PARKER Y KRISITNA. UN AMOR INESPERADO. Cap. 101

NOS CAMBIÓ LA VIDA. PARKER.

Habíamos llegado de Zermatt donde pasábamos la mayor parte del tiempo. Íbamos a Nueva York cada tres meses, finalmente le di la razón a Kristina y allí estábamos mucho más tranquilas, pero sobre todo, éramos muy felices. Lo teníamos todo jamás pensé que podría vivir algo tan intenso llevábamos siete años juntas y seguía sintiendo las mariposas en mi estómago por Kristina, habíamos crecido tanto como pareja que a esas alturas nadie dudaba de que estaríamos siempre juntas.

El día que llegamos a Nueva York vino a recogernos Molly. Así de camino a casa nos contaba todas las novedades de la familia y la galería.

—Tu madre habla por los codos cuando quiere. No sabía que le gustaba tanto la lectura y le llevo libros. Le compré una lupa y está más animada.

—¿Ha preguntado por mí? —no perdía la esperanza.

—No. Ya sabes.

—Sí, ya sé —arrastré las palabras con tristeza.

—Pero yo creo que está agradecida de estar aquí, Parker.

—Gracias, Molly —le sonreí de lado—. Gracias por ayudarme con ella.

Llegamos a nuestra casa de las afueras de Nueva York estábamos cansadas del viaje y el cambio horario, siempre nos pasaba lo mismo al llegar, y los padres de Kristina ya sabían que iríamos a verles cuando nos recuperáramos. Hacía unos años que Kristina se había plantado con ambos, me lo contó después porque sabía que a mí no me gustaba la idea de tener ninguna atadura y menos condicionada por los demás. Y a ella empezaba también a cansarle que se quisieran meter en nuestra relación acudiendo a cenas, comidas o cuando ellos querían. Un día que llamó Alexis para que fuéramos a comer porque venía un familiar, Kristina se puso hecha una fiera ante mi mirada seria pero divertida, sus arranques me hacían reír.

—¡Eso no lo voy a permitir, ahí van a saber que he cambiado, vamos que si lo van a saber!

Por lo demás, Will y Luigi habían conseguido que Sara fuera una niña maravillosa, ella y su gato inseparable que la cuidaba, vigilaba y le daba todo el amor que necesitaba. Le estaban agradecidos hasta el infinito a Kristina, y yo me sentía orgullosa de ver cómo se había unido a mi pequeña familia, era una más y tanto Will como Luigi la adoraban tanto como ella a ellos, y yo disfrutaba de ver ese sentimiento mutuo.

Al día siguiente de llegar a Nueva York nos despertamos agotadas pero como siempre abrazadas y con ganas de batallar bajo las sábanas. Desayunamos juntas en el jardín bajo unos suaves rayos de sol.

—¿Qué vas a hacer hoy, mi amor? —me preguntó.

—Tenía pensado ir a ver a mi madre. Aunque no me diga nada pero que me comenten los médicos qué tal está. ¿Quieres venir?

—No que cuando voy yo se pone más nerviosa.

—Me da tanta rabia —puse gesto cansado mientras le besaba la mano derecha.

—Yo aprovecharé para ir a ver a mi madre.

—Genial, ¡primer día en Nueva York dedicado a nuestras madres! ¡Quién me lo iba a decir!

—¡No te quejes! —me riñó dándome un beso.

—Me quedaría aquí contigo.

—Tenemos deberes. Además mañana hay que ir a la galería.

—No te preocupes, Will lo tiene todo preparado, esta exposición va a ser todo un éxito.

—Me encanta como nos va la vida —me dijo mirándome a los ojos fijamente.

—A mí también, mi amor.

Nos besamos y volvimos a reír. Barajé la posibilidad de ir a ver a mi madre otro día pero Kristina se negó y casi me obligó a ir. Debía ir, insistió.

Me marché yo primero, ella lo haría después con su coche. Aunque no nos gustaba ir por separado era mejor porque Kristina se quedó un rato más en casa arreglando la ropa haría tiempo porque su madre tenía una reunión. Llegué a la clínica con un dolor en mi estómago que me hacía entender que volvía a enfrentarme a mi madre con ochenta y cuatro años que seguía sin perdonarme. No quería que me agradeciera nada, tan solo quería escuchar de su voz alguna palabra de comprensión. Entré y lo primero que hice fue hablar con el doctor. Me puso al día sobre su estado que se había estabilizado, había logrado mover la mano pero no así la pierna, por esa razón debía de ir en silla de ruedas. Pero me dijo que parecía ser feliz, estaba tranquila y las visitas que tenía la animaban. Will y Molly fueron una gran ayuda. Sorprendente pero Will después de todo lo que la odiaba por lo que me hizo, iba a verla dos veces por semana.

