COMO UN RAYO DE LUZ. II PARTE

Antes que nada, disculpar lo que he tardado en colgar la segunda parte, pero estoy prepando La Condesa de Torrelavega para publicarla y ya sabéis lo que significa eso, horas y horas y horas de corrección.

Sé que en esto trozo muchas de mi generación os vais a sentir retratadas de igual modo que me siento identificada yo.

Gracias

VIII

Esther se sobresaltó al verla allí. Nadie podía entrar a sus celdas sin poderlo evitar se puso nerviosa.

-¿Qué haces aquí, Maca?

-Me han dicho que estás mal y quería saber qué te pasa.

-Agradezco tu interés, pero no puedes estar aquí.

-¡Oh, perdona! Es que… perdona… entiendo…

-Es solo la espalda, ya sabes… pero por favor vete.

-Sí, sí, claro.

Al quedarse sola resopló con fuerza. Cerró los ojos y como un torrente de imágenes recreó todo su pasado, y el motivo por el que había ingresado en el convento.

Había nacido en una familia tradicional, los domingos iban sus padres ella y su hermana a misa en la parroquia del barrio. Su padre tenía una tienda de comestibles y era tan conocido como respetado en el barrio. Su madre nunca trabajó, por la mañana se encargaba de ellos y una vez les dejaba en la escuela, se iba a ayudar a su marido en la tienda. Los veranos los pasaban las dos hermanas con los abuelos en el pueblo, hasta que el mes de agosto sus padres cerraban la tienda por vacaciones. Durante los primeros años disfrutaron todos juntos recorriendo España con su Seat 124 de color blanco. Creció mientras aprendió a ser responsable, ayudaba a su madre en casa, a su padre en la tienda, y conforme ya tuvo edad se encargó de su hermano. Era a palabras de sus padres una chica ejemplar, muy buena y con gran corazón. Sin embargo, Esther rumiaba con algo que ocurría en su interior, luchaba a solas con aquello que sentía no era cómo el resto. Lloraba mares de lágrimas cuando se quedaba sola y dejaba que su corazón sintiera intensamente amor por una compañera de clase. No había nadie a quién preguntar, no había noticias en la prensa de qué podía estar pasándole. Buscaba cuando sus padres no estaban en casa en revistas que tenían escondidas, revistas prohibidas de mujeres desnudas, con historias que no debía leer pero en la que una de tantas cosas que leyó fue que masturbarse provocaba una enfermedad que dejaba a la mujer estéril. Aquellas revistas le hicieron sentirse sucia sin siquiera saber por qué. Creció sin que le gustara ningún chico, se centró en los estudios resultando ser la mejor alumna de cada curso que vivió. Sus padres estaban orgullosos de ella, tan felices por la suerte que habían tenido, ambos decían que lo que más les gustaría era que su hija fuera monja, tenía un corazón tan grande que con aquella profesión podría ayudar a los más necesitados.

Así hasta los veinticinco años. Sin novio, sin chicos que la llamaran por teléfono a casa, que pasaran a recogerla para ir a estudiar, sin casi amigas. Sus padres estaban tranquilos, además, la niña había salido tan maravillosa que no le gustaba la noche, ni las discotecas, ni el alcohol. ¡Todo un ejemplo!

Terminó la carrera haciendo un grupo pequeño de amistades, allí un día le sorprendió una de ellas contándoles algo que en ella abrió una herida importante.

“-Sabéis que me he enterado hoy mismo que Sandra, la chica de la melena rubia es bollera”

-¿Qué dices? -respondió altamente sorprendida otra del grupo.

-Lo que oyes, la vi la otra noche en la discoteca enrollándose con una tía.

-¡Hostia tía y cómo lo hacen! -preguntó otra con la boca abierta.

-Esas no tienen sexo si a eso te refieres.

-¿No? ¿Y entonces…?

-Son unas enfermas mentales y amargadas que no se sienten mujeres y odian a los hombres, son eso… amargadas sin oficio ni beneficio”.

Esther revivía aquel diálogo y en ese momento en la cama de su celda sentía una profunda pena por aquel grupo al que no culpaba por su propio desconocimiento, pero… pensaba en general cuanto daño había causado precisamente ser desconocedor de la verdad y el daño que habrían hecho a tantas y tantas mujeres de los años 70, 80.

