PARKER Y KRISTINA. MALDITA HERENCIA. Cap. 85

El equipo esperaba ansioso alguna reacción de Parker. Pero ella tan solo se había quedado de pie y quieta. En el mismo momento en que un dolor fuerte de hombro le provocó sentarse. No era capaz ni de sentir las dos quemaduras que llevaba en su brazo, la ansiedad por adelantarse a lo que pudiera hacer la estaba matando. Hizo una señal al detective y entraron todos excepto Wally.

—¿Era él, inspectora?

—No, era de seguridad me preguntaban si nos íbamos a quedar. Quiero que me hagan un favor, que se vayan todos a casa.

—¡Cómo! —Laura la miró con un sin fin de dudas.

—No vamos a poder hacer nada, hasta que él no dé un paso. Quiero que estemos frescos para mañana y veremos que podemos hacer.

—No tiene sentido, Parker.

—Por favor, Kim. No os lo estoy pidiendo os lo estoy ordenando. Iros y por Dios tened cuidado todos.

—Claro pero… —Alex la miraba sin entender su actitud.

—Hasta mañana —le cortó con rotundidad.

Todos salieron del despacho totalmente atónitos. Al hacerlo ella se levantó del sillón con un gesto evidente de dolor y fue hasta las persianas venecianas, tiró de los cordones hasta cerrar todas. Seguidamente cogió su agenda del primer cajón y marcó un número de teléfono.

—Buenas noches, ¿Don?

—Sí… ¿Inspectora? —sonó la voz medio dormida y aturdida del hombre.

—Sí, disculpe que le moleste a estas horas pero tengo que pedirle algo y ante todo tengo que pedirle total discreción.

—Usted dirá.

Mientras ella le pedía ayuda para salvar a Kristina, detrás de varios monitores de televisión de todos los tamaños, Ingo sonreía al ver como estaba obedeciendo su orden. Se sentía vencedor ante la debilidad de Parker.

—Mi padre siempre me dijo que uno solo debe quererse a sí mismo, es la única manera de no perder. Ya es mía, inspectora. Llevo muchos años esperando este momento.

Parker le explicó el caso sobre Kristina, el hombre se preocupó.

—Necesito ese dinero para mañana a las once y media.

—Dios mío, no sé si podré hacer algo así… digo sin levantar ninguna sospecha.

—No sé, Don, diga que es para algo urgente pero por favor, por favor… no diga nada sobre Kristina ¿de acuerdo? Me pasaré por la fundación para recoger el maletín.

—Claro, la llamaré para avisar.

—No, no, no me llame no voy a poder hablar desde aquí.

—Está bien. Pues… en ese caso me llama usted.

—Sí. Buenas noches y gracias.

Colgó el teléfono y cerró los ojos. Apoyó los codos en la mesa y se pasó las manos por la cara. Toda ella olía a humo. Y sintió el temblor de pies a cabeza, lo había intuido y fue incapaz de proteger a Kristina.

Para —se dijo mentalmente—. Esto es justo lo que quiere, que me sienta así. Culpable. Debo ser más inteligente que él, debo ganarle justamente en eso, en encontrar su debilidad como él ha encontrado la mía.

Salió del despacho para poder darse una ducha, apartarse de sí el olor penetrante a madera quemada que le recordaba el momento más amargo que había vivido. Antes de entrar al vestuario, se tuvo que apoyar en una de las mesas. Las palmas de las manos se habían aferrado al borde y sus dedos pulgares quedaban bajo de la madera. Cerró los ojos y murmuró:

—Tengo que hacerlo sola, no puedo fallar porque si hago algo mal, la matará. No sé si el final que busca es matarme a mí, pero si no hago lo que dice estoy segura que la matará a ella. Necesito pensar, ser más inteligente que él, meterme en su cabeza, solo así podré encontrarlo. Y sé que solo voy a tener una oportunidad. Pero debo hacerlo sola, enfrentarme a él no me va a servir de nada, solo voy a tener una oportunidad en el cementerio no creo que esté, esa tumba, justamente esa tumba el primer asesinado de su padre… ahí debe haber algo que me pueda controlar, quizás esa sea mi oportunidad y mi espacio tendrá que ser la casa de mi madre.

