LORENA Y LA RATA. Capítulo 6

VI

Los días que habían transcurrido, no habían calmado la decepción de Lorena, trataba de enfrascarse en su novela pero todo le recordaba a ella, así se sentía cada día más perdida, su desaliento cada día era mayor, por las noches lloraba con una tristeza que le duraba todo el día posterior, así día tras día sin querer saber más de ella porque se había llevado una parte enorme de su corazón y no estaba dispuesta a reconocerlo.

Aquella mañana que presentía que algo iba a suceder no podía centrarse en aquel trabajo que estaba deseando terminar, aunque en el fondo sabía que cuando lo hiciera se derrumbaría porque la perdería definitivamente. Con esos pensamientos estaba bajando las escaleras cuando Dolores repasaba el correo, al ver como escondía una carta le preguntó.

¿Por qué te escondes esa carta?

Me dijiste que no querías saber nada más de ella –Lorena abrió sus ojos y sin querer su corazón se aceleró—. Pues bien, voy a echarla, ¿o quieres leerla?

Puedes hacer lo que quieras. Voy a correr.

Dolores sabía que estaba loca por leerla, así que ella se adelantó quiso saber cual era el propósito de quien sabían le habían condenado a tres años de prisión, quizá lo que buscaba era la ayuda de Lorena para salir antes. Se sentó pues su viejo cuerpo ya no podía aguantar tanto tiempo en pie, leyó con sus gafas de cerca que siempre llevaba colgadas al cuello y al terminar, volvió a meter la carta en el sobre con su pensamiento algo aturdido quedándose pensativa mirando por la ventana.

En cuanto Laura pudo moverse, fue ella misma quien escribía diariamente las cartas, no pedía más que perdón una tras la otra, sólo existía la palabra perdón, y una tras otra Dolores las iba almacenando en su cuarto, siempre dejando algún rastro a Lorena. Una Lorena que borró mitad de su novela para escribir la historia tal y como había sucedido, cuando narró los momentos repletos de ternura, al principio sentía rabia por lo que creía había sido una burla, pero entonces entendía que nada había sido una burla más que una mala elección, la mujer que no podía ser suya pero la única que realmente la había querido por ser una persona no una mujer con dinero y famosa como las últimas, la mujer que había aprendido de ella acariciar, a besar, a susurrar te quiero, ésa que no podía tener y sin embargo, era la única que quería tener. Aquella contradicción en su interior que día a día luchaba, quiso detenerla como fuera, así decidida a encontrar algo que le hiciera cambiar de opinión, fue al cuarto de Dolores donde ya se amontonaban las 92 cartas de los 92 días que Laura llevaba en prisión, rompió una a una los sobres, cada sobre que rompía se le iba rompiendo un poco más el alma, allí no había más que suplicas de perdón, poemas que salían de lo más profundo del alma, algo que desconocía en ella y que entendió le había mentido sobre su pasado pues sí sabía leer y escribía con un arte respetable.

La vida no me había regalado nada

Todo lo tuve que conseguir yo,

Pero el día que te encontré

La vida me regaló lo más bello

La mujer de mis sueños,

La mujer por la que quise borrar quien fui

Quien soy.

La mujer, por la que luchar

La mujer a la que amar

El resto de mis días.

Pero estoy tan lejos

Soy nada, menos que nada

Soy un alma que llora

La ausencia de su amada.

Y solo le pido a Dios

Que me dé fuerzas

Para levantarme y volver a vivir

Con este dolor en mi alma

El dolor de amar

A quién ya no me ama.

Claro que te amo, te amo y esa es mi tortura.

Rompió a llorar abrazada a las cartas, sintió como su corazón le gritaba que no podía correr tanto, pero estaba entregada a un sufrimiento diferente de los otros, no sabía porque sufría tanto, su relación más corta fue con ella, quizá la más intensa o simplemente la que más la amó.

Lorena hija, ve a verla os hará bien a las dos.

Le haría daño –decía retirándose las lagrimas—. No quiero darle la esperanza de nada.

No te engañes, la esperanza de algo te la quieres negar tú.

¡Tata, tata mía! –se reposó sobre su regazo—. Llevo toda la vida sufriendo de amor, me han crucificado las heridas, he sufrido calvarios que a otras quizá las hubiera derrumbado, pero nada como lo que estoy sufriendo por Laura, ella es mi gran amor, pero un amor equivocado.

Si tú quieres, puede ser el amor que necesitabas, ella te está pidiendo a gritos que le des una oportunidad.

¿Y ahora por qué me dices eso? –se secó las lágrimas—. Tú la odias.

Digamos que desde que le plantó cara a la estúpida de Paola y a la intransigente de tu madre y, sin olvidar que te salvó la vida, me había caído mejor.

¿A mi madre?

Sí, nunca había visto a ninguna mujer defenderte ante ella.

No puede ser tata, esto se me pasará cuando termine el libro.

Bien.

Ya verás.

Pues no sé que voy a hacer si se pasa los tres años escribiéndote, ¿dónde meto las cartas?

