COMO UN RAYO DE LUZ. FINAL

Gracias por acompañarme en esta nueva aventura.

En medida de lo posible, hasta pronto.

A Verónica ver llorar de aquella manera a Esther le partía el alma, le dolía hacerle daño pero sólo así sería capaz de decir en voz alta lo que su corazón sentía. Y lo había dicho, aunque pareciera una tontería, había sido capaz de reconocer que la amaba, de ahí a tomar la decisión correcta quedaba nada más que un paso.

-No puedo seguir en el convento con este sentimiento que tengo, Verónica.

-No, no puedes eso está clarísimo -se lo dijo con dulzura tratando de retener su alegría porque sabía que a ella le dolía a pesar de todo dejarlo. Esther la miró mientras se secaba las lágrimas-. Y cuando dejes el convento vendrás directamente a mi casa, además vas a prometerme una cosa, no cederás nunca más a tus padres, vas a pensar antes que en nadie en ti, en lo que sientes, en el amor que sientes y en cómo vivir ese amor.

-Pero Verónica… si ya has visto… Maca es inalcanzable para mí, ella… ella…

-Ella está en casa estudiando tal y como tú le dijiste que hiciera -ante la mirada de Esther, Verónica agregó sonriendo mientras le retiraba una lágrima con todo el cariño que sentía por ella-. Maca te quiere y se ha tomado muy en serio tu propuesta para que vuelva al hospital, el tiempo libre que tiene lo dedica a repasar, estudiar para ponerse al día. Cada vez que Rafaela le dice de salir de marcha, ella dice que tiene cosas que hacer. Así que no te has equivocado, hermana mía, has hecho bien en confiar en quien te ama de verdad.

-¿Me has mentido? -la miraba con los ojos abiertos como platos.

-Sí, abiertamente. Porque necesitabas decir en voz alta lo que tanto estás callando y te tortura. Pero te digo una cosa, si esperas mucho, quizá la pierdas de verdad, Maca te quiere pero como bien has dicho antes, tarde o temprano tendrá que vivir. ¡Y con lo cabezota que es mi hermana!

-¿Has hablado con ella? -preguntó interrumpiéndola con gesto de espanto.

-No, con Rafaela. Resulta que compartimos discoteca para chicas.

-¡Pero qué haces tú allí!

-Librarme de los tíos, cariño a una chica le digo que no y me respeta ¡dile a un tío no ahora tal y como están las cosas! Estoy en un momento de mi vida que nada más quiero divertirme.

-Te envidio -dijo de pronto.

-¿Sabes lo qué tienes que hacer, no?

-Sí, darte las gracias por cuidarme, por ayudarme, por estar a mi lado ¡pareces tú la hermana mayor!

-Es que lo soy, perdona, tú eres un alcornoque ¡tía!

Tras aquella frase el abrazo fue estrecho y fuerte.

En su casa Maca estaba estudiando, se daba cuenta que volvía a ella la pasión por aquellos libros, por aquellas lecciones para salvar vidas. Notaba que la concentración había mejorado muchísimo, se sentía más cercana a la Maca de siempre que a la Maca que había dejado su vida en manos de una mujer que jamás la valoró. En los descansos se dedicaba a pensar en Esther, y sonreía al recordar las palabras de Rafaela sobre su propio celibato, estaba dispuesta a dejar todo cuanto vivió con anterioridad, la sonrisa de Esther, su ternura, su buen corazón la había conquistado de tal manera que había decidido plantar su bandera del amor para que Esther pudiera llegar hasta ella.

Al entrar en el convento su corazón latía fuertemente, Esther debía dar el paso, estaba decidida a hablar con la Madre Superiora y explicar cuál era su decisión, sabía que la comprendería. Entró y con quien primero se encontró fue con la hermana Julia quien la miró con los ojos entrecerrados y una pequeña sonrisa de vencedora que Esther no entendió. Se dirigió directamente al despacho de la Madre Superiora acostumbraba las tardes del domingo a sacar cuentas y hacer balance de la semana anterior. Llamó pero la Madre le dijo que esperara un momento. Se separó hasta la pared notaba que su interior estaba mucho más ligero, la mochila que había estado cargando desde su entrada allí, parecía aflojar.

-Hermana, estaba buscándote -el gesto de la Madre la alertó.

-¿Pasa algo?