Porque en aquel momento en aquella cafetería sintió miedo, el miedo que da el desconocimiento, ¿ella estaba enferma? No había escuchado nada sobre lo que notaba le pasaba, y lo primero que le llegaba a sus oídos era la palabra amargada unida a la de enferma. Desde aquel día veía con otros ojos a la chica rubia que parecía ponerse el mundo por montera, sin hacer caso a los dimes y diretes que se decían a su paso, siendo un ejemplo para muchas de su misma condición aunque ninguna elevó la voz porque el miedo les paralizaba. Acabó la carrera al igual que la chica rubia mientras algunas amigas quedaban por el camino, unas embarazadas, otras aburridas de la economía. Ella llegó a su meta y gracias a sus notas, tuvo acceso a un trabajo en una importantísima compañía privada en el que desarrollaría sus dotes excelentes como economista. Aquel fue su principio y su final. Su jefa una mujer apenas unos años mayor que ella, pero tan inteligente como ella, tuvo la idea de que formaran un dúo para trabajar codo con codo. A Esther le encantaba aquella mujer, se reía mucho con ella, era divertida, siempre veía la vida con un positivismo que Esther envidiaba. Nada parecía fuera de lo normal, los días pasaban pero ella cada día aprendía algo nuevo y le gustaba más su trabajo. Los fines de semana cuando estaba libre, comenzó a buscar un piso, sus padres le acompañaron en cada uno que vio, y hasta que no lograron que se lo comprara en el barrio, no pararon de insistirle en que era lo mejor.

Llegaron las Navidades y como en todas las empresas, la suya también hizo una cena. Esther estuvo tentada de no ir, pero era inimaginable no acudir teniendo a su jefa tan pendiente de ella. La cena fue maravillosa, nunca se había reído tanto. Sus compañeros descubrieron que no solo era un cerebrito, además, era divertida y tenía una sonrisa maravillosa. Acabaron la cena y decidieron ir a una discoteca, Esther prefirió retirarse, algo le incomodaba de seguir la fiesta. Su jefa le indicó que la llevaba a casa.

– Pero antes… haremos una parada para divertirnos tú y yo un rato. Será nada.

-¿Una parada? -la miró divertida las luces de la noche golpeaban su rostro haciéndola a un más bella de lo que a Esther le parecía de diario.

-Sí, entiendo que no quieras ir de juerga con esos locos, pero yo… ¡yo soy otra cosa, querida!

Lo dijo con una sonrisa muy amplia y muy sincera. Tanto que a Esther le provocó tantas emociones en su interior que se dejó llevar.

En aquella discoteca, mientras bailaban una pieza romántica descubrió el primer beso, las primeras caricias y en el coche en una zona oscura de la propia discoteca, descubrió que las mujeres entre ellas también tenían sexo, y no sabía cómo disfrutaban las demás pero ella en el asiento trasero descubrió placeres maravillosos que durante un tiempo siguió gozó en secreto.

-¡Esther esto no puede seguir así! Nunca he querido tener una pareja y no poder ser libre, sabes que te quiero, que estoy loca por ti, tienes que hablar con tu familia.

-Carolina, por favor, ya sabes como son mis padres.

-¡Sí con todos mis respetos unos trogloditas! ¿Eres feliz?

-Más que nunca -sonrió.

-Pues eso es lo importante, mi amor.

Era la discusión casi diaria de la pareja, llevaban un año amándose a escondidas, para ir de viaje Esther contaba mil mentiras que le dolían en el alma. Nunca le dejaba que la cogiera de la mano, nunca iba a su casa. Era una amiga sin derecho a roce fuera de sus cuatro paredes. De su mundo. Un día por casualidad sin esperarlo nadie, su madre le llevó el almuerzo al trabajo. Las compañeras de Esther le dijeron que esperara que su hija había salido con su novia a almorzar. El infarto rondó el corazón de Encarna. Se sentó en la sala de espera, le temblaba todo el cuerpo, y unas ganas locas de llorar se apoderaron de ella. Se negó aquella frase, la sola idea de que fuera verdad la enfermaba. Sin embargo, cuando las vio salir del ascensor no le hizo falta que nadie se lo negara o confirmara. Ni siquiera iban cogidas, ni siquiera vio un beso o una caricia, pero aquella mirada… aquella mirada…

-¡Mamá! ¡Qué sorpresa que haces aquí!

-La sorpresa me la he llevado yo -respondió tajante mirando a Carolina con tal furia que se sorprendió.

-Vamos a mi despacho y estáis más tranquilas. Soy Carolina, su jefa.

-Sí, mi hija me ha hablado mucho de usted, aunque se ha callado lo principal.

Esther nunca imaginó que aquel almuerzo sería el último que tendría con el amor de su vida, nunca pensó que su madre le arrebataría aquella vida que a pesar del miedo a ser descubierta, le gustaba vivir. Nunca creyó que su madre la chantajearía como lo hizo entre una vida digna o estar muerta para su familia, ¡con esquela y todo en el periódico!

