COMO UN RAYO DE LUZ V PARTE

 

Gracias por esperar. Penúltima entrega.

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V PARTE

XIX

Eran las cinco y media de la mañana, la actividad en el convento comenzaba a tomar vida. Una a una iban pasando las hermanas para rezar todas juntas guiadas por la voz de la Madre Superiora. Después entre todas prepararon el comedor y se dispusieron a desayunar. Como todos los días, la hermana Julia se sentaba frente a la hermana Esther, llevaba unos días que no le quitaba ojo, la había visto hablando con Maca dos veces y una de las veces el gesto de ambas era significativo de que algo ocurría. Y es que Esther estaba muy lejos de aquel comedor, temía ver a Maca aunque estaba convencida de que no haría nada, y llegaba un momento donde sus pensamientos no cesaban de girar sobre la misma idea ¿quería ella que no hiciera nada? Tras un fuerte suspiro y retirarse para llevarle el desayuno a la señora Carmen, notó como la hermana Julia la seguía. La vio por el rabillo del ojo y la voz de Maca llegó a su mente aquel día que con gracia le preguntó “¿de verdad no hay otra a quién puedas avisar?”. No lo dudó se detuvo girándose con rapidez, ella nunca había discutido con ninguna de las hermanas, incluso ponía paz cuando la cascarrabias de la hermana Julia chinchaba a alguna otra con sus impertinencias.

-¿Qué ocurre, hermana Julia?

-¿Eso le pregunto yo?

-A mí no me ocurre nada ¿y a usted? -la miró intensamente.

-¿Qué se trae con la maestra?

La hermana Esther elevó una ceja poniendo gesto de desconcierto, negó ligeramente con la cabeza y siguió su camino hacia la puerta.

-¿Hoy también le va a traer café? ¡No sé da cuenta que está pecando! ¡Esa maldita mujer es una ofensa en esta casa!

-¿Qué ocurre? -apareció la Madre Superiora que había estado observando a Esther.

-Nada, Madre. No ocurre nada, voy a llevarle el desayuno a la señora Carmen.

La mirada inquisitiva de la hermana Julia no le afectó, salió sintiendo la necesidad de respirar aire, por primera vez desde que entró a formar parte de aquella congregación. Se ahogaba y agradeció que Maca le hiciera caso, y no estuviera allí con el café que tanto echaba de menos.

En el interior la Madre Superiora miraba fijamente a aquella hermana que desde el día que entró y la nombraron Madre Superiora la miraba con ojos repletos de rencor. Su paciencia con ella había llegado al límite. Tras rogarle que la acompañara hasta su despacho, se sentó tras su gran mesa de roble oscuro y la miró intensamente.

-¿Sabe lo que creo? ¡Qué usted ha traído a esa mujer aquí con un fin muy claro!

-No sabe lo que dice, y le aseguro que Dios no debe estar de acuerdo con su actuación rencorosa, inquina y maliciosa con la hermana Esther. ¿Ha visto usted algo indebido? -al no obtener respuesta le insistió-. ¿Le he preguntado?

-Indebido no, pero están mucho tiempo juntas.

-Como Maca y la hermana Gertru o la hermana Gloria.

-Vamos Madre usted sabe tan bien como yo lo que es la hermana Esther.

-La hermana Esther es una mujer como usted o como yo, le abrí esta casa y mi corazón, nunca me ha fallado y sabía perfectamente quién era. Pero su corazón es duro como una roca, hermana, debería rezar para no ser tan intransigente con las personas. Y creo que es lo que debería hacer ahora mismo.

La hermana Julia se fue de allí molesta, no entendía el proceder de su superiora, sin duda, sería muy distinto si fuera ella la que manejara aquel convento. Nunca hubiera aceptado a la hermana Esther. ¡Mucho menos a la maestra que insultaba el buen nombre de Dios!

Durante el tiempo que Esther estuvo en casa de la señora Carmen, mientras hacia la cama no podía dejar de pensar, su cabeza era como si hubiera sufrido un terremoto y los recuerdos de su vida pasada volvieran a ella. Entremezclados con la presencia de Maca. Suspiro tras suspiro la acompañaban en todo cuanto hacía, era tan evidente que le pasaba algo que hasta la señora Carmen le preguntó. Ella sonrió restando importancia a aquellos suspiros. Y tras asegurarse de que todo estaba bien se despidió de la mujer. Bajaba las escaleras cuando le pareció escuchar a alguien en el portal, aquello la alertó ¿y si venían a echarla? ¿Y si era Maca que se había saltado sus normas? Puso la mano en el pecho y bajó con cuidado.