-Tengo visita -le hizo un pequeño gesto de preocupación-. Y tiene que ver contigo, lo siento.

Esther cerró los ojos, y entendió al segundo el gesto de la hermana Julia. La Madre Superiora le dijo que esperara un momento, entró y al poco tiempo volvió a salir llevándose a Esther hacia el aula para hablar con ella.

-Es el secretario, ha llegado a oídos de las altas estancias puedes imaginar qué. Está en el despacho para hablar contigo, le he asegurado que en esta casa no ha habido acto alguno que pueda ser irresponsable por tu parte.

-Madre… lo siento… venía justo para hablar con usted y decirle que he tomado una decisión.

-Gracias a Dios -susurró algo más tranquila-. ¿Sabes qué pretende echarte?

-Imagino, pero quiero ser yo la que hable con él, ¿puedo?

-Claro, hija. Ahora mismo no puedo demostrar alegría porque estoy muy enfadada ya sabes con quién, pero… sabes que me alegro ¿verdad?

En aquel despacho había un hombre bastante serio vestido con un traje chaqueta, camisa y corbata negra. La Madre se sentó algo más tranquila, Esther lo hizo junto a él y comenzó a hablar.

Mientra tanto, al buen olfato de Maca le llegó olor a verdura hecha al horno, no había duda, Elena se había puesto a cocinar.

-¿Cómo lo llevas, chocho? -le preguntó Rafaela al vela aparecer.

-Bien, bien, estoy muy ilusionada con esa posibilidad de volver a ejercer.

-Eso es estupendo -dijo Elena con una sonrisa.

-¿Y vosotras?

-Yo acojonada me quedan dos semanas para que me den la fecha definitiva de mi operación.

-¡Rafaela no va a pasar nada! -le dijo Elena sonriéndole mientras distribuía la cebolla, pimientos y patatas por los platos.

-Bueno pero el miedo es libre ¿no? Me van a cortar el colgajo y… ¡Uy quien llama a estas horas!

-Voy yo -dijo Maca mientras se llevaba a la boca un trozo de lechuga.

-¡Oye la veo estupenda!

-Sí, Rafaela, la verdad que desde que han hablado se le ve mucho mejor, al final voy a alegrarme de su entrada al convento.

Maca abrió la puerta, por un segundo pensó que moría de un infarto. Ante ella, Esther, sin habito junto a su hermana. Las miró alternativamente a ambas sin entender muy bien qué pasaba, pero con el corazón a toda velocidad.

-¿Qué pasa, Esther?

-Me han expulsado -respondió con cierta tristeza en su voz.

-¡Qué! Oh… pasad, pasad, por favor.

Los nervios de Maca fueron evidentes, estaba sintiendo mil cosas en su interior, alegría, pena, felicidad, tristeza, miedo, desconcierto. Todo lo que le llevó a pasar su mano por la frente mientras las dos hermanas esperaban que le dijeran por donde ir.

-¡Chocho que…! ¡Esther! -la cara de Rafaela era de total asombro.

-Hola Rafaela.

-Pasad, por favor, vamos a cenar. Venid por aquí -les dijo Maca sin poder ocultar los nervios.

-¿Qué pasa, Esther? -le preguntó Elena.

Se sentaron alrededor de la mesa, Esther junto a su hermana y Maca en frente mirándola con gesto serio. Elena junto a Rafaela que miraban a las dos hermanas con expresión de no entender nada.

-Me han expulsado porque una de las hermanas escribió una carta quejándose de que había una hermana lesbiana que estaba llenando el convento de vergüenza y lujuria.

-¡La madre que parió a la hermana Julia! -exclamó Maca con voz ruda.

-Bueno… la verdad que… -Esther sonrió levemente.

-¡Chicas me podéis invitar a beber y comer algo! Estoy muerta de ambas cosas.

Aquella frase de Verónica hizo entender tanto a Elena como a Rafaela que debían dejarlas solas.

-Lo siento, Esther, lo siento mucho -se sentó a su lado con gesto compungido.

-Bueno… gracias por sentirlo porque sé que lo dices de verdad -le sonrió nerviosa-. Pero iba a hablar con la Madre Superiora.

-No entiendo -dijo ante su silencio.

-Maca sé que todo ha sido increíble, rápido y desconcertante, pero… yo también me he enamorado de ti.