Carolina las hizo pasar el despacho que estaba insonorizado porque adivinó por el tono de aquella mujer, que sabía la verdad. E hizo bien, porque sus gritos discutiendo con Encarna, los lloros de Esther suplicando que la entendiera, la fuerza de aquella mujer pequeña pero que se mostraba como una leona defendiendo a su hija de aquellas manos pecaminosas, se hubieran oído no solo en la planta, quizás en todo el edificio.

-Esther… ¿no eres capaz de defender nuestro amor? -Carolina la miró con el ceño fruncido, los ojos repletos de lágrimas y el corazón roto.

-¡Le suplico no diga insensateces!

-Esther… mírame – le rogó omitiendo a Encarna -. Por favor…

-Lo siento…

-No me lo puedo creer, vas a acceder a su chantaje, mi amor te quiero con toda mi alma… somos felices… el tiempo les demostrara que nos amamos.

-Lo siento -insistió mientras las lágrimas rodaron a la velocidad de la luz por sus mejillas.

-¡Vámonos de aquí! ¡Apártese de mi hija y no vuelva a acercarse a ella!

-¿Esther? – ante su silencio comprendió que acababa de perderla.

Los días posteriores fueron un infierno para ella, sus padres, su hermano, el cura de la parroquia, todos cargando una mochila de dolor y vergüenza que sentía pero no por amar a una mujer, si no, por ser cobarde y perderla. Estaba rota, totalmente rota y cuando el párroco le insinuó que era una mujer bondadosa que necesitaba una ayuda especial para reponerse de aquella enfermedad y le habló de una hermandad de monjas, cerró los ojos y aceptó. Perdió el amor de una mujer que no tendría sustituta.

Pero Esther desconocía que hacerse monja no iba a borrar su dolor, no iba a curar su corazón. Al principio todos los días se despertaba llorando sintiéndose una cobarde. Pero en algo sí tuvo razón la Madre Superiora, el tiempo todo lo cura”.

En el despacho de la Madre Superiora se encontraba Maca con gesto preocupado, esperando que terminara de hablar por teléfono.

-Hija, disculpa… era Rafaela… al parecer las cosas están peor de lo que imaginábamos -su tono era tan apesadumbrado que parecía se había quedado sin fuerzas.

-Bueno… no se preocupe estando Rafaela por medio seguro que encuentra la manera de detener esa barbaridad -su tono también era apagado.

-¿Qué ocurre hija, es muy pronto para que estés aquí?

-Es por Esther, quiero llevarla al hospital.

IX

La ambulancia trasladaba a una Esther que había pedido que la dejaran en el convento, sin embargo, la Madre Superiora también estaba preocupada por ella, era demasiado joven para encontrarse tan mal. Y Maca le había asegurado que tenía compañeros que podrían echarle un cable.

Pero para su malestar, Maca no fue sola iba con la hermana Julia que no cesaba de mirarla fijamente. Entraron por la puerta de urgencias y ambas mujeres se percataron de lo mucho que la gente apreciaba a Maca, iba con unos vaqueros y sus inseparables botas, la bandolera cruzada sobre su chupa de cuero y una coleta recogía su melena. Después de besos y saludos llegó el momento de trasladar a Esther al interior de un box.

-Oye Teresa, ¿puedes hacerme un favor? Ves la monja que viene con nosotras.

-Como para no verla… ¡menuda cara!

-Mantenla fuera de nuestro alcance.

-Eso está hecho.

Una de las mejores amigas de Maca era Teresa, sin duda, sabía que haría lo que le había pedido. Ella pasó por un pasillo mientras dos celadores entraban a Esther y Teresa acompañaba a una renegona hermana Julia que quería ir con Esther.

Tras un paseo por los pasillos del hospital, ubicaron a Esther en un box. Estaba nerviosa, ¿cómo iba a justificar su mentira? ¿Cómo iba a decir que lo único que trataba ese día era de estar algo alejada de Maca y de ahí su invento del malestar de espalda?

– Bueno pues ya estamos aquí, Esther…

– Maca… de verdad no es necesario.

– Claro que lo es, tienes un problema más serio de lo que crees y si no lo tratas puede tener unas nefastas consecuencias.

– Pero…

-Tranquila, vas a estar en las mejores manos. Van a hacerte una resonancia que con eso se ve todo, yo estaré a tu lado.

-Gracias -sonrió de lado agradeciendo el gesto.

