LORENA Y LA RATA. Capítulo 5

Después de aquella noche, Lorena se encerró para finalizar el libro, pero siempre estaba pendiente de Laura, siempre la buscaba cuando descansaba porque le daba vida, le daba fuerza para continuar. Sin embargo, la actitud nerviosa de “la rata” en los últimos días la tenía preocupada. Por encima de todo trataba de no mostrárselo a Dolores pero la mujer lo detectó como siempre. Y allí en la cocina donde se habían dado las mayores charlas sobre amores, se reunieron las dos. Con la música del puchero de fondo, con el maravilloso olor a cocido, allí como siempre, Lorena buscaba respuestas a esas preguntas que se estaba formulando y sin embargo no acertaba a responder. Ante sus dudas y miedos Dolores trató de ayudarla.

¿Y si esa muchacha tiene miedo de lo que siente?, tu fuiste su primera experiencia y quizá todo esto le viene grande. Pasar de vivir en la calle a esto debe impresionar.

Hay algo que me oculta. Recuerdo que ella me dijo que no sabía leer, apenas escribir y, sin embargo, cuando Paula estaba aquí, le mencionó el libro de Gabriel García Márquez, tal y como ocurren los hechos en la novela.

Perdona, no es mi intención echarte nada en cara pero…

Si ya sé, me advertiste. ¿Qué me ocultará?

Pues espero que nada porque sé que estás enamorada otra vez.

Dolores, es un ser tan especial –la miró con los ojos repletos de lagrimas—, y haré lo que sea por no perderla.

En la otra parte de la ciudad, Laura se encontraba rodeada por cuatro tipos, parecía discutir con ellos, se le notaba acalorada. En ese momento que discutía la Puerca la vio. Se acercó a ella con su cigarro apagado aplastado entre los dientes, un pañuelo en la cabeza, su carro repleto de cosas inservibles, el perro y esa mezcla de olores que podían tumbar al más prestado.

¿Qué haces con esa gente?

Nada.

¡Cuántas veces te he dicho que…!.

¡Lo sé, Puerca!, ¿vale?

¿Oye que te pasa , eh?

Nada.

Con furia se marchó mientras la Puerca a voz en grito la insultaba desde el callejón. La mujer se quedó pensativa, nunca le había levantado la voz, siempre la había tratado con respeto y cariño, pero notaba que algo le pasaba y pensó que quizá tenía la culpa la mujer esa que estaba a su lado. Decepcionada se sentó en una esquina a pedir dinero para poder llegar hasta donde vivía y averiguar que estaba pasando.

Al día siguiente, Laura se marchó pronto ante la preocupación de Lorena, que no quiso presionarla mientras Dolores le había vuelto a advertir que si la hacía sufrir lo pagaría con su vida. Pero la preocupación se extremó cuando vieron que no acudía a comer, cuando no dio señales de vida. Lorena que parecía nuevamente el fantasma que deambuló tras las otras perdidas, no se había separado de la ventana esperando el regreso, incluso Dolores tuvo que hacerle entender que no podía ir sola a buscarla al barrio donde habitaba ella misma le había confesado de la peligrosidad del lugar. Estaban discutiendo sobre la posibilidad de ir o no, cuando llamaron a la puerta. A quien escuchó Dolores fue a la Puerca, su gesto hizo ver a Lorena que estaba sorprendida. Pero nada que ver cuando la tuvieron ante ellas, la mujer había hecho un sobre esfuerzo y se había quitado la ropa estropajosa que llevaba, vestía una falda larga de flores con algún agujero producido por su cigarro, con una camisa rayada, zapatos rotos que dejaban ver la suciedad de sus pies, y en un intento de aparentar poder se había colgado al cuello dos collares de perlas de plástico rojas que las había anudado en forma de corbata. El olor era tan penetrante que prefirieron hablar en el jardín. Pero después de recuperarse de la impresión y el olor, se percataron que estaba realmente preocupada por ella.

No quiero culparla a usted del estado de la rata, pero creo que algo le ha hecho para que esté como está.

Yo no le he hecho nada, nada que no sea darle amor.

¡Amor! –murmuró sacando su profunda voz ronca—. Nunca me gustó esto, una mujer con otra mujer, no, eso no está bien. Pero ella lo quiso —elevó sus hombros—, pero le digo algo, la Puerca sabe mucho de la vida y a la Puerca no ha nacido quien la engañe. No quiero pensar que este jugando con ella.

No señora. Pero no sé que le sucede.

Ayer la vi con los comanches.

¿Comanches? –murmuró con miedo.

Sí, una pandilla que se dedica a lo peor.

Lorena cruzó una mirada preocupada con Dolores que hizo gesto de asombro. De repente una gran tormenta de verano estalló y decidieron entrar a casa. Cuando la Puerca vio todo aquello dio un tremendo silbido.

Caray.

¿Quiere tomar algo? —le preguntó Lorena mientras Dolores disimuladamente le daba más potencia al ambientador.

¿Tienes coñac?

