LORENA Y LA RATA. Capítulo 4

IV

Las dos se acercaron lentamente, Lorena rodeó su cintura con sus manos, apoyó a Laura suavemente contra la pared mirándola fijamente a los ojos, con dulzura besó suavemente los labios de Laura que sentía que de un momento a otro se iba a desmayar. Las respiraciones fueron creciendo de igual manera que el deseo que ambas sentían. Lorena comenzó a desabrochar la camisa de Laura que miraba con pasión como las manos de aquella mujer tocaban su piel, sintió como si solo existieran ellas. Pero de pronto algo la hizo detenerse, la miró con dudas pensó que era una mujer, que no podía continuar, no sabía que estaba pasando, entonces Lorena reconoció en aquellos ojos la duda y lentamente se marchó. Laura se sintió estúpida, pero tuvo miedo de ir tras ella, estaba segura que le había hecho daño aquella vacilación. Puso su mano temblorosa sobre la frente y resopló con fuerza. Trató de tranquilizarse, abrocharse la camisa y pensar, pensar qué le estaba pasando eran tantas cosas de repente, de golpe, sin descanso, todo se había producido tan rápido que se le estaba yendo de las manos, pero sobre todo, pensó en la verdad oculta, aquello le hacía sentirse peor.

Con el pensamiento lleno de contradicciones, abandonó Lorena aquel barrio, suerte tuvo que pasaba un taxi para poder escapar de aquel suburbio, justo cuando se subía al taxi, por el callejón apareció Laura llamándola pero tal era su desconcierto que no la oyó. Cuando llegó a casa, se dirigió directamente al cuarto, se quitó la ropa, se miró en el espejo y rota en mil pedazos se metió en la cama. Se sentía estúpida se había dejado llevar por sus sentimientos, sin pensar que quizá, Laura, había tomado esa decisión por gratitud, aquella idea le obsesionaba.

Laura llegó exhausta a la casa, se sentía mal consigo misma porque deseaba que ocurriera pero ella misma lo había echado a perder. Subió las escaleras como si se le terminará la vida. Cuando llegó a la puerta, suspiró profundamente buscando fuerzas para expresarle su perdón por haberse comportado así. Entonces abrió y la vio sentada en la cama con la cabeza agachada.

Lorena perdóname por favor.

No tengo nada que perdonarte. No me gusta que me quieran engañar.

Yo no te he engañado –llegó a ella asustada, un terror se desplegó en su interior por ser descubierta—. Sólo que…

Quisiste pagarme así lo que hice por ti, no hace falta que me lo digas.

No –se apresuró a ella mirándola con pena—. Te deseo, te deseo de verdad, pero jamás pensé que esto me pudiera ocurrir y… Lorena, yo creo que me gustas. Pero nunca me ha gustado nadie y…

¡No me engañes más por favor! —exclamó con una sonrisa irónica.

Te quiero –le murmuró con ternura.

Laura…

Esta vez fue Laura quien llevó la iniciativa, la besó con deseo con ganas de no fallar, la ternura con la que se habían tratado en aquel cuarto húmedo, pequeño y pobre, dejó paso a la pasión en aquella hermosa habitación. Las dos se devoraron ardiendo con una pasión enardecida hasta que el cansancio no les permitió seguir, y se fundieron para dormir abrazadas.

Cuando despertaron, ambas estaban repletas de ese sentimiento que Laura pensó era como decía la Puerca pegajoso, peligroso y cuanto más lejos mejor. No era otra cosa que el amor, pero que a ella en ese momento en que Lorena la abrazaba fuertemente mientras la besaba entre sonrisas, le parecía lo más maravilloso del mundo. Lorena parecía que había vuelto a renacer, se sentía correspondida, le había dado fuerza para reincorporarse de sus cenizas, de su dolor intenso y surgir de nuevo como el Ave Fénix. ¿Enamorarse? Mejor averiguar lo que ambas sentían que solo lo que ella percibía en su corazón.

¿Sabes lo qué vamos a hacer Laura?, tengo una casa en la playa, me apetece descansar de toda esta vorágine que hemos pasado desde que entraste en mi coche.

Caray es verdad –sonrió mientras la acariciaba con ternura.

Aunque sean tres días, ¿qué te parece?

Mientras esté a tu lado, me da igual dónde.

Te quiero.

Lorena, si supieras todo lo que he sentido cada vez que me mirabas con esos ojazos que tienes, mi reina. Sentía que mi interior se volvía loco. Era como… como…

Como si el corazón fuera a explotar.

