PARKER Y KRISTINA. PERDER LA RAZÓN. 17

17

La expresión de Kristina mostraba un gran desconcierto, miraba fijamente a una desconocida Parker, esta vez no vio pasión reflejada en sus ojos, ni tampoco esa avidez del último encuentro. La mujer que tenía delante y que le estaba sujetando por el cuello contra la pared, era una mujer enloquecida, sus ojos tenían un halo de tristeza infinita y la vena de la sien derecha se le marcaba por la ira que estaba sintiendo en su interior.

No quiero que te vuelvas acercar a mí nunca más en tu vida —arrastró cada palabra mientras la miraba fijamente—. ¿Lo has entendido?

Kristina asintió sin poder hablar con el miedo reflejado sus ojos.

Espero que de verdad sea así.

La soltó mirándola con rabia la respiración alterada tanto como su mirada, Parker se dio la vuelta y con paso decidido fue hasta la puerta, la perra comenzó a ladrarle, Kristina por un momento temió que podía hacerle algo con esa rabia que se notaba sentía. Pero Parker se detuvo ante la puerta abierta, Kristina vio como daba una fuerte exhalación por el movimiento de sus hombros, volvió a girarse encontrándose con la mirada todavía aterrada de Kristina la vio que estaba a punto de llorar, a punto de romperse. Entonces nuevamente se encaminó hacia ella mientras Kristina la miraba con terror porque no podía huir, se había quedado pegada a la pared, pero aquella vez en lugar de apretarle el cuello lo que hizo fue besarla, un beso repleto de rabia, un beso que se fue transformando en un mínimo contacto cómo si así pudiera pedir perdón. Kristina no sabía cómo actuar y cuando se separó de ella la miró fijamente, como si pudiera descifrar qué era lo que le había ocurrido, Parker dejó sus manos en el cuello de Kristina y apoyó su frente contra la de la chica, dejó salir un soplo de aire que si hubiera podido tener un color hubiera mostrado un aire tenebroso, y con un tono casi imperceptible le susurró:

Será lo mejor para ti.

Y se marchó mientras la perra seguía ladrándole.

Sonó el rugido del motor y las ruedas chirriaron sobre el asfalto. Se había ido a toda velocidad y el sonido del derrape hizo que Kristina se recompusiera, necesitó sentarse en el sofá más próximo porque las piernas le temblaban, no entendía que había sucedido, el cambio tan brusco en ella, pero sobre todo, lo que más llamaba su atención era la mirada, aquella mirada repleta de tristeza y miedo no era la de la mujer que por las noches cuando bebía la mirada lascivamente. Ni la mirada de la mujer que había disfrutado con ella una intimidad maravillosa. Ni la de cuando se reía de ella. Suspiró con fuerza poniéndose la mano en el estómago, realmente aquella sorpresa por el comportamiento de Parker le había dejado un dolor agudo, la perra apoyó las dos patas sobre sus piernas tratando de que se calmara.

¿Qué es lo que escondes, Parker? ¿Cuántas caras tienes?

Mientras Kristina se recomponía de lo sucedido, Parker conducía a toda velocidad por la ciudad sus manos apretaban fuertemente el volante, las mandíbulas apretadas con rabia se sentía más desgraciada que nunca. Su vida era como un laberinto en el que no encontraba la puerta de salida. Perder la cita que perdió la había trastornado, el miedo se había apoderado de ella porque era la única vía de escape, sin aquella cita sin aquella salida no le quedaba nada, y eso le había provocado entrar en pánico. Su debilidad con Kristina le había empujado a cometer un grave error. Se apartaba las lágrimas de las mejillas con rabia otra vez iba a perder, otra vez Danielle iba a ganar. El sonido de las sirenas de la policía le hizo salir de su ensimismamiento, miró por el espejo retrovisor ¡lo que le faltaba! Suspiró y ante la orden del policía que le hablaba desde el coche se hizo a un lado. Dos hombres bajaron del coche, Parker suspiró para tranquilizarse. Aquello si era peligroso, mucho más que cualquier otra cosa que había hecho.

Buenos días —la saludó educadamente el policía que al mirarla la encontró llorando.

Buenos días —respondió ella con un hilo de voz.