Fue como si un puñetazo golpeara el estómago de Maca, se quedó sin respiración y las lágrimas afloraban en sus ojos a punto de romper a llorar. Esther la miró sonriendo.

-¿Puedo abrazarte? -le preguntó Maca-. Solo abrazarte.

-Pues, claro.

Sentirse por primera vez la una a la otra, poder estrechar el cuerpo de la otra con delicadeza, ternura pero infinito amor, fue como si el mundo se detuviera y nada más existieran ellas dos, con los corazones golpeando con fuerza, las emociones llegando a erizar la piel y las lagrimas de felicidad brotando en aquellos ojos que se miraban con amor por primera vez, sin ocultar los sentimientos.

-No podía engañarme más, pero no sé qué voy a hacer.

-¿Vas a estar en casa de tus padres?

-No, no, en cuanto se enteren va a ser una decepción, les voy a causar otra vez un dolor infinito.

-Puedes quedarte aquí, yo duermo en el sofá estoy acostumbrada -le dijo sonriendo feliz.

-Gracias, Maca. Pero me voy con mi hermana a su casa.

-De acuerdo.

Volvió el silencio, ambas se mostraban nerviosas pero felices. Esther miraba a Maca por primera vez mostrando aquel sentimiento que día tras día había luchado contra él, y Maca no sabía si cogerle la mano, besarla, esperar.

-Te juro que es la primera vez que no sé qué hacer -le dijo Maca.

-Sé que me vas a entender pero… por favor dame…

-Lo que necesites, Esther -la interrumpió sabía lo que iba a decirle.

-En este momento estoy con sensaciones enfrentadas. Por un lado feliz por otro triste, ni siquiera pudo ir al convento. Ni ver a las hermanas, ni a los niños, ni…

-Esther… deja pasar un poco de tiempo, estoy segura de dos cosas, la primera que mañana me toca a mí -sonrió aunque con tristeza-, la segunda que la Madre Superiora hará cualquier cosa para que puedas ir a verlas. Estoy segura -su voz sonó contundente.

-Me da miedo que le hagan algo a ella ¿sabes? Por haber permitido que estuviera allí.

-No me lo puedo creer. Pero si tú no has hecho nada malo, solo has mejorado las instalaciones, has ayudado a recoger alimentos, has educado a los niños.

-Pero eso no lo ven, ven que soy una pecadora.

-¡Pecadora de la pradera, no te jode! -la interrumpió su hermana-. Que les den, si no saben apreciar lo que tienen, no vale la pena preocuparse.

-Verónica no es así -le respondió con cierta pena y Maca tuvo que aguantarse la sonrisa que el comentario de Verónica le provocó-. Ellas…

-Mira… espero que en unos días dejes de pensar en el convento y estés por lo que tienes que estar.

-¡Estoy de acuerdo! -agregó sonriente Rafaela.

-Pues ya está, ¡vamos a cenar! Me gustaría decir ante esta gran y maravillosa noticia que ha sido su expulsión, pero entiendo que Esther esté un tanto desconcertada, así que vamos a cenar y se acabó -esta vez la que mostró su alegría fue Elena.

Aquella noche se hizo larga, primero porque tras la cena, Esther no tenía muchas ganas de irse estaba encantada de estar en aquella casa donde Maca la estaba tratando con una ternura que ella desconocía, sus amigas con un cariño que la dejaba sin palabras, y su hermana con ese amor que parecía habían entre todas trazado un plan para apoyarla cada una de un modo diferente. Pero la hora de despedirse llegó, Elena y Rafaela acompañaron a Verónica hasta la puerta mientras Maca se despedía de Esther, le había dicho que le daría tiempo y estaba dispuesta a demostrárselo, se miraron fijamente con una sonrisa mostrando la felicidad y nerviosismo que sentían por igual, Maca se acercó hasta Esther y la abrazó con una fuerza tan tierna que provocó en ella un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

Al día siguiente, Maca llegó al convento tenía unas ganas enormes de cruzarse con la hermana Julia, a pesar de la advertencia de Esther de que no lo hiciera. Sin embargo, parecía que la advertencia de Esther no iba a ser la única, en la puerta la hermana Gertru, y la hermana Gloria la estaban esperando, sus caras lo decían todo. Sin más la abrazaron a modo de despedida, entonces la hermana Gertru con seriedad pero cariño le dijo:

-Dos cosas, la primera no vale la pena que te acerques a la hermana Julia, la segunda haz feliz a Esther.