¡Exacto! —exclamó feliz.

Lo mismo sentía yo y era algo que tampoco me había pasado. Dolores siempre me decía que lo mejor estaba por llegar y no se equivocó –la besó.

La tata –murmuró mordiéndose el labio inferior.

No te preocupes por ella, lo entenderá.

Eso espero, porque sino, me matará.

Ambas sonrieron fuertemente, cuando Lorena le confirmó a Dolores lo que ella veía venir, también le dijo que Laura temía su reacción y le suplicó que fuera comprensiva con ella. Desayunaron juntas en la cama besándose, amándose, mirándose, llenándose la una de la otra. Cuando Lorena empezó a preparar la maleta, Laura bajó a coger algunas cosas que le pidió, entonces se encontró con la cara de Dolores, sus ojos mostraban furia y su voz sonó fuerte, sin titubeo posible.

Ya lo conseguiste, ¿ahora qué?

Laura agachó la mirada, pasó por su lado y cogió lo que buscaba. Cuando se marcharon, Dolores siguió renegando contra esa mujercita que se había entrometido en la vida de Lorena, no sabía qué había en ella, pero no se fiaba.

La casa de la playa era pequeña, tenía un comedor con un sofá de tres plazas, una habitación pequeña pero con un gran ventanal que les permitía desde la enorme cama, ver el mar y una cocina rectangular no muy grande pero con todos los electrodomésticos necesarios. Laura ni en sus mejores sueños había visitado algo igual, pero cuando salieron por la puerta de la terraza de la habitación y vio la piscina, se quedó boquiabierta exclamando un “caray” que salió de su alma ante la carcajada de Lorena.

Creo que esto es demasiado para mí.

¿Quieres que nos bañemos?

No sé nadar.

Yo no he dicho que vayamos a nadar.

La abrazó con una sonrisa repleta de felicidad. Y suyos fueron los tres días, nunca antes ninguna se sintió tan arropada, tan amada, tan protegida, era un entorno repleto de ternura que jamás pensaron que podía suceder. Fueron tres días mágicos para las dos, donde todo transcurrió como si de una novela de hadas se tratara. La última noche que estuvieron juntas, Lorena dormía plácidamente con un gesto de tranquilidad, de sosiego, mientras Laura la miraba con dolor y lágrimas.

El mismo día que volvieron, se iba a dar la cena que había preparado su madre, durante estos días Laura le propuso a Lorena no asistir para no crearle problemas con ella. Pero si algo había hecho era no esconder nunca sus parejas, la gente que la conocía sabía de su homosexualidad y a excepción de su madre, todos lo aceptaban. Pero la vuelta también les hizo volver a la realidad, y esa realidad era la que más temía Laura, andaba cabizbaja por la casa cuando se cruzó con una Dolores que con la mirada le clavó un descabello.

Conforme iban llegando los invitados, quince en total, Laura iba sintiendo más temor, Lorena trataba de que se sintiera relajada y la llevaba cogida de su brazo, cuando su madre la vio allí estuvo a punto de darle un síncope. Todo estaba bajo control pero el último invitado que llegó, un joven muy bien parecido que en su día estuvo enamorado de Lorena y hasta tranquilizó a su madre que con su hombría la sacaría de aquel error. Pues el joven una vez besó a Lorena se encontró con Laura llenando el momento de incertidumbre.

Mira Juan, esta es Laura, mi compañera me está ayudando además en el nuevo libro.

—¡Por todo lo que tengo que diría que eres la que me robó la cartera a punta de navaja! —Lorena la miró y vio como se iba quedando blanca—. ¿Tienes una hermana gemela o algo así?

Juan, ella no era aquella muchacha te lo aseguro –dio una carcajada tratando de salvarr el momento. Al quedarse solas la miró fijamente preguntándole—. ¿Fuiste tú?

Sí. Será mejor que me vaya.

De ninguna de las maneras. Eso fue en el pasado ¡y ya es casualidad! –le sonrió elevando las cejas—. Te quiero.

Durante la cena Laura se sentía terriblemente discriminada no podía hablar de nada, aquellas conversaciones eran demasiado cultas para una inculta como ella se tenía. Sólo la mantenía la mirada amorosa de Lorena que le daba animo mientras Dolores desde la puerta de la cocina la miraba burlándose, algo que todavía le hacía sentirse peor. Por eso una vez terminada la cena, trató de huir disimuladamente, fue a la cocina aprovechado que Dolores estaba sacando las pastas para el café para salir por allí pero la orden de alto de la madre de Lorena la detuvo.

