PARKER Y KRISTINA. HERIDAS EN EL CORAZÓN. Cap. 20

Habían pasado dos semanas desde aquel encuentro en el parque. Parker y Kristina no se habían vuelto a ver, ni tampoco a hablar por teléfono. En esas dos semanas el estado apático y triste de Kristina les había llevado a preocuparse. Aunque guardaban la esperanza de que aquel fin de semana se iban a producir varios reencuentros, y eso la ayudaría. El primero de todos Ingrid estaría con Kristina, además Alexis y Sam iban a reunirse con ellas.

La señora Davis fue el viernes a recoger a Ingrid, sin comentarios por parte de Parker sobre lo ocurrido con Kristina imaginaba que la señora Davis estaría al corriente pero prefirió no remover el tema. Tan solo un intercambio de frases sobre la niña. Kristina la esperaba en el coche y de allí se fueron al aeropuerto para recoger a su madre y hermana. La emoción fue enorme por parte de las tres, aunque el bajo estado de ánimo de Kristina se intensificó al ver que Molly no había ido.

—¡Madre mía, Ingrid! ¡Qué guapa estás! —le decía Alexis feliz de verla.

—¡Kristina! —Sam la abrazó con cariño.

—¿Qué tal estáis?

—Bien ¿y tú? —le dio un par de besos mirándola fijamente con un gesto repleto de ternura.

—Bien, Sam. Estoy bien.

—¡Venga vamos a cenar que tenemos mesa reservada en un restaurante! —apuntó la señora Davis poniéndose a la altura de Alexis que le había dado la niña a Sam. La miró preocupada—. Nada, Alexis. Parker no afloja y Kristina está desesperada y eso la lleva a cometer una y otra vez errores con ella.

—¿Cree que si voy a hablar con ella lograré algo?

—No, a Parker es mejor no decirle nada.

—No la entiendo.

—Yo sí. Lo que le pasa tiene un nombre. Miedo.

El timbre de casa de Parker sonó. Le extrañó porque no esperaba a nadie. Se asomó por la ventana y vio a Noah fuera. Sonrió y le abrió con gesto de sorpresa.

—¿Te molesto?

—No, pasa, pasa, estoy trabajando.

—Solo son cinco minutos.

—¿Qué ocurre?

—Quería pedirte un favor, para mí es muy importante. ¿Mañana podrías venir a comer a Fern Ridge?

—¿A la playa? —le preguntó extrañada.

—Sí, verás. Me gustaría invitarte a comer para presentarte a Lucas, estaremos haciendo surf en una área que han habilitado para ello.

—Un momento, el otro día me dijiste que no era más que un amigo.

—El otro día te engañé un poco… La verdad que hace una semana se me declaró a la luz de las velas en un restaurante italiano.

—¡No! —sonrió feliz.

—Sí —dio una carcajada mientras Parker lo abrazaba—. Y no me lo puedo creer, creo que todo va demasiado rápido, estoy muerto de miedo. Le he hablado tanto de ti y me gustaría presentártelo antes que a mis padres para que me digas qué te parece.

—De acuerdo, perfecto, me tomaré mañana el día libre para descansar. ¿Desde cuándo haces surf? Eso tampoco lo sabía.

—Me ayuda a relajarme y no pensar en cosas que no debo. Lo descubrí al poco de estar aquí. ¡Gracias! Gracias por echarme una mano mañana.

Parker sontió contenta, pero algo de aquella noticia le hizo pararse a pensar, se había encerrado tanto en su dolor que había dado de lado la vida de los demás, no saber que su sobrino hacia surf le decepcionó consigo misma.

En casa de la señora Davis, tras la cena, Kristina se había metido en la habitación para cambiar y acostar a Ingrid. La mujer estaba poniendo al día a las dos antes de que se retiraran al apartamento a dormir. La veían triste por mucho que trataba de sonreír. La psicóloga estaba haciendo un buen trabajo pero era como si ella no quisiera ver la realidad.

—Estoy convencida de que si hablo con Parker perderá ese miedo.

