MACA Y ESTHER. Cap. 13 UN RAYO DE ESPERANZA

Aquella noche, las tres amigas sentadas en el sofá hablaban del convento. De la decisión que la Madre Superiora le había hecho llegar a Rafaela para que la señora Carmen se quedara con ellas. Maca les contó de su conversación con la hermana Esther y ambas notaron que estaba realmente afectada por la situación.

-Yo no quiero verla mal.

-Cariño… eso no depende de ti, quizá no está mal por ti quizás está mal por ella misma, por darse cuenta que a pesar de estar ahí dentro escondida, has llegado tú y has removido todo en ella.

-Chocho, no es justo que te culpes. La hermana Esther también tiene su vida, tiene sus sentimientos y a lo mejor no se siente así porque tú le hayas dicho que estás enamorada, cariño, me juego todo lo que tengo que si lo que su hermana te dijo es verdad, debe de haberse dado cuenta que el convento le ha ayudado a sobrevivir, pero no ha borrar sus emociones ni sus sentimientos.

-Además, en el caso que dejara el hábito no iba a ser la primera -apuntó Elena tratando de sonreír.

-Ni la última que lo haga por amor.

-Claro, Maca. Son mujeres como nosotras, se pueden enamorar menos la hermana Angustias Julia.

Maca miró a sus dos amigas, tenía los ojos repletos de lágrimas pero de repente comenzó a sonreír, después a reír a carcajadas. Elena y Rafaela la miraron un tanto desconcertadas pero en cuanto se percataron del por qué de sus risas, ellas explotaron en otras carcajadas que acabaron en lágrimas de risa.

-¡Quién nos iba a decir que tu entrada en el convento nos iba a marcar a las tres!

-Yo tratando de darle dignidad a la señora Carmen, tú curando físicamente a la hermana Esther, y tú, ¡cabeza hueca! Enamorándote de ella -dijo Rafaela divertida.

-Me ha devuelto la vida -dijo sonriendo Maca-. Y sí, la esperaré el tiempo que haga falta.

Al día siguiente, Maca llegó sin el café mañanero de la hermana Esther, sin cajas ni nada que aportarles. La hermana Gloria que sabía cuando llegaba por el sonido de su bicicleta salió a ayudarla. Al verla sin nada, sonrió. Maca le dedicó una de sus sonrisas.

-Que raro verte sin nada -le dijo la hermana con tono dulce-. Nos has mal acostumbrado.

-¿Qué tal hermana Gloria?

-Bien, ¿y tú?, no tienes buena cara.

-He dormido poco.

-¿Te has enterado que viene la señora Carmen?

-Sí -le entregó una sonrisa enorme.

-La hermana Esther está bien, no se queja del dedo es una mujer muy fuerte -le guiñó el ojo ante el gesto de total sorpresa por parte de Maca-. Hoy está más tranquila que ayer, ¿quieres saber lo que dice la hermana Gertru?

-No estoy segura -murmuró frunciendo el ceño.

-Que está así por tus sonrisas -reía divertida-. Ojalá la ayudes lo que nosotras no hemos podido.

Se fue dejándola allí parada ante la puerta del convento, no dejaban de sorprenderla aquellas mujeres que se suponía debían verla como una mujer pecaminosa y desarraigada de los caminos del señor.

Aquella mañana, Esther no apareció por ningún lado, pero cuando sobre las doce Maca detuvo las clases para que los niños jugaran un rato, la hermana se le acercó sigilosamente, tanto que al hablarle la asustó provocando una carcajada que a Maca le hizo darse cuenta que estaba mucho mejor tal y como le había dicho la hermana Gloria.

-Perdona no quería asustarte.

-No sé, ¿eh? -le apuntó graciosamente con el dedo.

-Solo quería darte las gracias porque me hayas entendido.

-No me las des, Esther, por favor.

-Necesito calmar mi cabeza ¿lo entiendes?

-Claro que sí.

-Gracias -respondió sonriendo con cierta tristeza.

Las dos se miraron fijamente a los ojos, hablaban tanto, decían tantas cosas. Todo lo que Esther callaba lo gritaban sus ojos, y eso que Maca no podía notar los latidos de su corazón.

-¿Puedes hacerme un favor, Maca?

-Claro, sabes que sí.

-¿Podrías volver a trabajar en el hospital? -preguntó ante el gesto de sorpresa de una Maca que instintivamente le miró los labios-. Creo que eres necesaria como pediatra.

-Pues… muchas gracias… lo pensaré y quizá sí te haga caso.

Para ambas el sonoro ruido de los niños divirtiéndose se había difuminado, tan solo estaban ellas y ambas miradas repletas de algo más que cariño. Maca quería retirar los ojos de Esther pero era como si tuviera un imán y no la dejará escapar. Por su parte Esther sentía que aquella mujer además de médico debía ser hechicera y le había hechizado.

-¡Piensan moverse o van a echar raíz! -la voz protestona de la hermana Julia rompió aquel momento de insonorización que habían creado-. ¡Qué poca vergüenza!

Ninguna contestó, la hermana Esther se marchó y Maca volvió a sus clases.