-¡Buenos días, hermana Esther! -la saludó Rafaela-. Me he imaginado que eras tú y no te quería asustar.

-Buenos días, Rafaela, pues sí… me has asustado -le sonrió levemente.

-¿Podemos hablar? Aquí no nos escucha nadie.

-¿Qué ocurre?

Hizo la pregunta pero podía habérsela ahorrado ya que la respuesta era obvia.

-Lo sabes perfectamente, yo nunca llevo máscara y Maca está convencida de que va a esperarte. Solo quiero que seas sincera contigo misma para poderlo ser con ella. Ha sufrido mucho, le han hecho mucho daño y ahora se ha enamorado de ti, que intuyo para ella tampoco es fácil -hablaba con calma para que sus palabras no sonaran a reproche-. Maca puede ser muy borde, muy pesada, muy cariñosa, tremendamente fiel y me da miedo que se agarre a esa frase tuya sobre las relaciones, no me gustaría que jugaras con ella, que le hicieras daño. Es por eso que me gustaría que aclararas tu postura que entiendo tampoco debe ser fácil. No es un reproche soy su amiga y ya que tu hermana ha participado en esta no sé si llamar relación, me considero casi una hermana para esa loca médica y maestra que tiene un corazón enorme pero muy mala suerte en el amor. Tu hermana le pidió ayuda para salvarte, yo te la pido a ti para salvarla a ella. Piénsalo.

Al finalizar le acarició la mano como si con aquella caricia quisiera sellar una paz de una guerra que no había empezado.

CAPITULO XX

Cruzó la calle como si el hábito le pesara toneladas, se estaba empezando a sentir tan mal consigo misma, reconocía que aquella frase que le dijo escondía justamente lo que Maca había visto, una esperanza. La misma que le quemaba a ella por dentro. Entró con los latidos del corazón a punto de desbordarse, llamó a la puerta de la Madre Superiora y al darle paso, entró con el rostro serio y preocupado.

-¿Podemos hablar, Madre?

-Por supuesto.

-Gracias.

Sonrió. Se sentó con el mismo gesto serio y preocupado con el que entró. La Madre la observaba con tranquilidad, podía percibir sus nervios y no quería inquietarla más.

-¿Qué ocurre, hermana?

-Madre… no puedo más… reconozco que no he sido sincera con usted, desde que Maca llegó es como si mi tranquilidad se hubiera roto. Siento que le he mentido a usted y ya no sé si quiera si me estoy engañando a mí misma también.

Se detuvo para tomar aire, la Madre Superiora dio un leve suspiro como si hubiera estado esperando su sinceridad.

-No sé qué debo hacer, le pido ayuda, Madre.

-Hija yo no te puedo ayudar son tus sentimientos y eres tú quien debe averiguar qué pasa con ellos. Ahora bien, te diré algo. Siempre intuí que estabas aquí no por tu amor a Dios, si no, para pagar una supuesta deuda que tú crees tener por ser cómo eres.

-Madre yo…

-Sé lo que me vas a decir, mis palabras no son un reproche, hija. Tú estás aquí pagando ese horror que tus padres dijeron que habías cometido y, que solo así, se borraría de ti. Nos has ayudado como la que más, lo has intentado me consta que cada día has ido esforzándote más y más por conseguirlo. Has regalado sonrisas a quien lo necesitaba, has arreglado el desastre de huerto que teníamos, ayudas a la gente y todo esto porque tienes un grandísimo corazón. Pero también tienes una duda y esa duda solo la puedes solucionar tú. Elijas lo que elijas siempre tendrás mi respeto y mi cariño.

-Necesito pensar.

-Pues hazlo, sé que no me vas a fallar ni cometer ningún error, me has demostrado honestidad siempre, y es a ella a la que te emplazo para que decidas lo que realmente quieres.

-Madre… siento que quiero lo que no puedo tener. Ambas cosas.

-Deberás decidir por una, con todo el dolor de corazón te lo digo. No me gustaría perderte, eso me dolería, pero me dolería más que te quedaras aquí sin sentirlo.

-A veces me gustaría ponerme a correr y no parar.

-Huir no es la solución, hermana. Hay que parar y pensar.

-Gracias, Madre. Gracias por escucharme y entenderme.