—Sam, tiene que ser ella misma la que vea que Kristina ha cambiado y estoy convencida de que cuanto más le digamos será peor, más se cierra en ese mundo que ha creado ajeno a todo y a todos. Estas últimas dos semanas cuando he ido a recoger a la niña, la he visto más calmada. Kristina ha tenido alguna metedura de pata con ella, la vio con una mujer y no se le ocurrió nada mejor que hablar con ella presentándose como su esposa.

—Kristina la quiere —musitó Sam aturdida por la acción de su hermana aunque podía entenderla—. Y estoy segura que Parker la quiere también.

—Pero le hizo tanto daño que Parker no está dispuesta a darle una oportunidad.

—¡Por fin se ha dormido! —apareció Kristina con una sonrisa—. Tengo que contaros que esta semana he firmado mi primer contrato con una empresa, no es mucho pero nos va a ayudar a recuperar parte del dinero que perdí.

—¡Esa es mi hermana! —la abrazó Sam ante la sonrisa orgullosa de Alexis—. No tenía ninguna duda de que sería así.

—Eso sí, de Parker mejor no hablemos.

En la cama, Kristina hacía como todas las noches, cerraba los ojos y contaba las veces que inspiraba y expiraba, tal y como Andrew le había enseñado. Era su manera de no pensar en Parker aunque entre un movimiento y otro siempre terminaba apareciendo en su mente.

Al día siguiente, Parker estaba desayunando con el pijama y una coleta deshecha. Aquel día se permitió levantarse más tarde. Porque en cuanto abría los ojos sabía que debía levantarse para no empezar a pensar en Kristina. Ponía la radio y escuchaba atentamente las noticias, mientras se preparaba el desayuno. Se moría de ganas de preguntar por Ingrid pero se había hecho el propósito de no hacerlo. Iba a darle un voto de confianza a Kristina. Pero entonces sonó su móvil. Allí estaba Kristina, al abrir el mensaje sonrió. Le acababa de enviar una fotografía de Ingrid. La pequeña estaba abrazada a Ilsa en la cama las dos tenían una cara que provocó en Parker una carcajada. Mientras, Kristina mantenía el teléfono en su mano con una sonrisa nerviosa. Suspiró y envió otra foto.

—¡Madre mía! —susurró Parker.

K_ ¡Buenos días, mamá! Me estoy portando muy bien.

Era la leyenda que tenía la foto, Parker la miró bien. Por el mechón de pelo que tenía Ingrid entre sus dedos se percató que estaba sentada con Kristina, tenía a la pequeña entre sus piernas. La cara de Ingrid apretando los dientes con cara de pillina, provocó la carcajada en Parker. Suspiró con esa sonrisa que le provocaba su hija cada vez que veía una foto suya.

P_ Buenos días. Gracias.

Fue escueta no quiso decir más. Medía sus palabras para no ir más allá de donde debía.

El timbre la sacó de su ensimismamiento mientras agrandaba la fotografía sonriendo. Al abrir su gesto fue de sorpresa.

—¡Alexis!

—¿Puedo pasar?

—Sí, claro —respondió con ciertas dudas.

—Ya veo que ha sido una sorpresa para ti verme. Antes que nada decirte que Kristina no sabe que estoy aquí y probablemente si se entera me monte una bronca.

—Siéntese ¿quiere un café está recién hecho? —no entendía por qué le contaba aquello, estaba impresionada de verla allí, a la última persona que esperaba era a ella.

—Gracias.

Parker le preparó la taza y le dio una cuchara para que se pudiera poner el azúcar. La miró realmente sorprendida. Y sin quererlo se puso a la defensiva. No entendía su visita ya no podía reprocharle nada.

—Mi hija nos ha prohibido hablar contigo —el gesto de sorpresa de Parker fue mayúsculo—. Como verás hace mucho que no te decimos nada.

—Sí, me extrañó pero pensé que después de todo debía haber vuelto al centro de la diana.

