LORENA Y LA RATA. Capítulo 2

II

Salió de la cocina muerta de risa, si alguna cualidad tenía Dolores, eran sus sarcasmos y sus dobles sentidos, subió con la bandeja en sus manos y al abrir la vio apoyada sobre la ventana mirando fijamente el jardín. Al oírla se dio la vuelta con cara triste.

Qué bonito.

Sí. Vamos toma, creo que esa delgadez dice que comes poco.

Caray nunca había visto tanta comida para mí.

¿Nunca?

Bueno, cuando mi madre me la hacía pero era muy pequeña y ya ni me acuerdo.

¿Por qué vives en la calle, Laura?

Es una historia muy larga y triste, no tengo muchas fuerzas ahora, si me permites –miraba la comida con gesto de hambruna—, no puedo dejar que esta maravilla se enfríe.

Perdona, tienes razón.

Te agradezco que me ayudaras. No todos lo hubieran hecho.

No hay de qué. Mañana hablamos.

No te preocupes, mañana mismo me iré.

Cuando terminó de cenar, Lorena trató de centrarse delante de su ordenador pero cuando empezaba a dibujar como sería su nuevo trabajo, se distraía con facilidad, en su pensamiento la última traición y el último desengaño que la empujaba a un desconsuelo que no cabía dentro de su pecho. Se levantó tirando con rabia el lápiz que había mordido, tenía que tratar de olvidar aquella mujer que tanto daño le había provocado a cambio, de un amor entregado.

Se apoyó en la ventana mirando la luna con tristeza, había sido su segunda relación seria, la primera la recordaba con cariño, se llamaba Luisa, tenía diez años más que ella, era editora, su primera editora. Se enamoraron rápidamente y compartieron amor y trabajo con el mismo ahínco, pero el tiempo y sobre todo la fama de Lorena hicieron que la relación fuera enfriándose. Quedaron como amigas aunque nunca más volvieron a verse ya que Luisa se marchó a Florencia. Su segunda relación y por la que ahora tanto lloraba, había sido con una mujer que comenzaba en el mundo de la escritura, le había pedido ayuda en su primer libro pero ella se enamoró, se enamoró perdidamente aún siendo avisada por Dolores, que le prevenía de la frialdad de esa muchacha y sus ganas de triunfar a su costa. Pero su amor le impedía ver en realidad aquello, cuando publicó el libro, cuando conoció a todo aquel que se movía por el mundo de las letras gracias a Lorena, le dijo ahí te quedas, se marchó con una maleta repleta de ropa comprada por ella, con el ordenador portátil comprado por ella, y al piso que ella le había alquilado para concentrarse mejor. Ese día se apagó su corazón, existía pero no sentía, Dolores trataba de animarla pero nada daba resultado, ni su mejor amiga y mánager Cristina, había logrado sacarla del mundo de torturas en el que se había dejado arrastrar. Su inspiración parecía haberse mudado con aquella traidora y se sentía perdida. Tenía un contrato firmado que debía cumplir, pero ni siquiera sabía que tema iba a desarrollar en su novela.

Después de un breve llanto de rabia, volvió al ordenador, pero su concentración era tan poca que escuchó con sutileza como se abría la puerta de aquella inquilina que tenía dos cuartos más a la derecha. Se asomó y la vio con la mano en el costado.

¿Te pasa algo?

Me duele.

Espera, ven.

La llevó a ese cuarto donde ella trabajaba, aunque últimamente sólo lloraba, la ayudó a recostarse en un cómodo sofá para cuando el sueño le vencía y le llevó un calmante. La tapó con una manta escocesa que siempre tenía a mano, y se sentó a su lado. Le sonreía pero sus ojos mostraban una pesada tristeza, que fue captada por Laura.

¿Estás trabajando a estas horas?

Sí.

Entonces no te molesto –hizo amago de levantarse.

No me molestas tranquila –le detuvo el brazo—. En realidad, no puedo trabajar.

¿Por qué? –la miró confusa.

Se me fue la inspiración, no sé que escribir.

¿Escribir?

Sí, soy escritora –aunque siempre trataba de decirlo con la máxima humildad, le salía un tanto de orgullo por conseguir algo tan difícil—. Una escritora sin inspiración.

Vaya, ¿eso es como un barco sin capitán?

Más o menos –sonrió—. ¿Y cómo es que vives en la calle?, antes no me contaste.

Ay –suspiró profundamente—. La vida que es caprichosa.