Sí —respondió Dolores mirando a Lorena.

¡Pues venga dele al coñac y… sea generosa que los ricos son muy agarraos!

En ese momento hubo silencio entre las dos, la Puerca miraba todo con expresión de asombro, mientras Lorena la miraba con temor. Cuando vieron abrirse la puerta de la cocina, quedaron estupefactas y un grito se apoderó de Lorena. Dolores apareció con gesto de pánico y un hombre colgado a su cuello apuntándole con una navaja. Tras ellos, tres hombres más.

¿Qué es lo que quieren? –preguntó nerviosa Lorena.

Si te portas bien, no habrá sangre de lo contrario esta gorda lo pagará.

¡Qué estáis haciendo aquí! —les espetó la Puerca echando saliva por su boca de la misma rabia.

¡Mierda! ¡Qué hace aquí la Puerca!

Vamos ya sabéis lo que dijo la rata, así que adelante.

¿Laura? –murmuró Lorena mientras Dolores cerraba los ojos y tragaba con temor—. ¿Dónde está?

¡Qué te calles!

Entonces entró Laura, en su rostro se podía apreciar un sentimiento de culpa que impresionó a las tres mujeres. Cabizbaja y con gesto de preocupación se dirigió al cabecilla.

Déjala, ella no va a hacer nada, no tienes porque asustarla –le dijo con respecto a Dolores.

¡Suéltala! –le dio la orden a su hombre—. ¿Dónde están los cuadros?

En el despacho hay uno y en la sala del fondo está el otro.

Tú Gabriel, y tú Juan ir con ella.

Laura no quiso mirar en ningún momento a Lorena, sabía que debía estar sufriendo un duro golpe y no quería verla. Dos hombres se fueron con ella mientras los otros dos se quedaban con las tres mujeres.

Esto lo vais a pagar caro, ¡me oyes! —gritó enfurecida la Puerca yendo hacia ellos.

Puerca, no me obligues a matarte.

¡Hostia, Juan, la vieja nos puede delatar!

Ya lo sé. Puerca te juro que no sé que haces aquí, si no hubieras venido pues no te encontrarías con la muerte –dio una carcajada—. Total nadie te va a llorar.

¿Qué haces? –le dijo Laura asustada que llegaba en ese momento.

La Puerca largará.

Ella no dirá nada. Y no hablamos de matar a nadie —respondió Laura muerta de miedo.

Rata, no esperaba esto de ti –le dijo la mujer con decepción en sus ojos sentándose en el sillón abatida.

Oye rata, estoy pensando algo, ¿y si nos llevamos a la escritora?, podíamos sacar un buen pellizco.

No lo creo —respondió con rapidez—. Está acabada es incapaz de escribir. Venga es mejor que nos vayamos.

¿Estás nerviosa, rata?

Laura trató de despistar dando prisas para marcharse, pero de repente los gritos de los hombres que habían bajado en la sala, llamaron la atención de todos. La rata los había dejado encerrados en la sala mientras estaban descolgando el cuadro, sin embargo, ella no los podía escuchar porque se sentía tan mal ante la mirada decepcionada de Lorena que sólo quería desaparecer, suplicarle de rodillas perdón por el daño que le estaba haciendo.

¿Qué es eso? –preguntó uno de ellos.

¡Tío viene la policía!

¡Qué! –las tres mujeres se miraron alarmadas, asustadas—. ¿Nos has hecho una trampa, rata?

No.

¿Sabes? nos llevamos a la escritora, con ella nos dejaran salir, vamos.

Entonces Laura se interpuso en el camino, mirándolo con gesto duro mientas Dolores aferraba a su cuerpo a una Lorena que estaba sumida en su dolor y desconcierto.

¡Fuiste tú! –le gritó el cabecilla.

¡Vamos, tío!, vámonos.

Te he dicho que nos la llevamos.

Para eso, tendrás que matarme a mí –dijo segura Laura que se puso delante de Lorena.

Imbécil –la empujó hacia el sofá y empuñó su pistola.

Se oyó el coche de la policía parar en la puerta, mientras el otro ladrón salía despavorido por la otra parte de la casa tirando el cuadro al suelo, el cabecilla, cegado por la traición de Laura, empuñó el arma hacia Lorena que temblaba de miedo. Mientras, Dolores trataba de levantarse del sillón donde la habían tirado al separarla de ella mientras la Puerca abría la puerta a la policía llamándoles insistentemente. Cuando fue a apretar el gatillo, Laura con un grito desesperado se puso delante de ella, logrando que la bala que llevaba el destino de su amada, se quedara en su cuerpo. La policía entró justo para evitar un segundo disparo mientras él gritaba en contra de Laura, que yacía en el suelo sangrando e inconsciente. Lorena la tomaba entre sus brazos y la Puerca gritaba de rabia, insultándolo hasta que se lo llevaron. Dolores contemplaba la escena con una mezcla de desconcierto y pavor, mientras la Puerca lloraba.