Lorena sonrió con tristeza mientras su vieja tata le acariciaba el pelo con dulzura. Aquella misma noche sin parar de teclear ante su ordenador, terminó la novela, el final había sido difícil de relatar, porque ninguna novela suya había sido autobiográfica, le era sencillo hacer sufrir a los demás o hacerlos felices, era cierto que cuando escribía sufría con sus personajes, pero nada que ver con el sufrimiento de ver en la pantalla del ordenador su propio dolor, porque aquel final donde las dos protagonistas se despedían para el resto de sus vidas, le costó muchas lagrimas mientras escribía, pero tras el punto final, suspiró profundamente, se duchó, copió en el disco virgen la novela y se dirigió a la editorial.

A los tres meses ya andaban por la segundo edición, el libro había resultado un éxito tan rotundo que no estaba preparada para ello. Le ayudó a asumir la distancia entre su mundo y el mundo de la rata, tanto viaje, tanta promoción, las entrevistas donde toreaba las preguntas sobre si era un su propia vida, era lo único que la llevaba a recordar su rostro. Quiso borrar el pasado, vendió la casa, el coche donde empezó el engaño, todo lo que pudiera restablecer cualquier hilo conductor, si antes lo había conseguido, ahora podría lograrlo igual. Se sumó en una vida mística, que podía con los nervios de Dolores que a su vez seguía guardando las cartas que seguían llegando día tras día desde la cárcel.

En su celda, Laura no tenía otra cosa que las cuatro paredes y en cada una de ellas dibujado el nombre de su amada, no tenía otra cosa en su memoria que la mujer que había hecho nacer en ella algo tan hermoso como el amor, pero en su corazón se había apoderado la rabia, el desconsuelo, la tortura de no poder luchar por gritarle te quiero. Todos los días esperaba aquella carta que no llegaba, en esos momentos su amargura era tal, que rompía a llorar como una niña asustada, trataba de pensar que todo aquello lo tenía merecido pero por primera vez en su vida, sintió lo que significaba la palabra miedo, miedo a no verla nunca más, miedo a no sentir sus manos, miedo a no escuchar su voz, miedo al miedo de no poder levantarse por tanto amor, miedo por descubrir lo que significaba la palabra amada.

Lloraba amargamente cuando una de las policías se le acercó hasta la celda y le entregó algo que había llegado para ella, por un momento pensó que era la respuesta tan esperada, aunque fuera un te odio, que al menos supiera que estaba sintiendo Lorena porque aquel desespero se estaba apoderando de ella llevándola a la locura más cruel. Su sorpresa fue que lo recibido no venía de parte de Lorena sino de Dolores, el libro que ella ayudó a escribir, pero no había nota alguna, nada que viniera de ella. Hasta que leyó la dedicatoria y puedo entender porque no llegaba nada hasta su celda.

Dedicado al fantasma que me narró esta historia

No… por favor… no…

Pasaron dos años desde que recibiera el libro, por buena conducta le había reducido la condena, además se había dedicado a escribir poesía y trabajaba para el taller de la cárcel donde las presas trataban de dejar pasar el tiempo, algunas sacaban sus sentimientos tan verdaderos que Laura se sentía acompañada en el sufrimiento de la vida. Pero un día antes de que saliera libre, tuvo una visita tan inesperada como desconcertante. Cuando le abrieron la puerta para reunirse con la persona que iba a visitarla, quedó paralizada, era la tata.

Ganas tenía yo de verte, rata.

¿Cómo está Lorena? –se sentó ansiosa por saber.

¿Y para qué quieres saber?

Estoy desesperada tata, desesperada, ¿no leyó mis cartas?, ¿por qué no vino aunque fuera a gritarme que me odia?, ¿por qué puso esa frase en el libro?, ¡me ha matado en su memoria!

¡Quieres parar! Mañana cuando salgas, te estaré esperando y espero que sepas aprovechar bien el tiempo.

¿Qué quiere decir, tata? —la miró con los ojos abiertos sin entender.

Muy sencillo, juré matarte y recé para que esa bala así lo hiciera, pero desgraciadamente sigues vivita y coleando, así que mañana tendrás la oportunidad de tu vida si no consigues aprovecharla –se incorporó apoyando sus fuertes y obesos brazos sobre la mesa. La miró fijamente con el odio bien marcado en aquellos grandes ojos y le susurró entre dientes—. Te mataré. Que descanses.

¡Tata, tata!, ¡escúchame tata! ¡Tata!

Le gritaba desesperada y sin entender ninguna de sus palabras, no sabía que oportunidad le iba a dar, su respiración era agitada, tanto que tuvo que sentarse porque creía que se ahogaba. Durante la noche estuvo pensando sus palabras, quizá la oportunidad de la que hablaba era que Lorena acudiría hasta la puerta de la cárcel, aquella idea le daba seguridad y fuerza, respiró profundamente mientras miraba fijamente el cielo para ver desaparecer las estrellas, la luna y recibir el sol. Pero las horas transcurrían lentas, las voces de las otras presas no le dejaban tranquila, era como una pesadilla que nunca iba a terminar. Hasta que por encima del edificio de piedra, se asomó un rayo de sol, le pareció el rayo de sol de su vida, tan diferente, tan maravilloso que pudo mostrar una tremenda sonrisa que no cesó de dibujar su rostro hasta que estuvo frente a un coche negro, donde la tata con cara de gran enfado la esperaba.

-Tata -murmuró con decepción. Lorena no estaba allí.

-Sí, la tata, rata. La que te va a meter en vereda.

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