La hermana Esther salió de allí tras el abrazo sincero de aquella mujer que prefería el diálogo, la calma, la comprensión ante cualquier otro método de llevar los problemas hacia delante. Y de hecho, se sentía orgullosa de las hermanas que la rodeaban. Mientras ella en el despacho pensaba en la encrucijada en la que debía encontrarse aquella hermana, esta pasaba por la puerta de la clase de Maca, le llegó la voz, la carcajada de los niños y trató de no parar, de seguir su paso rápido y no dejar que le alcanzara la sonrisa que le había conquistado. Al entrar a su celda se apoyó contra la puerta, respiró hondo con un miedo que se apoderaba de ella como cuando el sol va cubriéndolo todo con su luz, poco a poco, lentamente llegó a su corazón aquel sentimiento otra vez, otra vez había sentido amor no lo podía negar, no podía negarse que Maca había tocado algo que le había hecho renacer, su hermana tenía razón, ella no estaba hecha para ser monja, le gustaba ser solidaria, ayudar a los demás, a los niños, aportar comida a quien la necesitaba, encargarse de quienes no tenían nada, pero otra cosa era aquella vida eclesiástica, no lo iba a negar, todas las mañanas se autoimponía su sonrisa, sabía que era su escudo ante el dolor que sentía, sabía que era su manera de afrontar su pena por no ser valiente, admitía la derrota ante el amor. Había trabajado muy duro por olvidar, pero su hermana había sido la principal instigadora contra su trabajo, ella la conocía, habían llorando juntas abrazadas ante el dolor que Esther sentía al perder a la mujer de su vida, Verónica había sido su único apoyo, pero el tiempo, el convento había hecho que ese apoyo se convirtiera en azote ante la vida que había tomado. Las lágrimas recorrían su rostro, ¿qué pasaría si dejara el convento? Igual estaba cometiendo un grave error, Rafaela le había hablado de Maca y de su sufrimiento pero… ¿Y si dejaba los votos y se equivocaba por un amor que no existía realmente? Trataba de cerrar los ojos y ver su corazón, Maca residía en él. No sabía ni siquiera cómo había entrado de ese modo tan voraz, tan avasallador, era como una descarga en cada latido. Una descarga de amor.

Mientras Esther afrontaba su miedo, Maca había terminado la clase. Acompañó como todos los días a la hermana Gloria para que los niños regresaran a sus casas, y después a los que comían con la hermana Gertru. Adoraba a aquella mujer, era tan especial.

-Hermana Gertru voy a decirle algo, ¡los fines de semana la echo de menos! Tiene usted no solo una mano para guisar prodigiosa, si no, que es además una mujer muy especial.

-¡No sigas Maca o me pongo colorada! -decía poniéndose las manos sobre las mejillas ante las risas de los niños.

-Adoro sus guisos.

-¡Pues hoy tenemos acelgas!

-¡No! -gritó Maca dejando caer su cabeza sobre la mesa provocando más risas en los pequeños.

-Pero las ha hecho mis prodigiosas manos -les guiñó un ojo a los niños.

-¡Tiene usted un lado ciertamente malo! -le sonrió divertida.

Observando la escena se encontraba la Madre Superiora, aquella mujer había provocado algún cambio en sus hermanas que agradecía, sabía darles una recompensa por todos sus esfuerzos, debía reconocer que había aportado cosas no solo a los niños.

-Madre tiene visita, es Rafaela.

El aviso de la hermana Gloria la sacó de sus pensamientos. Al llegar al despacho se encontró con la mujer que caminaba de lado a lado hablando por su teléfono móvil.

-¡Buenas tardes, Madre!

-Buenas tardes, hija -le sonrió mientras la saludaba.

-¡Tengo que hablar con usted!

-Imagino que se trata de Maca.

-¿Maca? -la Madre enarcó una ceja como si aquella pregunta le sorprendiera-. Me tiene prohibido hablar, Madre. Vengo porque tengo dos noticias que darle.

-¿Alguna buena?

-Una mala y otra menos mala.

Rafaela le contó que habían llegado a un acuerdo que necesitaban ponerle firma en unas horas, los encargados de arrebatarle a la señora Carmen su casa, habían decidido dar una compensación monetaria para que abandonara la casa. Rafaela había logrado junto a Rubén que además, le proporcionaran un hogar.

-Pero no entiendo porque es menos mala que le den un hogar.

-Sería en la otra punta de la ciudad, alejada de su barrio.

-Entonces sí es mala.

-Madre, creo que es un buen acuerdo, las cosas están paradas por la acción de sus hermanas, pero no creo que esto dure mucho, ellos quieren esa finca y hasta que no la logren no pararan. Esto sería un buen acuerdo si el hogar lo tuviera cercano a este barrio, pero eso no lo he conseguido.