-La Madre Superiora viene en seguida -le dijo para tranquilizarla .

Maca se sentó a su lado mirándola, notaba su nerviosismo y dudó en cogerle la mano para transmitirle calma.

En la sala de espera la hermana Julia ponía mal gesto. No le gustaba Maca. Definitivamente, no le gustaba. Entonces entró una mujer con el uniforme de limpieza. Se le quedó mirando como confirmando así que era ella a quien buscaba.

– Buenos días, me manda Teresa con este café para usted.

– Es muy amable -lo dijo con tal tono ácido que la mujer se sorprendió.

– No se preocupe está en las mejores manos, aunque Maca es doctora de niños, también ha hecho operaciones a mayores y… bueno… aquí es muy querida, una lástima que nos dejara, ¡eso no se lo perdono yo a la bruja de su novia! ¿Sabe que la dejó por un hombre? Y lo que Maca no sabe es que no fue de hoy para mañana, no, la estuvo engañando un buen tiempo… ¡una lagarta, sor! ¡Eso es lo que era la otra! Solo espero que la próxima novia le salga mejor y vuelva al hospital. Bueno… la dejo que seguro le estoy interrumpiendo en sus rezos.

– Buenos días -apareció la Madre Superiora.

– Ya me iba… pase, pase… aquí está su compañera.

– ¿Se sabe algo, hermana? -le preguntó al tiempo que se sentaba.

– ¿Cómo ha podido dejar entrar al convento a una mujer como Maca?, ¡a una desviada! Poniendo en peligro a las hermanas y especialmente, a la hermana Esther.

– Hermana… nosotras no somos quién para juzgar, lo sabe, estamos para ayudar a las personas ¡a todas!

-¡Pero es una inconsciente!

– Hermana Julia -le llamó la atención enfadada.

– ¿Y la hermana Esther? ¡Con lo que costó que limpiara su alma!

– La hermana Esther tiene toda mi confianza, no podía decir negarme a que Maca viniera al convento por ser como es, acogimos a la hermana Esther sufriendo mucho por lo que había vivido.

– ¡No me lo recuerde! ¡Ahora está curada!

– Esta conversación la hemos tenido muchas veces, cuando usted me reprochaba que acogiéramos a una mujer que había vivido en el pecado, pero todo lo que ha hecho ha sido bueno para el convento, y sigue sintiendo igual porque es el corazón el que manda en esos terrenos, si un día la hermana Esther decide dejar los hábitos por algo, será bienvenida de igual modo que lo fue cuando entró. Como cada una de nosotras, hermana, no lo olvide. Nosotras no estamos aquí para juzgar.

– Parece que empuje a Esther a los brazos de esta mujer.

– No se equivoque, ni yo ni usted ni nadie podemos hacer nada ni para acercar ni para alejar a nadie de Esther, ella es una mujer libre de sentir lo que quiera como todas las demás.

– ¡Me ha decepcionado usted, Madre!

– Pues lo siento… pero… ¿en algún momento Maca ha hecho algo que le haga pensar que puede acercarse a Esther de otro modo que no sea como trabajadora?

– La mirada que le dedica… esa mirada…

– ¿Ha hecho algo por nosotras? ¿Algo por los niños? Qué es en definitiva lo que ha venido a hacer -la miraba cansada, de que siempre estuviera juzgando a todo el mundo aunque en esta ocasión tuviera algo de razón-. Le responderé, hermana, no ha parado de ayudarnos desde el primer día, y eso es lo que a mí me vale.

En ese instante salió Maca, al saber que la Madre Superiora estaba allí.

– Madre… puede pasar con Esther si quiere, está bien y en unos minutos van a hacerle las primeras pruebas.

– De acuerdo, hija -miró a la hermana Julia como si así pudiera avisarle de que se callara.

Maca se acercó a ella para comentarle que estuviera tranquila que ella también pasaría a verla cuando de pronto le soltó el exabrupto.

– A mí no me ha engañado, sabía que algo malo llevaba consigo, espero que la Madre Superiora recapacite y la eche a la calle, ¡es una ofensa a Dios y a nosotras que esté tan cerca!

– Vaya… -ladeó la cabeza formando un puchero en su barbilla que demostraba el impacto por aquellas palabras.

– Rezaré, rezaré mucho para que se aleje del convento, su pecado no es bien recibido entre mujeres intachables como nosotras. No voy a parar hasta que consiga fulminarla, y espero que su cercanía a la hermana Esther no tenga otros visos que la veo muy preocupada por ella.