Aquella tarde fue muy especial, tras la aprobación para que la señora Carmen pudiera vivir en el convento, los amigos de Rafaela, el hijo de la señora Carmen, Maca y las hermanas, menos Esther para que no hiciera fuerza, ayudaron a bajar todo lo que tenía en el piso. Marcharse de su casa era un duro golpe para ella pero mucho más para su hijo que se mostraba totalmente abatido. Sin embargo, fue ella quien le animó diciéndole que había perdido su casa pero estaría en su otro hogar, se mostraba sonriente y feliz a pesar de todo, agradecida con Rafaela que, aunque era un poco loca, le había demostrado ser una mujer con un corazón enorme. Tras instalarse en el convento, la señora Carmen comenzó a sentirse nuevamente viva, porque la hermana Gertru se encargó de ponerla en una silla de ruedas que tenían de una de las monjas que murió, se la llevó a la cocina y comenzaron a partir pimientos, patatas y cebollas entre recuerdos de cuando era al revés y la señora Carmen enseñaba a la hermana Gertru.

Aquel espectáculo de dos mujeres duras de oído hablando le llenaba de paz el corazón a Esther. Sentía que la llegada de Maca no solo había puesto su vida patas arriba, había cambiado muchas cosas para bien en el convento. En ese instante pensó que realmente su vida estaba allí compartiendo aquella cocina con la hermana Gertru y la señora Carmen.

Habían pasado dos semanas desde que Maca revolucionara el corazón de Esther diciéndole que la iba a esperar. Dos semanas que habían dado para mucho. A Esther cuando llegaba el viernes se le encogía el estómago, no podía dejar de pensar en lo que estaría haciendo Maca sola, era una lucha consigo misma que la agotaba pero que no le permitía dormir si no todo lo contrario, la imaginaba en alguna discoteca bailando con alguna mujer y eso la ponía celosa. También habían sido dos semanas donde la hermana Esther había declinado ir a comer con sus padres y hermana porque había muchas cosas que hacer en el convento. Sabía que debía huir de un interrogatorio con su hermana, además, estaba molesta con ella. Por haber hablado con Maca y contado su vida. En esas dos semanas no había sido fácil encontrarse con aquella mujer hermosa de sonrisa conquistadora y mirada dulce, trató de poder estar a su lado sin fijarse en sus labios, sin notar los latidos del corazón, sin esperar su sonrisa pero le era imposible. Por eso aquel domingo en lugar de ir a casa de sus padres, decidió salir sola hasta el retiro y pensar con claridad, sin dejarse llevar no podía seguir así día tras día, noche tras noche.

-¡Hola hermanita! -la saludó Verónica.

-¡Vero! -al verla sintió que su huida iba a ser en vano.

-¿Qué, te estás escondiendo? -le preguntó mientras la besaba.

-No empieces, por favor.

-¿Qué tal estás? No he podido pasar a verte al convento pero intuía que estarías por aquí.

-Bien.

-Vale ahora dime la verdad.

-Estoy bien, Verónica.

Su hermana la miró fijamente, sonrió de lado y comenzó a hablarle de su trabajo, notaba como Esther trataba de prestar la mayor atención posible, quería a su hermana y le dolía verla así. Por eso había tomado algunas medidas que ella desconocía y estaba dispuesta a utilizar.

-¡Sabes que vi anoche a Maca! -le dijo de pronto mientras mascaba chicle.

-Ah sí -trató de mostrar indiferencia.

-Debo decirte que tiene un éxito con las mujeres…

-Me alegro por ella -su tono expresó un desencanto enorme.

-¿Qué te pasa?

-Verónica… déjalo.

-Soy tu hermana, sé que te ha pasado algo y que no vas a casa de tus padres por alguna razón, solo se me ocurre Maca. Prometo no decirte nada al respecto.

-Estoy hecha un lío pero tú no eres la mejor persona a la que explicárselo.

-Muchas gracias, hermana.

Le mostró un sincero enfado, ella desde el principio siempre había estado a su lado, y aunque era un poco alocada en sus ideas, sabía que lo hacía con buena intención, quizá su hermana fue la única persona que la apoyó y entendió en el pasado. Pero no estaba segura de lo que podría significar hablar de su presente.

-Maca me dijo que me esperaría el tiempo que hiciera falta, pero ya veo que…

-Un momento, un momento… ¿te esperaría a qué?

-A que me decidiera por ella o el convento.

-¿Y tú te lo has creído? -Esther la miró con cierto miedo-. ¿Crees que una mujer como ella no va a tener alguna tentación? ¿De verdad lo crees?

-Bueno… debo ser muy ingenua -sonrió de lado mientras los ojos se le llenaban de unas lágrimas rebeldes que no podía controlar.

-Lo eres. Maca se las lleva de calle, si la vieras bailar. Sube la temperatura de la pista…

-¡Ya está bien, Verónica! -exclamó cerrando los ojos cayendo un par de lágrimas

-Vale, vale… pero no sé porque te pones así…

-Porque creí en ella. Porque creí en su palabra y me duele aunque entiendo que no puede estar esperando sin vivir… sin…

La hermana Esther dejó que las lágrimas salieran de sus ojos sin parar, no podía retenerlas el abrazo de su hermana le hizo sentir como si volviera a casa, como si todo volviera a estar en orden.

-¿Por qué te pones así?

-Porque la quiero, Verónica, porque me he enamorado de ella y me aterra, me da pánico este amor que no debo sentir y al mismo tiempo no puedo reprimir. La amo.

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