Maca suspiró con fuerza, le iba a costar cumplir la primera parte de su ruego, pero tampoco le dio tiempo para más, la Madre Superiora la estaba esperando.

-¡Buenos días, Madre!, a pesar de todo.

-No lo sabes bien, hija. Me duele tanto la manera en la que Esther ha tenido que irse, no lo sabes bien.

-Me lo puedo imaginar.

-Y ahora me queda la segunda parte.

-Ahora me toca a mí, lo imaginaba.

-Me parece tan injusto, nadie nos ha ayudado como tú, nadie se ha implicado tanto con los niños… va a ser terrible para ellos -decía a punto de llorar.

-Bueno… intentaremos que no lo sea.

-¿Cómo está Esther?

-Muy confundida, saber que no puede venir la tiene mal.

-Lo sé, lo sé. Dime que se nos va a ocurrir algo.

Una ligera sonrisa en el rostro de Maca le dio a entender que no la iba a defraudar, que tantas veces la había sorprendido que en aquel instante vio una luz al final de ese túnel oscuro en el que se encontraba.

Aquella misma tarde, Maca había quedado a solas con Esther, era su primera cita formal. Tuvo que soportar las bromas de Rafaela porque no podía controlar su estado de nervios ante la cita.

-¡Pero deja de mirarte ya, Maca! Estás tan buena como siempre.

-Rafaela… ¡lo que estoy es muerta de miedo!

-¡Pero si es Esther!

-Pues por eso, Rafaela, por eso. Porque no quiero que nada salga mal, me siento responsable y…

-¡Anda, anda deja el rollo y ve a por tu chica!

Mientras en casa de Verónica, ocurría una escena más o menos parecida.

-Esther, Maca va a llegar y tú todavía vas a estar pensando si vas vestida adecuadamente.

-Vero, estoy muy desentrenada.

-¿Pero qué necesitas entrenar? ¡Si la tienes rendida a tus pies!

-No sé… ¿y si no soy lo que espera? ¡Me muero de miedo!

-Madre mía me dan ganas de darte un sopapo pero con toda la mano abierta ¿eh?

-Es como si fuera novata, me duele el estómago, estoy mareada.

-Todo eso se va en cuanto os deis un morreo  -sonó el timbre -. ¡Ves ya está aquí y la vas a hacer esperar!

-¡Madre mía, madre mía, madre mía!

Era cierto, Maca la esperaba bajo en el portal, con las manos metidas en su chaquetón, y los nervios aflorando por todo su ser. No sabía qué hacer, daba dos pasos, se paraba, miraba el cielo que estaba bastante negro, miraba hacia dentro del portal, volvía a caminar dos pasos más.

-¡Hola! -la sonrisa de Esther acaparó toda su atención.

-Hola -susurró con sonrisa de boba.

-Ya estoy aquí.

-Sí, sí – se había maquillado suavemente y estaba tan radiante que Maca se quedó de una pieza observándola.

-¿Qué hacemos? -preguntó riendo con apuro.

-¡Irnos! Claro.

Tras la carcajada se dieron dos besos en la mejilla y tan solo ese roce fue para ambas una descarga de adrenalina. Subieron al taxi y fueron hasta el Retiro. Caminaron durante un buen rato juntas mientras Maca le contaba a Esther lo que había ocurrido, cómo la habían echado a ella también, la preocupación de la Madre Superiora, los besos que todas las hermanas le habían encargado hacerle llegar. Iban caminando a la misma altura aunque separadas. Esther tenía el gesto serio.

-Me cuentas todo esto pero ¿sabes? No me arrepiento, no me arrepiento de haberlo dejado, bueno de que me hayan echado.

-Esther, cariño, sé que estás mal aunque no te arrepientas pero quiero que sepas que para mí eres lo más importante que tengo en la vida, que quizás esto parezca una locura, que nunca me había pasado y que siempre me reí de quien me contó se había enamorado a primera vista…

Esther dejó de escucharla, de repente aquel cariño la había inundado, le había aflorado en el corazón un amor profundo y ávido que la estaba desbordando de felicidad.

-… te quiero y aunque sé que debemos ir despacio y que no voy a…

No pudo continuar porque Esther había depositado sus labios en los de una Maca desconcertada que se quedó con los ojos abiertos.