-Vaya por Dios -murmuró preocupada.

-Yo le dije que me la llevaba a casa y estoy dispuesta a hacerlo, pero cuando se lo he propuesto me ha dicho que no.

-Déjame pensar.

-Claro, Madre.

-Y ahora hablemos de Maca.

-Me muero de ganas de hablar de ella porque ha sido usted la que me ha insistido.

Tras guiñarle el ojo Rafaela contestó a todas y cada una de las preguntas que le hizo la Madre Superiora.

En el comedor las risas de los niños resonaban divertidas, cuando entró la hermana Esther, a Maca se le precipitó el corazón en una carrera de latidos desbocados.

-¡Pero qué pasa aquí!

-Estamos esperando que nuestra querida Maca comience a comer -contestó divertida la hermana Gertru.

-¡Hermana mire que le gusta chinchar! -protestó Maca siguiendo con la mirada a la hermana Esther que se sentó al otro lado de ella.

-¿A mí? ¡Dios me libre! -dijo dándole un suave codazo para que comiera.

-Hermana Esther, por favor, ¿puedes ayudarme? ¿Puedes conseguirme un trozo de pan y salchichón mismamente?

-No, no… tienes que comer acelgas -decían divertidos los niños mientras empezaban a comer.

-¡Esto no se lo perdono, hermana!

-¡Vamos Maca, come! No seas niña.

Y aquella frase de la hermana Esther envolvió a Maca, no lo pudo evitar sus ojos emocionados miraron a aquella mujer que le acababa de hablar con su voz suave y una sonrisa amplia. Sin lugar a dudas, su corazón estaba entregado a ella de tal manera que se sentía hipnotizada. Un nuevo codazo de la hermana Gertru, le hizo despertar de su embobamiento y comenzar a comer mientras todos reían sin parar por sus caras.

Al día siguiente, cuando Maca salió de casa, Rafaela habló con Elena sobre su conversación con la Madre Superiora, las dos amigas sabían que había entrado en unas arenas movedizas de las que no sabían si podría salir. Al principio habían bromeado sobre la posibilidad de que se enamorara allí en el convento, y ahora que había sucedido eran incapaces de creerlo.

El frío acompañado por el viento hacía que la gente fuera bien abrigada. Sin embargo, Maca al bajar del taxi que la llevaba se había tenido que quitar la bufanda y los guantes, de tanto moverse sacando cajas del maletero los dedos le latían intensamente.

-Maca deja que te ayudo -le indicó la hermana Gloria.

-No sabes cuanto te lo agradezco.

Maca le entregó una gran sonrisa, mientras entraban las cajas.

-La hermana Esther ha ido a darle el desayuno a la señora Carmen -le susurró.

-¡Ah! -le sonrió sin saber muy bien qué decir.

-Nosotras no somos como la hermana Julia, Maca. Ella es muy antigua, a mí no me molesta que estés aquí porque seas lesbiana, a mí me alegra que estés aquí ayudando tanto.

-Pues muchas gracias, no sabes lo que me alegra escucharte decir eso.

-Tú sabes que la hermana Esther… -se calló prudentemente.

-Hermana… -Maca respondió con cierta advertencia, que estaba haciendo aquella mujer ¿empujándola a Esther?-. No creo que…

-Maca -miró hacia un lado y otro mientras ambas levaban una caja-, Esther no es feliz aquí por mucho que trate de intentarlo.

-¡Maca! ¡Hermana Gloria! -apareció la Madre Superiora-. ¿Pero qué es esto, Maca?

-Son batidos, ayer me comentó la hermana Gertru que nos habíamos quedado sin zumos, así que he traído para toda la semana.

-¿Lo haces por bien de los niños o para que la hermana Gertru no te haga más acelgas?

La pregunta y las risas de la hermana Gloria sorprendieron a Maca, que miró a la Madre Superiora que elevó los hombros divertida.

En ese momento entraba la hermana Esther por la puerta, con una bolsa donde llevaba una fiambrera de cristal, al verlas con la caja y riendo de buena gana, se acercó hasta ellas sonriendo también.

-¿Os ayudo?

-No, hermana, aún no puedes hacer fuerza.

-Muy bien hermana Gloria -le dijo Maca sonriendo-. Pero si seguimos perdiendo fuerza con las risas llegarán los niños y aún estaremos aquí.

