MACA Y ESTHER. Cap. 14. UN RAYO DE ESPERANZA

A Verónica ver llorar de aquella manera a Esther le partía el alma, le dolía hacerle daño pero sólo así sería capaz de decir en voz alta lo que su corazón sentía. Y lo había dicho, aunque pareciera una tontería, había sido capaz de reconocer que la amaba, de ahí a tomar la decisión correcta quedaba nada más que un paso.

-No puedo seguir en el convento con este sentimiento que tengo, Verónica.

-No, no puedes eso está clarísimo -se lo dijo con dulzura tratando de retener su alegría porque sabía que a ella le dolía a pesar de todo dejarlo. Esther la miró mientras se secaba las lágrimas-. Y cuando dejes el convento vendrás directamente a mi casa, además vas a prometerme una cosa, no cederás nunca más a tus padres, vas a pensar antes que en nadie en ti, en lo que sientes, en el amor que sientes y en cómo vivir ese amor.

-Pero Verónica… si ya has visto… Maca es inalcanzable para mí, ella… ella…

-Ella está en casa estudiando tal y como tú le dijiste que hiciera -ante la mirada de Esther, Verónica agregó sonriendo mientras le retiraba una lágrima con todo el cariño que sentía por ella-. Maca te quiere y se ha tomado muy en serio tu propuesta para que vuelva al hospital, el tiempo libre que tiene lo dedica a repasar, estudiar para ponerse al día. Cada vez que Rafaela le dice de salir de marcha, ella dice que tiene cosas que hacer. Así que no te has equivocado, hermana mía, has hecho bien en confiar en quien te ama de verdad.

-¿Me has mentido? -la miraba con los ojos abiertos como platos.

-Sí, abiertamente. Porque necesitabas decir en voz alta lo que tanto estás callando y te tortura. Pero te digo una cosa, si esperas mucho, quizá la pierdas de verdad, Maca te quiere pero como bien has dicho antes, tarde o temprano tendrá que vivir. ¡Y con lo cabezota que es mi hermana!

-¿Has hablado con ella? -preguntó interrumpiéndola con gesto de espanto.

-No, con Rafaela. Resulta que compartimos discoteca para chicas.

-¡Pero qué haces tú allí!

-Librarme de los tíos, cariño, a una chica le digo que no y me respeta ¡dile a un tío no ahora tal y como están las cosas! Estoy en un momento de mi vida que nada más quiero divertirme.

-Te envidio -dijo de pronto.

-¿Sabes lo qué tienes que hacer, no?

-Sí, darte las gracias por cuidarme, por ayudarme, por estar a mi lado ¡pareces tú la hermana mayor!

-Es que lo soy, perdona, tú eres un alcornoque ¡tía!

Tras aquella frase el abrazo fue estrecho y fuerte.

En su casa Maca estaba estudiando, se daba cuenta que volvía a ella la pasión por aquellos libros, por aquellas lecciones para salvar vidas. Notaba que la concentración había mejorado muchísimo, se sentía más cercana a la Maca de siempre que a la Maca que había dejado su vida en manos de una mujer que jamás la valoró. En los descansos se dedicaba a pensar en Esther, y sonreía al recordar las palabras de Rafaela sobre su propio celibato, estaba dispuesta a dejar todo cuanto vivió con anterioridad, la sonrisa de Esther, su ternura, su buen corazón la había conquistado de tal manera que había decidido plantar su bandera del amor para que Esther pudiera llegar hasta ella.

Al entrar en el convento su corazón latía fuertemente, Esther debía dar el paso, estaba decidida a hablar con la Madre Superiora y explicar cuál era su decisión, sabía que la comprendería. Entró y con quien primero se encontró fue con la hermana Julia quien la miró con los ojos entrecerrados y una pequeña sonrisa de vencedora que Esther no entendió. Se dirigió directamente al despacho de la Madre Superiora que acostumbraba las tardes del domingo a sacar cuentas y hacer balance de la semana anterior. Llamó pero la Madre le dijo que esperara un momento. Se separó hasta la pared notaba que su interior estaba mucho más ligero, la mochila que había estado cargando desde su entrada allí, parecía aflojar.

-Hermana, estaba buscándote -el gesto de la Madre la alertó.

-¿Pasa algo?

-Tengo visita -le hizo un pequeño gesto de preocupación-. Y tiene que ver contigo, lo siento.