—Pues no, el motivo ha sido ese y quería aclararlo en persona. Ella no quiere que te molestemos ni que tratemos de mediar entre vosotras.

—Se lo agradezco —dijo elevando un hombro en señal de alivio—. ¿Entonces su visita?

—Sabes que fui durante mucho tiempo contraria a que estuvieras con mi hija —Parker sonrió de lado. Como olvidarlo—. Pero cuando me la llevé a Port Charles mi única esperanza era que se recuperara para volver contigo, porque tú eres la persona que mejor la entiende, que mejor la ha tratado y que más la ha querido.

—¡Vaya! —exhibió una mueca de sorpresa.

—Sí, sé que esto te sorprende, dicho por mí.

—Bastante.

—Mi hija hizo muchas cosas mal, lo admito —habló con gesto y voz triste—. Sam dice que te entiende, ella y tú siempre os habéis entendido bien, pero discúlpame que te diga esto, Parker, yo no te entiendo. Vengo para pedirte que al menos intentes que Kristina, en este proceso difícil que está pasando y muy duro que es asumir que no estás ni estarás con ella, no sienta el odio que sientes y le muestras, y sé que estás en todo tu derecho. Sé que ahora que eres madre quizá me entiendas cuando te digo que la ayudes. Y la única ayuda que te pido es que por favor, cuentes con ella para el cuidado de la niña.

—Ya lo hace —confirmó con gesto duro.

—¿Crees que una vez a la semana, tres horas es contar con su hija? —Parker la miró con intensidad—. Parker, mi hija te quiere y es muy doloroso para ella la situación que está pasando, está bastante hundida y lo único que la anima un poco es Ingrid. Sé que la palabra de Kristina no te vale, pero te doy la mía de que no se irá de aquí con vuestra hija. No lo hará y en el caso imposible de que pudiera suceder, me comprometo contigo a que yo misma te traería a Ingrid. Si ese es el miedo que tienes de dejársela. Pero sé que no lo hará.

—Imagino que esa explicación se la ha dado la señora Davis.

—No, no hace falta que nadie me la dé soy madre y si estuviera en tu lugar después de todo lo que ha pasado me sentiría como tú. Kristina está superando sus problemas, la adicción quedó totalmente olvidada, sabe lo que quiere y trata de aceptar lo que quieres tú. No hay mayor muestra de madurez y de amor que dejar ir a la persona que ha sido y es el amor de tu vida.

Parker la miró con gesto serio. Tragó saliva y no supo qué contestar.

—Muy bueno el café. Me alegro de verte y no creas que me hace feliz que estés separada de Kristina —elevó los hombros y le dijo con una sonrisa—. Al final todos tenían razón y me hubiera gustado que esto no sucediera.

—Gracias. Al menos sigue siendo sincera.

—Ya ves… ¡quién te iba a decir que mi sinceridad sería rogarte que reconsideres esta separación!

Al quedarse sola sintió que algo de razón llevaba Alexis. Debía reconocer el esfuerzo que estaba haciendo Kristina, eso era innegable. Quizás era el momento de hablar con Raquel y cambiar el documento que habían firmado.