Maca trató de no mirar demasiado a Esther, y Esther agradeció aquel gesto por su parte. Dejaron las cajas en el aula, la Madre Superiora avisó a las dos hermanas que había una reunión a la hora del rezo y se marchó a su despacho, Esther miraba desde el quicio de la puerta a Maca que se había quitado el abrigo quedándose con su inseparable pantalón vaquero negro y un jersey negro de lana. Esther no pudo evitar mirarla, Maca estaba de espaldas y no la veía pero la sentía. Cerró los ojos suspirando fuertemente al tiempo que Maca se daba la vuelta y la veía allí.

-¿Estás bien, Esther?

-¿Qué? -preguntó aturdida al sentirse descubierta se puso tan nerviosa que se le cayó de las manos la bolsa haciéndose añicos la fiambrera de cristal-. ¡Oh no!

-Tranquila, no pasa nada.

Los cristales habían roto la bolsa y se habían esparcido por el suelo, los nervios de la hermana Esther eran más que evidentes, tanto que a Maca le preocupó verla así.

-¡Esther déjalo ya lo recojo yo!

-Estoy tonta es que… ¡ay!

-¡Dios te has cortado! -exclamó al ver como salía sangre de uno de sus dedos.

-Maca he escuchado, ¡pero hermana!

-No pasa nada hermana Gloria, tranquila es un corte -restó importancia Maca-. ¿Tenéis botiquín?

-Sí, en la cocina.

Maca había envuelto el dedo de la hermana Esther con un pañuelo que iba ya manchado totalmente de sangre y tiró de ella con suavidad hasta la cocina, la llevaba cogida por la cintura con una mano y con la otra sujetaba el dedo. Al llegar la hermana Gertru apartó una silla para que se sentara y le indicó a Maca donde estaba el botiquín. Rápidamente alertada por la hermana Gloria, llegó la Madre Superiora preocupada.

-Voy a hacerte un poco de daño ¿vale? -la miró con cierta preocupación mientras Esther asentía con los ojos repletos de lágrimas-. Es un corte limpio.

-¿Y si la llevamos al hospital? -preguntó la Madre Superiora preocupada.

-No, mire, en mi bolso está mi teléfono. Me lo trae y llamo a Elena que hoy libra para que le dé un vistazo.

-No hace falta… solo es un corte -decía Esther sintiéndose fatal.

Maca asintió a la Madre que con rapidez le llevó el móvil. Ella llamó a su amiga mientras le ponía a Esther un improvisado vendaje hasta que llegara.

-Bueno… esto ya está -le sonrió.

-Gracias.

-Hermana, ¿se encuentra bien? -la Madre Superiora se lo preguntó tocándole el hombro.

-Sí, gracias, solo he sido una torpe… espero no se corte nadie.

-Ya está todo limpio, lo hemos recogido en seguida, ¡no hay ni un solo cristal! -exclamó animándola la hermana Gloria.

Decidieron dejarla tranquila junto a la hermana Gertru, Maca se fue con un nudo en el corazón, percibía sus nervios desde hacía unos días, en ese momento se había arrepentido de decir lo que dijo, de la nota, de aquella frase es lo que hay, se arrepintió de poner del revés la vida de la hermana Esther.

Cuando llegó Elena, decidió ponerle un par de puntos, el corte era algo profundo. Estaban solas porque la hermana Gertru tras dejar las patatas peladas había salido de la cocina, cerrando la puerta.

-Esto ya está.

-Gracias, siento que te haya hecho venir en tu día libre.

-¡Oh! Estoy despierta desde las seis de la mañana, defecto profesional -le sonrió con cariño. Al mirarla las palabras de Maca llegaron a ella y se quedó observándola.

-Tú también me vas a decir como Rafaela que me decida.

-¡Oh perdona! -se disculpó al sentirse descubierta-. No, no, solo pensaba lo complicado que debe ser querer a alguien y no poder dar un paso hacia esa persona.

-Bueno… si siguiéramos las pautas de la vida eso no pasaría.

-Lo dices porque Maca se ha fijado en ti, intuyo -Esther asintió mientras Elena recogía su maletín-. Yo no hablaba de Maca, hablo de ti. Bueno, me voy y trata de no mojar el dedo, y si puedes tenerlo en alto, mejor te atas un pañuelo al cuello al menos hoy.

-Gracias.

Las palabras le salieron como si pesaran toneladas. En el aula, Maca ya estaba con los chavales y al ver que Elena le hacía un gesto de que todo estaba bien, respiró aliviada.