Esther cerró los ojos, y entendió al segundo el gesto de la hermana Julia. La Madre Superiora le dijo que esperara un momento, entró y al poco tiempo volvió a salir llevándose a Esther hacia el aula para hablar con ella.

-Es el secretario, ha llegado por carta a las altas estancias puedes imaginar qué. Está en el despacho para hablar contigo, le he asegurado que en esta casa no ha habido acto alguno que pueda ser irresponsable por tu parte.

-Madre… lo siento… venía justo para hablar con usted y decirle que he tomado una decisión.

-Gracias a Dios -susurró algo más tranquila-. ¿Sabes qué pretende echarte?

-Imagino, pero quiero ser yo la que hable con él, ¿puedo?

-Claro, hija. Ahora mismo no puedo demostrar alegría porque estoy muy enfadada ya sabes con quién, pero… sabes que me alegro ¿verdad?

En aquel despacho había un hombre bastante serio vestido con un traje chaqueta, camisa y corbata negra. La Madre se sentó algo más tranquila, Esther lo hizo junto a él y comenzó a hablar.

Mientras tanto, al buen olfato de Maca le llegó olor a verdura hecha al horno, no había duda, Elena se había puesto a cocinar.

-¿Cómo lo llevas, chocho? -le preguntó Rafaela al vela aparecer.

-Bien, bien, estoy muy ilusionada con esa posibilidad de volver a ejercer.

-Eso es estupendo -dijo Elena con una sonrisa.

-¿Y el celibato? -Rafaela dio una gran carcajada.

-¡No tienes remedio! Mira que te gusta chincharla -le acusó riendo Elena.

-¿Vosotras, qué tal? -preguntó Maca mientras se sentaba junto a Rafaela y la abrazaba.

-Yo acojonada me quedan dos semanas para que me den la fecha definitiva de mi operación.

-¡Rafaela no va a pasar nada! -le dijo Elena sonriéndole mientras distribuía la cebolla, pimientos y patatas por los platos.

-Bueno pero el miedo es libre ¿no? Me van a cortar el colgajo y… ¡Uy quién llama a estas horas!

-Voy yo -dijo Maca mientras se llevaba a la boca un trozo de lechuga.

-¡Oye, la veo estupenda!

-Sí, Rafaela, la verdad que desde que han hablado se le ve mucho mejor, al final voy a alegrarme de su entrada al convento.

Maca abrió la puerta, por un segundo pensó que moría de un infarto.

Ante ella, Esther, sin hábito junto a su hermana. Las miró alternativamente a ambas sin entender muy bien qué pasaba, pero con el corazón a toda velocidad.

-¿Qué pasa, Esther?

-Me han expulsado -respondió con cierta tristeza en su voz.

-¡Qué! Oh… pasad, pasad, por favor.

Los nervios de Maca fueron evidentes, estaba sintiendo mil cosas en su interior, alegría, pena, felicidad, tristeza, miedo, desconcierto. Todo lo que le llevó a pasar su mano por la frente mientras las dos hermanas esperaban que le dijeran por donde ir.

-¡Chocho que…! ¡Esther! -la cara de Rafaela era de total asombro.

-Hola, Rafaela.

-Pasad, por favor, vamos a cenar. Venid por aquí -les dijo Maca sin poder ocultar los nervios.

-¿Qué pasa, Esther? -le preguntó Elena.

Se sentaron todas alrededor de la mesa, Esther junto a su hermana y Maca en frente mirándola con gesto serio. Elena junto a Rafaela que miraban a las dos hermanas con expresión de no entender nada.

-Me han expulsado porque una de las hermanas escribió una carta quejándose de que había una monja lesbiana que estaba llenando el convento de vergüenza y lujuria.

-¡La madre que parió a la hermana Julia! -exclamó Maca con voz ruda.

-Bueno… la verdad que… -Esther sonrió levemente.

-¡Chicas me podéis invitar a beber y comer algo! Estoy muerta de ambas cosas.

Aquella frase de Verónica hizo entender tanto a Elena como a Rafaela que debían dejarlas solas.

-Lo siento, Esther, lo siento mucho -se sentó a su lado con gesto compungido.

-Bueno… gracias por sentirlo porque sé que lo dices de verdad -le sonrió nerviosa-. Pero iba a hablar con la Madre Superiora.

-No entiendo -dijo ante su silencio.

-Maca sé que todo ha sido increíble, rápido y desconcertante, pero… yo también me he enamorado de ti.