Al salir del despacho la vi en el jardín debajo de una sombra con su silla de ruedas sola. Algo me crujió en el alma sentí una pena intensa por aquella mujer que siempre estuvo a la sombra de su marido, que no fue capaz de levantar la voz ni una sola vez, bueno… sí… contra mí sí. Sacudí la cabeza porque justamente aquel pensamiento era el único que no quería tener, tomó aire y salió hasta el jardín. Junto a la silla de ruedas había una silla. Ya sabía lo que iba a pasar, me sentaría a su lado pero no me diría nada. Aún así, hice caso a las palabras de Kristina, “eres lo único que tiene porque le debe doler lo que hicieron tus hermanos. Literalmente se desentendieron de ella. Y no te lo dirá pero estará agradecida”. Kristina… ¡cómo había cambiado mi vida! ¡Cuántas cosas me había aportado! Era tan feliz a su lado. Pensar en ella me animó lo suficiente para sentarme al lado de mi madre.

—Hola, mamá. ¿Cómo te encuentras? —silencio, ni siquiera me miró—. He hablado con el médico y me ha dicho que has adelantado mucho, me alegra saberlo.

Y estuve allí sentada a su lado durante unos minutos, ella en silencio mirando el mismo horizonte que yo, pero estaba segura que nuestros pensamientos eran totalmente distintos. Ella estaría pensando qué demonios hacía allí, yo pensaba ¿por qué te cuesta tanto decirme algo? Como mis otras visitas, cuando estuve un rato, me levanté y me fui.

—Vamos a estar aquí en Nueva York, vendré a verte.

Era como hablar contra la pared pero lo hacía más por mí que por ella, ¡aunque a veces me preguntaba porqué iba! ¿Para qué? Era como una humillación. Salí y llamé a Kristina. Me llamó la atención tenía el teléfono desconectado. Me fui hasta la galería para adelantarme y ver qué tal estaban las cosas. Quería que Kristina estuviera tranquila porque lo había estado arreglando todo a través del ordenador, se había hecho una especialista en que cada exposición fuera un éxito. Al entrar estaban Molly y Will, como llegué sin avisar, al verme se llevaron una gran alegría. Después de los abrazos y besos me explicaron como iba la exposición.

—Mañana ya estamos aquí. Pero bueno… creo que no hace falta os manejáis muy bien.

—Pues sí, querida mía, Kristina desde la distancia lo ha organizado todo a la perfección, pero sabes que tú eres mi diosa de la suerte y necesito que me des tu visto bueno.

—¡Lo haré, cariño! —le dije a Will acariciándole la cara.

—¿Y Kristina?

—Ha ido a hablar con tu madre —respondí a Molly.

—¿Mi madre? —me miró sorprendida.

—Sí, eso me ha dicho —al ver su gesto me alertó—. ¿Qué pasa?

—Mi madre tiene un juicio y va para largo. Hoy estará en el juzgado, bueno quizá han quedado para tomar un café en su descanso.

Me extrañó. Y no pude evitar un gesto de preocupación. ¿Me había mentido? ¿Qué necesidad había de mentirme?

—¿Mañana no es vuestro aniversario? —me preguntó Molly.

—¡Dios! ¡Ahora que lo dices se me había olvidado! —dije de pronto poniéndome la mano en la frente.

—¡Eres un desastre, Parker! —me riñó Will—. Seguro que está comprándote cosas y tú sin reparar en ello.

—Mierda pues no he comprado nada. Os dejo y voy a ver qué le compro.