Se había dado una ducha larga y con agua fría. Necesitaba estar lo más espabilada que pudiera, agradecía tener siempre en su taquilla un traje chaqueta y una blusa de repuesto. Al ducharse fue cuando se percató que no solo tenía dos quemaduras en el brazo, la herida del hombro se había puesto morada y debía soportar un dolor agudo de espalda que fue donde recibió al golpe. Aún no sabía cómo estaba viva. Se miró en el espejo y se negó a sentir otra cosa que no fuera fuerza para rescatar a Kristina, tenía que pensar muy bien las palabras que iba a utilizar para hablar con él, debía estar atenta y saber que lo que le haría disfrutar sería verla mal, rogarle incluso pedirle cambiarse por ella. De nada servirían las amenazas que lo iba a encontrar, él sabía muy bien que no iba ser así. Porque como la rata que era se había escondido en su madriguera y desgraciadamente para ellos, había sacado mucha ventaja.

—No vas a poder conmigo —susurró en voz alta con seguridad.

En el reloj marcaban las tres y media de la mañana, fue a la sala de cafés y se preparó uno bien cargado para tomarse un calmante, al hacerlo le llegó la voz de Kristina con una sonrisa diciéndole.

¡Vas a destrozarte el hígado!

Como le gustaban aquellas riñas por su parte, como le gustaba que se ocupara de ella. Salió hasta la sala del departamento a esas horas oscura y solitaria. Recordó la cantidad de casos que había resuelto codo con codo con su equipo, la cantidad de asesinatos a los que se habían enfrentado, secuestros, bandas organizadas. Días repletos de angustia, incluso momentos en los que algún miembro del equipo se había visto implicado en algún ataque. Aquella sala había visto como sus hombres y mujeres se dejaban la vida para atrapar asesinos, para que ninguno quedara impune. Trabajaban sin descanso para lograr honrar a las víctimas. Suspiró con fuerza. Cerró los ojos y fue hasta sala de cámaras, allí Kristina se había puesto una fotografía de Minnie, sonrió al verla y recordó la impresión de ver a la gata tratando de proteger a las dos pequeñas. Recorrió aquella sala con la yema del dedo como si pudiera alcanzar la piel de Kristina.

A Kristina abrir los ojos le estaba costando un mundo. Sentía una opresión en el pecho extraña y la garganta seca. Comenzó a toser. Finalmente pudo mover los parpados. Al hacerlo vio oscuridad a su alrededor, tan solo escuchaba el sonido continuo de gotear agua y le llegaba un olor nauseabundo. No sabía dónde estaba solo sabía que algo muy grave había pasado.

—¡Parker! ¿Parker? —la llamó despacio.

El terror se apoderó de ella, recordaba como alguien la estiró del pelo hacia detrás y vio como algo se acercaba a su boca, lo último que recordó fue el sonido de una explosión. Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro, comprendía que había pasado. Ingo había logrado su propósito. No podía parar de llorar y notaba como el miedo se apoderaba de ella desde los pies a la cabeza.

—¡Hola!

Un potente foco de luz la enfocó al tiempo que Ingo la saludaba con una gran alegría. Kristina tuvo que girar la cabeza todo lo que pudo y cerrar los ojos.

—¡Ya te has despertado! Encantado de tenerte aquí.

Kristina no contestó tan solo escuchaba sus pasos, oía sus pisadas como si descendiera por unas escaleras metálicas. Entonces encendió la luz y el grito de Kristina recorrió toda la estancia.

En el departamento, Parker se había detenido ante el mapa de las fábricas abandonadas, lo miraba fijamente tratando de hacer lo mismo que el detective había hecho días atrás. Encontrar un punto de encuentro en los cuerpos encontrados por ellos y los cuerpos que en su día enterró Turner. El sonido del timbre del teléfono la sobresaltó. Corrió hasta su despacho y contestó.

—¡Si!

—Inspectora… ¡Qué bien le sienta el pelo mojado! Está siendo una noche larga ¿verdad?

—Bastante, sí. Quiero hablar con Kristina.

—Yo no dije nada de que iba a hablar con ella.

—Por favor, te lo suplico… por favor déjame escuchar su voz —le dijo cerrando los ojos.

—Eso está mejor, aquí quien pone las normas soy yo. ¿Entendido?

—Sí, sí —le respondió nerviosa.