Durante la mañana las hermanas se reunieron para determinar que hacían con la señora Carmen, la Madre Superiora había hablado con el Arzobispado para poder acogerla allí, las hermanas estuvieron todas de acuerdo. Tanto fue así, que la hermana Gertru que era la que tenía la celda más grande se ofreció para que fuera allí donde se instalara la mujer que tanto les había ayudado. Sobre todo a ella, siempre fue su maestra a la hora de aprender a cocinar. Todo el tiempo que duró la reunión, Esther miraba a la Madre Superiora mientras en su interior no cesaban de chocarse sentimientos y emociones. Era como su pequeña big bang particular aquella tensión ya la había olvidado, y le parecía cruel contra sí misma volverla a sentir.

Durante el resto del día, Esther y Maca no se encontraron más que en el comedor, pero entre ellas se podía palpar una pequeña tensión, hubo risas, bromas pero ciertamente, algo entre ellas parecía haber ocurrido. Llegó la hora de marcharse para Maca, estaba esperando a Rafaela que se encontraba con la Madre Superiora arreglando algunos flecos en ese documento que había preparado. Maca estaba apoyada en la pared con el abrigo colgando de los brazos que mantenía cruzados sobre su pecho, tenía la cabeza algo ladeada mientras se mordía el labio inferior. Entonces la vio, vio como cruzaba por el pasillo y se dirigía a uno de los cuartos que era el almacén de limpieza. No lo dudó fue hasta allí, entró y cerró la puerta tras el susto de Esther al verla allí.

-¡Maca!

-Me llevas esquivando todo el día, y quiero decirte una cosa.

-Maca por favor me vas a meter en problemas, van a creer que…

-Esther -se acercó a ella mirándola fijamente a los ojos-. Yo no quiero hacerte daño, ni verte como te veo ahora, no quiero presionarte, ni crearte un conflicto contigo misma. No te pido que dejes esto, nunca lo haría. Tuviste razón cuando dijiste que lo que escribí era lo que yo sentía. Y tuviste razón cuando me dijiste de empezar por una buena base de respeto. Respeto que quieras estar aquí, respeto tu vida si es esta la que quieres tener. Yo te estaré esperando, el tiempo que haga falta, lo que necesites, sé que sientes algo por mí pero no quiero ser el motivo de tu tristeza ni ser la culpable de no tener tu sonrisa. No voy a ponerte en la disyuntiva de que elijas entre el convento o estar conmigo, acepto lo que tú quieras hacer. Te esperaré el tiempo que sea necesario, el que tú necesites para tomar decisiones, pero por favor, no soporto verte así. Ni que me esquives, nunca haría nada indebido -la volvió a mirar a los ojos con tal intensidad que ambas sintieron el corazón latir con fuerza para decirle con voz repleta de ternura-. Te estaré esperando ahí fuera el tiempo que sea necesario.

No dijo nada más, estaba todo dicho, repetido varias veces con tranquilidad para que su mensaje llegara hasta el interior de aquella mujer que la miraba al principio asustada y conforme iba escuchándola, su corazón iba alterándose sin poderlo evitar.

XXI

Aquella noche, sentadas las tres amigas en el sofá hablaban del convento. De la decisión que la Madre Superiora le había hecho llegar a Rafaela para que la señora Carmen se quedara con ellas. Maca les contó de su conversación con la hermana Esther y ambas notaron que estaba realmente afectada por la situación.

-Yo no quiero verla mal.

-Cariño… eso no depende de ti, quizá no está mal por ti quizás está mal por ella misma, por darse cuenta que a pesar de estar ahí dentro escondida, has llegado tú y has removido todo en ella.

-Chocho, no es justo que te culpes. La hermana Esther también tiene su vida, tiene sus sentimientos y a lo mejor no se siente así porque tú le hayas dicho que estás enamorada, cariño, me juego todo lo que tengo que si lo que su hermana te dijo es verdad, debe de haberse dado cuenta que el convento le ha ayudado a sobrevivir, pero no ha borrar sus emociones ni sus sentimientos.

-Además, en el caso que dejara el hábito no iba a ser la primera.

-Ni la última que lo haga por amor.

-Claro, Maca. Son mujeres como nosotras, se pueden enamorar yo creo que por eso están encerradas ahí.

Maca miró a sus dos amigas, tenía los ojos repletos de lágrimas pero de repente comenzó a sonreír, después a reír a carcajadas. Elena y Rafaela la miraron un tanto desconcertadas pero en cuanto se percataron del por qué de sus risas, ellas explotaron en otras carcajadas que acabaron en lágrimas de risa.

-¡Quién nos iba a decir que tu entrada en el convento nos iba a marcar a las tres!