– Me preocupo por ella como podría preocuparme de usted, aunque preocuparme de usted sería algo profesional, claro. No la he insultado, no he hecho nada para que descargue su odio hacia mí. Cumplo con mi cometido que es enseñar a los niños, pero… no voy a gastar más palabras con alguien que nunca me entenderá.

– Tenga por seguro que jamás podré entender el pecado.

– Maca, me han dicho que me llamabas para ver a la hermana Esther -apareció Elena con preocupación al ver el rostro de las dos.

– Sí, Elena. Gracias por venir quiero que mires su espalda es demasiado joven para tener esos dolores.

– De acuerdo, ¿me acompañas?

Ni siquiera se despidió de la hermana Julia. Fuera en uno de los pasillos Elena la detuvo para decirle.

– ¿Qué estaba pasando?

– ¡Alguien se ha ido de la lengua! ¡Me cago en la hostia!

– A ver tranquilízate, por favor estás muy nerviosa.

– Sabe que soy lesbiana… ¡y ahora se lo dirá a la Madre Superiora y…!

– Maca… por favor… te va a dar a algo.

– No me gustaría que por culpa de mi condición sexual me echaran de allí. Yo no me meto con ellas, me gustaría que no se metieran conmigo.

– Es un tema delicado, muy delicado debes aceptar también que ellas tengan otra postura hacia ti.

– Lo sé – bufó con una rabia incontrolada.

– Vale, pues ahora tranquilízate y por favor, no cometas el error de ver a Esther como Esther, porque ella es la hermana Esther.

La abrazó porque Elena siempre sabía cuando necesitaba un abrazo. Fueron hasta la sala de resonancias, habían llevado ya a Esther y la estaban preparando. Maca le habló por el micrófono para que supiera que estaba allí, que no tuviera miedo ni se preocupara.

Acabó la resonancia, y Elena la estuvo revisando. Tras un buen rato fue en busca de Maca que esperaba en el pasillo sola. Al verla llegar se levantó.

– Tranquila… a ver… tiene una hernia discal, es cierto, pero dudo de que tenga unos dolores como para estar en la cama.

– ¿Qué quieres decir?

– Creo que Esther está más decaída que dolorida. Pero desde luego hay que tratar esa hernia. ¿Sabes si le ha pasado algo?

– No, la verdad que desconozco totalmente su vida, pero vamos no creo que un convento tengan acontecimientos terribles… no sé… bueno…

– ¿Qué pasa? ¿Qué piensas?

– Le dije que soy lesbiana -la miró y en los ojos le brilló una pequeña esperanza.

– ¿Y crees que eso la tiene mal? -ante su silencio agregó- Maca…

– Bueno déjame por un segundo que me crea…

– ¡Maca! Ni un segundo… voy a hablar con la Madre Superiora, sobre qué hacer con la hermana Esther -acentuó sus palabras.

– De acuerdo. Te acompaño.

Fueron hasta la sala de espera donde ambas religiosas esperaban noticias, al ver llegar a Elena acompañada por Maca ambas se pusieron en pie. Elena les explicó todo lo que habían averiguado con la resonancia y la manera más correcta de proceder.

-¿Quiere decir que es inevitable que pase por el quirófano?

– Sí, pero no se asuste la técnica es muy sencilla y al día siguiente se podrá ir al convento, simplemente se trata de inyectar dicho ozono en la hernia y se recuperara. De todos modos voy a comentárselo a ella.

-Está bien, en ese caso voy a avisar a sus padres para que vengan.

-De acuerdo.

-Te acompaño -dijo Maca bajo la mirada fija de la hermana Julia.

Una vez en la habitación, Elena se sentó junto a Esther y le explicó cual era la situación y qué había decidido, si ella quería poner remedio a esa hernia y sus consecuencias.

– ¿Tendría que quedarme ingresada muchos días?

– Esther… no te preocupes por eso ¿vale? Lo que sea necesario -le habló con tanta ternura que la mirada de Elena fue fulminante.

– No, hermana. Nada más la dejaría aquí esta noche para controlarla, tengo un hueco de un paciente que ha fallado, si me da el visto bueno, lo preparo ya.

– La hermana miró a Maca como necesitando su opinión, Maca miró a Elena y finalmente, le dijo sujetándole la mano.

– Esther, Elena es muy buena en esto y no es lo mismo esta pequeña intervención que una operación en toda regla como es la de solucionar el problema de las hernias, te vas a encontrar mejor y podrás hacer todo lo que te gusta. Yo lo haría.

-De acuerdo… es que me da un miedo el quirófano -puso gesto de temor.