—Ya he visto que se ha movido rápido para conseguir el dinero. Y que ha mandado a todo su equipo a dormir. ¿Qué va a hacer mañana? ¿Qué les va a decir? Tengo curiosidad.

—Eso es asunto mío.

—¡Vaya carácter! Me encantan las mujeres con carácter… no como mi madre, ni como mi abuela… ¿sabe para que sirve el corazón? Para ser presa. En la vida hay que saber elegir…

—Depredador o presa —le dijo ella.

—Vaya… veo que se acuerda.

—Está claro que tú quieres ser como tu padre, depredador.

—Me encanta que tengamos este entendimiento, va a ser divertido porque es usted una de las pocas personas capaces de estar cerca de mi nivel.

—Gracias —respondió ella poniendo gesto de fastidio.

—Voy a tener ojos donde usted no lo imagina.

—Me alegro porque no quiero que te quede la más mínima duda de que esto es entre tú y yo.

—¿Y quién piensa que va a ganar, inspectora?

—El mejor —Parker cambió su tono de nervioso a más tranquilo.

—Exacto.

—Tienes la oportunidad de demostrarme que eres mejor que tu padre.

—No tenga duda que lo haré.

—Tengo un nuevo móvil, el mismo número de teléfono.

—Perfecto. Así es más fácil estar en contacto. Y como veo que ya va entrando en razón… voy a dejar que su novia, por cierto demasiado joven para usted, le diga hola.

A Parker la piel se le erizó. Trataba de controlar todos los movimientos de su rostro, de su cuerpo, pero la ansiedad por saber que estaba viva pudo con ella. Se incorporó de su silla y los músculos de la cara mostraron su tensión.

—Parker… ¡estás viva! —susurró con un hilo de voz.

—¿Kristina estás bien? —le preguntó con ansiedad.

—Sí… Parker… ¿las peques?

—Están aquí conmigo, tranquila —respondió con un temblor ligero de voz.

—¡Bueno… ya la ha oído! Está bien y va a estar entera hasta que mañana usted me demuestre que puedo confiar en que hará el siguiente paso como debe. De lo contrario ya sabe que recibirá el dedo anular de su chica para que pueda ponerle esa bonita alianza.

—De acuerdo. ¿Volveremos a hablar?

—No lo sé… depende… no suelo decir lo que hago… aprenda eso, inspectora.

Cuando colgó Parker cerró los ojos y se tapó el rostro, rompiendo a llorar.

En aquella fría y lúgubre sala donde se encontraba Kristina, Ingo sonreía divertido.

—¿Qué pasa, no te gusta la compañía? Así no estás sola. Y puedes estar tranquila… no será por mucho tiempo. Tu querida novia está colaborando y va a ser todo muy rápido.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó llorando.

—¿De verdad lo quieres saber? Yo creo que estarías más tranquila sin saber la respuesta.

—¡Quiero saberlo! —le respondió con fuerza.

—Bueno… voy a conseguir que la inspectora sea un títere en mis manos.

—¡Eso no lo lograrás nunca!

—¿Ah, no?

—No.

—No me subestimes. Tú vas a ser quien la ponga a mi merced. ¿Quieres que apague la luz o prefieres ver tu compañía? No hables mucho a mi padre y a mi abuela no les gustan las charlas.

Tras aquello dio una sonora carcajada. Kristina empezó a temer por Parker. Si hacía las cosas tal y como él le pedía para salvarla a ella, acabaría pagándolo con su propia vida. Cerró los ojos sintió rabia, dolor y miedo.

—Parker… mi amor… espero que no lo hagas.

Por su parte Parker, cogió a Minnie y a las dos gatas pequeñas y salió del departamento. Había un veterinario cercano de guardia y las llevó para quedarse tranquila. El hombre chequeó a las tres, les dio leche para que pudiera darles de comer y comida para Minnie. Parker compró otra mochila donde poderlas llevar porque un vecino le dejó un transportín pero prefería tenerlas en una bolsa igual que la que tenía Kristina que Minnie ya estaba acostumbrada. Después, volvió al departamento. Iba a bajar del coche cuando su nuevo móvil le sonó. Cerró los ojos, allí estaba Ingo.

—¿Qué tal las gatas, inspectora?

—Bien, gracias.