Lleva usted mucha prisa ¿no le parece?

Lo siento agente, ha sido un lapsus. Lo siento, de verdad que lo siento.

¿Se encuentra bien? —el agente que ya tenía su edad se percató que estaba llorando. Ella asintió mientras buscaba su cartera para darle la documentación—. Escúcheme, ¿puedo contar con su palabra que va a conducir como debe ser?

Sí —volvió a asentir mientras las lágrimas se sucedían.

De acuerdo. Voy a vigilarla si se excede la detendré. Quizá debería calmarse antes de continuar al volante.

Muchas gracias por su comprensión, le prometo que no volverá a pasar.

Realmente agradeció que aquel hombre no le pidiera la documentación. Debía serenarse. Hizo dos profundas respiraciones y puso el coche en marcha. Salió despacio y condujo hasta su casa con precaución. No podía permitirse ni un solo error. Y Kristina le había provocado demasiados.

En casa, Danielle la estaba esperando había vuelto y le extrañó no verla. Aprovechó su ausencia para registrar sus cosas, no había signos de más bebida en la habitación, ni ninguna botella escondida en el cuarto de baño. Miró su armario y vio su perfume, era el mismo que llevó el primer día que se cruzó por su camino en un pasillo del hospital. Aquella joven Parker se mostraba risueña y feliz, dispuesta a aprender, siempre resolutiva ante los problemas, era una de las mejores enfermeras del hospital, sin duda, apuntaba para ser jefa de enfermeras o lo que se propusiera. Era además, la más guapa de su sala le había echado el ojo la primera vez que se la presentaron. Entonces ella tenía cuarenta y tres años todavía era la médico por la que muchas y muchos suspiraban. Guapa, elegante y buena profesional. Hasta que llegó ella quince años menos coqueta y muy segura de sí misma. Se le resistió más que ninguna, Parker le mostraba una y otra vez que no quería nada con ella, hasta que…

¿Qué haces en mi cuarto de baño? —la voz de Parker encolerizada la sacó de sus recuerdos.

¿Dé dónde vienes?

¿Por qué me registras las cosas? —le espetó con carácter.

Porque sé que escondes algo. Porque no me fío de ti y porque estás enferma.

De repente, Parker hizo algo que no había hecho jamás, que lo había visualizado muchas veces pero se creía incapaz. Se dirigió hasta ella retándola con la mirada, a escasos centímetros de distancia entre una y otra, con la mirada más fiera que jamás había visto Danielle en ella.

Tú tienes la culpa de todo, ¡maldita la hora que te conocí! Maldita siempre. Ojalá pudiera tener el valor de quitarme la vida, para no verte, para no tenerte que sufrir. ¿Quieres saber por qué bebo? Ya lo sabes, porque solo espero que así encuentre la valentía que me falta porque no quiero vivir más a tu lado.

¡Qué casualidad que estar aquí te dé esta fuerza para alzarme la voz! ¿Es el lugar o Kristina? —preguntó mirándola de manera desafiante.

¿Kristina? No, esto es por mí. Por mí, Danielle, por la Parker que destrozaste, a la que humillas siempre que puedes, a la que anulaste y tratas de maltratarme una y otra vez. Me das asco. Y si no bebiera no podría soportarte. Te lo repito ¿te ha quedado claro ya?

Parker apretó los labios formando un gesto de profunda aprensión. Se dio la vuelta dejándola allí de una pieza. ¿De dónde había sacado aquella fuerza? Se preguntó alertada. Suspiró tratando de controlar el miedo que le había provocado. ¿Pensaba dejarla? No, ella sabía que no podía hacerlo no era nadie sin ella, no tenía nada sin ella. Salió de su habitación y bajó las escaleras. La encontró en el jardín apoyada en la valla de madera veía como estaba tratando de recuperar la respiración normal. ¿Qué le estaba pasando? Abrió la puerta del jardín mirándola fijamente sin perder un segundo su vista de aquella mujer que se había apoyado y se doblegaba sobre sí misma. Parker la oyó llegar cerró los ojos con fuerza. Debía mantenerse en pie.

¿Qué demonios te pasa?

¡Déjame en paz! —respondió sin moverse.