-Lo entiendo pero no va a pasar nada. Ahora Maca y yo nos vamos, la Madre Superiora ha avisado a tus padres. Pero si tengo el turno en el quirófano te subirán hayan o no hayan venido.

-Claro, no, importa -sonrió con tristeza.

-Las dos amigas salieron de la habitación, para la suerte de Maca Rafaela estaba allí, al ver sus caras le explicó que alguien del hospital le había dicho a la hermana Julia ¡precisamente a ella! Que era lesbiana y de ahí su cara de miedo

-¿Y qué le importa lo que tú seas? ¡Anda será que no te estás portando bien con ellas!

-Bueno… supongo que me dirán que debo irme… no creo que me quieran allí.

.¡Doctora ya está todo aclarado! Me han dicho sus padres que llegan en veinte minutos como mucho.

-De acuerdo, pues yo voy a ir preparando el quirófano y en cuanto le hagan un par de pruebas la subiremos.

-Madre yo si no dice lo contrario me gustaría quedarme.

-Prefiero que vayas al convento con los niños, imagino que deben tener a las hermanas locas.

-Bien -le salió un tono repleto de fastidio.

-Ahora que estamos las cuatro, quiero decirle algo a la hermana Julia. Soy transexual, nací niño pero me siento mujer, y estoy a punto de terminar con mi tratamiento -el codazo de Maca y su cara de horror no la detuvo-. Lo digo porque como llevo el caso de la señora Carmen, no quiero que haya ningún malentendido. Soy buena persona, trabajadora y cumplo con mi palabra, ¿les vale?

-Madre, disculpe a Rafaela… No sé porqué ha dicho esto…

-Nosotras no juzgamos, hija, hace algún tiempo que me di cuenta que el valor de las personas lo tiene su corazón, y si ese corazón tiene sentimientos que yo no podré entender nunca pero debo respetar, siempre y cuando sean respetuosos con nosotras, no veo que haya problema de ninguna clase.

-Pues me alegro ¡porque pienso ganar ese juicio a esos cabrones de mierda! Y ahora Maquita… ¡nos vamos!

-Hermana… recemos por la hermana Esther.

Le cortó tajantemente.

En la calle, Maca no podía creer lo que había pasado, no lo esperaba pero respiró aliviada de ver la mentalidad tan abierta de la Madre Superiora.

-Cariño… sé que te ha molestado pero es la única manera de que dejes de darle vueltas al asunto, ¿vale?

-No sí… directa has sido directa… ¡joder!

-Mejor así, ahora te vas con tus niños tranquila y ya está. La Rafaela lo arregla todo rápido, chocho. No sé de que te asombras.

-Eso es verdad.

Se dieron un abrazo mientras Maca suspiraba profundamente mirando hacia la ventana en la que sabía estaba Esther.

X

La hermana Esther estaba realmente asustada, agradecía que Maca se hubiera marchado al convento, y lamentaba haberse tomado el día para meditar porque su pequeña mentira la había llevado a estar más tiempo todavía con ella.

Sus padres llegaron con gesto preocupado, la Madre Superiora les dijo que no se preocuparan que estaba en buenas manos, y que ella se marchaba junto a la hermana Julia al convento. Le rogó que en cuanto tuviera alguna noticia se la comunicara. Al quedarse sola con ellos, el mismo miedo de años atrás volvió a ella como si fuera una niña. El simple hecho de pensar en Maca provocaba en ella que al estar con sus padres se sintiera al borde de un precipicio. No hablaron mucho porque si bien desde que se hizo monja la relación había mejorado, nunca volvió a ser la misma. Nunca perdonaron aquella vivencia que tuvo sin duda alguna enredada por aquella enferma mujer.

Agradeció que el celador viniera a llevársela. Por el camino pensó en lo mucho que le iba a costar alejar a Maca de allí, estando sus padres iba a ser un peligro. Por esa razón cuando entró al quirófano y Elena se acercó a ella le dijo.

-¿Puedo pedirte un favor?

-Claro, sabe que sí -le sonrió.

-Dile a Maca que no venga a verme… por favor.

-Está bien… ¿puedo saber por qué?

-No, mejor así -sonrió con esa tristeza que sus padres provocaban en ella.

Sin embargo Maca no podía dejar de pensar en Esther, en sus distintas reacciones, en su manera de esconderse aquel día, si Elena tenía razón lo que le pasaba era más del alma que del hueso. Cerró los ojos tratando de relacionar todo lo que le pasaba a Esther con ella, era irracional y lo sabía, acababan de conocerse pero…

-Me he enamorado como una idiota.