Quiero hablar contigo. Te exijo que dejes a mi hija.

¿Y si no lo hago? —preguntó mirándola con sarcasmo.

Desvergonzada, sé de que calaña eres, te lo veo en los ojos sólo estás por su dinero, como las otras.

Lo que usted opine me da absolutamente igual.

¿De dónde te ha sacado? –entonces iba a entrar Dolores que se quedó quieta en la puerta escondida de modo que podía observar la escena—. Ni siquiera sabes hablar, no me extrañaría que fueras una fulana.

No le permito que diga eso de Lorena –le respondió con rabia ante el asombro de Dolores.

De ella, puedo esperar cualquier cosa.

Es usted tan estúpida —los ojos de Dolores se abrieron como los de Katy Jurado.

No te permito que…

¿Qué no me va a permitir? ¿Qué le diga lo que es? Sí una estúpida y mala madre que no sabe la hija que tiene.

Tú no eres nadie para.

La que no es nadie es usted —en ese momento Dolores se tapó la boca con ambas manos, estaba estupefacta—. Usted que da la espalda a su hija, ni los animales hacen eso. ¿Quién se cree que es para hablar mal de ella?, ¿su madre?, si lo fuera le daría apoyo, comprensión, entendería el corazón tan grande que tiene. A mí puede atacarme como quiera que no me va a hacer daño, pero no a ella, no estoy dispuesta a dejar que nadie absolutamente nadie, le haga daño. Y ahora si me permite voy a respirar aire porque usted me provoca ganas de vomitar.

¡Esto es inaudito!, ¡pero Dolores tú has visto esto! –le decía indignada.

Sí –pasó por su lado sin hacerle caso mientras vigilaba a Laura en el jardín.

¡Mi hija se va a enterar! —vociferó.

Yo de usted, mejor me callaba.

Tú siempre has visto bien que mi hija fuera eso.

Su hija como esa joven ha dicho, es demasiado buena y eso es lo que me importa, tiene un corazón enorme y es un gran ser humano, y como le dijo, quizás eso usted no este capacitada para entenderlo.

La madre de Lorena se ofendió tanto que se giró y se excusó con el resto de sus invitados aquejada de una fuerte jaqueca. Lorena no entendía nada pero agradeció que se fuera.

Cuando por fin todos se retiraron, Lorena veía desde la ventana del comedor el gesto preocupado de Laura que se había quedado en el jardín. Se acercó hasta ella para abrazarla fuertemente, le dejó un beso en el pelo acunándola por un rato. En silencio compartieron sus manos entrelazadas, pequeñas caricias que al entrar en contacto con la piel ajena, se convertían en gigantescas. Laura con los ojos cerrados trataba de buscar fuerzas en su interior para sincerarse para suplicar su ayuda, y allí, entre los brazos de su amada era su trinchera perfecta, porque la guerra que estaba viviendo se había vuelto una pesadilla, tanto era así, que Lorena se preocupó.

¿Qué te pasa Laura?, ¿te sientes mal?

Lorena…

Dime, ¿es por culpa de mi madre?, ¿te dijo algo que…?.

No, no, tengo que decirte algo pero…

¿Quieres marcharte?

No –le dijo angustiada—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, creo que es más de lo que podía pedir, pero… yo no quiero hacerte daño.

No me haces daño.

Lorena si supieras –se levantó furiosa consigo misma.

¿Qué tengo que saber?, tu pasado no me importa… si es eso… lo que verdaderamente te preocupa –le tembló la voz porque veía en ella demasiado desasosiego—. ¿Qué pasa mi vida?

Laura se volvió dispuesta a decirle la verdad, gritarle aquel secreto que le estaba quitando la vida, pero no pudo, vio en su mirada la tristeza y se sintió perdida, la abrazó contra su pecho cerrando los ojos, mientras la mantenía abrazada podía notar como su cuerpo temblaba de miedo a perderla, de la misma manera que el cuerpo de su amada tiritaba. Cuando se separaron, Laura tomó las manos de Lorena las besó con infinita ternura mientas susurraba un te quiero que trataba de calmar su desconcierto. Como testigo de aquella confesión de amor, la luna que pasó de alumbrarlas con su hipnótica luz a dejarlas en la oscuridad al ser devorada por una gran y espesa nube.

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