¿Siempre estuviste en la calle?

No. Nosotros éramos una familia feliz, mis padres y una hermana más pequeña que yo. Mi padre era taxista, mi madre limpiaba por las casas, yo me encargaba de mi hermana pequeña, todo normal hasta que mi padre murió.

Lo siento –le dijo con pena mirándola fijamente.

Mi madre vivía para él y se trastornó, como no iba a trabajar no podíamos pagar el alquiler, las vecinas llamaron a las asistentas esas que se creen dios, vinieron y se nos llevaron del lado de mi madre.

¿Qué edad tenías?

Nueve años. Estuve un año allí, y me escape.

Dios mío –murmuró asombrada.

Mi hermana se la llevaron una familia pero yo era mayor y no me quisieron. Así que con diez años me marché a la calle y hasta hoy.

¿Y cómo hiciste para sobre vivir?

Tuve suerte, una noche estaba muerta de frío en una esquina y una señora se me acercó, maldijo todo lo que pudo y me llevó con ella.

¿A su casa?, bonito gesto.

No, a su casa no. A su callejón, era la Puerca, con ella me he criado para la calle, con ella he pasado por todos los bancos de la ciudad –sonrió—. Ahora está vieja pero sigue siendo la Puerca.

La Puerca —murmuró algo atónita.

Te juro que no sé como se llama, siempre ha sido Puerca.

¿Y no sabes dónde está tu hermana?

No.

¿Y tu madre?

Murió poco después de llevársela, se volvió loca, si me hubieran dejado a su lado, yo le habría hecho reaccionar.

Debe ser duro.

Pues sí, pero esto es lo que hay y una no puede estar quejándose hay que vivir y ya está.

Pues sí. Es una buena forma de ver la vida. ¿Estás mejor?

Sí, la verdad que tenía un fuerte dolor iba a ver si tenías coñac.

¿Bebes?

No, pero es lo que me da la Puerca, yo no sé lo que es un calmante a no ser que sea coñac o vodka.

Sonrieron ampliamente, para después seguir hablando de la calle, de sus peligros de esas bandas que les estaban amargando la vida, de sus momentos más angustiosos cuando la Puerca se enfermó y no podía darle nada, hasta que consiguió cargarla al hombro y llevarla a un hospital. Le contaba divertida como la sacó de allí porque al verse en la habitación de un hospital y oler a limpio, empezó a gritar como loca contra las madres de todas las enfermeras. Lorena la miraba y sonría con sus divertidas expresiones, aventuras, pero también se apenaba cuando hablaba de los riesgos de la calle. Cuando amaneció se dieron cuenta que no habían parado de hablar, decidieron acostarse un rato para recuperar aquella noche de charlas.

Aún no eran las ocho y media de la mañana cuando Dolores entró en la habitación, le abrió la cortina y le quitó de un golpe seco la sábana.

Vamos, ¡fuera de la cama!

¿Qué? –murmuró dormida plácidamente sin abrir sus ojos.

¡Que te levantes, niña! –le gritó—. A mí no me la das, venga fuera de la cama y fuera de la casa.

Laura la miró detenidamente acurrucando sus ojos pero la mujer no le dio tiempo ni siquiera a abrir la boca, le tiró un chándal viejo de Lorena y con gesto seguro le hizo levantarse. La miraba fijamente sin darle un segundo de descanso, ni de mínima aflicción ante sus gestos de dolor. Cuando la vio vestida le hizo una señal con los ojos enfurecidos hacia la puerta, Laura pasó por delante sin decirle nada, bajó las escaleras y se fue hacia la cocina.

No creas que te voy a dar el desayuno, largo.

Despídame de Lorena, sólo quería agradecerle su ayuda.

Cuando vio como se marchaba suspiró fuertemente. Pero por detrás de ella y con aspecto de cansancio apareció Lorena.

Buenos días, tata. ¿Aún no ha bajado Laura?

Sí.

Perfecto, tengo que hablar con ella.

Se ha marchado.

¿Qué? –la miró aturdida.

Le dije que se marchara.

¿Cuándo se ha ido?

Ahora.

Después de mirarla con expresión de enfado, salió con el pijama y la bata por el jardín, no le costó mucho encontrarla porque se había sentado en la esquina de su casa. Al verla suspiró. Se dirigió hasta ella con gesto de disculpa.

Perdona, Laura.

Tranquila, ya me iba, sólo estaba oliendo el aroma de las rosas.

Será mejor que vuelvas a casa.

