menos, echaba de menos a Marisa quien la entendía y aceptaba como era. Sentía que por momentos su mundo se desmoronaba, había llegado a esa casa dispuesta a separarlas mediante una mentira sin importarle el daño que pudiera hacer, llevaba esos seis meses pensando en mil maneras de separarlas. Y de repente, Marisa había accedido a su plan para separarla de su madre y recuperarla como amiga. Había hecho aquello por ella, se puso a llorar nerviosa no estaba acostumbrada a aquellos pensamientos, su madre tenía razón la que más sufría era ella.

-En todo este tiempo he deseado tan solo una cosa que os separarais.

-Si me dejara llevar te echaría de esta casa ahora mismo, soy tu madre y debo comprenderte pero que sientas algo así me empuja a perderte de vista, sin embargo, hay una grandísima parte de mi corazón que me ruega ayudarte. ¿Sabes una cosa, cariño? En toda mi vida, en toda ¿eh?, me he sentido como me siento ahora con Marisa. No sé lo que pasará mañana solo sé que es una gran mujer que es cierto me vuelve loca pero lo más maravilloso es que me he enamorado. No creo que me deje por ser más mayor, ni siquiera porque me salgan arrugas o se me caigan los dientes, porque Marisa mira con el corazón repleto de amor, eso era lo que pensé que te pasaba a ti, que mi hija era una persona solidaria, inteligente, maravillosa, no imagine nunca que esto pudiera ocurrir. Por eso, voy a ayudarte porque estoy segura que quien más sufre eres tú, y me duele el alma.

-No estoy segura de querer esa ayuda como si fuera una limosna por tu parte.

-¿Qué estás diciendo? -le preguntó seria.

-Soy como soy y no voy a cambiar, tengo toda la razón, tú has logrado quitarme lo que yo tenía, y ahora para callar tu conciencia quieres ayudarme ¡francamente no sé a qué!

-A qué te des cuenta que eres una egoísta que no tiene derecho alguno a manejar a las personas a su antojo.

-Mira, me he dado cuenta que no eres la madre genial que yo pensaba, no eres la persona libre y moderna, eres una cualquiera que se lía con una tía sin importarle que pueda ser su hija por la edad, eso tiene un nombre. Y lo que menos me apetece es veros la cara a ninguna de las dos.

-Sandra quiero ayudarte pero te advierto que si te vas de esta casa…

-¿Qué? ¿Vas a borrarme de tu vida? -le cortó de cuajo mirándola con odio.

-A un hijo se le perdona todo, pero no te equivoques Sandra, ya no es solo que me haces daño a mí, se lo haces a Marisa y, lo peor, te lo haces a ti misma. Pero si quieres seguir así, no voy a tratar de ayudarte si eres mayorcita para atacarme, también lo serás para defenderte en la vida.

-¿Me estás echando?

-No, cariño, jamás te echaría de mi vida, eres tú la que estás tomando la decisión de que soy mala madre y peor persona. Lo siento, por ti. ¡Te agradecería que te marcharas de nuestra casa!

            No tuvo que volver a decirlo, Sandra se fue con la cabeza bien alta y lo último que hizo antes de salir de esa casa fue mirar a su madre con total desprecio. Ángela cerró la puerta mientras suspiraba con una pena clavada en su corazón.

            En la habitación Marisa estaba sentada en la cama con gesto de preocupación, no podía escuchar la conversación entre ellas así que nada más rogaba que ambas se reconciliaran, sabía que Ángela iba a estar dolida por su actuación. No había pensado demasiado en las consecuencias porque de haberlo hecho no hubiera sido capaz de seguirle el juego a Sandra. La verdadera Sandra, ésa que ella conocía era tal y como se estaba mostrando, siempre se había comportado de un modo posesivo con ella cuando salían con amigas, hasta que llegó Enrique y la dejó respirar, se enfadaba con ella si quedaba con otras o se iba al cine con alguna novia, todas sus novias eran malas y aprovechadas, todas le engañaban. No habían sido pocas las veces que por creerla había perdido a alguna chica interesante.

            El sonido de la manivela abriendo la puerta le apartó de golpe todas las imágenes de su cabeza, apoderándose de ella un miedo atroz. Por el rostro de Ángela pudo darse cuenta que estaba muy disgustada. Carraspeó antes de decirle.