—Como ve no le miento… no juegue conmigo.

—Voy a hacer todo lo que digas, espero que tú no le hagas daño a Kristina.

—La vida es muy perra ¿verdad? Ha ido usted a conocer a la mujer de su vida justo al final de su vida.

Aquel jovencito la estaba volviendo loca, le creaba una necesidad de gritarle hasta quedarse sin fuerza. La iba a desgastar además de seguir. Aunque no pudo evitar una mínima sonrisa al entrar al ascensor, ella también sabía jugar sus armas y había caído en su trampa.

La voz suave de Kim llamándola la hizo despertarse. Abrió los ojos.

—Tranquila… soy yo.

—Kim… ¿Qué hora es?

—Son las siete de la mañana. Mira las pequeñas están dormidas ¡quién iba a decirme que te iba a ver con tres gatas durmiendo! —le dijo cogiendo a las más pequeñas.

—Sí y a mí —sonrió con tristeza.

—Te he traído el desayuno. ¿Cómo te encuentras?

—Bien, gracias, Kim.

La ayudó a meter a Minnie en la bolsa y a las pequeñas. Parker se levantó con alguna dificultad pero agradeció que Kim la despertara. Lo único que estaba haciendo era tener pesadillas. El café con leche que le subió acompañado por croissant le iba a ayudar a despejarse, además de tomarse otro calmante.

—¿Te ha llamado?

—No.

—Trata de comer, Parker.

—No, gracias. Voy a beberme el café con leche.

—¡La vamos a encontrar, vale! —le dijo mirándola fijamente. Parker asintió sin mirarla—. Te dejo desayunar tranquila.

—Gracias.

El detective estaba fuera hablando por teléfono con alguien. El jefe Moss acababa de llegar y lo primero que hizo fue entrar al despacho de Parker. La vio de espaldas a la puerta mirando por la ventana.

—Inspectora.

—Jefe Moss.

—¿Cómo se encuentra?

—Bien.

—Estamos aquí ya dispuestos a trabajar con usted, juntos la vamos a encontrar.

—Lo sé —sonrió de lado. Al quedarse sola llamó al detective Adams—. ¿Puede venir un momento, por favor?

Al colgar, suspiró aquel día se le iba a pasar entre suspiros y lamentos que no dejaba salir de su interior para no mostrar tanta debilidad. El detective se asomó por la puerta.

—Pase, detective.

—Usted dirá, jefa.

—Necesito que me ayude.

En su sala, Ingo se puso en tensión, se estaba terminando su cola cao cuando aquella frase de la inspectora le hizo dudar. Se incorporó en su silla y subió el volumen de su televisor. A ella la veía perfectamente, a él lo veía de espaldas.

—Claro, jefa. Sabe que puede contar conmigo.

—Quiero que salga y dé una pista falsa para que todos se pongan a investigar.

—¡Cómo! —la miró serio.

—No me haga preguntas, necesito estar sola ¿de acuerdo? —le respondió mientras daba unos pasos por el despacho.

—¡No pienso hacer eso! ¿Qué es lo que pretende? ¿Se ha vuelto loca? —el detective Adams se mostraba serio y enfadado.

—Le he dicho que no me haga preguntas.

—¡No voy a dejar que se enfrente sola a ese monstruo!

—¡Detective! —le advirtió cerrando los ojos—. ¡Salga ahí fuera y dé una pista falsa!

—Como diga, claro. ¡Para algo es usted la jefa!

El detective se giró con gesto de no entender nada y cuando iba a salir se cruzó con un Wally totalmente descompuesto.

—Inspectora ¿puedo hablar con usted?

—Claro, ¿qué te pasa?

—Lo siento, pero mi mujer se ha puesto mal —se acercó hasta la mesa—. Necesito irme con ella al hospital. Pero sé que hay que buscar a Kristina y…

—No te preocupes está Alex, él y Laura se pondrán en ello.

—Lo siento.

—Ve y avísame con lo que os digan —se puso a su lado abrazándolo para tratar de calmar sus nervios

—¡Gracias, inspectora!

Resopló, parecía que todo se unía.

—Las malas noticias parece que nunca vienen solas.

Cogió su chaquetón, el bolso y a las gatas. A ellas las dejó en el despacho de Judi y salió nuevamente.