-Yo con la señora Carmen, tú curando a la hermana Esther, y tú, ¡cabeza hueca! Enamorándote de ella -dijo Rafaela divertida.

-Me ha devuelto la vida -dijo sonriendo Maca-. Y sí, la esperaré el tiempo que haga falta.

Al día siguiente, Maca llegó sin el café mañanero de la hermana Esther, sin cajas ni nada que aportarles. La hermana Gloria que sabía cuando llegaba por el sonido de su bicicleta salió a ayudarla. Al verla sin nada, sonrió. Maca le dedicó una de sus sonrisas.

-Que raro verte sin nada -le dijo la hermana con tono dulce-. Nos has mal acostumbrado.

-¿Qué tal hermana Gloria?

-Bien, ¿y tú?, no tienes buena cara.

-He dormido poco.

-¿Te has enterado que viene la señora Carmen?

-Sí -le entregó una sonrisa enorme.

-La hermana Esther está bien, no se queja del dedo es una mujer muy fuerte -le guiñó el ojo ante el gesto de total sorpresa por parte de Maca-. Hoy está más tranquila que ayer, ¿quieres saber lo que dice la hermana Gertru?

-No estoy segura -murmuró frunciendo el ceño.

-Que está así por tus sonrisas -reía divertida-. Ojalá la ayudes lo que nosotras no hemos podido.

Se fue dejándola allí parada ante la puerta del convento, no dejaban de sorprenderlas aquellas mujeres que se suponía debían verla como una mujer pecaminosa y desarraigada de los caminos del señor.

Aquella mañana, Esther no apareció por ningún lado, pero cuando sobre las doce Maca detuvo las clases para que los niños jugaran un rato, la hermana se le acercó sigilosamente, tanto que al hablarle la asustó provocando una carcajada que a Maca le hizo darse cuenta que estaba mucho mejor tal y como le había dicho la hermana Gloria.

-Perdona no quería asustarte.

-No sé, ¿eh? -le apuntó graciosamente con el dedo.

-Solo quería darte las gracias porque me hayas entendido.

-No me las des, Esther por favor.

-Necesito calmar mi cabeza ¿lo entiendes?

-Claro que sí.

-Gracias -respondió sonriendo con cierta tristeza.

Las dos se miraron fijamente a los ojos, hablaban tanto, decían tantas cosas. Todo lo que Esther callaba lo gritaban sus ojos, y eso que Maca no podía notar los latidos de su corazón.

-¿Puedes hacerme un favor, Maca?

-Claro, sabes que sí.

-¿Podrías volver a trabajar en el hospital? -preguntó ante el gesto de sorpresa de una Maca que instintivamente le miró los labios-. Creo que eres necesaria como pediatra.

-Pues… muchas gracias… lo pensaré y quizá sí te haga caso.

Para ambas el sonoro ruido de los niños divirtiéndose se había difuminado, tan solo estaban ellas y ambas miradas repletas de algo más que cariño. Maca quería retirar los ojos de Esther pero era como si tuviera un imán y no la dejará escapar. Por su parte Esther sentía que aquella mujer además de médico debía ser hechicera y le había hechizado.

-¡Piensan moverse o van a echar raíz! -la voz protestona de la hermana Julia rompió aquel momento de insonorización que habían creado-. ¡Qué poca vergüenza!

Ninguna contestó, la hermana Esther se marchó y Maca volvió a sus clases.

Aquella tarde fue muy especial, tras la aprobación para que la señora Carmen pudiera vivir en el convento, los amigos de Rafaela, el hijo de la señora Carmen, Maca y las hermanas, menos Esther para que no hiciera fuerza, ayudaron a bajar todo lo que tenía en el piso. Marcharse de su casa era un duro golpe para ella pero mucho más para su hijo que se mostraba totalmente abatido. Sin embargo, fue ella quien le animó diciéndole que había perdido su casa pero estaría en su otro hogar, se mostraba sonriente y feliz a pesar de todo, agradecida con Rafaela que, aunque era un poco loca, le había demostrado ser una mujer con un corazón enorme. Tras instalarse en el convento, la señora Carmen comenzó a sentirse nuevamente viva, porque la hermana Gertru se encargó de ponerla en una silla de ruedas que tenían de una de las monjas que murió, se la llevó a la cocina y comenzaron a partir pimientos, patatas y cebollas entre recuerdos de cuando era al revés y la señora Carmen enseñaba a la hermana Gertru.