No, no. Ya estoy bien y mi lugar está en la calle.

Por favor, mira, anoche me ayudaste, me diste la oportunidad de empezar una nueva novela.

¿Yo? –la miró sorprendida.

Sí, tú. Necesito que estés a mi lado, quiero que me documentes sobre la calle y sus peligros y bueno… en definitiva te necesito quien mejor que tú para contarme.

Caray —con la compañía de la sonrisa de Lorena, se levantó pero cuando iban a entrar le dijo—. Oye Lorena, verás yo no quiero ser un problema para ti.

¿Lo dices por la tata?

No me puede ver, aquí entre nosotras –dio una carcajada.

Sonrió con ella, para encaminarse a la casa. Una vez dentro, Dolores estaba en la cocina con el ceño fruncido. Lorena le dijo con seguridad que se sentara para compartir el desayuno. La mujer la miraba con ganas de apretarle el cuello mientras Laura la miraba sonriente.

Tata, Laura me va a ayudar con el nuevo libro que empecé anoche, así que va a pasar aquí algún tiempo.

Dolores la miró con los ojos acurrucados juntando los labios, como tratando de callarse las palabras que estaba dispuesta a disparar contra esa muchacha que no le gustaba nada. Después del desayuno, Lorena se llevó a Laura al centro para comprarle algo de ropa, ella se negó con rotundidad pero la escritora decidida a ayudarla la vistió de pies a cabeza. La arreglaron en una peluquería cortándole el pelo que se notaba que hacia mucho tiempo que no se lo había peinado ni lavado, incluso una vez finalizaron la sesión con ella, prefirieron desinfectar todo. Iban en el coche cuando Laura le dijo.

Te agradezco que me hayas comprado esto, pero en la calle no lo voy a utilizar.

Espero que no vuelvas a la calle.

¿Cómo que no? –la miró perpleja.

No.

Caray —Lorena sonrió ampliamente.

Los días los distribuían para poder trabajar de la mejor forma posible, por las mañanas, Laura le contaba como había sido su vida, día a día, desde la muerte de su padre hasta el mismo día que entró en el coche huyendo de quien querían matarla. Por la tarde, Lorena se ponía a escribir sobre las notas que tomaba mientras Laura le contaba. Estaba tan metida en su trabajo que a veces le pasaba la hora de la cena y no se acordaba. Mientras tanto Laura recorría la casa, el jardín, pero sobre todo huía de Dolores que desde que vio su cambio a costa de Lorena, todavía la veía de peor manera.

Una de las noches, una vez finalizaron la cena Lorena quiso salir a tomar un poco el aire de la primavera, Laura la acompañó con un vaso de leche que era lo único que bebía. Hablaban de la luna y las estrellas, sobre todo Lorena, sonreía porque las locuras de Laura la hacían sonreír aun cuando su corazón estaba triste.

Oye Lorena, y como es que estás soltera. ¿No te has casado nunca?

No, nunca.

Los hombres son idiotas –sonrió.

Soy lesbiana –Laura tiró todo el sorbo que había bebido de golpe mientras Lorena daba una gran carcajada—. ¿Te ha sorprendido?

Eres la primera lesbiana que conozco tan de cerca.

¿Y?

Bueno –carraspeó mientras Lorena la miraba divertida como se limpiaba la boca con la manga del jersey—, pensaba que eran mujeres con aspecto de hombres.

No todas somos así.

Ya lo veo.

¿Estás bien?

Sí, sí. Entonces ésa que está en tu despacho no es tu hermana como supuse.

No, fue mi última pareja.

Por eso tu tristeza –asintió con dolor—. ¿Y para qué la tienes ahí?

Es Dolores, es su forma de hacerme ver que esa mujer me hace daño por si vuelve.

Caray, esta mujer tiene unas formas bien raras para hacer las cosas.

Con una amplia carcajada Lorena respondió su frase y más que su frase su divertido gesto ante el comentario. Después, Lorena habló de su última pareja aquella de la foto, y Laura pudo darse cuenta que aún no la había olvidado.

Anuncios

2 comentarios en “LORENA Y LA RATA. Capítulo 2

  1. Hola la verdad, recien te empiezo a seguir y ya que eres escritora y como tambien me gusta escribir y contar historias, me gustaria que veas mi blog y me des tu opinion, mi blog es una autobiografia y mi idea es hacer las entradas entrelazadas unas a otras para que al final termine en un libro. espero recibir tus comentarios muchas gracias

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s