—Tengo que salir, voy a ir al hospital, el detective Adams tiene una pista que es con la que quiero trabajéis.

—Parker ¿vas a salir sola?

—Sí. Necesito que os pongáis a trabajar de inmediato, por favor. Detective necesito saber si esa pista es fiable y nos puede llevar a Kristina.

—Claro, jefa. ¡Ya la habéis escuchado! Vamos a la sala de familiares, al parecer hay una visión de la furgoneta negra que nos puede ayudar.

Iba metida en el ascensor cuando recibió una llamada.

—¡Bravo, inspectora! ¡Impresionante su estrategia! ¿Oye como la aplaudo?

—Por favor, estoy haciendo todo lo que dices, déjame escuchar a Kristina.

—No, tendrá que confiar en mí. Hubiera sido todo muy fácil si antes hubiera actuado como ahora. Espero con ansiedad verla con ese maletín.

En aquella sala fría en la que Kristina tenía atadas las dos manos y de esa cuerda salía otra que la mantenía atada por el pecho contra la pared. Además estaba acompañada por el cuerpo de Turner y el de la abuela de Ingo, veía horrorizada como había una mesa repleta de sangre. Estaban en lo cierto, por lo poco que alcanzaba a ver y por lo sonidos que recibía su escondite estaba en una fábrica. Trataba de no mirar lo que quedaba de aquellos dos cuerpos, ni los cuchillos que había expuestos sobre la mesa. Tragaba saliva pensando en Parker. Repasaba mentalmente lo que habían estado haciendo el día anterior y solo rezaba para que alguno de los drones que tenían preparados la localizara. Cerró los ojos y decidió que en lugar de ver dónde se encontraba iba a imaginar como iba a ser su vida futura junto a Parker y sus niñas.

Parker cogió el coche y salió del departamento. Antes de pasar por la fundación estuvo conduciendo un buen rato. Y se fue directamente hasta casa de su madre. Subió en el ascensor con la mirada pérdida en el suelo, el teléfono en la mano. Abrió la puerta y entró, dejó las llaves, el bolso y se fue hasta la cocina, dejó el teléfono sobre la mesa y abrió la nevera. Cogió algo y salió hasta su habitación. Una vez allí sin cerrar la puerta trasteó abriendo y cerrando armarios. Hasta que por fin paró y se sentó sobre la cama. Sacó de su bolsillo derecho lo que Wally le había puesto mientras lo abrazaba. Leyó mentalmente lo que él había escrito en el sobre.

—Inspectora, esto me lo dio Kristina por si pasaba algo.

Suspiró, abrió el sobre y dentro en un folio con la letra de Kristina escrito.

Cariño, sé que si lees esto es que ha pasado lo que tanto sé que temes, de igual modo temo yo por ti. Pero quiero que estés tranquila porque sé que vas a hacer todo lo imposible para salvarme. Si llega ese momento y no puedes hacerlo quiero que sepas que te amo con locura, que me has hecho feliz y que la vida a tu lado para mí ha significado lo mejor que me ha pasado. Te quiero y estoy segura que de alguna manera lograremos vencer, tú eres más inteligente que él. Parker, eres una persona maravillosa, una mujer extraordinaria y salimos de esta, mi amor… si salimos de esta te prometo que vamos a ser muy felices. Gracias por dejarme entrar en tu corazón, tú eres la dueña del mío.

Al terminar de leerlo sintió unas ganas terribles de llorar, pero no lo iba a permitir, no iba a permitir que el miedo y la tristeza se apoderaran de ella. Iba a luchar para poder hacer lo que Kristina le pedía, salvarla. Fue a la cocina, dejó sobre el banco una taza que hizo ruido y cogió todas sus cosas. Al mirarse en el espejo del ascensor se arregló el suéter que se había puesto dejando la chaqueta en casa.

Se dirigió hasta la fundación, una vez allí Don la hizo pasar con gesto preocupado al despacho. El hombre le enseñó el maletín con el dinero, Parker le agradeció que lo hubiera logrado reunir de una manera tan rápida. Le aseguró que una vez Kristina estuviera a salvo ella misma hablaría con él. Se despidió y subió al coche. Se puso las gafas de sol mientras ponía el teléfono sobre el soporte que llevaba en el coche. Con los nervios en el estómago llegó al cementerio. Eran las doce de la mañana todavía le quedaba media hora hasta llegar a la tumba. Ingo no le había dicho nada y no sabía si era buena o mala señal, lo que estaba segura era de que él no estaría allí. Durante diez minutos estuvo con los ojos cerrados tratando de relajarse para poder pensar, el móvil sonó.