De Eugene a la playa de Fern Ridge les separaban escasos doce kilómetros. Era un lugar de recreo maravilloso, había ido con Kristina a pasear por la montaña. Y cuando Ingrid nació fueron algún día a comer allí rodeadas de naturaleza. Aparcó el coche y cogió la pamela. Llevaba un vestido blanco de fino algodón y encima una chaqueta en tonos claros. Iba con gafas de sol y se había dado buena cantidad de protector solar para su piel. Aquel gesto le llevó tiempo atrás cuando Kristina le protestaba por ponerle a ella aunque le encantaba que lo hiciera porque la acariciaba y cada vez que terminaba de extender la crema, las dos acababan besándose muertas de risa. De vez en cuando los recuerdos la invadían, y a veces le daba nostalgia aquellos momentos divertidos y repletos de tranquilidad que vivieron. Se encaminó por la pasarela para acercarse hasta la playa. Se retiró las sandalias que llevaba cogiéndolas con la mano. Se encaminó hacia el lugar que Noah le había asegurado estarían, efectivamente, lo vio subido en su tabla de surf riendo como era él feliz junto a otra tabla donde iba un chico. Sin duda debía ser Lucas. Se apoyó sobre unas rocas y disfrutó durante un rato viendo como aquellos jinetes cabalgaban sobre las olas. Noah no lo hacía nada mal. Hubo un momento que lo vio reírse mientras ayudaba a una chica a subir a la tabla, siempre tan caballero. Entonces al fijarse bien vio como la chica de la tabla era Kristina. No lo podía creer puso su mano en la frente para asegurarse que aquella que estaba cruzando una ola era ella. Estaba totalmente aturdida por su presencia. En ese momento la vio salir del mar con la tabla en la mano y gesto serio. No podía retirar su mirada de ella, llevaba un traje de neopreno negro con los costados rosas hasta medio muslo y manga corta, el pelo retirado hacia detrás con una coleta. Suspiró sintiendo una cierta incomodidad porque no se atrevió a reconocer que más bien era una cierta excitación. Le gustaba cuando se hacia una coleta, sobre todo, cuando la miraba con esos ojos ávidos de deseo mientras se hacía la coleta segundos antes de hacerle el amor. Se turbó, no lo pudo remediar. Pero aquella mínima excitación despareció cuando vio como una chica se acercaba a ella y le daba dos besos. Kristina dejaba la tabla puesta en pie sobre la arena y hablaba distendidamente. Entonces su emoción fue otra muy distinta, aquella chica era morena, alta, delgada y joven, aproximadamente tendría su misma edad. Aquello le hizo retirar la mirada de ellas y fijarse en el mar, pero entonces se percató que aquella emoción que sintió como una punzada de celos la estaban llevando a hacer con su pie derecho un agujero en la arena. De pronto le entraron ganas de marcharse. Cuando volvió a mirar vio como Kristina se despedía de ella y comenzaba a caminar hacia donde ella se encontraba. Al verla y reconocerla se detuvo. Parker retiró la mirada de Kristina que por un segundo no sabía qué hacer, su mochila estaba justo al lado de Parker. Frunció los labios tratando de serenarse. Cogería la mochila, la saludaría y se iría.

—Hola, voy a coger mi mochila.

—No sabía que hacías surf —su voz sonó grave.

—Hace poco que he empezado a practicarlo.

—¿Y tu espalda? —a pesar de llevar las gafas de sol puestas Kristina podía percibir la mirada dura.

—Mi médico me lo recomendó.

Guardaron silencio las dos. Parecía que ya no había nada más que decir. Kristina así lo entendió cuando Parker retiró su mirada mirando hacia el horizonte.

—Ingrid está con mi madre y Sam que han venido, no la he dejado sola.

—Bien.

—Adiós.

—Adiós.

Parker giró su cabeza justo hacia el lado contrario donde se marchaba Kristina, suspiró cerrando los ojos sintiendo cosas que le estaban alterando de una manera irracional. La vio marcharse hasta los vestuarios con la cabeza agachada y seguramente ese gesto serio que le dolió ver. Dio un resoplido fuerte. Y la voz de Alexis llegó hasta ella diciéndole que Kristina estaba mal.

En el vestuario, Kristina agradeció estar sola, se apoyó contra la puerta dando un resoplido parecido al de Parker, se pasó las manos por la cara completamente fuera de sí. No lo podía evitar estaba guapísima, había sido toda una sorpresa para ella verla. No esperaba ni por asomo que fuera a la playa. Estaba nerviosa y decidió darse prisa para marcharse lo antes posible de allí, ni se secó el pelo. Se cambió con rapidez, lo único que quería era irse sin mirar hacia donde estaba Parker. Mientras recogía sus cosas se lo repetía una y otra vez, nada de mirarla. Dejó apoyada su tabla sobre la pared. Abrió la puerta de golpe.

—¡Parker!

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