Fue como si un puñetazo golpeara el estómago de Maca, se quedó sin respiración y las lágrimas afloraban en sus ojos a punto de romper a llorar. Esther la miró sonriendo.

-¿Puedo abrazarte? -le preguntó Maca-. Solo abrazarte.

-Pues claro.

Sentirse por primera vez la una a la otra, poder estrechar el cuerpo de la otra con delicadeza, ternura pero infinito amor, fue como si el mundo se detuviera y nada más existieran ellas dos, con los corazones golpeando con fuerza, las emociones llegando a erizar la piel y las lagrimas de felicidad brotando en aquellos ojos que se miraban con amor por primera vez, sin ocultar los sentimientos.

-No podía engañarme más, pero no sé qué voy a hacer.

-¿Vas a estar en casa de tus padres?

-No, no, en cuanto se enteren va a ser una decepción, les voy a causar otra vez un dolor infinito.

-Puedes quedarte aquí, yo duermo en el sofá estoy acostumbrada -le dijo sonriendo feliz.

-Gracias, Maca. Pero me voy con mi hermana a su casa.

-De acuerdo.

Volvió el silencio, ambas se mostraban nerviosas pero felices. Esther miraba a Maca por primera vez mostrando aquel sentimiento que día tras día había luchado contra él, y Maca no sabía si cogerle la mano, besarla, esperar.

-Te juro que es la primera vez que no sé qué hacer -le dijo Maca .

-Sé que me vas a entender pero… por favor dame…

-Lo que necesites, Esther -la interrumpió sabía lo que iba a decirle.

-En este momento estoy con sensaciones enfrentadas. Por un lado feliz por otro triste, ni siquiera puedo ir al convento. Ni ver a las hermanas, ni a los niños, ni…

-Esther… deja pasar un poco de tiempo, estoy segura de dos cosas, la primera que mañana me toca a mí -sonrió aunque con tristeza-, la segunda que la Madre Superiora hará cualquier cosa para que puedas ir a verlas. Estoy segura -su voz sonó contundente.

-Me da miedo que le hagan algo a ella ¿sabes? Por haber permitido que estuviera allí.

-No me lo puedo creer. Pero si tú no has hecho nada malo, solo has mejorado las instalaciones, has ayudado a recoger alimentos, has educado a los niños.

-Pero eso no lo ven, ven que soy una pecadora.

-¡Pecadora de la pradera, no te jode! -la interrumpió su hermana-. Que les den, si no saben apreciar lo que tienen, no vale la pena preocuparse.

-Verónica no es así -le respondió con cierta pena y Maca tuvo que aguantarse la sonrisa que el comentario de Verónica le provocó-. Ellas…

-Mira… espero que en unos días dejes de pensar en el convento y estés por lo que tienes que estar.

-¡Estoy de acuerdo! -agregó sonriente Rafaela.

-Pues ya está, ¡vamos a cenar! Me gustaría decir ante esta gran y maravillosa noticia que ha sido su expulsión, pero entiendo que Esther esté un tanto desconcertada, así que vamos a cenar y se acabó -esta vez la que mostró su alegría fue Elena.

Aquella noche se hizo larga, primero porque tras la cena, Esther no tenía muchas ganas de irse estaba encantada de estar en aquella casa donde Maca la estaba tratando con una ternura que ella desconocía, sus amigas con un cariño que la dejaba sin palabras, y su hermana con ese amor que parecía habían entre todas trazado un plan para apoyarla cada una de un modo diferente. Pero la hora de despedirse llegó, Elena y Rafaela acompañaron a Verónica hasta la puerta mientras Maca se despedía de Esther, le había dicho que le daría tiempo y estaba dispuesta a demostrárselo, se miraron fijamente con una sonrisa mostrando la felicidad y nerviosismo que sentían por igual, Maca se acercó hasta Esther y la abrazó con una fuerza tan tierna que provocó en ella un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

Tras cerrar la puerta vio a sus dos amigas esperándola en el pasillo. Rafaela dio uno de sus grititos divertidos.

-¡Dime que la has besado!

-No -sonrió con gesto de sorpresa.

-¡Tanto rollo y tanta preocupación nosotras para ahora que la tienes no la beses! ¡Vete a la mierda, chocho! Pero después de darme un fuerte abrazo… las tres…. vamos… las tres.

Las tres amigas se abrazaron felices porque realmente ver que Maca podía tener una oportunidad las tranquilizaba. Mucho más saber que volvería al hospital que era su gran ilusión, y eso se lo debían a Esther.

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