Los dos se burlaron de mí y me marché dando una carcajada. Respiré aliviada porque ella no sabía que iba a ver a Molly quizá por eso me dijo la mentirijilla. Sonreí porque al día siguiente haría siete años que estábamos juntas, ¡los mejores siete años de mi vida! Tenía claro que le iba a regalar aquel año, parecía que su instinto maternal se había despertado, a mí ya no me parecía tan mala idea, aunque me asustaba un poco la idea de criar a un hijo, pero veía a Kristina que últimamente se mostraba muy cercana a los niños. Su conexión con Sara y sus sobrinos era total. No lo dudé, me fui a una de las clínicas en las que podíamos tener el proceso para que Kristina pudiera hacerse el chequeo. Pedí cita y le preparé la sorpresa en un bonito sobre rosa. En el momento llegaba a casa sentí como si estuviera frente a un precipicio, ser madre no lo había deseado nunca, pero también era verdad que no quería gatos y en casa andaban seis y a todos los amaba por igual. No le daría el regalo hasta el día siguiente, vi que el coche estaba allí, me había adelantado con las compras.

Abrí la puerta con una sonrisa amplia.

—¡Cariño estoy en casa!

Pero no me contestó, fruncí el ceño, dejé el bolso y la chaqueta. Me arreglé el pelo.

—¿Kristina?

—Estoy en el comedor.

Fui hasta allí pero al verla me quedé paralizada. Estaba de pie en medio del comedor como si estuviera deseando que llegara, en su rostro la seriedad y sin saber qué pasaba me acerqué a ella.

—¿Qué te pasa, cariño?

—Siéntate —su voz sonó extraña. Nos sentamos, tomó aire y me dijo—. Tengo cáncer de pecho. Me lo acaban de diagnosticar.

Mi mundo se vino abajo, el corazón comenzó a latir con una fuerza inusual. Los ojos se me llenaron de lágrimas, el corazón de pánico y no encontré ni una sola palabra que decir. El terror que sentí me paralizó.

EL DIAGNOSTICO. KRISTINA

Dos días antes de volver a Nueva York, regresábamos de una de nuestras caminatas por el monte. Parker iba a preparar la comida mientras yo me duchaba. Me estaba secando cuando noté algo extraño, enarqué las cejas pensando que era la toalla, pero al retirarla y pasar la mano por mi pecho izquierdo noté como algo que nunca había estado, ahí estaba. Algo que me hizo temblar de pies a cabeza. Me miré en el espejo y vi reflejada una expresión de terror. Me pedí calma, volví a tocarme.

—¡Kristina, cariño, esto ya está!

—¡Ya voy, un minuto!

Traté de evitar el temblor de mi voz.

—¿No querrás que suba yo, no? —su pregunta sonó con esa picardía que le gustaba utilizar cuando se ponía en plan seductora.

—Ya bajo, ya bajo.

No quería que subiera, no quería que viera ese gesto que yo estaba viendo en el espejo. Cerré los ojos y pensé “no te preocupes, no es nada malo, igual se me ha inflamado algo”. “¡No tiene por qué ser grave!”. Me vestí corriendo y bajé a comer.

Durante esos dos días traté de disimular en cuanto llegáramos a Nueva York iría mi médico para que me examinara y dictaminara qué era. De vez en cuando me tocaba y aquello seguía allí. Evité que Parker me tocara por si lo notaba, no fue fácil porque nos despedimos de Zermatt a lo grande, necesitaba tener mi cabeza bien entretenida para no pensar ni morirme de miedo. De hecho la noche que pasamos en Nueva York no dormí. Trataba de visualizar el momento en que me dijera que se me había podido inflamar una glándula mamaria que estuve mirado en Internet, pero de cuando menos lo esperaba se cruzaba el pensamiento “¿Y si es cáncer…?” “¿Y si me muero…?” Entonces me abrazaba más fuerte a Parker sintiendo el peor miedo que pude sentir, ni cuando James estaba tratando de volverme loca sentí tanto miedo. Tocaba con fuerza a Parker sin darme cuenta, necesitaba que las yemas de mis dedos tocaran firmemente su piel “¿Y si no volvía a tocarla?”. “¿Y si me moría?”. Entonces llegó la voz de mi hermana Molly “¡¡No empieces con tus Y SI!!”. ¿Qué haría mi familia sin mí? Les iba a destrozar, mi madre… mi padre… Cuanto más lo pensaba más apretaba a Parker.

—Cariño… ¿qué te pasa? —me preguntó medio dormida.

—Nada —respondí con un nudo en la garganta.

—Me estás haciendo daño.

—Estaba soñando.

—Descansa, mi amor.

Cerré los ojos y traté de tatuarme ese mi amor en mi memoria, con su voz, con su ternura para que si me iba a morir fuera escuchando esa voz que me volvía loca de la mujer que me había hecho feliz.