Aquel espectáculo de dos mujeres duras de oído hablando le llenaba de paz el corazón a Esther. Sentía que la llegada de Maca no solo había puesto su vida patas arriba, había cambiado muchas cosas para bien en el convento. En ese instante pensó que realmente su vida estaba allí compartiendo aquella cocina con la hermana Gertru y la señora Carmen.

Habían pasado dos semanas desde que Maca revolucionara el corazón de Esther diciéndole que la iba a esperar. Dos semanas que habían dado para mucho. A Esther cuando llegaba el viernes se le encogía el estómago, no podía dejar de pensar en lo que estaría haciendo Maca sola, era una lucha consigo misma que la agotaba pero que no le permitía dormir si no todo lo contrario, la imaginaba en alguna discoteca bailando con alguna mujer y eso la ponía celosa. También habían sido dos semanas donde la hermana Esther había declinado ir a comer con sus padres y hermana porque había muchas cosas que hacer en el convento. Sabía que debía huir de un interrogatorio con su hermana, además, estaba molesta con ella. Por haber hablado con Maca y contado su vida. En esas dos semanas no había sido fácil encontrarse con aquella mujer hermosa de sonrisa conquistadora y mirada dulce, trató de poder estar a su lado sin fijarse en sus labios, sin notar los latidos del corazón, sin esperar su sonrisa pero le era imposible. Por eso aquel domingo en lugar de ir a casa de sus padres, decidió salir sola hasta el retiro y pensar con claridad, sin dejarse llevar no podía seguir así día tras día, noche tras noche.

-¡Hola hermanita! -la saludó Verónica.

-¡Vero! -al verla sintió que su huida iba a ser en vano.

-¿Qué, te estás escondiendo? -le preguntó mientras la besaba.

-No empieces, por favor.

-¿Qué tal estás? No he podido pasar a verte al convento pero intuía que estarías por aquí.

-Bien.

-Vale ahora dime la verdad.

-Estoy bien, Verónica.

Su hermana la miró fijamente, sonrió de lado y comenzó a hablarle de su trabajo, notaba como Esther trataba de prestar la mayor atención posible, quería a su hermana y le dolía verla así. Por eso había tomado algunas medidas que ella desconocía y estaba dispuesta a utilizar.

-¡Sabes que vi anoche a Maca! -le dijo de pronto mientras mascaba chicle.

-Ah sí -trató de mostrar indiferencia.

-Debo decirte que tiene un éxito con las mujeres…

-Me alegro por ella -su tono expresó un desencanto enorme.

-¿Qué te pasa?

-Verónica déjalo.

-Soy tu hermana, sé que te ha pasado algo y que no vas a casa de tus padres por alguna razón, solo se me ocurre Maca. Prometo no decirte nada al respecto.

-Estoy hecha un lío pero tú no eres la mejor persona a la que explicárselo.

-Muchas gracias, hermana.

Le mostró un sincero enfado, ella desde el principio siempre había estado a su lado, y aunque era un poco alocada en sus ideas, sabía que lo hacía con buena intención, quizá su hermana fue la única persona que la apoyó y entendió en el pasado. Pero no estaba segura de lo que podría significar hablar de su presente.

-Maca me dijo que me esperaría el tiempo que hiciera falta, pero ya veo que…

-Un momento, un momento… ¿te esperaría a qué?

-A que me decidiera por ella o el convento.

-¿Y tú te lo has creído? -Esther la miró con cierto miedo-. ¿Crees que una mujer como ella no va a tener alguna tentación? ¿De verdad lo crees?

-Bueno… debo ser muy ingenua -sonrió de lado mientras los ojos se le llenaban de unas lágrimas rebeldes que no podía controlar.

-Lo eres. Maca se las lleva de calle, si la vieras bailar. Sube la temperatura de la pista…

-¡Ya está bien, Verónica! -exclamó cerrando los ojos cayendo un par de lágrimas

-Vale, vale… pero no sé porque te pones así…

-Porque creí en ella. Porque creí en su palabra y me duele aunque entiendo que no puede estar esperando sin vivir… sin…

La hermana Esther dejó que las lágrimas salieran de sus ojos sin parar, no podía retenerlas el abrazo de su hermana le hizo sentir como si volviera a casa, como si todo volviera a estar en orden.

-¿Por qué te pones así?

-Porque la quiero, Verónica, porque me he enamorado de ella y me aterra, me da pánico este amor que no debo sentir y al mismo tiempo no puedo reprimir. La amo.

 

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Un comentario en “COMO UN RAYO DE LUZ V PARTE

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