-¡Vaya! -susurró mirando intensamente a Esther-. Parezco tonta.

-Te quiero. Que te dijera de ir despacio no quiere decir que no vaya a besarte porque lo estoy deseando desde que te vi.

Entonces volvieron a besarse con más intensidad, al separarse se miraron como si estuvieran hechizadas por sus propios labios. En el Retiro comprendieron que acababan de sellar un amor intenso, apasionado y eterno.

Hacía ya quince años de aquel primer beso, tiempo que habían compartido juntas, no se habían separado ni un solo día. Si Maca tenía que ir a alguna convención médica, Esther la acompañaba porque Maca no quería ir sin ella. Comenzaron a recorrer el mundo y empezaron por los Fiordos que era un sueño de Esther. Habían formado una familia con un perro y un gato, ambas hablaban de aquel flechazo que les sirvió para compartir la vida y estaban seguras que seguirían así el resto de su vida. Mientras le contaban a su amiga la historia de su amor, esta se percataba de las miradas que se dedicaban, las sonrisas cómplices, alguna caricia que se escapaba por debajo de la mesa, pero sobre todo, de las risas y el infinito amor que sentían la una por la otra. Le hablaron de cómo Maca ideó un plan para que Esther fuera la encargada de educar a los niños del convento, su padre haría una inversión en aquella pequeña aula, en aquel convento. Le costó que cediera pero finalmente con la ayuda de la Madre Superiora lo logró, porque en parte sus padres la echaban de menos y verla tan feliz junto a Esther les hizo borrar la distancia que había entre ellos. Algo más complicado fue para Esther porque sus padres nunca aceptaron su nueva situación, ni con quién compartía la vida. Sin embargo, haciendo caso a su hermana decidió que era su vida y no iba a cambiarla, ella siempre estaría cerca por si la necesitaban.

También le contaron como la Madre Superiora escribió una extensa carta solicitando que trasladarán a la Hermana Julia a un convento de clausura en el que pudiera estar más acorde a su modo de vivir. No tardaron en enviarla a otro lugar y, el mismo día en que se fue con una fría despedida de todas las hermanas que le dieron la espalda desde que escribió aquella carta, Esther pudo volver a estar con sus hermanas, los abrazos, alegría y alboroto no tuvieron despercidio ante la sonrisa de una Maca que se mostraba feliz por el reencuentro, y por ver en la mirada de su chica esa felicidad. Nunca más dejó de ayudar a la gente del barrio que lo necesitaba, poco a poco, fueron con la ayuda del padre de Maca y algunos más que se unieron para hacer un pequeño colegio dónde Esther era la directora y maestra, conforme pasaron los años se fue ampliando y entrando más profesoras. Así, nunca dejó de compartir momentos con quienes tanto le habían ayudado y por las que sentía un agradecimiento infinito, sobre todo, a la Madre Superiora que era un ejemplo aunque desgraciadamente pocas seguían su manera de ver la vida. Aceptar a las personas tal y como eran siempre y cuando no faltaran el respeto.

Quince años de amor, y cuando aquella amiga les preguntó qué era lo que había supuesto la una para la otra, ambas se miraron sonriendo y le dijeron.

-Fue como un rayo de luz en mi vida.

 

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8 pensamientos en “COMO UN RAYO DE LUZ. FINAL

  1. Hola pquimmera ¿qué te sorprendió del final? Por tus palabras veo que no era el que esperabas.
    Gracias a ti por seguirme.
    Un abrazote

  2. Me sorprendió el final sinceramente. Pero te agradezco de corazón tu dedicación y ganas por escribir a pesar de tu poco tiempo y tu salud delicada. Muchas gracias

  3. Gracias Kris, por estar siempre que escribo algo, para mí es muy importante vuestra compañía por cada camino que empiezo.
    Un abrazo

  4. Muchas gracias a ti por acompañarme en cada historia. Me motiva saber que os llegan mis historias.
    Un fuerte abrazo.

  5. Magnifica historia, es un placer leerte siempre, que tengas mucha salud, éxito en tus proyectos y un pronto regreso por este tu rincón de escritura un gran abrazo

  6. Muito obrigado por me juntar a mim. Fico feliz em saber que você gosta das minhas histórias.
    Um abraço
    ldana

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