MACA Y ESTHER. Cap. 1 UN RAYO DE ESPERANZA.

¡Nos volvemos a ver! Tenía ganas de traer nuevamente a nuestras queridas Maca y Esther. La historia es de hace dos años, pero la he ido repasando y cambiando algunas cosas. A pesar del tiempo que ha pasado, ellas dejaron huella en nuestra historia personal y en nuestros corazones.

Gracias por acompañarme una vez más. Estoy nerviosa como si fuera mi primera historia.

I

La noche caía cuando un coche de policía llegaba hasta el lugar de los hechos. La sirena se detuvo dejando que las luces azul y blanca dieran paseos circulares entre los edificios que rodeaba aquella rotonda. En medio de ella, un coche con el morro destrozado y una gran palmera echada a perder.

Bueno… menuda cogorza lleva. Buenas noches señorita… ¿se encuentra bien?

Está muy perjudicada, mejor llamar al 112 y que se la lleven -le respondió el compañero.

¿Has mirado si hay alguien más?

Iba sola.

Durante un buen rato tuvieron que atenderla ellos, le sangraba la nariz y llevaba una herida grande en la cabeza. Los dos policías se quedaron allí con ella, mientras otros que habían acudido al lugar del accidente tomaban declaración a los testigos. No había dudas, todos coincidían. Ella sola perdió el control del coche que llevaba a gran velocidad y acabó estampándose contra la palmera.

Dos semanas después, la misma chica esperaba con un aparatoso apósito en la nariz y los ojos morados que la jueza la llamara para darle el castigo a cumplir por conducir doblando la tasa de alcohol permitida.

Macarena Wilson Fernández.

Soy yo —murmuró con fastidio.

El D.N.I, por favor.

¿Cree que alguien va a querer venir en mi lugar? —le preguntó con cierto tono borde.

Salió del juzgado con una condena que le había creado un dolor agudo de cabeza. Llegó a su casa compartida por sus inseparables amigas Elena y Rafaela, ésta última esperaba su llegada nerviosa. Nada más entrar se echó en el sofá con gesto derrotado.

¿Qué tal te ha ido, chocho?

Mejor no hablar, Rafaela —respondió cansada.

¿Han sido muy duros?

Tengo que acudir a un convento de monjas para ayudarles con las clases a los niños pobres y con familias desestructuradas.

Mujer… eso es bueno —la miraba algo escéptica.

No te burles, Rafaela.

Mira, espero que esto te sirva para sentar cabeza, no puedes seguir así… En la vida todos perdemos amores…

¡Ya, ya! Déjalo anda que me sé el sermón —se levantó a duras penas metiéndose en la habitación.

¡Luego no vengas a buscar mi hombro para llorar, desagradecida! —le gritó falsamente enfadada.

Se echó en la cama con ganas de llorar. Su vida había dado un giro tan radical que ni siquiera se reconocía así misma. Se puso de lado, de ese lado que no había sufrido golpe en el accidente y cerró los ojos. No quería hablar con nadie, nada más quería dormir.

En el convento las monjas ayudaban como podían a una de ellas que se había encargado de cuidar a los niños ante la falta de la profesora. Sor Esther jugaba con ellos tumbada en el suelo sin importarle demasiado ensuciar el hábito. Las demás hermanas la miraban siempre con cierta preocupación, sus modales distaban mucho de los que una abnegada monja debía tener. Al finalizar la clase, los niños fueron al comedor dando gritos y saltos.

¡Hermana esto no puede ser! Esos niños y niñas necesitan un poco de disciplina…

Madre, hago lo que puedo no soy maestra —se defendía Esther.

Lo sé, hija, lo sé, pero… intente que no se alboroten tanto, no es bueno ni para ellos ni para nosotras.

Lo intentaré, Madre.

Solo por hoy, mañana vendrá la maestra.

Gracias a Dios.

La hermana Esther era risueña, parecía que nunca tenía problemas a pesar de haberlos tenido y muy graves. Desde que llegó al convento pidiendo ayuda para escapar de ellos, había tenido que superar infinidad de diferencias que tenía con sus superiores. Ella era moderna y divertida, le gustaba coger su guitarra y cantar en lugar de rezar, las más viejas del lugar siempre le reprochaban tanta cháchara pero ella sentía que ser monja no significaba ir con el rostro triste y apesadumbrado siempre. A ella le gustaba ayudar al prójimo y si una sonrisa lo conseguía ¿por qué no dársela?

El olor a pizza de cuatro quesos se coló por la rendija de la puerta de la habitación de Maca. Abrió un ojo suponiendo que ya había llegado Elena, la más sensata de aquella casa. Oyó como se acercaban los tacones de su amiga, sonrió de lado siempre estaba ahí preocupándose por ella.