Esther estaba ya fuera del quirófano, Elena había hablado con los padres y les había tranquilizado. También llamó tal y como quedó con la Madre Superiora. Maca seguía en su clase con los niños que guardaban todos un intenso silencio, cuando la Madre Superiora abrió la puerta, no se lo podía creer. Maca sonrió con felicidad y ella le devolvió la sonrisa y una señal para que saliera.

-Maca quiero darte las gracias por preocuparte por la hermana Esther, sin tu insistencia no se habría operado.

-Bueno… a la larga los dolores le hubiera hecho operarse -se quitó protagonismo.

-Vamos al claustro quiero que mantengamos una conversación tranquila.

-Claro.

Ella sabía lo que iba a pasar y no pudo evitar ponerse nerviosa. Se sentaron en un banco de piedra y tras reconocer lo bonito que estaba, la Madre Superiora fue directa.

-Yo sabía quién eras, me gusta saber todo de la gente que va a entrar en esta casa que es la casa de Dios. Para mí todos somos hijos suyos, unos seguimos sus doctrinas otros… -elevó los hombros guardando silencio-. Me gusta que las personas que vienen me den la razón ¿sabes? Es como creer en un mundo mejor, no sé si me explico.

-¿Entonces también sabe por qué estoy aquí?

-Sí, sé que tuviste un problema con tu ex pareja y eso te llevó hasta aquí. Pero por encima de todo tienes mi confianza.

– Gracias -sonrió nerviosa.

– Por esa razón no me gustaría equivocarme por primera vez desde que acogemos a gente con ciertos problemas.

-Entiendo -agachó la cabeza-. No se preocupe que… no habrá ningún problema.

-Pues ahora la que te da las gracias, soy yo. ¿Qué hacían que estaban tan callados?

-Dibujos para Esther, perdón, la hermana Esther.

La noche se había vuelto negra, fría y lluviosa. Maca llegó a casa empapada, con ese gesto que demostraba un ensimismamiento de los grandes. Al rato llegó Elena y Rafaela le hizo una señal con las cejas hacia Maca que estaba en la cocina guisando. Ambas resoplaron con preocupación y al entrar para preguntarle, Maca les dio sin más.

-Esther se ha enamorado de mí, por eso hoy no quería verme.

En el hospital todo el mundo trataba con un cariño enorme a Esther, su madre que se había quedado con ella sentía ese cariño y lo agradecía sin saber que estaba muy lejos de el motivo que ella tenía en su mente.

-Mamá vete a casa, por favor estoy bien.

-¿De verdad estás bien? Porque tienes mala cara.

-Estoy cansada y con los efectos de los calmantes, voy a dormir y no quiero que estés ahí por mí.

-Bueno, me voy porque tu hermana me ha dicho que viene.

-Está bien.

-Dios te bendiga, hija.

-A Esther aquella bendición de su madre le quemaba el interior, sentía que era como un puñal que se clavaba hasta su corazón. Había cedido a los chantajes de su madre, no había sido valiente y esa espina se le quedó como un resquemor del que no podía huir, ni siquiera los rezos le ayudaban a borrar. Cerró los ojos tratando de no pensar más allá de aquel momento, iba a recuperarse y podría hacer muchas más cosas para el convento. Podría incluso ayudar a Maca…

-A ver Esther… tranquilízate es una persona más… ¡ya está!

-¡Uy mi hermana hablando sola! Me acabo de cruzar con tu madre.

-También es la tuya -le sonrió mientras la besaba.

-Perdona, tú eres su hija, la perfecta, la maravillosa, la buena cristiana.

-Eva, tú sabes que eso lo dice pero no lo piensa.

-¡Nunca debiste ceder! ¡Debiste irte con ella!

-¡No empieces!

-No eres feliz, ¡y a mí no me lo puedes negar!

-Sí soy feliz, solo que tú no lo entiendes -le acarició la cara con esa ternura que sentía por ella.

-El día que dejes ese lugar y no lleves ese hábito tan horroroso, de verdad tú serás feliz y yo también.

Esther no le llevaba la contraria cuando se ponía en plan hermana protectora que quería liberarla de las cadenas de la culpa. Fue la única que la apoyó cuando descubrieron su relación, fue la única que sin ser vista por sus padres trataba de hacerle reaccionar y huir con Carolina. A ella no le importaba, odiaba el carácter opresor de sus padres, el tener que hacer todo lo que ellos querían y de la manera que querían. Era rebelde y valiente, algo de Esther no lo fue nunca porque siempre pensó en los demás, antes que en ella misma.