¿Crees que podrías vivir sin mí? —se acercó mirándola con fiereza.

Ojalá —se irguió tras un fuerte suspiro.

¿Qué estás tramando? ¿Acaso liarte con mi sobrina? ¿Ser la mantenida de una universitaria? Te recuerdo que mi hermana te mira con bastante odio y no lo permitiría.

Vete a la mierda —su susurro sonó tan fuerte que pareció el sonido de una bomba.

¿Qué has dicho? —se acercó a ella mirándola fijamente, Parker seguía dándole la espalda.

Me has oído perfectamente.

¡No pienso tolerarte ninguna falta de respeto!

Llevo aguantándote veinticinco años tus continuas faltas de respeto —le dijo sin girarse.

¡No eres nadie!

En eso te doy la razón —entonces se giró mirándola con rabia—. Desgraciadamente no soy nadie. O mejor dicho, gracias a ti no soy nadie.

No, gracias a mí no. Fuiste tú. De no haber sido por mí no estarías aquí… ¡sabes perfectamente donde estarías!

A veces creo que lo hubiera preferido.

¡Cómo puedes ser tan desgraciada tan desagradecida! —la miraba horrorizada como si no pudiera creer las palabras que le estaba diciendo.

¡Nunca has dicho una verdad tan grande como acabas de decir ahora! —pasó por su lado y entró en la cocina.

¡Parker! —la llamó a voz en grito mientras la vecina que estaba arreglando las plantas se asustó de su grito—. ¡Eres una miserable!

Déjame en paz —le dijo cogiendo una botella de vino y saliendo nuevamente al jardín.

¡Eres una borracha miserable que quiere aprovecharse de mí y de que tengo corazón!

¡Pobrecita! —gritó exageradamente mirando al cielo tras dar un trago—. Un corazón negro, desde luego que sí.

No te consiento que me hables así.

¡Lárgate! ¡Piérdete! Déjame en paz ¡porque no te buscas a otra que amargarle la vida! A mí ya no puedes hacerlo más —la rabia se le escapaba con cada silaba que pronunciaba.

Estás loca —le dijo entre dientes cogiéndola del brazo—. ¡Loca! Pero esto va a terminar, ¡te juro que va a terminar! Voy a meterte en un psiquiátrico ¡ahí es donde debes estar!

Cualquier cosa será mejor que estar a tu lado —le dijo alzando la voz.

¡No grites! ¿Acaso quieres que se enteren los vecinos que eres una borracha!

¡Oh, bendita hipócrita! No quieres que se enteren de la verdad, siempre poniendo una bonita cara para ti, para que todos digan que mujer más bella tiene al lado, ¡siempre sonriendo! Siempre maquillando mis ojeras de tanto llorar por tu culpa, ¡con escotes para exhibirme que es lo que has estado haciendo! Exhibirme como tu mejor conquista. Y lo único qu provocas en mí es un asco infinito y unas ganas de llorar que has conseguido que odie mi propia sonrisa.

¡Qué te calles! —le gritó zarandeándola en la silla—. Entra en casa.

No me da la gana —se soltó de su brazo una vez la había puesto en pie.

Parker… entra en casa si no quieres que llame ahora mismo a la policía y les diga quién eres.

Hazlo —le dijo con tranquilidad dando un sorbo a su botella, sonrió de lado y se limpió los labios con el dorso de la mano—. ¡Vamos, hazlo! Quiero verlo ¡a ver si así acaba de una vez mi pesadilla!

Danielle apretó la mandíbula, estuvo tentada de golpearle pero se retuvo y le arrancó la botella de vino de la mano echándola contra el suelo haciéndola añicos.

Eres una miserable, Parker. No me merezco esto, si no hubiera sido por mí tu vida hubiera sido realmente un infierno. Te he dado todo… ¡tus caprichos! ¡Te he ayudado con tus adicciones! Has tenido toda la ropa que has querido, ¡has vivido de lujo gracias a mí! ¿Quieres vivir un infierno de verdad? ¡Muy bien! A mí ni me hablas así ni me desafías así.