Te lo dije Laura, te lo dije, ellos no te llevarían por buen camino.

Señora, apártese –le dijo el enfermero a Lorena que no podía ni hablar mientras la tenía abrazada.

Vamos hija, vamos –la cogió Dolores—. Deja que los sanitarios hagan su trabajo.

Rápido está perdiendo mucha sangre.

¡Dios mío que no se muera! Es lo único que tengo…

Con esa exclamación de la Puerca se la llevaron. Cuando la policía les tomó declaración, Lorena quedó rendida, estaba como si todo a su alrededor hubiera desaparecido, no podía reaccionar ni siquiera reaccionó cuando su madre entró en casa hecha una furia por el escándalo que sería aquello. Como tantas veces, Dolores la llevó a la cama, la tapó, le dio una pastilla para dormir y como siempre se quedó sentada en el sillón observándola. Lo que tanto pensó se había cumplido, esa chica que apareció como caída del cielo, lo hizo pero salida del infierno. Pero aquel acto, primero encerrar a los tipos, luego llamar a la policía y por ultimo, interponerse entre el arma y Lorena, le hacía pensar que estaba arrepentida de lo ocurrido, porque aquella última mirada a Lorena, no era un engaño aquella muchacha se había enamorado realmente de ella y eso lo debía reconocer muy a su pesar.

Cuando Lorena despertó, se reunió con Dolores en la cocina, la miró tranquilamente y con expresión vacía le dijo:

No quiero saber nada de ella.

En el hospital, los médicos habían luchado por su vida, estaba grave en cuidados intensivos, su mente andaba entre nubes, quería pensar pero algo que la tenía relajada como jamás pensó se lo impedía, entre esas nubes blancas aparecía y desaparecía el rostro de Lorena, lo único que podía hacer era tratar de mencionar su nombre, sin embargo, no le salía la voz. Oía como las enfermeras a su alrededor hablaban, ella trataba de preguntarles de rogarles que llamaran a Lorena, debía hablar con ella, pero sus labios seguían sellados, aquella bala la tenía alejada de lo que tanto había amado y lo peor, la tenía perdida entre nubes blancas que no le dejaban pensar del todo en su amor.

A los seis días, aquellas nubes blancas desaparecieron del todo, pudo abrir los ojos lentamente y verse repleta de cosas que no había visto ni cuando la Puerca estuvo allí, al pensar en la mujer, un malestar se situó en su estómago. Pero mucho peor fue al recordar a Lorena, “¿qué he hecho?”, trató de reprocharse pero no tenía fuerzas para obligarse a llorar. Entonces se fijo bien y le pareció ver a sus pies una figura, por un momento pensó en Lorena pero la voz ronca, alcoholizada de la Puerca la envolvió.

Bueno ahora que ya sé que no te tengo que enterrar me voy.

Puerca –dijo débilmente asustándose de su propia voz—. No te vayas.

Eres una inconsciente y debes pagarlo, vas a ir a la cárcel así que no podré estar a tu lado, te dije que si te unías a ellos acabarías con las manos cortadas. Me has decepcionado.

Se marchó lentamente mientras ella murmuraba su nombre, mientras una lágrima recorría su delgado rostro. Entonces entró una enfermera y la llamó con ansiedad.

¡Por favor puedes escribirme una carta! —le suplicó con ansiedad.

Tengo mucho trabajo, lo siento pero no me puedo entretener.

Por favor…

La enfermera al ver su necesidad accedió, después de tomar un papel y bolígrafo se sentó a su lado y Laura entre lágrimas le redactó la carta que conforme iba escribiendo, se iba quedando más boquiabierta.

Lorena, te pido perdón, perdón por haber sido parte del plan del robo de tu casa. Pero no pude evitar enamorarme de ti aunque no supe como decirte que estaba metida en algo horrible para mí y que te iba a afectar a ti. Todo estaba previsto, te habían seguido, sabían de tu poder económico y me utilizaron a mí porque sabían que eras lesbiana. Jamás pensé que nos íbamos a enamorar, sólo tenía que averiguar aquella noche dónde estaban los cuadros que mencionabas en una entrevista. Y sin saber porqué me deje llevar por lo que sentí por ti, bueno sí ahora lo sé, porque eres la persona más maravillosa que he conocido, a tu lado me sentía tan bien. Te juro por lo que más quieras que yo no te he mentido cuando te he dicho te quiero, te quiero con locura, con todo lo que se puede querer pero no podía dar marcha atrás, avisé a la policía para que nos detuviera, pero tardaron muchísimo, fue lo único que se me ocurrió para evitar que sufrierás más de lo que sabía ibas a sufrir al saber la verdad. Lo siento, siento mucho todo esto, me gustaría suplicarte que me perdonaras pero sé que te he decepcionado y roto el corazón.  Te quiero, te quiero como jamás he querido a nadie y este será mi castigo, amarte con locura y no poder tenerte. Lo siento, mi amor.

—Joder, qué fuerte –murmuró la enfermera al marcharse de la habitación.

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