En la cocina de casa de las tres amigas, la tormenta perfecta había estallado. Las dos amigas miraban a una Maca que se quitaba el delantal.

-La hermana Esther me ha pedido que no vayas a verla, te lo he dicho esta mañana.

-Ya… ¿y?

-¡Chocho no empecemos! – Rafaela alzó la voz nerviosa-. No voy a permitir que haya aquí un amorío que es imposible.

-Pues llegas tarde para prohibirlo.

-¿Qué? -las dos la miraron asustadas.

-Me he enamorado. Así que… un poco tarde… muy tarde mejor dicho.

-Los ojos se habían llenado de lágrimas, su propio raciocinio le decía que estaba cometiendo otro error, pero el corazón insistía en latir por Esther.

-¿Otro drama? -le preguntó Rafaela.

-Pues parece que sí -respondió con fastidio.

-Eres una inconsciente.

-En el amor…

-No me vengas con esas, Maca -le advirtió Elena-. No aprendes, es que lo tuyo es ¡no aprendes!

-¿Y sabes lo que nos jode? No que te hayas pasado por las bragas nuestros consejos, lo que realmente me jode es que no paras de sufrir por hacer las cosas mal, por dejar de ser impulsiva, ¡por que coño tienes que mirar a una monja!

-Ella también siente algo por mí.

-Me cago en…! -Rafaela frunció los labios.

-Lo sé… lo intuyo por cómo me mira… ya sabéis que esas cosas…

-Maca… me dan ganas de prohibirte que vayas al convento. Te lo juro.

-A ver… -las miró tras suspirar profundamente-. Me he enamorado y quizás ella lo nota, pero soy plenamente consciente de que es un amor imposible, os dije que sería consecuente y no voy a poner en ningún aprieto a Esther, eso sí, dejar de joderme con que ella es monja y no me mira como yo sé que me mira ¿vale? No voy a hacer nada, no puedo hacer nada -elevó los hombros a la vez que los ojos se llenaban de lágrimas-. Será como un amor platónico. Solo eso… pero lo único que no quiero es perderla, me conformo con verla, con recibir su maravillosa sonrisa… de verdad, solo eso. Porque yo no puedo dar ningún paso hacia ella, si alguien ha de hacerlo será Esther. Cenar vosotras se me ha ido el apetito.

–Es decir… va a ser buena pero no dejara de lanzarle miraditas, sonrisitas y… Elena deberíamos hacer algo.

-Rafaela no podemos hacer nada. Esto es un tema en el que ni tú ni yo podemos hacer nada, ni siquiera la Madre Superiora, ni la hermana Julia. Esto depende de ellas, si es amor compartido pues… lo veremos.

-¿Y si solo es una fantasía de Maca?

-Lo sufriremos.

 

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3 pensamientos en “COMO UN RAYO DE LUZ. II PARTE

  1. Estoy de acuerdo contigo pquimmera, a veces, la vida nos regala una segunda oportunidad que si puedes vencer el miedo te lanzas, aunque también hay otras tantas cosas que marcan el camino. Para Esther sin duda, es un momento muy complicado. Francamente, siempre me sobrecogió esa parte de la historia.
    Un abrazo y gracias por seguir por aquí

  2. Qué dura y qué injusta es la vida para tantos y tantas. Si todos aprendiéramos a ver más allá de nuestras fronteras mentales…si dejáramos de juzgar a todo el mundo sin ponernos en los zapatos del otro. La empatía y el amor son las únicas armas de la libertad e igualdad…y desgraciadamente mucha gente ha sufrido y seguirán sufriendo por el miedo y la falta de sensibilidad de algunos. La valentía es el antídoto contra la homofobia y la sinrazón…pero a veces es muy fácil juzgar sin estar en los zapatos de quien es quien tiene que tomar decisiones en segundos dejando a un lado toda una vida.
    La vida a veces da segundas oportunidades…hay que saber verlas y aferrarse a ellas y a la gente buena que está alrededor
    Muchas gracias…acá seguimos

  3. -Lo sufriremos.
    Joder… Yo ya lo sufro ^^’ y sé que acabará bien pero…
    Escribes como un ángel, me has removido un montón de cosas, y eso que con 28 años, que cumpliré la semana que viene *-*, no he vivido nada… Pero me tienes leyendo con ojos llorosos ¡coñe! Jajaja, gracias por tus historias, tus palabras, tu dedicación. Me ayudan a tener esperanza y a disfrutar. Ya no digo nada más, que me da un corte que pa que jajaja
    Un abrazo (con ojillos que intentan no derramar ni una lagrimilla :p)

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