-Lo siento, espero que al menos haya servido para que Sandra entre en razón.

-¿Por qué lo has hecho? -se sentó a su lado sin mirarla.

-Porque no podía verte así.

-¿Y crees que si me dejas iba a estar mejor? ¿Lo crees de verdad? ¿Crees que me importas tan poco como para hacer algo así?

-Perdóname, sé que ha sido una estupidez, conozco a Sandra sé cómo es y pensé que si le daba su capricho volvería contigo y… y nosotras… pues… decirlo en voz alta parece un plan pésimo… ¡No lo sé, Ángela! Yo fui con toda la esperanza de…

-Eso ya lo sé. Lo que me preocupa no es eso, es que hicieras lo que ella te dijo sin pensar en ti y en mí.

-He sido una estúpida, lo sé. Ahora mismo mientras hablabas con ella he sentido un miedo que no puedo explicarte. Es la primera vez en mi vida que tengo miedo, Sandra siempre ha conseguido separarme de las mujeres que se han acercado a mí.

-¿Cómo? -la miró incrédula.

-Unas veces me decía que las había visto con otras, alguna que era mala conmigo y yo no me daba cuenta. Y hoy, ha vuelto a jugármela. Solo que hay una gran diferencia, las otras veces le hice caso y confié en ella, cuando he llegado a esta habitación, he tenido que hacer un gran esfuerzo por no interrumpiros para decirte lo estúpida que he sido, Ángela te quiero, por primera vez en mi vida no estaba dispuesta a consentir su manipulación. Te quiero, y no quiero perderte…

-Nunca he conocido a mi hija ¿entonces?

-No te culpo. Siempre consigue su propósito. ¿Ha conseguido separarnos?

-He estado a punto de entrar aquí y decirte lo mismo que a ella, que te marcharas de mi vida…

-Ángela yo…

-Déjame hablar, por favor. Sin embargo, me he dado cuenta que has pensado antes en mí para no verme mal, y te lo agradezco. He intentado ayudarla pero ha rechazado mi ayuda, me ha insultado y ha tratado de hacerme sentir como una basura, echándome en cara que he sido mala madre, también que me ibas a dejar porque te doblo la edad y te ibas a cansar muy pronto de mí -Marisa sonrió de lado negando con la cabeza, otra vez lo estaba haciendo-. ¿Pero sabes? Me ha hecho daño en todo lo que ha dicho, tan solo ha habido una cosa que he estado segura no iba a suceder, y era la que tenía que ver contigo. Yo también te quiero y este tiempo que estamos juntas he sido inmensamente feliz. Nadie me había dado tanto en tan poco tiempo, y no voy a permitir que nadie, ni siquiera mi hija, me haga perderlo.

            Al terminar de hablar le retiró el mechón de la frente y le acarició la cara. Marisa se mordía el labio inferior sintiendo una felicidad en su interior tan grande que no le salían las palabras. Así que la besó y abrazó con total dependencia, demostrándole así que sus palabras eran ciertas, que la amaba más que a todo.

-Quiero vivir al día, Marisa.

-Yo también, el presente quiero vivirlo con toda la intensidad del mundo, y quiero hacerlo contigo.

-A veces me asusta este amor que ha nacido con tanta fuerza.

-Y a mí -sonrió Ángela.

-Juntas podremos ayudar a Sandra.

-Marisa, Sandra no quiere que se le ayude, es mejor dejar que sea ella la que dé el paso cuando lo estime oportuno, ¡si alguna vez lo desea! No voy a interferir en su vida porque es lo que me ha pedido. Le di la oportunidad de ser libre, buena persona y respetuosa, siento en el alma que sea todo menos eso, estaré ahí para cuando quiera que esté, pero mientras tanto, tú y yo seremos felices juntas, sin dejar que su actitud ni nos distancie, ni nos cree problemas ¿entendido?

-Sí -dijo con abatimiento-. Pero no te quiero ver sufrir.

-Pues ya sabes… si no me quieres ver sufrir, ¡hazme feliz! -le sonrió ampliamente volviéndola loca.

-Me encanta tu sonrisa, Ángela ¡eso me pierde!

-Pues perdámonos hoy y siempre.

-¡Qué así sea!

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