¿Maca, qué tal ha ido?

Bueno… podría haber sido peor.

Espero que esto te sirva de escarmiento. Y ahora levanta, cenamos y me cuentas que han reservado para una alcornoque como tú.

Se levantó sabiendo que tenía razón y, además, que nunca podía discutir con Elena, era la amiga perfecta, la que le aguantaba lo que ni su propia familia.

En la mesa ya estaban los platos con los trozos de pizza que Rafaela había cortado. Las dos la miraban expectantes, parecía mentira que una mujer hubiera tenido la capacidad de destrozarle la vida como lo había hecho. Ninguna de las dos entendía qué había ocurrido, Maca era guapa, una belleza andaluza, con cultura, risueña, divertida, que se había desvivido por su novia. La tratado de un modo exquisito, como si fuera una Reina. Le había sido fiel, respetuosa, cariñosa, apasionada, le había dado su corazón y lo que fue peor, su alma. Cuando de la noche a la mañana le dijo que se iba porque se había enamorado de un hombre y quería ser madre, destrozó el corazón de Maca. No levantó cabeza, se despidió de su colegio ante la incredulidad de todos, empezó a beber a ir con unas y con otras, a perder poco a poco la cabeza por su ex. No había nada que pudiera hacerle olvidar. Elena y Rafaela eran sus amigas desde niñas en Jerez, jamás la vieron tan destruida a pesar de haber tenido otros desengaños.

Vamos a ver… ¿qué te ha dicho la jueza, cariño? —le preguntó Rafaela.

Decirme poco, me ha dado mi destino en el que tengo que estar dos mil horas.

¿Solo? —le preguntó de coña Rafaela.

¿Te parece poco estar en un convento?

Espera… espera —Elena levantó la mano a media altura mientras con la otra se secaba los labios para preguntarle—. ¿Te ha mandado a un convento?

Sí, hija, sí. Durante casi un año, exactamente a seis horas diarias durante trescientos treinta días.

¡Pero esa jueza sabe que eres lesbiana! —le gritó Rafaela muerta de risa.

¡No me hace ninguna gracia! —Maca le contestó con una mueca de burla.

Mira, fuera bromas —el rostro serio de Elena era la señal para las dos que iba a hablar en serio y había que hacerle caso—. Tú crees en los astros, en las sinergías y con la fuerza del Universo, lo que debes hacer es tomarte ese accidente como un aviso, un aviso para que te des cuenta que vas por muy mal camino.

¡Ahí tiene razón, chocho, toma nota! Pudiste quedarte tiesa y no fue así.

Por eso, Maca, por favor te lo pido aprovecha esta oportunidad para serenarte, vuelve a ir a yoga te estaba funcionando, vuelve a encontrarte, nadie por mucho que lo ames puede tener el poder de destruirte —Maca se había quedado mirando fijamente el plato con los restos de pizza—. Nosotras echamos de menos a nuestra amiga.

Ahí también tiene razón —Rafaela le cogió la mano con fuerza.

Maca cerró los ojos buscando con un profundo suspiro el alivio en su alma, alivio que le permitiera seguir viviendo sin tener en su cabeza a una mujer que lo único que había hecho era destrozarla. Elena tenía razón, no podía ni quería darle ese poder.

De acuerdo —asintió formando un mohín en su barbilla—. Lo voy a intentar.

¡Nos alegra oírlo! —le sonrió con cariño Elena.

¡Ven aquí chochito mío! —la abrazó contra sus pechos recién operados Rafaela.

El día de elevar su alma llegó, tal y como lo había anunciado Rafaela. Maca estaba nerviosa y un poco enfadada consigo misma por llegar a aquella situación. Pero si algo tenían aquellas tres mujeres era el apoyo incondicional que se daban cuando una de ellas lo necesitaba. Desayunaron juntas, entre risas, bromas que trataron de hacerle aquel momento más llevadero a una Maca que ni siquiera sabía como vestirse.

Ten presente esto, ¡no vas a ligar!

Pero… ¿porque eres tan borde? —le dijo echándole una camiseta a la cara a Rafaela que se moría de risa.

Porque te conozco y eres capaz de enamorarte de una pobre monja, ¡qué a ti te va mucho el drama!

Mira Rafaela, lo último que quiero en este momento es enamorarme ¡y menos de una monja!

Mira que eres agonía ¡sal del cuerpo de mi Maca! ¡Aléjate amargada de mierda! —le decía mientras la sacudía de los brazos y ante la carcajada de Maca paró abrazándola—. ¡Esta sí es mi niña!