No le dio tiempo a contestar, se metió en casa dando un portazo. La vecina se levantó y miró por encima de la valla, Parker estaba sentada en una silla y a su lado la botella de cristal hecha añicos. Vio como se tapaba la cara y se levantaba con cuidado de no clavarse los cristales. La mujer no era la primera bronca que escuchaba y no sabia si llamar a la policía.

Parker fue a buscar a Danielle que estaba caminando enfurecida en el comedor, meditando la posibilidad de hacer algo. Entonces recordó a un colega, le debía algún favor de tiempos de antaño. Cogió el teléfono y marcó el número que tenía guardado por si lo necesitaba.

¡Marco! ¿Cómo estás? Soy Danielle Davis ¿te acuerdas de mí? La misma, sí. Verás tengo un problema con mi mujer y… creo que le haría bien que la tuvieras en tu clínica. Ya, ya sé que has cambiado y ahora todo es legal, pero… recuerda que me debes algún que otro favor. No me importa cómo lo hagas, solo que intentes devolvérmela sana y en su juicio. Y si no se puede, dejarla ahí. De acuerdo, el lunes iré con ella. Gracias.

Dejó el móvil sonriendo, ya no aguantaba más a Parker. Dejarla en un psiquiátrico era lo mejor. Podría ingresarla y dejarla allí para siempre, con la ayuda de su amigo podría diagnosticarla de cualquier transtorno y lo mejor era estar encerrada.

En su casa, Kristina aún no se había recuperado del shock que había vivido con Parker. Se sentía fatal, no sabía qué hacer y ya no iba a llamar a Valerie para contarle nada. Su amiga también tenía un tope de aguantarla con sus problemas. Era jueves, y al día siguiente quedaría para cenar con ella, salir por ahí para divertirse. Era lo mejor para quitarse el sabor amargo de lo sucedido con Parker. Cambiaría de lugar para no coincidir con ella y haría lo imposible para no ir a su casa, le había asustado. Agradeció que llegara su madre para cenar y hablar, se distrajo un buen rato mientras hablaban de cosas cotidianas y después vio una serie de asesinatos que siempre la mantenía con la cabeza ocupada. Pero al subir a su cuarto y meterse en la cama, la cabeza volvió a pensar en Parker, en sus palabras será lo mejor para ti. ¿Qué sucedía? ¿Por qué se había comportado de aquella manera tan violenta? Sin embargo, el beso que le había dedicado antes de irse le había parecido como si con él pudiera pedirle perdón, había pasado de ser fiero a dulce y tierno. ¿Qué extraña era? Pensaba que por acostarse con ella era una mujer sensata y buena gente, no la conocía más que en momentos puntuales en los que las dos habían disfrutado de un sexo intenso, pero más allá no sabía quién era Parker.

¿Y si busco cosas sobre ella?

Fue como un rayo de luz. Se sentó en la cama.

¡Mierda no sé su apellido! Así es imposible buscar. Mi tía no tiene redes sociales imagino que ella tampoco. Mañana mismo tengo que saber cuál es su apellido. ¡Necesito saber qué esconde de una vez por todas!

Parker estaba sentada en la cama con la espalda apoyada en el cabecero, trataba de mantener el control de la respiración, eso era fundamental en ella ese control le había salvado muchas veces de hacer cualquier locura. Excepto dos veces y las dos veces que lo intentó, Danielle la salvó. Tenía un gusto amargo en la boca, no quería usar su frustración contra Kristina pero había salido de una forma abrupta. De todos modos, Kristina se olvidaría de ella como si tan solo hubiera sido una pesadilla en su vida. Y es que para ella la vida había sido justamente eso una pesadilla. El dinero no le dio la felicidad, ni las cosas materiales, ni una gran casa, ni una mujer obsesionada con ella aunque ella cambiara la palabra obsesión por amor. No… la felicidad era… cerró los ojos sonrió levemente de lado susurrando.

Un suave roce de Kristina.

2 comentarios en “PARKER Y KRISTINA. PERDER LA RAZÓN. 17

  1. Gracias, Coral.

    Sí, la verdad que es una historia dura y una relación como estamos viendo tóxica. Eso quería mostrarlo con Parker porque no he escrito ninguna historia con este tema.

    ¡Seguimos! Un abrazo

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