—¡Inspectora! ¿Qué hace, relajarse?

—Te esperaba —le respondió con tranquilidad.

—Bien. Va a pasar una prueba de fuego que espero haya sido inteligente.

—Ya sabes que lo soy.

—Sí, lo es, pero también es policía y eso les puede.

—¿Cómo está Kristina?

—Bien… está en buena compañía —sonrió.

—Antes de ir a dejarte el maletín me gustaría hablar con ella.

—No, sabe qué, vamos a hacer algo mejor. La va a ver.

La intuición de Parker no le había fallado. Sabía que la iba a presionar y que mejor manera que mostrarle a Kristina. Su móvil conectó una señal, y la imagen que salió fue Kristina con las manos atadas y la cabeza caída hacia delante. A Parker casi se le detuvo el corazón.

—No te preocupes está bien, ¡Kristina! Levanta la cabeza, Parker te está mirando.

El control que estaba efectuando Parker para no perder la compostura era tan intenso que sin darse cuenta había clavado las uñas en el volante. Apretó los dientes y al ver que Kristina levantaba la cabeza aunque llevaba la boca tapada con una cinta, pudo respirar.

—Yo cumplo mi parte aún está entera.

—Déjame que yo cumpla la mía.

—Así me gusta inspectora. Ya puede ir a dejar el maletín.

Vio como la pantalla se apagaba y tras tomar aire salió del coche. Cogió el maletín y se dirigió hasta la tumba en la que le había ordenado lo dejara. Iba con paso firme quería saber qué había preparado, llevaba la pistola de manera que si necesitaba utilizarla podía sacarla con rapidez. Sus tacones resonaban por el cementerio, en ese momento el cielo se cubrió por nubes negras, y una espesa niebla comenzó a cubrir una parte, rápidamente le vino a la cabeza aquel sueño que había estado teniendo y que durante algunas noches había seguido viendo de manera recurrente. Sus ojos trataban de abarcar la mayor visión posible apartando aquellas imágenes de su cabeza. Se cruzó con alguna gente que salía del cementerio ante el cambio del tiempo, notaba como su corazón latía fuertemente, no estaba segura si la imagen que le había enseñado estaba grabada y él podría estar allí. Solo sentía las pulsaciones de su corazón latir a toda velocidad. Entró en el pasillo que llevaba hasta la tumba de aquella primera victima. A pesar del frío que hacía notaba como su cuerpo comenzaba a alterarse y un sudor frío se apoderaba de ella. En aquella zona no había absolutamente nadie. Giró la cabeza hacia atrás y la niebla bajaba de forma intensa aunque veía perfectamente a su alrededor. Estaba a escasos metros de aquella tumba cuando de repente una explosión llegó justo cuando ella pasaba. La onda volvió a hacerle caer rodó durante algunos metros y fue a darse casi de bruces contra un árbol. Su respiración era agitada, nuevamente se había golpeado la espalda, y ahí sí que se resintió. Nadie la ayudó, nadie acudió a ella. Fue el momento en que empezó a llover. Y tras unos instantes donde trató de recomponerse, él volvió a llamar.

—Me alegra saber que sí ha ido sola. Pronto tendrá noticias mías, muy pronto, inspectora.

—Hijo de puta —susurró Parker aunque él ya no la escuchó, tragó saliva y apoyó la cabeza contra el árbol, entonces la vio—. Lo sabía.

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Un comentario en “PARKER Y KRISTINA. MALDITA HERENCIA. Cap. 85

  1. Noooo puede ser que la haya secuestrado!!!! Madre mía pobre Parker nose como aguanta el tipo!!!!

    Si querida amiga ya estamos de vuelta, con la rutina y los trabajos!!!! Ahora ya nos queda continuar el camino para por fin tener nuestro bebé!!!!

    Ya queda menos….!!!!!

    Un abrazo enorme y espero que vayas bien dentro de lo que cabe…..

    Gracias por resistir

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