Venga… vamos que llegaremos tarde y las monjas no deben ser muy flexibles en estos temas.

Ni en ninguno… ¡ay mi chochín bollero la que te ha caído encima! Por Dios no digas que eres lesbiana que ya veo que te ponen una penitencia.

¡Mira que eres bruta! —le soltó Elena.

Llegaron a un convento con fachada de piedra, pero aspecto viejo y descuidado. Se encontraba rodeado por una verja de hierro que se incrustaba en una pared de piedra también tan antigua como la fachada. Parecía un lugar lúgubre. En la parte izquierda había una estructura alargada de dos pisos que parecía destinado a habitaciones, en la parte derecha, un adosado que rompía bastante con toda la armonía del viejo edificio, un cuadrado hecho de ladrillo, lucido y pintado tratando de emular el blanco sucio del convento.

Madre mía parece la casa de los Monsters —murmuró Rafaela—. Ahí no puede vivir nadie sensato.

Por favor, no digas tonterías —le riñó Elena.

Bueno… me esperaba otra cosa, la verdad.

¿Qué te esperabas? —le preguntó Rafaela mientras la miraba intrigada.

No sé… algo más… ¿moderno?

Venga… ve… recuerda que tienes que ser tú, dar la imagen de que eres una mujer maravillosa y, sobre todo, no mirar a ninguna monja -la animó Elena.

¡Pero tú crees que ahí dentro puede haber alguna monja a la que mirar! -Saltó como loca Rafaela.

¡Rafaela! —Elena trató de llamarle la atención aguantando la risa.

Déjala, Elena, yo también creo que ese lugar debe ser horroroso, pensar que tengo que estar ahí tantos días… me está dando dolor de estómago.

Pues aprende para la próxima, cariño.

¡Animo, chocho! Qué tú puedes.

Las amigas le besaron con cariño aunque más parecía que iba a ingresar en una cárcel que ir a cumplir una condena enseñando a niños.

Llamó al timbre de la puerta de la verja y se abrió sin preguntar. Se giró mirando a sus amigas haciéndole un gesto de asombro. Éstas le animaron a entrar, sobre todo Rafaela, con gestos exagerados de ánimo.

Elena, lo veo chungo.

Y yo. Podrían haberla destinado a algún otro sitio, con su ánimo esto creo que es lo último que necesita.

Yo más bien digo lo de chungo porque va a estar rodeada de mujeres, y Maca sabes que tiene ese poder de seducción sin siquiera intentarlo.

Rafaela… esa es mi última preocupación, ¡por Dios que son monjas!

Bien… el tiempo con Maca siempre me da la razón, acuérdate.

La vieron como entraba y ambas suspiraron con muchas dudas sobre la recuperación de su amiga.

Tras la puerta que se abrió estaba una monja con gesto adusto. A Maca le pareció que podría tener más de setenta años, mirada fría algo desconfiada.

Hola soy Macarena Fernández y vengo a…

Sé quien es. Acompáñeme la Madre Superiora la espera en su despacho.

El gesto de asombro por parte de Maca no tuvo desperdicio alguno, tal y como le dijo la siguió. Al pasar por una puerta de hierro oyó claramente una gran algarabía de niños, ésos supuso serían sus alumnos.

Dentro de aquel adosado que se había hecho para ayudar a los pobres de aquel barrio que era lo que más abundaba, se encontraba la hermana Esther rodeada de niños saltando, gritando y ella muerta de risa.

A ver niños vamos a sentarnos todos en el suelo y os cuento un bonito cuento.

No, queremos cantar —dijo uno de los niños.

¿Cantar? —le preguntó sonriente, sabía que esos niños les encantaba la música—. Está bien pues…

Hermana Esther, por favor vaya al despacho de la Madre Superiora, yo me quedo con estos diablillos.

Claro hermana Julia. Niños no hagáis hablar a la hermana Julia ¿de acuerdo?

Se marchó con una sonrisa de oreja a oreja, sabía perfectamente que le iban a hacer todas las travesuras del mundo. Con ese pensamiento y esa sonrisa, entró en el despacho. De espaldas a la puerta se encontraba Maca, sentada frente a la Madre Superiora.

¿Se puede, Madre?

Sí, hermana Esther, pase por favor. Le presento a Macarena Fernández, la nueva maestra.

Maca se levantó esperando encontrarse con otra de las monjas mayores que suponía vivían en aquel lugar, pero se encontró con la sonrisa de la hermana Esther y una juventud que le sorprendió favorablemente.

Anuncios

3 comentarios en “MACA Y ESTHER. Cap. 1 UN RAYO DE ESPERANZA.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s