Por la mañana cuando me levanté, me lavé la cara no quería preocupar a Parker porque si era una tontería bastante que pasara yo el mal momento. La vi ilusionada por quedarse en casa pero justamente ese día no podía dejar que ocurriera, en otras ocasiones había sido yo quien había insistido en que nos quedáramos en la cama. Casi la obligué a ir a ver a su madre. Se despidió de mí con varios besos, su sonrisa maravillosa y una palmada en mi culo mientras se mordía el labio. A mí me parecía una locura que a pesar de haber pasado siete años siguiéramos sintiendo el mismo deseo o más que al principio, las mismas ganas de estar la una con la otra aunque fuera tumbadas en el sofá cada una leyendo un libro. “¿Y si me moría… qué haría Parker?” La despedí moviendo la mano y al cerrar me apoyé en la puerta rompiendo a llorar.

—No puedo llorar antes de tiempo… seguro que no es nada.

Me lavé el rostro cogí mis cosas y me marché al hospital. Iba con las pulsaciones a toda velocidad y nada más pensaba en cosas horribles, tanto fue así que estuve a punto de tener un accidente con el coche. Por un momento pensé en llamar a Parker porque el miedo me tenía paralizada pero no quería que ella también estuviera mal. Por fin llegué al hospital, me pasaron a la consulta de mi médico y su cara tras palparme el pecho me preocupó. Me mandó una mamografía, ecografía y me hizo esperar. Fueron los veinte minutos más largos de mi vida, desconecté el teléfono por si se le ocurría llamarme a Parker. No podría disimular mi estado de nervios. Cuando por fin me hizo pasar su cara ya me demostró que lo que me tenía que decir no era nada halagüeño.

—Kristina tienes un tumor. No quiero perder tiempo mañana mismo vendrás para hacerte una biopsia y te dejaré ingresada, si creemos oportuno mañana mismo te operamos.

—Pero… ¿me voy a morir?

—Todas me hacéis la misma pregunta con la misma angustia. Tenemos que ver en las condiciones que está y qué ha afectado.

—¿Me cortaran el pecho? No quiero que me corte el pecho —dije llorando.

—Kristina… deberías llamar a Parker.

—No… no… se preocupará y es capaz de saltarse todos los semáforos —respondí sin poder retener mis lágrimas.

—Vamos a luchar juntos por superarlo, ¿vale? Y haremos lo que haya qué hacer.

Rompí a llorar porque en ese momento pensé ¿cómo se lo iba a decir a Parker? ¿Cómo se lo iba a tomar? Parker no era fuerte para estas cosas, si cuando me resfriaba o me dolía la cabeza se preocupaba ¡no quería imaginar cómo iba a asimilar algo así!

—Tengo cáncer —susurré en el coche.

Necesitaba salir corriendo, necesitaba el abrazo de Parker. Cogí el teléfono pero me temblaban las manos, me estaba ahogando el miedo me estaba paralizando.

—Respira… respira…

Me ordené mientras cerraba los ojos con fuerza. Debí controlarme no podía venirme abajo me quedaba lo peor decírselo a Parker sin derrumbarme. Apoyé la frente en el volante y suspiré.

Una vez llegué a casa, lo hice con la angustia agarrada a mi pecho. Bebí agua para tranquilizarme, había visto que Parker me había llamado no quería que se preocupara, cuando le iba a devolver la llamada escuché el coche llegar. Me froté las manos. Me temblaba todo no sabía cómo decírselo. Me quedé de pie en el medio del comedor, oí su voz feliz y sonreí. Sabía que quizá esa voz radiante no volvería a escucharla. Me pasé la lengua por los labios seguía sintiendo la angustia, las palpitaciones deseaba que llegara cuanto antes que apareciera ante mí.

—¿Qué te pasa, cariño? —vi el cambio en la expresión de su rostro, vi como de la sonrisa pasaba a la preocupación.

—Siéntate —mi voz tembló “¿cómo se lo digo?” Era mi obsesión, no quería hacerle daño—. Tengo cáncer de pecho. Me lo acaban de diagnosticar.

Ambas se miran con gesto realmente triste por primera vez.

Fue el peor momento de nuestras vidas —susurró Parker.

Lo más difícil fue decírselo. Para mí fue lo peor.

Y se cogen la mano, entrelazan los dedos mirándose con una sonrisa débil en los labios.

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